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Palestinos – El pueblo que no existió

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Agrupación Judía Diana Aron
 
En 1969, Golda Meir negó la existencia de un pueblo palestino. El argumento se repite hoy en tres variantes —demográfica, nacional, jurídica— y las tres han sido refutadas, en gran parte, por fuentes israelíes.

Sunday Times de Londres: «No había tal cosa como los palestinos. ¿Cuándo fue que hubo un pueblo palestino independiente con un Estado palestino? […] No era como si hubiera un pueblo palestino en Palestina que se considerara a sí mismo como tal y nosotros llegáramos y los expulsáramos y tomáramos su país. Ellos no existían.»

Era una posición política que Meir repitió en distintos foros durante años, y desde entonces reaparece cada vez que alguien necesita responder a las demandas palestinas sin tener que discutirlas.

El argumento se presenta en al menos tres variantes, cada una con su lógica propia, y todas difíciles de sostener.

El primer argumento: los palestinos no estaban allí

La versión más audaz sostiene que los árabes que habitaban Palestina hacia fines del siglo XIX y principios del XX no eran una población arraigada, sino migrantes recientes atraídos por la prosperidad económica que traía la colonización sionista.

En esta lectura, no hubo desplazamiento porque no había población estable que pudiera ser desplazada.

El argumento encontró su formulación más elaborada en un libro publicado en 1984 por la periodista estadounidense Joan Peters: From Time Immemorial. El libro fue recibido con elogios en Estados Unidos —ganó el National Jewish Book Award, fue alabado por Barbara Tuchman y Saul Bellow— y prácticamente ignorado en el resto del mundo académico.

La refutación no tardó en llegar.

El historiador Yehoshua Porath de la Universidad Hebrea de Jerusalem, principal autoridad académica israelí en el estudio del nacionalismo palestino, publicó una reseña en The New York Review of Books donde calificó el libro de «falsificación pura«.

Porath documentó en detalle cómo Peters había manipulado estadísticas demográficas y utilizado fuentes de manera tendenciosa.

En el London Review of Books, Ian Gilmour —ex ministro de Defensa británico, que había servido en los gobiernos de Heath y Thatcher— lo describió como ‘pretencioso y absurdo’.».

El argumento demográfico no sobrevivió el escrutinio académico.

El segundo argumento: los palestinos no se sentían palestinos

La segunda versión es más sofisticada. No niega que hubiera árabes en Palestina, sino que sostiene que nunca formaron un pueblo distinto con identidad propia: la llamada identidad palestina sería una construcción artificial, fabricada en reacción al sionismo — o incluso después de 1948 — y por tanto carecería de la profundidad histórica que legitima una demanda de autodeterminación

Las identidades nacionales no emergen de la noche a la mañana ni se remontan a la antigüedad más lejana. Son construcciones históricas: nacen cuando una población comienza a reconocerse a sí misma como tal, a través de una lengua compartida, una memoria común, instituciones propias, una cultura que se transmite de generación en generación.

Ese proceso ocurrió en decenas de pueblos en todo el mundo durante el siglo XIX. No hay ninguna nación moderna que escape a esa descripción.

Durante siglos, una población compartió en Palestina el mismo territorio, las mismas ciudades —Jerusalén, Nablus, Jaffa, Hebrón—, los mismos ciclos agrícolas, los mismos mercados y las mismas instituciones religiosas. Esa vida colectiva dejó huellas que ningún argumento político puede borrar retroactivamente.

Sostener que esa identidad nació como reacción al sionismo es ignorar todo eso. La persecución no crea pueblos. Los encuentra.

Quienes hoy niegan la existencia de un pueblo palestino deberían releer a los propios fundadores del sionismo. Ze’ev Jabotinsky, padre del sionismo revisionista y figura tutelar de la derecha israelí contemporánea, publicó en 1923 su ensayo El muro de hierro. En él escribió:

«La expulsión de los árabes de Palestina es absolutamente imposible en cualquier forma. Siempre habrá dos naciones en Palestina […] Los árabes amaban su país tanto como los judíos amaban el suyo. Su decisión de resistir era completamente natural […] No son escombros sino un pueblo vivo

Jabotinsky no reconocía a los palestinos por simpatía hacia ellos. Los reconocía porque negarlos habría hecho su propia argumentación incoherente. Si no había nadie allí, ¿contra quién era necesario el muro de hierro?

David Ben-Gurion tampoco ignoraba la realidad demográfica y política del país. En 1918 escribía que «Palestina no es un país vacío» y advertía que no debían lesionarse los derechos de sus habitantes. Dos décadas más tarde, en plena revuelta árabe de 1936, describía la situación como «un conflicto fundamental» y observaba que «nosotros y ellos queremos la misma cosa: ambos queremos Palestina«.

Difícilmente era el lenguaje de alguien que creyera estar frente a una población inexistente.

La identidad nacional palestina no nació como reacción al sionismo. Estaba articulada, institucionalizada y documentada antes de que el debate europeo sobre la convivencia en Palestina siquiera se planteara en serio.

Que los propios arquitectos del sionismo la reconocieran hace que su negación posterior sea, simplemente, insostenible.

El tercer argumento: sin Estado previo, sin derechos

La tercera versión del argumento es la más frecuente en debates contemporáneos. Admite que existió una población árabe en Palestina.

Admite incluso que esa población tenía algún grado de identidad compartida.

Y luego concluye: pero nunca tuvieron un Estado propio, de modo que no pueden reclamar el derecho a uno.

El argumento tiene una estructura lógica que no se sostiene.

En derecho internacional el principio de autodeterminación de los pueblos no exige como condición previa la existencia de un Estado.

El derecho reconoce la autodeterminación a los pueblos, no a los Estados preexistentes.

Si el criterio para tener derechos sobre un territorio fuera haber tenido previamente un Estado soberano en él, entonces el propio Estado de Israel —que no existía antes de 1948— carecería de derechos sobre el territorio en el que fue fundado.

Frente a esta contradicción, suele invocarse el reino de David como antecedente estatal judío en la región, con una antigüedad de tres mil años.

El sionismo fundacional —el de Herzl, el de Ben-Gurion, el de los congresos de Basilea— no descansaba sobre títulos bíblicos ni arqueológicos; era un movimiento político moderno que respondía a una crisis política moderna: la persecución de los judíos en Europa.

Introducir ahora la antigüedad histórica como fundamento jurídico no solo contradice las bases del sionismo secular, sino que abre una lógica que nadie querría aplicar universalmente: los griegos tendrían derechos sobre Turquía, los italianos sobre el norte de África, los mongoles sobre Rusia y China. Un principio que justifica todo no justifica nada.

Lo que los tres argumentos tienen en común

Examinados en conjunto, los tres argumentos comparten una característica: todos han sido refutados en gran medida, por fuentes cercanas a Israel.

El argumento demográfico fue demolido por historiadores israelíes. El argumento nacional choca con las propias declaraciones de Jabotinsky y Ben-Gurion. El argumento jurídico se contradice con los principios que el propio Estado de Israel invocó para legitimarse ante la comunidad internacional.

Pero responderle a Golda Meir es aún más simple.

Durante siglos, una población compartió en Palestina el mismo territorio, las mismas ciudades —Jerusalén, Nablus, Jaffa, Hebrón—, los mismos ciclos agrícolas, los mismos mercados y las mismas instituciones religiosas. Esa vida colectiva dejó huellas que ningún argumento político puede borrar retroactivamente.

La UNESCO ha reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad cuatro expresiones culturales palestinas: el hikaye, tradición oral de narración practicada exclusivamente por mujeres en dialecto árabe palestino, inscrita en 2008; el tatreez, bordado cuyas variaciones identificaban a cada mujer por su aldea de origen, inscrito en 2021; el dabke, danza colectiva con formas propias palestinas, inscrito en 2023; y el jabón de Nablus, cuya producción está documentada desde el siglo X, inscrito en 2024.

Ninguna de estas tradiciones nació como respuesta al sionismo.

Existían antes, se transmitían de generación en generación, y llevaban nombres propios en un dialecto propio sobre una tierra con nombres propios.

El historiador Walid Khalidi documentó en All That Remains (1992) más de cuatrocientas aldeas palestinas despobladas en 1948, cada una con su historia, su arquitectura, sus cementerios, sus instituciones y su nombre árabe.

Muchos de esos nombres fueron reemplazados. Pero los pueblos que los llevaban los conservaron en el exilio, en libros conmemorativos, en recetas, en patrones de bordado, en canciones.

Una cultura que se puede borrar del mapa, pero que reaparece en cada puntada y en cada plato preparado con la receta de siempre, no es una cultura inventada. Es una cultura que sobrevivió.

El argumento de la inexistencia palestina no es una posición histórica o jurídica que pueda sostenerse honestamente.

Es una maniobra política que cumple una función precisa: si un pueblo no existe, entonces sus tierras no pueden ser confiscadas, sus aldeas no pueden ser vaciadas, sus casas no pueden ser demolidas.

Sin pueblo, no hay crimen. Solo hay tierra vacía

 

 

Fuentes principales

Golda Meir, entrevista con Frank Giles. The Sunday Times, 15 de junio de 1969. Reproducida también en The Washington Post, 16 de junio de 1969.

Ze’ev Jabotinsky, «El muro de hierro (nosotros y los árabes)». Publicado originalmente en ruso en Rassvyet, 4 de noviembre de 1923.

Shabtai Teveth, Ben-Gurion and the Palestinian Arabs: From Peace to War. Oxford University Press, 1985.

Joan Peters, From Time Immemorial: The Origins of the Arab-Israeli Conflict over Palestine. Harper & Row, 1984.

Yehoshua Porath, «Mrs. Peters’s Palestine». The New York Review of Books, 16 de enero de 1986.

Rashid Khalidi, Palestinian Identity: The Construction of Modern National Consciousness. Columbia University Press, 1997.

Walid Khalidi, All That Remains: The Palestinian Villages Occupied and Depopulated by Israel in 1948. Institute for Palestine Studies, 1992.

Norman Finkelstein, Image and Reality of the Israel-Palestine Conflict. Verso, 1995.

Carta de las Naciones Unidas, artículos 1.2 y 55. San Francisco, 1945.

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