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Chile – La cueca y el exilio

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Imagen: Violeta Zúñiga bailando la cueca sola, junto a Sofía Ureta, en un acto que conmemora a los 119 desaparecidos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

por Leandra Brunet

La cueca y el exilio

Mi madre me explicó qué era la cueca mucho antes de que yo pudiera comprenderla. Me habló del pañuelo levantado, de las vueltas y de un hombre y una mujer que se buscan sin encontrarse del todo.
Pero antes de enseñarme a bailarla, tuvo que inventar la música.

La guitarra y el arpa se habían quedado en Chile. Mi madre acomodaba los brazos como si sostuviera una guitarra contra el pecho y movía los dedos sobre cuerdas invisibles. Después levantaba las manos y tocaba un arpa imaginaria.

No necesitaba ver los instrumentos. Su cuerpo todavía recordaba su forma, su peso y la distancia entre las cuerdas.

Yo no comprendía que eso también era el exilio: continuar los movimientos de una vida de la que habían desaparecido los objetos.

Chile era entonces la voz de mi madre pronunciando nombres lejanos, una fotografía guardada entre papeles, la comida de los domingos y una canción interpretada con instrumentos que solo ella podía ver. También era aquello de lo que no se hablaba: una despedida, una puerta cerrada y el nombre de alguien ausente.

Después venían los pasos.

—Uno, dos, tres. Vuelta.

Mi madre corregía mis brazos y me enseñaba a sostener el pañuelo. No solo me enseñaba a bailar: me entregaba una memoria.

Un día anunció que habría una peña, una reunión de chilenos para sentir, durante algunas horas, que el país seguía cerca.

—Tú bailarás la cueca —me dijo—, pero la bailarás sola.

Ensayé frente al espejo, girando alrededor de un espacio vacío. Debía acercarme sin tener a quién acercarme y sostener una mirada que no encontraba otro rostro.

Finalmente pregunté:

—Compañera, ¿por qué debo bailar sola?

Mi madre respondió:

—Para simbolizar que tu padre no está.

Entonces comprendí que aquel vacío tenía un nombre.

Seguí ensayando, pero cada movimiento adquirió otro peso. Cuando avanzaba, me acercaba a mi padre. Cuando retrocedía, repetía la distancia que la historia había impuesto entre nosotros. Cuando levantaba el pañuelo, enviaba una señal hacia alguien que no podía responder.

La ausencia también sabía bailar.

El día de la peña, rodeada por las voces, la comida y las canciones de los exiliados, bailé alrededor de aquel vacío como si tuviera cuerpo. Lo seguí, lo desafié, me acerqué y me alejé de él.

Yo no bailaba sin pareja: bailaba con la ausencia de mi padre.

Mi pañuelo hacía visible lo invisible y mis pasos dibujaban el contorno de quien faltaba. Mi cuerpo pequeño cargaba una historia demasiado grande.

Mi madre había tenido que inventarse una guitarra y un arpa porque se habían quedado en Chile. Yo tuve que inventarme una pareja porque mi padre tampoco estaba. Las dos reconstruíamos en el aire aquello que la historia nos había quitado.

Con los años comprendí que, cuando las palabras se detenían, comenzaba la danza. Mi cueca no podía hacer regresar a mi padre, pero podía impedir que su ausencia fuera invisible.

La cueca era la guitarra que los brazos de mi madre todavía recordaban, el arpa que sus dedos reconstruían en el aire y una niña bailando sola para hacer visible la ausencia de su padre.

Era el cuerpo aprendiendo a vivir en un lugar donde nunca está del todo.

Leandra Brunet 

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