
por Valeria Menéndez
La historia de Miguel Woodward Iriberry (en la foto de portada, de bigotes y maletín, marcha en primer plano) ocupa un lugar singular en la memoria política de Valparaíso. Sacerdote, ingeniero, obrero industrial, dirigente sindical y militante del MAPU, su trayectoria reunió en una sola vida varias de las corrientes que atravesaron la radicalización política de América Latina durante las décadas de 1960 y 1970: la irrupción del movimiento obrero como actor político independiente, la crisis del viejo orden oligárquico, la Revolución Cubana, la renovación de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II y el surgimiento de un cristianismo que ya no se conformaba con predicar caridad hacia los pobres, sino que comenzaba a interrogarse acerca de las estructuras económicas que producían la pobreza. Woodward perteneció a esa generación de cristianos que llevó aquella conclusión hasta sus consecuencias políticas. Su vida terminó después del golpe militar de 1973: fue detenido por fuerzas vinculadas a la Armada, torturado y murió bajo custodia de agentes del Estado, mientras su cuerpo nunca fue recuperado. La documentación histórica registra su muerte el 22 de septiembre de 1973.
Del sacerdote al obrero: cuando el Evangelio descendió al cerro
Nacido en Valparaíso en el seno de una familia chileno-británica y formado parcialmente en Inglaterra, Woodward poseía una trayectoria que aparentemente podía haberlo conducido hacia una vida completamente diferente. Estudió ingeniería, regresó a Chile, ingresó al seminario y fue ordenado sacerdote. Pero su experiencia pastoral fue acercándolo cada vez más al mundo de los trabajadores y pobladores. La distancia entre una Iglesia institucionalmente instalada dentro del orden social y el contenido emancipador que él encontraba en el cristianismo terminó transformándose para Woodward en un problema práctico: no bastaba con predicar entre los pobres; había que compartir su existencia.
Se instaló así en la población El Progreso, en el cerro Los Placeres de Valparaíso, incorporándose a una corriente que por entonces adquiría importancia internacional: la de los curas obreros. El fenómeno tenía antecedentes europeos, pero en América Latina asumió un significado mucho más explosivo. Sacerdotes y religiosos comenzaron a trabajar en fábricas, poblaciones y campos, encontrándose allí no con una pobreza abstracta, sino con relaciones sociales concretas: patrones y trabajadores, propiedad y desposesión, explotación y organización sindical. Estudios conservados por el Museo de la Memoria sitúan precisamente a Woodward y a la población El Progreso dentro de esa experiencia de sacerdotes que se insertaron en espacios obreros y populares.
Woodward trabajó como tornero, compartió la disciplina cotidiana del trabajo asalariado y llegó a asumir responsabilidades sindicales. El sacerdocio dejaba así de ocupar una posición exterior respecto de la clase trabajadora. El cura celebraba misa, pero también conocía la fábrica; hablaba del Evangelio, pero conocía igualmente el salario, la jornada laboral y la organización sindical. Su evolución no fue, por ello, solamente teológica. Fue social y política.
En este punto su biografía se cruza con uno de los procesos intelectuales y políticos más interesantes de la izquierda latinoamericana: el encuentro entre cristianismo y marxismo. La experiencia chilena de Cristianos por el Socialismoconstituyó una de sus expresiones más desarrolladas. La propia historiografía reciente caracteriza este movimiento como parte del desarrollo de un “cristianismo de izquierda” chileno que alcanzó particular fuerza entre 1957 y 1973. Woodward participó de ese ambiente y terminó adhiriendo políticamente al Movimiento de Acción Popular Unitario, MAPU, organización nacida precisamente de la ruptura de sectores cristianos con la Democracia Cristiana y de su desplazamiento hacia posiciones socialistas.
Woodward, la Unidad Popular y el cristianismo revolucionario
La radicalización de Woodward resulta incomprensible separada del proceso revolucionario chileno abierto durante aquellos años. La elección de Salvador Allende en 1970 no produjo aquel movimiento social desde arriba: fue, en buena medida, expresión electoral de una movilización obrera y popular que venía madurando durante décadas. Sindicatos, pobladores, campesinos, estudiantes y organizaciones políticas discutían abiertamente cuestiones que hasta entonces parecían reservadas a especialistas: quién debía controlar las minas, quién debía poseer la tierra, quién debía dirigir las fábricas y, finalmente, qué clase debía ejercer el poder.
Woodward se sumergió en ese Valparaíso. Su participación en las organizaciones populares de Los Placeres y en las estructuras de abastecimiento durante la Unidad Popular expresaba una concepción en la cual el cristianismo dejaba de constituir una reconciliación abstracta entre las clases. En una sociedad dividida entre explotadores y explotados, la pretendida neutralidad aparecía ante estos cristianos radicalizados como una manera de conservar el orden existente.
Esto explica también el conflicto que atravesó a la propia Iglesia. El cristianismo chileno de aquellos años no constituyó un bloque homogéneo. Junto a sectores conservadores coexistieron sacerdotes, religiosas y laicos que se acercaron crecientemente al movimiento popular. Después del golpe, esa corriente sufriría duramente la represión. Una investigación conservada por el Museo de la Memoria registra la persecución que alcanzó a integrantes de Cristianos por el Socialismo y menciona, entre sus víctimas, a Joan Alsina, Miguel Woodward, Etienne Pesle, Gerardo Poblete, Omar Venturelli y Antonio Llidó.
Woodward debe ser entendido dentro de esa constelación. Su importancia no reside simplemente en que un sacerdote haya simpatizado con los pobres. Eso habría sido perfectamente compatible con siglos de doctrina asistencial de la Iglesia. La ruptura estaba en otra parte: Woodward había comenzado a concebir a los pobres como sujetos de su propia emancipación. Ya no se trataba únicamente de aliviar las consecuencias de la pobreza, sino de transformar las relaciones sociales que la producían.
Su trayectoria planteaba así una cuestión profundamente política. El obrero al que debía ayudarse era también el trabajador que podía sindicalizarse; el poblador que necesitaba asistencia podía organizar su población; el pobre podía convertirse en sujeto político. Y el sacerdote podía dejar de hablar en su nombre para combatir junto a él.
El golpe, la Armada y la muerte de Miguel Woodward
El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 resolvió violentamente la crisis política que atravesaba Chile. En Valparaíso, ciudad estrechamente vinculada a la Armada, la represión comenzó inmediatamente. Recintos civiles y navales fueron utilizados como centros de detención y tortura. Woodward, conocido por su trabajo político y social en Los Placeres, pasó rápidamente a ser objeto de la persecución.
Las reconstrucciones de su caso establecen que fue detenido después del golpe y sometido a un itinerario represivo por instalaciones controladas por fuerzas navales. La documentación histórica disponible establece además su paso por un barco utilizado como recinto de prisioneros en la rada de Valparaíso. Una publicación conservada por Memoria Chilena, al reseñar antecedentes incorporados posteriormente a investigaciones judiciales internacionales, señala que Woodward murió el 22 de septiembre de 1973, después de haber sido detenido y llevado a una nave donde permanecían centenares de prisioneros. El mismo antecedente señala que su pertenencia a Cristianos por el Socialismo y su actividad entre trabajadores contribuían a que fuera considerado especialmente peligroso por sus captores.
Su nombre quedó indisolublemente relacionado con el Buque Escuela Esmeralda y con las denuncias sobre utilización de instalaciones navales como centros de detención y tortura después del golpe. La historia de Woodward resulta por eso particularmente incómoda: contrapone el carácter ceremonial adquirido posteriormente por determinados símbolos institucionales con la experiencia concreta de quienes fueron conducidos a esos mismos espacios como prisioneros políticos.
Woodward fue brutalmente torturado. Murió estando bajo custodia estatal y sus restos nunca fueron restituidos a su familia. Su caso originó una prolongada batalla judicial por establecer responsabilidades y conocer el destino final de su cuerpo. El Museo de la Memoria conserva, significativamente, el trabajo de Fred Bennets y Patricia Woodward titulado La inacabada búsqueda de verdad y justicia por la muerte de Miguel Woodward, dedicado precisamente al proceso judicial iniciado para esclarecer su muerte.
La represión contra Woodward tampoco constituyó un hecho aislado. La violencia ejercida contra sacerdotes vinculados al movimiento popular permite observar la naturaleza política de la persecución posterior al golpe. Joan Alsina fue ejecutado; Antonio Llidó y Omar Venturelli fueron detenidos y desaparecidos; otros religiosos y cristianos comprometidos con organizaciones populares fueron encarcelados, torturados o expulsados del país. Una publicación de Memoria Chilena sitúa expresamente las muertes de Alsina, Woodward y Gerardo Poblete y la desaparición de Llidó dentro de esa experiencia de martirio sufrida por sectores del cristianismo chileno.
Un cura obrero en la memoria revolucionaria de Valparaíso
A más de medio siglo de aquellos acontecimientos, reducir a Miguel Woodward exclusivamente a la categoría de víctima sería insuficiente. Lo fue, indudablemente, y la desaparición de sus restos mantiene abierta una deuda elemental de verdad y justicia. Pero antes de convertirse en víctima de la dictadura, Woodward había elegido conscientemente una posición dentro del conflicto social chileno.
Allí reside la extraordinaria potencia de su figura. Woodward pudo ser ingeniero y eligió compartir la vida de los trabajadores. Pudo ejercer un sacerdocio convencional y eligió convertirse en cura obrero. Pudo concebir la pobreza como objeto de caridad y terminó entendiéndola como producto de determinadas relaciones sociales. Pudo permanecer dentro de los márgenes políticamente tolerables del cristianismo institucional y optó por participar de Cristianos por el Socialismo y militar en el MAPU.
Esa evolución permite comprender por qué la figura de Woodward excede ampliamente la historia eclesiástica. Pertenece también a la historia del movimiento obrero porteño. Los cerros de Valparaíso, las fábricas, los sindicatos y las organizaciones poblacionales fueron el espacio en que su cristianismo adquirió contenido material.
Desde una perspectiva marxista existe, naturalmente, una diferencia fundamental entre la explicación religiosa de la emancipación humana y el materialismo histórico. Marx no necesita del Evangelio para explicar la explotación capitalista ni para fundamentar la necesidad de abolirla. Pero aquella diferencia filosófica no impide reconocer un fenómeno histórico de enorme importancia: bajo determinadas condiciones de lucha de clases, sectores del cristianismo latinoamericano llegaron a romper políticamente con las clases dominantes y caminar junto al movimiento obrero. Woodward constituye una de las expresiones más radicales de aquel desplazamiento.
Su destino revela también el límite brutal que la contrarrevolución impuso a aquella experiencia. Para los aparatos represivos surgidos después del 11 de septiembre, la sotana no constituía protección alguna cuando quien la llevaba había escogido el campo de los trabajadores. La persecución contra Woodward demuestra que el objetivo represivo no se definía simplemente por una determinada identidad religiosa, sino por la posición política y social ocupada dentro del conflicto abierto que precedió al golpe.
Por eso su recuerdo continúa perteneciendo especialmente a Valparaíso. No solamente porque aquí nació, vivió, trabajó y murió, sino porque su biografía parece condensar las contradicciones de esta ciudad: el puerto abierto al mundo y los cerros obreros; la riqueza marítima y la pobreza de sus poblaciones; las grandes instituciones y la organización desde abajo; la Armada y quienes fueron perseguidos por ella.
Miguel Woodward representa finalmente una pregunta que sigue atravesando la historia latinoamericana: ¿qué ocurre cuando un cristiano lleva hasta sus últimas consecuencias la opción por los pobres y descubre que la pobreza no es simplemente una desgracia que debe aliviarse, sino una relación social que debe ser transformada?
Woodward respondió esa pregunta con su propia vida. Se hizo trabajador, se organizó con los trabajadores y tomó partido en uno de los momentos decisivos de la lucha de clases chilena. El 22 de septiembre de 1973 murió después de ser detenido y torturado. Su cuerpo desapareció, pero su historia no. A cincuenta y tres años de su muerte, Miguel Woodward sigue recorriendo los cerros de Valparaíso como parte de la memoria del movimiento popular porteño: sacerdote y obrero, cristiano y socialista, víctima de la represión y, antes que todo ello, un hombre que decidió conscientemente de qué lado colocarse cuando la sociedad chilena quedó dividida por una de las grandes batallas políticas de su historia.
Fotografía de Portada: tomada de la página de Facebook de Mario Aguirre Montaldo










