por Franco Machiavelo
Hay derrotas que no ocurren cuando se pierden elecciones. Hay derrotas mucho más profundas: ocurren cuando una izquierda deja de imaginar una sociedad distinta y comienza a administrar con eficiencia la sociedad que decía combatir.
En Chile, una parte de la izquierda terminó sentándose cómodamente en los salones del poder. Cambió la rebeldía por la respetabilidad, la transformación por la gestión y el proyecto colectivo por el cálculo electoral. Aprendió a hablar el idioma del mercado con palabras de justicia social.
El problema no es que esa izquierda participe en las instituciones. El problema aparece cuando las instituciones terminan participando de ella; cuando el poder consigue domesticar aquello que nació para cuestionarlo.
El neoliberalismo comprendió algo fundamental: no siempre necesita destruir a sus adversarios. A veces basta con incorporarlos. Darles cargos, oficinas, asesores, discursos y una pequeña cuota de poder. Entonces, poco a poco, la crítica se transforma en administración y la rebeldía en protocolo.
Así nace una izquierda que puede hablar de igualdad mientras acepta la desigualdad como una realidad inevitable; que puede defender a los trabajadores mientras teme demasiado al conflicto social; que puede pronunciar la palabra pueblo mientras mira al pueblo desde arriba.
Una izquierda así deja de disputar la hegemonía y comienza simplemente a administrar sus consecuencias.
Porque el neoliberalismo no es solamente un sistema económico. También es una manera de pensar. Penetra en la conciencia, transforma al ciudadano en consumidor, convierte los derechos en servicios y hace creer que todo tiene un precio. Y cuando esa lógica consigue instalarse incluso en quienes dicen combatirla, la victoria del modelo ya no necesita policías ni militares: basta con que sus antiguos críticos terminen defendiendo sus límites.
La política entonces se convierte en una representación: discursos encendidos durante las campañas y decisiones moderadas cuando llega la hora de gobernar.
Pero una izquierda sin capacidad de cuestionar las estructuras fundamentales del poder termina siendo apenas una izquierda decorativa.
Una izquierda que teme demasiado a las grandes transformaciones termina convirtiéndose en guardiana de las pequeñas reformas. Y mientras discute cuánto puede cambiar, los dueños del poder siguen decidiendo cuánto puede cambiar realmente.
El pueblo no necesita mayordomos que administren mejor la casa de los poderosos.
Necesita recuperar la capacidad de decidir cómo quiere construir su propia casa.
La verdadera política transformadora no consiste en cambiar los administradores del modelo. Consiste en preguntarse quién controla la riqueza, quién controla las decisiones y para quién funciona realmente la sociedad.
Porque cuando una izquierda abandona esa pregunta, deja de ser una alternativa histórica y se convierte en una pieza más del engranaje.
Y entonces ocurre la paradoja más amarga: aquellos que llegaron prometiendo cambiar el sistema terminan explicándole al pueblo por qué el sistema no puede cambiar.
Ese es el momento en que la izquierda deja de caminar con la sociedad y comienza a caminar de rodillas frente al poder.
Y una izquierda de rodillas podrá administrar el neoliberalismo, podrá maquillarlo, podrá ponerle un lenguaje social y hasta podrá llamarlo progreso. Pero seguirá siendo neoliberalismo.










