por Franco Machiavelo
La clase dominante no gobierna solo con represión: gobierna administrando expectativas. En ese escenario, la pseudoizquierda progre continuista exhibe sus logros como trofeos históricos —subir la PGU, las 40 horas, el aumento del salario mínimo— mientras el poder real permanece intacto. No son conquistas estructurales: son concesiones calculadas, migajas suficientes para descomprimir el conflicto social sin tocar el corazón del modelo.
Estas medidas operan como gestión de la pobreza, no como superación de la explotación. Ajustan el termómetro, pero no curan la enfermedad. La riqueza sigue concentrada, los recursos naturales siguen privatizados, la matriz productiva sigue subordinada al capital transnacional, y el trabajo continúa precarizado bajo nuevas retóricas de inclusión. El sistema concede lo mínimo para que nada cambie.
El salario mínimo sube, pero el costo de la vida lo devora. Las 40 horas prometen dignidad, pero conviven con subcontratación, informalidad y endeudamiento estructural. La PGU se incrementa, pero no cuestiona el negocio previsional ni la mercantilización de la vejez. Es asistencia sin poder, alivio sin soberanía, derechos sin control popular.
Aquí opera una pedagogía del límite: se educa al pueblo para agradecer lo poco, para creer que no hay alternativa, para confundir reformas administrativas con emancipación. La hegemonía no necesita prohibir; necesita normalizar. Normalizar que lo posible sea siempre lo que no incomoda al capital. Normalizar que la política sea gerencia y no conflicto de clases.
La traición de clase no siempre se anuncia con golpes; a veces llega envuelta en logos progres, lenguaje amable y campañas de marketing moral. Se habla de derechos sin tocar la propiedad. Se habla de justicia social sin nacionalizar los bienes comunes. Se habla de democracia sin disputar el poder económico. Es una izquierda que administra el orden, no que lo transforma.
Una respuesta sólida no son migajas: es redistribución real del poder. Es nacionalizar recursos estratégicos, desmercantilizar derechos sociales, democratizar la economía, fortalecer organización popular y soberanía política. Todo lo demás es contención simbólica: un pacto para que la desigualdad siga gobernando con rostro humano.
Mientras el capital mande, las migajas seguirán cayendo desde la mesa. Y quien las celebra, aunque se pinte de progreso, ya eligió bando.
Estas medidas operan como gestión de la pobreza, no como superación de la explotación. Ajustan el termómetro, pero no curan la enfermedad. La riqueza sigue concentrada, los recursos naturales siguen privatizados, la matriz productiva sigue subordinada al capital transnacional, y el trabajo continúa precarizado bajo nuevas retóricas de inclusión. El sistema concede lo mínimo para que nada cambie.
El salario mínimo sube, pero el costo de la vida lo devora. Las 40 horas prometen dignidad, pero conviven con subcontratación, informalidad y endeudamiento estructural. La PGU se incrementa, pero no cuestiona el negocio previsional ni la mercantilización de la vejez. Es asistencia sin poder, alivio sin soberanía, derechos sin control popular.
Aquí opera una pedagogía del límite: se educa al pueblo para agradecer lo poco, para creer que no hay alternativa, para confundir reformas administrativas con emancipación. La hegemonía no necesita prohibir; necesita normalizar. Normalizar que lo posible sea siempre lo que no incomoda al capital. Normalizar que la política sea gerencia y no conflicto de clases.
La traición de clase no siempre se anuncia con golpes; a veces llega envuelta en logos progres, lenguaje amable y campañas de marketing moral. Se habla de derechos sin tocar la propiedad. Se habla de justicia social sin nacionalizar los bienes comunes. Se habla de democracia sin disputar el poder económico. Es una izquierda que administra el orden, no que lo transforma.
Una respuesta sólida no son migajas: es redistribución real del poder. Es nacionalizar recursos estratégicos, desmercantilizar derechos sociales, democratizar la economía, fortalecer organización popular y soberanía política. Todo lo demás es contención simbólica: un pacto para que la desigualdad siga gobernando con rostro humano.
Mientras el capital mande, las migajas seguirán cayendo desde la mesa. Y quien las celebra, aunque se pinte de progreso, ya eligió bando.











