por Franco Machiavelo
No se trata de un error ni de simples “sesgos periodísticos”. Lo que ocurre con Venezuela es la expresión más cruda de una guerra ideológica donde la información deja de ser un derecho social y pasa a convertirse en un arma de dominación. Los grandes medios no informan: disciplinan conciencias. No describen la realidad: la fabrican según las necesidades del poder económico y geopolítico.
La clase dominante comprende desde hace décadas que quien controla el relato controla el sentido común. Por eso la noticia ya no nace de los hechos, sino de los intereses. Venezuela no es narrada como proceso histórico complejo, sino reducida a un cliché útil: caos, autoritarismo, colapso. El objetivo no es comprender, sino deslegitimar, aislar y justificar la agresión permanente.
Esta dictadura informativa no necesita tanques ni censura explícita. Opera de manera más sofisticada: selecciona, omite, exagera, repite. Silencia los bloqueos económicos, minimiza la guerra financiera, borra al pueblo organizado y presenta toda resistencia como manipulación o fanatismo. Así, el imperialismo se lava las manos y la oligarquía local aparece como “democrática” mientras defiende privilegios históricos.
La hegemonía cultural se construye cuando la mentira se vuelve cotidiana y la versión del poder se naturaliza. Se convence a las mayorías de que no hay alternativa, de que toda soberanía es peligrosa y de que el mercado es el único horizonte posible. En ese marco, Venezuela resulta insoportable porque rompe el guion, porque insiste en decidir por sí misma, porque no se somete dócilmente a los dictados del capital transnacional.
Los medios concentrados actúan como intelectuales orgánicos del sistema, ordenando el pensamiento, delimitando lo decible y estigmatizando cualquier disidencia. No buscan informar sobre Venezuela: buscan advertir al mundo de lo que ocurre cuando un pueblo desafía el orden impuesto. El mensaje es claro: salirse del libreto tiene castigo.
Por eso hablamos de secuestro de la información. Porque la verdad ha sido expropiada, privatizada y puesta al servicio de intereses mezquinos. Frente a ello, la tarea es política y cultural: romper el cerco, disputar el sentido común, reconstruir la palabra desde abajo. No para idealizar, sino para comprender sin tutelas, sin patrones, sin imperios.
La lucha no es solo por Venezuela. Es por el derecho de los pueblos a nombrar su propia realidad y a no aceptar como verdad aquello que el poder necesita imponer. Cuando la información se libera, la hegemonía tiembla. Y eso, precisamente eso, es lo que más temen.











