Jacobin
UNA ENTREVISTA CON Mabel Berezin
De Trump a Orbán, de Meloni a Milei, los líderes de todo el mundo han convertido el miedo, el resentimiento y el orgullo nacional en instrumentos políticos. Su atractivo no reside solo en el carisma, sino también en la profunda inseguridad generada por la larga crisis del neoliberalismo.
Imagen: El orgullo nacional, el resentimiento y el miedo sustentan la retórica de los líderes populistas nacionales en todo el mundo. (Nicolas Tucat / AFP vía Getty Images)
Entrevista por Dora Mengüç[1]
Durante las últimas décadas, el neoliberalismo vació los fundamentos sociales y afectivos de la vida política. A medida que los Estados de bienestar se erosionaron, el trabajo precario se expandió y las protecciones públicas desaparecieron, emergió una nueva atmósfera de inseguridad en la que la bronca, el miedo, el resentimiento, el orgullo herido y el anhelo de pertenencia se convirtieron en poderosas monedas políticas.
Este terreno emocional no es teórico: está inscrito en la retórica de los líderes más influyentes de la actualidad. Donald Trump promete hablar en nombre de «los olvidados». Viktor Orbán advierte que Europa está «bajo asedio». Narendra Modi enmarca la transformación política como un «renacimiento nacional». Giorgia Meloni reivindica su identidad —«mujer, madre, italiana, cristiana»— como una fortaleza bajo amenaza. Javier Milei grita que «todo va a colapsar» si no hay una ruptura radical. Benjamin Netanyahu presenta cada crisis como una batalla por la supervivencia nacional.
Sus vocabularios difieren, pero comparten la misma gramática afectiva: movilizar el miedo, el orgullo, la humillación y la angustia existencial en sociedades fracturadas por la reestructuración neoliberal. El ascenso de las formaciones autoritario-populistas de hoy no puede entenderse solo a través del carisma; está enraizado en un paisaje más profundo de precariedad económica, fragmentación social y colapso de la confianza institucional.
Para entender esta convergencia entre emoción y poder conversamos con la socióloga Mabel Berezin, cuyo trabajo explora la relación entre el afecto, la identidad política y el desarrollo histórico de los movimientos de derecha. En esta entrevista, Berezin explica cómo las emociones se convierten en herramientas políticas, por qué las nuevas formaciones de derecha resuenan en distintos continentes y cómo el neoliberalismo preparó el terreno para estos nuevos modos de autoridad.
DM
Antes de entrar en las fuerzas estructurales, quiero empezar por la materia prima en sí misma: las emociones. La política contemporánea parece estar impulsada no tanto por programas, como sí por el miedo, el orgullo y el resentimiento. ¿Cómo configuran las emociones la pertenencia política hoy y cómo convierten los líderes el lazo afectivo en lealtad duradera?
MB
Las emociones siempre fueron centrales en la política. Cualquier líder eficaz, ya sea de izquierda o de derecha, sabe trabajar con ellas. Pero las emociones nunca operan solas. Las personas responden a lo que sienten y a lo que creen que pueden ganar materialmente.
La lealtad política duradera emerge cuando el afecto se fusiona con lo que yo llamo «resultados tangibles»: ganancias económicas, victorias simbólicas o la sensación de que un líder llena un vacío. Cuando las emociones y las expectativas materiales convergen, el lazo político se vuelve duradero.
DM
Sostuviste que la política afectiva no puede explicar por sí sola la resistencia actual de la derecha. ¿Qué pesa más, las emociones o las condiciones materiales? ¿Y cómo combinan ambas cosas los líderes contemporáneos?
MB
Son inseparables. La movilización emocional es importante, pero sin anclaje material pierde fuerza. En muchos países donde ascendió la derecha neoautoritaria, los líderes combinan narrativas emocionalmente cargadas con gestos simbólicos o concretos que abordan preocupaciones materiales.
El miedo y el resentimiento solo se vuelven políticamente poderosos cuando se conectan con experiencias vividas de inseguridad, desigualdad y expectativas incumplidas.
DM
Quiero preguntar sobre una herramienta a la que recurren muchos de estos líderes: la división. ¿Por qué la polarización se volvió una estrategia política tan eficaz en la era neoliberal?
MB
Porque la polarización simplifica un mundo que el neoliberalismo volvió estructuralmente inestable. A medida que las instituciones se debilitan y las personas pierden seguridad económica, las narrativas binarias ofrecen claridad y dirección.
En contextos autoritarios competitivos, la polarización también ayuda a consolidar el poder: presenta al líder como el protector indispensable frente a los «otros» hostiles.
DM
Una vez que la polarización se instala, su lenguaje se moldea a través de consignas simples, ambiguas, emocionalmente cargadas. ¿Por qué las consignas políticas vagas son tan eficaces para movilizar a la gente hoy en día?
MB
Su poder reside en su vacuidad. Las consignas vagas permiten que cada persona proyecte en ellas sus propios miedos y deseos. Esto ya era así en los años veinte y treinta: la propaganda autoritaria usaba la ambigüedad para encender la imaginación colectiva.
Bajo la precariedad neoliberal, las promesas vagas se vuelven aún más potentes porque pueden absorber las ansiedades de sociedades fragmentadas.
DM
Hablemos de las figuras que encarnan esas consignas: líderes que se presentan casi como receptáculos de significado. Cuando un líder dice «yo soy como tú» o «hablo en tu nombre», ¿está construyendo una nueva identidad político-teológica?
MB
En cierto sentido, sí. Esta retórica transforma a los líderes de actores ordinarios en figuras cuasi teológicas. Se convierten en símbolos antes que en individuos con proyectos políticos o programas de gobierno.
Esto funciona con mayor intensidad en sociedades que ya venían estando marcadas por la fragmentación, la tensión cultural o el deterioro institucional. Y, cuando resuena, genera una adhesión afectiva casi absoluta alrededor del líder.
DM
Estas dinámicas emocionales se perciben como globales en parte porque las condiciones económicas que las sustentan también lo son. ¿Cómo alimentaron la reestructuración neoliberal y la erosión de los Estados del bienestar el ascenso de los movimientos autoritario-populistas contemporáneos?
MB
A partir de los años noventa, la erosión de las protecciones del Estado de bienestar debilitó el vínculo entre los ciudadanos y el Estado. La estabilidad laboral se derrumbó, las garantías públicas se achicaron y la previsibilidad a largo plazo desapareció.
Lo que mostró mi investigación comparativa es que la reestructuración neoliberal produjo respuestas emocionales —miedo, frustración, desilusión— que los movimientos autoritario-populistas aprovecharon. En otras palabras: la crisis económica creó la base material; la crisis afectiva creó la oportunidad política.
DM
Existe un debate de larga data sobre si la derecha actual está impulsada principalmente por la identidad cultural o por el declive económico. ¿La nueva derecha es ante todo identitaria, o la inseguridad económica sigue siendo la fuerza más profunda?
MB
La identidad es importante, pero la inseguridad económica es el telón de fondo estructural. Sin ella, los llamados identitarios carecen de fuerza política. Cuando los problemas estructurales quedan sin resolverse, las personas se vuelven más receptivas a las promesas de los actores neoautoritarios o autoritarios competitivos.
DM
Una emoción reaparece constantemente en distintas sociedades: la sensación de abandono. ¿Por qué el sentimiento de que «el Estado ya no nos protege» se volvió tan políticamente decisivo?
MB
Porque capta la esencia de la era neoliberal. En Estados Unidos, en Europa y más allá, las personas se sienten abandonadas por las instituciones que antes garantizaban estabilidad.
Este sentimiento tiene raíces en condiciones reales: mercados laborales precarios, servicios públicos en declive, protecciones sociales debilitadas, instituciones desbordadas. Cuando las personas se sienten desprotegidas, la política del hombre fuerte se vuelve atractiva.
DM
Dices que las emociones son necesarias pero no suficientes en política. ¿Qué distingue a los líderes autoritarios en su forma de movilizar las emociones?
MB
Su disposición a cruzar límites. Los líderes autoritarios explotan las emociones de manera agresiva, a menudo descartando por completo las normas retóricas o institucionales. Este estilo transgresor atrae la atención e intensifica la movilización.
Pero las condiciones materiales importan. La manipulación emocional gana tracción porque la angustia económica crea un terreno fértil.
DM
Por último, después de todas estas capas —emoción, economía, polarización, identidad, liderazgo—, ¿qué marco analítico nos ayuda a entender la política contemporánea?
MB
Uno multidimensional. Para entender el panorama actual hay que examinar cómo se politizan las emociones, cómo las economías neoliberales generan inseguridad, cómo las formaciones autoritario-populistas llenan el vacío resultante y cómo las crisis estructurales reconfiguran las identidades políticas.
Las explicaciones puramente emocionales o puramente económicas no alcanzan. Las emociones se vuelven políticamente decisivas solo cuando están enraizadas en la erosión material, el colapso de la capacidad estatal y la fragmentación social producida por el neoliberalismo.











