por Fernando de la Cuadra
Está comenzando la Copa del Mundo 2026 y la fiesta del futbol deja una vez más un sabor amargo entre los amantes de este deporte. Por todo lo visto antes de la inauguración oficial, la actual Copa del Mundo se destaca por la secuencia de barbaridades cometidas en contra de los derechos fundamentales de sus participantes, dentro y fuera de la cancha.
Por cierto, la FIFA cada vez se parece más a un grupo de mafiosos y corruptos que solo se interesan por apropiarse de los millonarios recursos que genera el futbol, no importándole las condiciones restrictivas a la democracia que imponen los países anfitriones. La anterior Copa de 2022 fue realizada en Catar, país administrado por una monarquía absolutista e teocrática que desde mediados del siglo XIX se encuentra bajo el poder discrecional de una única familia, la dinastía Al Thani.
La presente edición de la Copa del Mundo se realizará en tres países, siendo que uno de ellos es gobernado por un psicópata aspirante a transformarse en un tirano con dimensión global. Desde antes que comenzara la Copa, las restricciones del gobierno de Estados Unidos han violado todas las normas de fraternidad universal que deberían representar el espíritu a ser simbolizado por el rey de los deportes.
Las restricciones impuestas por la agencia migratoria también vienen impactando en las posibilidades de ingreso de los equipos de varios países, siendo el caso de Irán el más grave. Según las autoridades de Estados Unidos, las visas para los jugadores y la delegación de ese país ya fueron emitidas, pero estas mismas visas condicionan a que el equipo iraní se hospede en territorio mexicano (Tijuana) y viaje durante el mismo día del partido hacia el territorio estadounidense, regresando ese mismo día a la ciudad mexicana. Todavía está por verse cuál será el trato dispensado a la delegación de Irán en la frontera, pues la política migratoria del ICE se ha caracterizado por su extrema truculencia y imprevisibilidad. Ya el atacante y estrella del equipo de Irak, Aymen Hussein, fue sometido injustamente a un interrogatorio de 8 horas en el Aeropuerto de Chicago, cuando intentaba junto al resto de su delegación entrar al territorio de Estados Unidos para comenzar con los preparativos y entrenamientos necesarios para enfrentar los correspondientes partidos del Grupo I.
El propio Departamento de Estado ha anunciado que los hinchas de Irán y Haití se encuentran totalmente prohibidos de ingresar al país, mientras que participantes de otros países (Senegal y Costa de Marfil) obtendrán sus visas con restricciones o validad limitada. Para los hinchas de estos países y para muchos otros posibles viajeros, la serie de obstáculos administrativos y monetarios impuestos por las autoridades norteamericanas va a significar resignarse a ver la Copa por las pantallas de televisión. Además, los fanáticos que provienen de Argelia, Túnez o Cabo Verde deberán desembolsar valores que podrán llegar a los 15 mil dólares por persona si desean obtener el permiso necesario para ver los juegos. Junto con ello, el miedo a ser abordados por el terrorífico ICE y ser expulsados del país, está provocando la renuncia de gran cantidad de seguidores del fútbol para asistir a los partidos en vivo. Por lo mismo, las empresas de turismo y los hoteles ya se están quejando de tener una caída notable en las reservas de habitaciones durante los días del evento, frustrando las expectativas que existían antes del inicio de la Copa.
Contraria y sorprendentemente, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se ha dedicado a lisonjear al abusivo presidente Trump concediéndole un bizarro Premio FIFA de la Paz, el que le fue entregado el mismo día del sorteo de los grupos, en una actitud de sumisión y abyección que debería avergonzar a cualquier dirigente deportivo que posea un mínimo de pudor y decoro. No es gratuito precisamente que la portada de la revista deportiva L´equipe muestre a Infantino como una marioneta ridícula manipulada por Trump.
Por lo mismo, la pregunta que queda suspendida es la siguiente: ¿Será posible organizar una actividad deportiva de confraternización universal, en países que se destacan por su carácter despótico y antidemocrático? Para la FIFA la respuesta es simple. Claro que se puede, si el evento significa la obtención ganancia y lucro para enriquecer el bolsillo de los delincuentes de cuello y corbata que controlan el organismo.
Como Hitler en las Olimpiadas de Berlín en 1936, el presidente Trump desea transformar la Copa del Mundo en un palco de su ambición personal para autoproclamarse como el dueño del planeta y sellar con su alma de déspota las jornadas deportivas que, por bien o por mal, seducen y entusiasman a una parte significativa de la humanidad.











