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Escuelas matrices de las FFAA chilenas, ¿nichos de clasismo?

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Arturo Alejandro Muñoz

¿Cuántas personas han sido alumnas mías? Quizá, un par de miles, sin exageración. Tengo un recorrido que suma casi medio siglo en materia docente. Pero, ¿a qué  viene este recuerdo de hombre ya jubilado? Simplemente, a que jamás olvidaré a aquel excelente alumno que tuve en una de mis clases como profesor ayudante en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile, quien me confidenció el por qué de su desazón respecto de las fuerzas armadas, particularmente de las escuelas matrices donde se forma a la oficialidad.

La historia es simple, pero indignante. El alumno (guardo reserva de su nombre por razones obvias) estaba pronto a cursar el 2° año de Derecho en la ‘U’ cuando le correspondió  presentarse en el cantón de reclutamiento. Dado que carecía de redes sociales necesarias para evadir el SMO (Servicio Militar Obligatorio), pues su domicilio estaba en la población La Victoria, fue considerado ‘apto’ y llamado a las filas. Corría el año 1978 y la dictadura galopaba cómodamente sobre ese corcel llamado ‘patria’, a la vez que las primeras brisas de inquietud bélica soplaban desde allende los Andes por causa de la vieja disputa con Argentina por el Canal Beagle y las islas últimas frente al Cabo de Hornos: Picton, Lenox y Nueva.

El muchacho –inteligente y con excelente formación académica- destacó prontamente del resto del contingente. Fue trasladado a Punta Arenas, y allí vivió la “cuasi guerra”  con la república argentina. Alcanzó un grado superior en el escalafón pertinente, y su comandante le aconsejó no regresar a la universidad y optar por la vida militar mediante el ingreso a una de las escuelas del ejército, contando para ello con el total apoyo y recomendaciones del mismo comandante. “Carezco de dinero-contestó el joven- y la Escuela Militar General Bernardo O’Higgins es bastante cara”. 

Entonces recibió la respuesta que indignó  su espíritu.

 – ¿Pretendes ingresar a la escuela de oficiales del ejército? No, pues…  gente de tu condición social puede optar solamente a las escuelas de especialidades y de suboficiales. No confundas las cosas.

Esta historia, verídica, me hizo recordar lo que alguna vez había leído en libros de la desaparecida Editorial Quimantú. ¿Cómo era aquello? Ah, sí… se trataba de la presentación que realizó un contingente de soldados chilenos en el Londres de comienzos del siglo veinte. Desfile ordenado y vistoso, como acostumbran efectuar todas las ramas de nuestras fuerzas armadas. Pero, lo cómico (o tragicómico) fue la crónica publicada al día siguiente en uno de los diarios londinenses, en la cual el periodista aseguraba que el público de la City –al ver el marcial paso de los chilenos- se preguntaba llena de confusiones: “¿y de qué país es esta gente, donde la oficialidad bien podría ser aria o sajona, y el contingente de soldados pareciese proceder de China?”

Los dos ejemplos entregados en estas apretadas líneas sirven para barruntar que el clasismo ha estado presente en nuestra sociedad desde el inicio de la conquista española hasta el día de hoy. Resulta indiscutible asegurar que en las escuelas matrices de nuestras fuerzas armadas “la descendencia y origen familiar” constituye casi condición sine qua non para ingresar a ellas.

Por cierto, uno que otro hijo de empleado fiscal o de pequeño comerciante puede pasar el severo colador, pero ahí  muere la fila de candidatos del pueblo, ya que si se revisa exhaustivamente la nómina de oficiales egresados de esas escuelas en las últimas cinco décadas se estrellará con una situación que es extraña en extremo.

Digámoslo sin ambages y sin visos de errar en lo más mínimo. Los uniformados chilenos (marinos, militares, aviáticos) siempre han mezclado a  Toscanini con Escarfazo  y Napoleón, a Don Bosco con la Mignon, y a Carnera con San Martín. Es la fe en su propio cambalache la que históricamente ha movido a la mayoría de los altos oficiales de nuestras fuerzas armadas. El poder político, el poder bélico, el poder económico…ergo, el poder total. Y en ello el ejército lleva hoy la voz cantante, aunque la marina ha sido responsable de grandes desastres políticos y desangramiento de la patria en defensa de capitales e intereses foráneos, como la revolución de 1891 (almirante Jorge Montt) y el golpe de estado de 1973 (almirante José Toribio Merino).

Excluyendo a la Escuela de Carabineros (la policía uniformada de Chile), la casi totalidad de los cadetes del ejército, la aviación y la armada, procede de familias más que acomodadas y privilegiadas tanto social como económicamente. Pertenecen al 10% más rico de la población. ¿Aymaras? Lo dudo. ¿Rapa Nui? Ninguno, que se sepa. ¿Mapuche? Ni lo sueñe. ¿Hijos de pobladores o de temporeros? Permítame reír.

Debido precisamente a estas situaciones, nuestras fuerzas armadas –su oficialidad- son alta y vergonzosamente clasistas, pues se han alineado junto al estamento social económicamente privilegiado, dispuestas a protegerle sus intereses aún a costa de la sangre de los millones de chilenos que conforman la masa mayoritaria de nuestra nación.

Es cierto que en estas instituciones de “patricios”  alguna vez surgieron de ese mismo estamento social ciertos “tribunos de la plebe” –como los generales Schneider y Prats- pero fueron rápidamente sacados del camino mediante asesinatos arteros. La alta burguesía exige que el ejército, la marina y la aviación estén bajo su absoluto control.

De tal modo, entonces, la verdadera democracia podrá  contar con tranquilidad, seguridad y defensa sólo cuando las escuelas matrices de nuestras fuerzas armadas abran sus puertas a la verdadera igualdad de oportunidades, lo que permitiría a muchos jóvenes de estratos sociales medios y bajos ingresar a una de ellas, lo cual exigiría también la apertura de créditos y becas avaladas por el estado a objeto que lo anterior fuese un hecho permanente, y no un suspiro ocasional llevado por el viento de la demagogia.

Además, la democratización de las escuelas matrices de las fuerzas armadas y un escalafón único constituyen la condición sine qua non para lograr estructurar por fin una república en serio, y un país donde la tranquilidad y la justicia social sean bienes permanentes.

De no ser así, la democracia siempre se verá  asfixiada y amenazada por una espada sobre su cabeza, obligándose a legislar y gobernar en beneficio preferente de la exigua clase de los poderosos, y en detrimento no sólo de la sociedad civil sino de la nación misma.

Se trata, pues, de un tema relevante, necesario de abordar aún si algunos sectores fundamentalistas rasguen vestiduras y emitan chillidos de pánico, pues el verdadero sistema democrático institucional encuentra sólida base en la igualdad de oportunidades…  pero en una igualdad de oportunidades en todo su ancho… incluyendo a la alta oficialidad castrense.

 

 
 
 
 

 

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