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En defensa de Victor Serge

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El legado de Victor Serge no es el de un hombre que abandonó el socialismo por el anticomunismo. Es el de un pensador socialista que se negó a toda capitulación —al estalinismo, al liberalismo, a la desesperación— y que pagó todo el costo de esa negativa.

Imagen: Victor Serge y Wolfgang Paalen en el estudio del artista en Ciudad de México, 30 de mayo de 1942.

urante décadas, cualquiera que escribiera sobre Victor Serge debía comenzar explicando quién era y por qué debíamos prestarle atención. A pesar de un legado literario enorme, había sido literalmente eliminado con aerógrafo de la historia soviética, pasando a ser una figura olvidada incluso para buena parte de la izquierda. La historia rara vez es benévola con los vencidos, y Serge se situó del lado de los derrotados, junto a quienes se negaron a transigir con el capitalismo o a rendirse ante el estalinismo. El costo fue alto, pero la elocuente voz de Serge y su poderosa pluma no pudieron impedir que fuera marginado por la historia, ignorado o mal comprendido, relegado a una vida de pobreza. Cuatro de sus libros fueron confiscados por la censura soviética (Glavlit), y otros escritos quedaron inéditos, aunque establecen que era un hombre que pertenece a nuestro futuro.

¿Quién era Serge? Obrero, militante, intelectual, internacionalista por experiencia y convicción, y siempre pobre, Serge vivió entre 1890 y 1947. Participó en tres revoluciones, pasó una década en diversas prisiones y estuvo políticamente activo en siete países. Publicó más de treinta libros y dejó miles de páginas de trabajo inédito. Nació en Bélgica como Victor Kibalchich, hijo de padres anarcopopulistas rusos exiliados, y murió él mismo en el exilio, en México, como pensador y escritor socialista independiente y no dogmático. Pasó los años 1919-1936 en su mayor parte en la Unión Soviética, como parte de una generación revolucionaria que buscaba crear una sociedad socialista.

Fueron superados por las maniobras y finalmente derrotados por Iósif Stalin, quien estableció una dictadura burocrática autoritaria que gobernaba en nombre del comunismo. Serge dedicó lo que le quedaba de vida a comprender la promesa y el fracaso del experimento soviético, no para renunciar al socialismo sino para rescatarlo de la catástrofe del estalinismo.

Se opuso al capitalismo primero como anarquista, luego como bolchevique. Se opuso a las prácticas antidemocráticas del bolchevismo y luego se enfrentó a Stalin como opositor de izquierda. Discutió con León Trotski desde dentro de la izquierda antiestalinista, y se opuso tanto al fascismo como a la incipiente Guerra Fría en tanto marxista revolucionario impenitente. Sus percepciones a menudo lo enfrentaron con sus correligionarios en Occidente, causándole mucho pesar, aislándolo del mismo movimiento al que había dedicado tantos años, con tanto riesgo.

Sin embargo, no sucumbió al pesimismo. Nunca vaciló en su compromiso con la creación de una sociedad que defienda la libertad, realce la dignidad y mejore la condición humana. Para Serge, la democracia no era un accesorio del socialismo sino su condición indispensable. A través de sus ensayos, memorias, cuadernos, novelas y obra periodística, buscó comprender las derrotas del siglo XX para iluminar las posibilidades del futuro, llamando a una renovación del pensamiento y la práctica socialistas.

Escribiendo desde el exilio en México, en los últimos años de su vida, ofreció una advertencia a los «dogmáticos fosilizados» que creían que la revolución europea era inevitable después de la guerra.

Una época oscura se abre ante Europa y el mundo. Los mejores revolucionarios han sido destruidos por derrotas pasadas y por la guerra. Tendrá que transcurrir tiempo antes de que se formen nuevos cuadros. Los viejos programas y rutinas socialistas han sido superados y deben ser renovados. El estalinismo, victorioso gracias al apoyo incondicional y a las concesiones hechas por los Aliados, será más peligroso que nunca… Si queremos salvar a Europa, tenemos que empezar por reunir a todas las fuerzas democráticas libres para, simplemente, practicar el arte de no desaparecer.

La advertencia de Serge capta el pensamiento revolucionario pero resueltamente independiente de un hombre que insistía, ante todo, en que el socialismo sin libertad y democracia no es ni puede ser socialismo. Como lo expresó en 1942:

Queremos participar en la construcción de un socialismo restituido a su dignidad y a sus fines reales, lo cual solo puede lograrse a través de una organización de hombres libres. Queremos ideas honestas y claras dentro de un movimiento obrero sano, vigorizado por la competencia fraternal y el debate libre. Desde el corazón de la democracia amenazada, del socialismo y del movimiento obrero, defendemos ante todo la libertad de opinión y la dignidad humana del militante, los derechos de las minorías y un espíritu crítico. Luchamos sin tregua, y no cesaremos de luchar, contra el pensamiento controlado, el culto al líder, la obediencia pasiva y las despreciables artimañas de los partidos sometidos a una disciplina ciega, así como contra el uso sistemático de la mentira, la calumnia y el asesinato.

Redescubrir a Serge ya no es una operación de rescate. El estancamiento se ha roto: la publicación de sus Carnets (Cuadernos, 1936-1947) por Agone, las nuevas ediciones de Memorias de un revolucionario y de sus novelas por New York Review Books, y ahora dos importantes biografías nuevas —Victor Serge: Unruly Revolutionary (Victor Serge: un revolucionario rebelde), de Mitchell Abidor, y Le jeune Victor Serge (El joven Victor Serge), de Claudio Albertani, primer volumen de una extenso proyecto biográfico— marcan algo así como un renacimiento de Serge. Hemos entrado en un período en el que la tarea ya no consiste simplemente en dar a conocer su legado literario y revolucionario, sino en defenderlo.

Escribimos desde tradiciones políticas diferentes —el anarquismo, la Oposición de Izquierda, el socialismo revolucionario— pero nos une la convicción compartida de que la biografía de Abidor, a pesar de toda su profundidad archivística, malinterpreta a su sujeto. El legado de Serge no es el de un hombre que abandonó el socialismo por el anticomunismo de la Guerra Fría. Es el de un pensador socialista que se negó a toda capitulación —al estalinismo, al liberalismo, a la desesperación— y que pagó todo el costo de esa negativa.

No encasillar a Serge

Provenir de tradiciones políticas e intelectuales distintas nos libera de la tentación de confinar a Victor Serge dentro de una única interpretación tendenciosa, y de someterlo al veredicto retrospectivo, como si cada etapa de su vida apuntara inevitablemente hacia su supuesto anticomunismo posterior. Ya sea que provengamos del anarquismo, del trotskismo, del socialismo revolucionario u otras corrientes de la izquierda, algo debería permanecer en común: la negativa a transformar una vida definida por luchas, derrotas y resistencia en un juicio por insinuación. Es a partir de esta preocupación compartida —no de un acuerdo en cada cuestión política— que abordamos la biografía de Abidor.

Sin embargo, esto es precisamente lo que Abidor hace con demasiada frecuencia. El libro contiene material valioso, incluidos documentos importantes y relatos conmovedores —por ejemplo, sobre los años de Serge en Francia—. El problema no es que Abidor sea severo con Serge; es que su enfoque interpretativo central nos parece profundamente equivocado.

Psicologiza a Serge, pone en duda su sinceridad y su carácter moral, y exagera anécdotas y frases sacadas de contexto. El uso partidista de material real termina produciendo una imagen distorsionada de Serge. La falsificación no implica necesariamente inventar hechos; puede consistir en disponerlos de tal manera que ya no correspondan a su contexto original.

Como anarquista, uno razonablemente podría haber esperado que la crítica de Abidor se centrara en la decisión de Serge de unirse al Partido Bolchevique en 1919, marcando su ruptura con el anarquismo de su juventud. Pero no es el caso. En su relato de la juventud de Serge, Abidor trata al movimiento anarcoindividualista, en el que Serge fue un participante activo durante casi una década, con escasa simpatía. Más grave aún, al abordar el papel de Serge en el asunto Liabeuf, la campaña política de 1910 en torno a la ejecución del obrero Jean-Jacques Liabeuf, Abidor señala que el periodista socialista Gustave Hervé fue procesado por sus declaraciones públicas, mientras que Serge no lo fue. Aunque reconoce que no existe evidencia documental que explique por qué Serge escapó al procesamiento, de todos modos invita al lector a inferir que su inmunidad reflejaba tratos turbios con la policía. La falta de evidencia funciona menos como motivo de cautela histórica que como una invitación a la sospecha.

Abidor reserva su crítica más aguda para los últimos años de la vida de Serge. Para entonces, trabajando en un aislamiento cada vez mayor, Serge había profundizado su análisis del estalinismo. Algunos de los juicios expresados en su correspondencia, en las entradas de sus cuadernos y en sus últimos escritos son discutibles y llevan la marca inconfundible de las circunstancias extraordinarias en que fueron escritos. La violencia del estalinismo, el recuerdo de los Procesos de Moscú, la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, el asesinato de Trotski y el propio aislamiento político de Serge durante su exilio final en México pesaron considerablemente sobre su pensamiento.

Sin embargo, reconocer este endurecimiento del tono no reivindica la interpretación de Abidor. ¿Equivale esto a una conversión de Serge hacia un anticomunismo tosco y vulgar? No creemos que sea así. Abidor lee a Serge a través de su propio prisma —lo llama su «paradigma interior»— y sospecha de su falta de sinceridad, como si Serge estuviera expresando opiniones que no sostenía. Su argumento central es que Serge se convirtió en un anticomunista convencido en sus últimos años. Basa esto en una premisa equivocada: la idea de que la Unión Soviética bajo Stalin todavía representaba, aunque fuera de manera distorsionada, el proyecto socialista.

En efecto, Abidor acepta que la URSS era un Estado comunista —una postura sorprendente para alguien que profesa afinidad con la tradición anarquista—. Incluso la llama «el único Estado socialista» sin considerar seriamente el análisis de Serge según el cual el estalinismo representaba un sistema antitético al socialismo, en definitiva antisocialista y antihumano. En las páginas finales de su biografía, Abidor escribe que la insistencia de Serge en la protección de la libertad política y la democracia «lo convirtió en un enemigo intransigente del comunismo». No podría haber una declaración más clara de la aceptación por parte de Abidor de la propia definición de Stalin de su sistema como comunista —una definición que haría estremecer a Karl Marx—, que Serge dedicó su vida a refutar.

Afortunadamente, no necesitamos especular: las ideas de Serge están claramente documentadas en sus ensayos y artículos, en particular en «Para una renovación del socialismo» (Pour une rénovation du socialisme), escrito en México en la década de 1940 y publicado en francés en Masas: Socialismo y libertad (Masses: Socialisme et Liberté, junio de 1946). Allí, Serge afirma que «el colectivismo no es, como se podría haber estado tentado a suponer, sinónimo de socialismo, y puede incluso adoptar formas antisocialistas de explotación del trabajo y desprecio por la humanidad». La definición de socialismo de Serge pone menos énfasis en la estructura económica de la sociedad que en su organización política y jurídica, es decir, en los derechos humanos, la libertad y la democracia.

En su manuscrito inédito «Économie Dirigée et Démocratie» (Economía dirigida y democracia), Serge analiza la «planificación» soviética como la antítesis de la democracia y de la planificación misma: no la regulación consciente de la sociedad por parte de productores libremente asociados, tal como la definía Marx, sino órdenes perentorias (ucases) emitidas desde arriba, imposibles de cumplir salvo sobre el papel. Describe a la URSS por lo que era: un sistema que operaba mediante el terror contra su propia población, dirigido por el poder dictatorial de Stalin y la policía secreta. Algo que no tenía nada en común con los ideales de Octubre.

Una carta de Serge a René Lefeuvre, incluida en la edición de 1984 de 16 Fusillés à Moscou (16 fusilados en Moscú), muestra a un hombre preocupado por la publicación de Lefeuvre de un informe insuficientemente crítico del imperialismo estadounidense (un marcado contraste con el retrato reductivo de Abidor): «Entiendo que la amenaza estalinista lo alarme. Pero eso no debe hacernos perder de vista nuestra visión de conjunto. No debemos hacerle el juego al bloque anticomunista; y, a juzgar por los primeros números de Masas, merecemos ser criticados por hacerlo».

Un sentimiento similar aparece en los Cuadernos de Serge. En septiembre de 1944, escribió que «la batalla está abierta entre el Partido Comunista totalitario y la democracia socialista». Aclaró de inmediato que la oposición decisiva ya no se situaba, como en 1917-1918, entre la revolución socialista y la reacción capitalista, sino también entre el totalitarismo estalinista y el socialismo democrático. En 1942, respecto de España, escribe que los objetivos de la revolución democrática «solo pueden alcanzarse por las masas socialistas» y deben ser trascendidos mediante medidas radicales de «nacionalización que impliquen planificación». En septiembre de 1944, al contraponer el «Partido Comunista totalitario» con la «democracia socialista», Serge formula la alternativa en términos de «totalitarismo estalinista» versus «socialismo democrático», sin hacer concesión alguna al liberalismo occidental.

En una entrevista concedida a Protean Magazine en diciembre de 2025, Abidor declara: «[Serge] quería ser un intelectual neoyorquino. Al final de su vida, si hubiera podido ser cualquier cosa en el mundo, habría sido un intelectual judío neoyorquino». Se trata de una construcción forzada e indemostrable. Serge no transitaba la trayectoria del ambiente intelectual neoyorquino. es decir, el arco de Max Eastman y Max Shachtman, la historia conocida de exiliados trotskistas que viraron hacia la derecha en dirección al Congreso por la Libertad de la Cultura. Esa es una trayectoria histórica real, pero no es la de Serge.

Enriquecer el socialismo, no denunciarlo

Resulta revelador que Abidor considere el respeto de larga data de Serge por el individuo como algo antimarxista, lo cual es malinterpretar tanto a Marx como a Serge, quien tomaba este valor simultáneamente como punto de partida y como conclusión. Marx sostenía que la libertad humana y la autorrealización solo serían posibles con la abolición del capitalismo, que reduce al individuo a una mercancía. Rosa Luxemburgo insistía en la libertad de pensamiento individual, especialmente para los propios enemigos. Lo mismo hacía Serge.

La experiencia política de Serge no lo llevó a renunciar al socialismo tras el triunfo de Stalin, sino a enriquecerlo con una declaración de derechos humanos. En «Para una renovación del socialismo», publicado en Masas (en junio de 1946), Serge llama a actualizar el pensamiento marxista a la luz de la psicología, la ciencia y las nuevas formaciones sociales. Se trataba de una renovación, no de un rechazo.

Trabajando en aislamiento, privado de la generación revolucionaria que había comprendido tanto el marxismo como el estalinismo desde adentro, Serge se debatía con los contornos del mundo de posguerra, intentando analizar una formación en proceso de gestación. Podía ver las tendencias, pero murió justo cuando la Guerra Fría estaba tomando forma, antes de que sus implicancias fueran plenamente evidentes.

Serge murió en noviembre de 1947. La Doctrina Truman había sido proclamada en marzo de ese año; el Congreso por la Libertad de la Cultura, el aparato cultural de la CIA, data de 1950. La arquitectura ideológica completa del anticomunismo de posguerra no surgió hasta después de su muerte. Proyectar ese marco sobre Serge no es interpretación. Es anacronismo tendencioso, tal como resulta ahistórico suponer, como hace Abidor sotto voce en la entrevista de Protean, que Serge «habría» apoyado a los estadounidenses en Vietnam.

Abidor atribuye gran importancia al hecho de que Serge se desempeñó como corresponsal en México para The New Leader, viéndolo como prueba de su convergencia ideológica con la socialdemocracia de derecha. La verdad es más prosaica: Serge no tenía dinero y casi ningún medio para ganarse la vida en México. Vivía de su pluma, pero el Estado soviético le cerraba sistemáticamente las opciones de publicación. Manuel Alemán, futuro presidente de México, admitió que existía una intensa presión soviética para negarle a Serge cualquier medio de expresión pública. Así que Serge escribía dondequiera que pudiera publicar y, en el caso de The New Leader, cobrar. También se negó a someterse a la censura: le dijo a Nancy y Dwight Macdonald que la revista permitía un pluralismo que la propia prensa trotskista no toleraba. Al mismo tiempo, Serge escribía para Politics, la revista socialista libertaria dirigida por Dwight Macdonald.

He aquí, entonces, al Serge de sus últimos años: no un anticomunista ni un guerrero frío, sino un pensador socialista que buscaba renovar la tradición en condiciones extremadamente adversas. Ante todo, Serge fue un gran escritor. Evoca la atmósfera de los años veinte y treinta dentro de la Unión Soviética y del movimiento comunista, y expone los dilemas de la década de 1940 con un sentido de inmediatez y claridad. Resulta llamativo que Abidor no aborde la importancia de las novelas y poemas de Serge para comprender la tragedia de una revolución que se devora a sí misma.

Cinco meses antes de su muerte, en una carta fechada el 22 de junio de 1947, dirigida a «Podoliak», el seudónimo del escritor ucraniano Hryhory Kostiuk, Serge declaraba: «Sigo siendo —inquebrantablemente— un socialista, un partidario del socialismo democrático. El sistema contra el cual he luchado y sigo luchando —y que usted conoce bien— lo considero una forma de totalitarismo; es decir, algo nuevo, pero profundamente inhumano y antisocialista». Kostiuk no era ni un liberal occidental ni un anticomunista de la Guerra Fría; era un intelectual revolucionario ucraniano que había experimentado en carne propia el terror soviético, el editor de Vaplite, una revista en la que Serge había publicado. Este no es el retrato de un hombre instalándose en el anticomunismo de la Guerra Fría. Es el de un hombre que lucha por hacerse oír contra el aislamiento, afirmando sin vacilar la necesidad del compromiso socialista contra el totalitarismo estalinista.

Nos sorprendió la reseña de Ian Birchall en Jacobin, dado el gran aprecio que sentimos por él como historiador. Sin duda, su reseña es más mesurada que el texto de Abidor, pero sigue siendo preocupante que Birchall encuentre convincente la conclusión de Abidor de que «en sus últimos años, Serge veía al comunismo como el enemigo principal». Birchall reconoce que solo se puede especular sobre lo que Serge habría pensado respecto de Corea o Vietnam, pero, no obstante, sugiere para Serge una trayectoria política que sus escritos no respaldan.

Este punto resulta aún más llamativo dado que el propio Birchall había citado anteriormente la carta de Serge a Lefeuvre como evidencia de lo contrario. Esa carta revela a un Serge alarmado por el estalinismo, pero que se niega explícitamente a hacerle el juego a un bloque anticomunista. Nos obliga a resistir las lecturas demasiado simplistas: Serge no deja de ser socialista por identificar al estalinismo como una amenaza central. Intenta, en circunstancias trágicas, mantener una posición revolucionaria independiente entre el régimen burocrático-autoritario estalinista y el bloque capitalista occidental.

Abidor, por su parte, confunde retórica con análisis. La polémica de un exiliado no constituye un programa político. La amargura de un proscrito no es una doctrina. Un hombre perseguido por el estalinismo en Ciudad de México, viviendo en un mundo de asesinatos, amenazas y ajustes de cuentas, puede producir pronunciamientos terribles. Pero no se gana nada transformando esas declaraciones en un certificado de pertenencia a una familia política definitivamente establecida. Victor Serge fue un hombre de pasión y complejidad, ásí como también un francotirador político, pero nunca un renegado. Una biografía no debería ni condenarlo ni absolverlo, sino buscar comprenderlo, leyendo su vida y su obra en sus propios términos. Hay una diferencia entre escribir historia y llevar adelante un proceso judicial.

Serge, como cualquier ser humano, era capaz de error y de contradicción. Puesto a prueba por tantas adversidades, tratando de pensar de manera renovada qué podía significar la democracia socialista en el mundo de posguerra, Serge fue un opositor de izquierda crítico que nunca abandonó el socialismo, a diferencia de quienes sucumbieron a la retórica del «dios que fracasó». No convirtió el fracaso del estalinismo en el fracaso del socialismo. No renunció a la emancipación colectiva. Por el contrario, buscó liberar al socialismo de su deformación burocrática y totalitaria.

Por esta razón, debemos, para concluir, oponer a la lógica inquisitorial de Unruly Revolutionary el testimonio del poeta Octavio Paz, quien conoció a Serge en México en 1942:

Me sentí inmediatamente atraído por Serge. Hablé largamente con él, y todavía conservo dos de sus cartas… Nada podría estar más alejado de la pedantería de los dialécticos que la calidez humana de Serge, su sencillez y su generosidad. Una inteligencia sensible, viva. A pesar de sus sufrimientos, sus reveses y sus largos años de áridas disputas políticas, había logrado conservar su humanidad. Se lo debía, sin duda, a sus raíces anarquistas; también a su gran corazón… Para mí, Victor Serge fue el epítome de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual combinada con la tolerancia y la compasión.

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