Palabra Abierta
Por Marcelo Pérez Albán
Todavía no amanece y ya se distinguen sombras humanas alineadas frente a los hospitales del IESS (y también del Estado).
Somos jubilados. Personas Adultas Mayores. Abuelas con bastón y abuelos de mirada cansada. Madrugamos no por disciplina ni por entusiasmo patriótico, sino por desesperación. Sabemos que, si llegamos después de las cinco de la mañana, el turno desaparece como desaparecieron las citas virtuales, la eficiencia prometida y, a ratos, hasta la dignidad.
La ironía es feroz.
Después de trabajar toda una vida y aportar religiosamente al Seguro Social durante décadas, terminamos aprendiendo el arte nacional de sobrevivir a una fila.
La escena parece escrita por un humorista cruel. Ancianos sentados sobre el cemento helado; unos cargan sillas plegables, otros improvisan asientos con ladrillos. Esperan horas —a veces días— para escuchar finalmente la sentencia burocrática:
—No hay médico.
—No hay sistema.
—No hay turno.
—Vuelva mañana.
Y, naturalmente, tampoco habrá mañana.
La fila deja entonces de ser una circunstancia pasajera. Se convierte en rutina, castigo y método de administración pública.
Los hospitales, que deberían ser templos de vida, hoy funcionan como salas de espera del abandono. Faltan quirófanos, especialistas, medicinas y respuestas. Las madres esperan atención en condiciones indignas; los enfermos se desvanecen en corredores saturados; y cuando algún paciente logra la hazaña de recibir consulta médica, también recibe la elegante invitación de comprar sus medicinas en farmacias privadas, IVA incluido, porque hasta el sufrimiento parece haberse convertido en una oportunidad de mercado.
Mientras tanto, el Estado contempla el espectáculo con admirable serenidad burocrática.
La Constitución de 2008 declaró que la salud y la Seguridad Social eran Derechos Humanos. Pero quedó para recordarla como hermosa metáfora constitucional..
Porque en la práctica, desde el poder, la salud comienza a ser tratada como balance financiero, los hospitales como empresas deficitarias y los pacientes como cifras incómodas. Los jubilados pasamos a ser “cargas”; las Personas Adultas Mayores, un problema estadístico; y los enfermos, simples usuarios atrapados en el más eficiente mecanismo de desgaste humano: esperar hasta cansarse, o morirse….
Mientras los ministros hablan de “modernización”, los ciudadanos hablamos de dolor. Mientras los tecnócratas exhiben cuadros financieros y términos sofisticados, miles de jubilados soñamos con una ambición mucho más modesta y revolucionaria: conseguir una cita médica antes del viaje final.
La preocupación pública aumenta cuando altos funcionarios vinculados al sistema de salud y a la Seguridad Social aparecen rodeados de controversias y cuestionamientos éticos ampliamente difundidos. Y entonces el ciudadano comienza a sospechar que el verdadero paciente terminal no es solamente el sistema hospitalario, sino también la credibilidad del Estado.
Las Personas Adultas Mayores, que deberían ser reconocidas como memoria viva de la nación, terminamos sometidas al frío de la madrugada y a la pedagogía de la humillación cotidiana.
Y allí aparece la ironía más amarga de todas.
Se nos habla de reformas estructurales, eficiencia y modernización, para que la salud pública termine convertida en mercancía. Como si enfermarse fuese un privilegio y hoy, una tragedia humana. Como si llegar a viejo fuese una irresponsabilidad financiera.
Sin embargo, persiste la resistencia.
En cada jubilado que denuncia. En cada ciudadano que alza la voz. En cada crónica que se atreve a evidenciar esta vergüenza. Porque lo que está en juego no son únicamente hospitales, medicinas o turnos médicos. Lo que está en juego es el último resto de humanidad que le queda al Estado.
Esta crónica no retrata solamente el colapso de un sistema de salud. Retrata algo todavía más humillante: el deterioro moral de un país que comienza a considerar normales las filas de ancianos esperando atención médica al amanecer.
Y cuando una sociedad se acostumbra a ver a sus viejos mendigando salud, ya no necesita perder la dignidad.
La perdió hace tiempo.
Foto: Facebook Froilan Casco











