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Doña Perfecta, una novela de intolerancia y fanatismo religioso

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Por Adán Salgado Andrade

Benito Pérez Galdós (1843-1920), fue un prolífico escritor español, que se considera segundo en importancia, luego de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) y comparable a escritores tales como el inglés Charles Dickens (1812-1870), el francés Honorato de Balzac (1799-1850) o el ruso León Tolstoi (1828-1910), pues sus obras analizaban muy bien a la cambiante sociedad española de su tiempo (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Benito_P%C3%A9rez_Gald%C3%B3s).

La forma de su prosa, sus diálogos, las historias que contaba, dan muy buena idea de lo bien que conocía las emociones humanas. Además, se nota la agudeza en cuanto a sus planteamientos sobre la confrontación entre sociedades tradicionalistas y las progresistas.

Eso se refleja muy bien en la novela Doña Perfecta, publicada en 1886, en donde fanáticos religiosos se enfrentan a los progresistas, éstos influenciados por filósofos alemanes como Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien cuestionaba muy seriamente a la religión y a la moralidad cristiana (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Friedrich_Nietzsche).

Recién terminé la lectura de Doña Perfecta, publicada por la Editorial Porrúa en 1986. Como comento arriba, muestra muy bien la confrontación entre el progresismo y un enraizado tradicionalismo que se daba, sobre todo, en la provincia española de los 1870’s, cuando se estaba gestando una transformación en las metrópolis, generalmente más progresistas y proclives a los cambios ideológicos de la época.

Doña Perfecta vive con su hija Rosario en Orbajosa (lugar imaginario), en medio de la provincia española, famoso por ser región en donde se cultivaban “los mejores ajos de España”, según sus habitantes. Doña Perfecta, era hermana de Juan, quien vivía en Madrid. Éste, la había ayudado mucho cuando el esposo de aquélla había muerto y había dejado en desorden sus posesiones, como tierras y las rentas que éstas le dejaban. En agradecimiento, Perfecta le había prometido la mano de Rosario al hijo de su hermano, José de Rey. Tanto José, así como Rosario, eran hijos únicos y sentían fuertes deseos de conocerse.

José es convencido por su padre, de que viajara a Orbajosa, “para que conozcas a tu prima y decidas si quieres casarte con ella, pues no te quiero imponer eso”.

José, más identificado como Pepe Rey, accede con gusto a la petición de su padre y viaja a Orbajosa. Al llegar a la casa de su tía Perfecta, queda, primero, maravillado con la casa de ésta, la que está rodeada por enorme huerto, además de que es muy amplia por dentro. Y su segunda, mucho mejor impresión, fue cuando conoce a Rosario, “una preciosa y muy tierna dama”. Se da entre ambos un amor “a primera vista”.

Los primeros días, todo va muy bien, Perfecta está encantada con Pepe, quien es ingeniero de profesión y se ha encargado de diseñar y construir distintas obras civiles en Madrid. Lo mismo que Rosario, quien está muy dispuesta a casarse con su primo, “aunque, quizá, te aburras con una provinciana como yo, Pepe”.

Pepe le asegura que no, que es la “mujer ideal, con la que siempre había soñado, Rosarito”.

Los problemas comienzan cuando le presentan a Pepe, desde el primer día, al “penitenciario”, el canónigo de la “Santa Catedral” de Orbajosa, don Inocencio, quien, desde el comienzo, se muestra hostil hacia Pepe Rey, tildándolo de “matemático que reniega de la fe cristiana y que es guiado por filósofos alemanes ateos, que atacan a la iglesia católica y a todas sus creencias”.

Pepe trató, inicialmente, de mantenerse cordial hacia el canónigo, pero conforme sus ataques aumentan, decide contraatacar y usa sus mejores ideas y conceptos para hacerle ver que por las ataduras tradicionalistas, la gente en Orbajosa se mantenía en ese estado de atraso, “propio de sociedades dominadas por el obscurantismo fanatizador”.

Incluso, cuando un día Pepe asiste a la Santa Catedral con su prima y tía, es criticado por el obispo “por no haber guardado la compostura”. Como reacción, Pepe se burla de los burdos santos y la ridícula ornamentación, “además de que el Cristo y la Virgen están vestidos con indumentaria que es para dar risa”. Es gran satisfacción del canónigo decirle que esas prendas fueron hechas por su tía y su prima.

Pepe se siente muy apenado, pero ya el daño está hecho.

A partir de ese momento, cae de la gracia de su tía, la que se empeña en que Rosario no ha de casarse con ese “ateo de mi sobrino que tiene tres mil demonios adentro”.

Y una serie de intrigas, acompañan su desdén, como haber movido, incluso, sus “influencias” la tía, para que a Pepe lo desacreditaran en Madrid y hasta le quitaran un trabajo que, aprovechando que había ido a Orbajosa, sobre ver si había oro, haría también.

Por otro lado, comenzó a tener muchos problemas, pues las tierras que habían sido de su difunta madre, estaban en litigios con los propietarios aledaños, todo lo cual ocasionó que Pepe, casi desistiera de casarse con su prima y que sería mejor irse de Orbajosa.

Pero pudo más su orgullo y su verdadera intención de casarse con Rosario, de la que estaba muy enamorado.

Los problemas con la tía subieron más y más. Incluso, ocultó a Rosario, a la que no pudo ver Pepe por varios días. “Yo sé que usted me ha estado desacreditando, tía, pero, mejor dígame que usted ya no quiere que me case con Rosario”, la enfrentó Pepe. “Sí, no quiero que te cases con Rosario, si así quieres que te lo diga, directamente”.

Pero aferrado como era Pepe, la enfrentó, diciéndole que “yo me casaré con ella, porque me ha dicho que me ama, y aunque usted se oponga, nos casaremos”.

La tía, colérica, lo corrió de su casa. “Y que conste que no le digo a tu padre, por el respeto que le tengo”, lo amenazó.

Pepe se fue a vivir a una pensión barata, en donde urdió un plan para llevarse a Rosario.

Lo ayuda el hecho de que llegara un batallón del ejército y que conociera a uno de los soldados, Pinzón, a quien le contó todos sus problemas y que deseaba, profundamente, casarse con Rosario.

Pinzón le prometió ayudarlo, aprovechando que tenían órdenes de sofocar alguna resurrección de orbajosenses que se oponían a un mayor control de Madrid.

Es justo en esa parte, que Pérez Galdós muestra la confrontación entre los fanáticos pueblerinos y las autoridades centrales, que demandaban más control en la provincia.

Caballuco era el personaje que habría de defender el “honor y la dignidad de Orbajosa”. Y Perfecta, así como Inocencio, el canónigo, lo arengaron para que, reuniendo a todos los hombres que pudieran pelear contra los “odiados militares”, defendieran a su querido pueblo.

Inocencio tenía una sobrina, María Remedios, una muy “devota y servicial mujer, que lo procuraba en todo, alimentos, limpieza y demás menesteres”. Ella, a su vez, era madre de Jacintito, un muchacho “muy inteligente”, que gracias al canónigo, había podido estudiar abogacía en Madrid, “obteniendo muy buenas calificaciones y hasta mención honorífica”.

Y antes de la llegada de Pepe, tanto Remedios, como Inocencio, estaban seguros de que Rosario se casaría con Jacintito. “Eso le daría la posición que se merece, tío”, le decía Remedios al canónigo.

Pero la llegada del ingeniero, estropeó los planes de Remedios.

La mujer, viendo los problemas que estaba ocasionando Pepe en Orbajosa, insistía en que “se le debe de dar un susto”. Eso lo decía porque, entre otros rumores, se comentaba que Pepe, muy “amigo del brigadier”, estaba planeando el asalto de Orbajosa, además de que quería destruir su Santa Catedral. “Y todavía ese maldito ateo, quiere llevarse a Rosario. Si ella era para mi hijo, tío, para que él tuviera una posición. Si se la lleva, mi hijo, se quedará con nada y de qué le sirve haberse quemado las pestañas, para nada, para quedar como un pelagatos en este pueblo miserable”.

Aquí, Pérez Galdós hace una sutil crítica a que, a veces, ni haber estudiado una carrera e, incluso, haber obtenido excelentes calificaciones, garantiza que se tenga empleo. Y se trataba de la España de los 1870’s. Muy probablemente se debía a que el desarrollo de ciertas profesiones, era raquítico, pues todavía no eran muy demandadas, porque tampoco, en esos tiempos, el concepto de clase media era tan amplio, como fue sucediendo con el tiempo.

Así que Remedios se salió con la suya y le pidió a Caballuco que la acompañara a espiar a Pepe, “del que me sé todos sus movimientos”.

Así lo hicieron y le fueron siguiendo la pista hasta que llegó a la casa de doña Perfecta. Pepe entró por la puerta de la huerta. “¡Anda, ve por él!”, lo azuzó la encolerizada mujer, “¡mientras yo toco la puerta, para avisarle a la señora!”.

En ese momento, Rosario le confesaba a su madre que escaparía con Pepe. “¡Quería que usted lo supiera, madre querida, para que me diera su bendición!”, le suplicó la chica a su, trabada de coraje, madre. “¡Estás loca, nunca te dejaré que te cases con ese ateo, que está poseído por tres mil demonios!”, le gritó, iracunda, Perfecta, olvidándose de modales, principios, escrúpulos. Si hacia unas semanas, cuando había llegado Pepe, lo había visto como modelo de muchacho, en ese momento, todo su odio se le arremolinaba en su humillado corazón, al ver que su hija se le iba.

Fue cuando escucharon los fuertes toquidos de la puerta de entrada. Uno de los criados, abrió, y Remedios irrumpió. “¡Ahí está ese ateo, señora, en la huerta!”, gritó la exaltada mujer.

Y fueron las dos a asomarse, mientras que Rosario, de la impresión, se desvaneció. No hizo caso su madre, más empeñada en cobrar venganza. “¡Por allí anda Caballuco, señora!”. Presa de ira, venganza, desprecio, y “poseída por el demonio”, Perfecta gritó “¡Mátalo!”.

Se escucharon dos balazos y allí quedó muerto Pepe.

Al principio, se quiso manejar como suicidio, pero, luego, todos decían que Caballuco, amenazado por Pepe Rey, con un cuchillo, “lo mató en defensa propia”.

De todos modos, salieron mal las cosas para Perfecta, pues Rosario, por la impresión,  se volvió loca y fue a dar a un manicomio, “y nunca se va a curar”, advirtió el doctor encargado del lugar.

Y Perfecta, se dedicó, en adelante, a gastar su fortuna, haciendo fastuosas fiestas religiosas, quizá tratando de lavar la enorme culpa que le ocasionó haber ordenado el asesinato de su “querido sobrino”.

A lo largo de la novela, Pérez Galdós va mostrando, muy bien, cómo se tejen las intrigas, los rumores, las traiciones, los mezquinos tratos. Y que siempre, en esas cerradas sociedades, a los forasteros, se les veía con desconfianza, nunca siendo aceptados del todo.

Justo como en el caso de Perfecta, quien “antes, prefiero asesinado a mi sobrino, que casado con mi hija”.

Una muestra de que el radicalismo tradicionalista, combinado con añejos fanatismos religiosos, le mete el demonio hasta al más devoto santurrón.

Contacto: studillac@hotmail.com     

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