por Margarita Labarca Goddard
Yo estaba en Cuba cuando se suicidó la Tati. Fue un golpe muy duro para todos nosotros. Al parecer, ella cayó en un estado de depresión profunda que no pudo superar. Pero preparó todo muy cuidadosamente porque Tati manejaba toda la solidaridad con Chile de Cuba y otros países. Con el falso pretexto de que tenía graves dolores a la espalda, traspasó las cuentas bancarias a otras personas del Comité, sus dos hijos pequeños se los dejó encargados por escrito a una hermana de la Payita que vivía en Cuba. Hizo una carta de despedida para Fidel, que entiendo que nunca se ha dado a conocer.
En Cuba se desaprueba el suicidio porque se considera una cobardía, pero allá también se suicidan algunos revolucionarios como en cualquier país del mundo, por graves depresiones, por motivos sentimentales, de salud o lo que sea: como han sido los casos de Haydée Santamaría, heroína del Moncada, Osvaldo Dorticós, ex presidente de la Cuba revolucionaria y otros.
Recuerdo que fuimos con mi compañero a un pequeño velorio que se le hizo a la Tati. Estaba doña Tencha, triste pero tranquila, la Nena Pedraza y unas pocas personas más. ¿Isabel Allende? Puede ser, pero no la recuerdo. Con el tiempo ella se ha convertido en una mujer estupenda, elegante, inteligente y muy guapa. Tuvo que asumir el papel que le tocaba a la Tati y lo ha hecho con gran habilidad y talento.
Tencha me dijo amablemente en esos momentos, que había estado con mi hermano Miguel en Francia, que la había atendido muy bien. Por su parte, la Nena Pedraza, que quería mucho a la Tati y a sus hermanas desde niñas, lloraba a moco tendido sin que la pudiéramos consolar. El cadáver de Tati estaba en perfectas condiciones, pues se había dado un tiro en la barbilla, pero con el cuidado de que no le destrozara el rostro.
Más tarde se hizo el sepelio, al cual no asistió Fidel por el repudio al suicidio que existía en Cuba. El único dirigente revolucionario que enviaron fue Carlos Rafael Rodríguez. En algún momento, sin que estuviera previsto, doña Tencha tomó el micrófono y dijo: “Hija mía, te dejamos en esta tierra cubana que tanto amaste” y varias cosas más que no recuerdo porque la emoción era muy grande.
Sí me acuerdo que a la salida, Carlos Rafael exclamó “Esta mujer tiene unos ovarios más grandes que una catedral”.
Quizás algunas de estas cosas les parezcan chocantes, pero así fueron y quiero dejar constancia de ellas.
El suicidio de la Tati produjo una epidemia de suicidios entre las mujeres chilenas exiliadas en Cuba, no era para menos. Pero la mayoría de esos suicidios no se consumaron y se pudieron salvar.
Sólo sé de una que lo logró, pero en realidad de tuvo nada que ver con la Tati. Me acuerdo del nombre pero no lo voy a decir. El caso de esta compañera es que ella era de izquierda y había tenido una actuación importante durante la Unidad Popular. Por lo tanto tuvo que asilarse pero el marido no, porque era un momio. Entonces el tipo le quitó a los niños y no la dejó llevárselos. Algo terrible y poco común, por lo cual esta compañera no sé cómo consiguió un arma y se pegó un tiro mortal.
Hubo otro caso parecido que terminó bastante bien. La compañera se divorció, se casó con un cubano y más tarde, muchos años después, pudo recuperar a sus hijos. Llegué a conocer al mayor, un chico ya de unos 12 años.
Y sigo con doña Tencha. Cuando llegó a México gracias a Gonzalo Martínez Corbalá, ese gran embajador que tenía México en Chile, venía acompañada de sus hijas, nietos y otras personas a las que pudo contactar. Aquí fue recibida por el presidente, Luis Echeverría, su esposa y una enorme multitud de gente que la vitoreaba y trataba de abrazarla, pues la solidaridad de México con Chile es proverbial, y en esos momentos más todavía. El presidente había dado orden de que todos los ministros y altos funcionarios que fueran a recibir a Tencha al aeropuerto, vistieran traje negro. No azul marino sino absolutamente negro, y así se hizo.
Sobre el particular debo señalar un hecho: en México el presidente Luis Echeverría era criticado y odiado por toda la izquierda, pues había sido Secretario de Gobernación en 1968, bajo el gobierno de Díaz Ordaz, cuando se produjo la matanza de Tlatelolco. Todos los chilenos exiliados en México hemos tenido que asumir siempre esa contradicción, pues nosotros le estamos muy agradecidos a él y a su esposa.
Desde que llegó a México, doña tencha se dedicó a batallar contra la dictadura infame. Lo único que hacía era viajar a Naciones Unidas y a cualquier país que se pudiera, para denunciar los horrores del pinochetismo contra el pueblo de su patria.
Aquí les pongo parte del notable discurso que pronunció en 1974 ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas:
Denuncia ante la ONU 1974
COMISION DE DERECHOS HUMANOS Chile (Hortensia Bussi de Allende):
«No ocupo esta tribuna, Sres. delegados, como viuda del Presidente asesinado. Vengo ante Uds. en representación de la Federación Internacional de Mujeres Democráticas y, sobre todo, como esposa y madre de un destruido hogar chileno, como lo fueron tantos otros. Vengo en representación de cientos de viudas y miles de huérfanos, de un pueblo despojado de sus derechos fundamentales, de una nación que sufre un «estado de guerra interna» según lo define Pinochet, montado por sus propias tropas, obedientes a servidores fascistas que representan intereses extranjeros. Vengo a denunciar los crueles y diarios atropellos a todas y cada una de las normas que, según la Declaración del 10 de Diciembre de 1948, todos los pueblos debieran seguir como «normas comunes para su progreso». Según estos postulados, aceptados ya en todo el universo civilizado, todos los seres humanos nacen libres, iguales en dignidad y derechos. En mi patria, cuya vida fue dedicada no sólo al establecimiento sino a la práctica de estos principios, tal condición hoy no se cumple.
Se discrimina a las personas, en sus derechos y en su dignidad, por sus ideologías. La libertad no existe si no se somete el ser humano a los dictados de una inculta minoría armada. El niño que nace en un hogar tildado de «marxista» no nace libre, pues corre la suerte de la persecución. La dignidad es humillada cuando los prisioneros, como lo atestiguan numerosas fotografías, son esposados y obligados a arrodillarse ante sus cancerberos. La dignidad es atropellada cuando tras la tortura y el castigo, el verdugo hace al hombre renegar de sí mismo.”











