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CHILE ELECCIONES A LA CONSTITUYENTE COCINADA POR LA DERECHA Y LA PANTOMIMA DE OPOSICIÓN. ENTRE LOS DESACREDITADOS PARTIDOS Y LAS BURBUJAS DE LOS INDEPENDIENTES

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Estos comicios de mañana 15 y 16 de mayo, elegirán a los 155 integrantes de la convención que redactará la nueva Carta Magna, un proceso que emanó de las protestas sociales de octubre de 2019 y que fue ratificada el 25 de octubre, donde se manifestaron dos millones de personas en la mayor manifestación de la historia de Chile titulada “¡CHILE DESPIERTA!”. La Plaza Italia, fue rebautizada como “PLAZA DE LA DIGNIDAD” y flamearon banderas del pueblo mapuche junto con los colores nacionales de Chile.

La derecha y la autollamada oposición quedaron horrorizados y temerosos que el pueblo y los trabajadores fueran los dueños de las calles con sus estridentes batucadas, sus banderas multicolores y sus pancartas que denunciaban la corrupción, los ladrocinios, la represión policial y violaciones de los derechos humanos.

Asustados el gobierno y sus cómplices que temporalmente se encontraban en la oposición, entre gallos y medianoche, el 15 de noviembre firmaron un “ACUERDO POR LA PAZ SOCIAL Y UNA NUEVA CONSTITUCIÓN”. El objetivo era apaciguar a los manifestantes organizando un referéndum sobre la constitución. La nueva constitución permitiría mantener algunos pilares claves del desarrollo económico de Chile, como el respeto a la propiedad privada, la iniciativa individual y la no discriminación entre inversión nacional y extranjera.

Algunos de la izquierda vieron el referéndum de octubre del año pasado como una oportunidad para desafiar al régimen ultra presidencial y diseñar instituciones más democráticas que permitan una mayor participación popular, considerar la renacionalización de los sectores del cobre, litio y agua, y construir un estado plurinacional, que reconozca los derechos de los pueblos indígenas.

El día del referéndum del pasado 25 de octubre, Piñera dijo: “Hasta ahora, la Constitución nos ha dividido. A partir de hoy, todos deberíamos colaborar para hacer de la nueva constitución un símbolo de unidad y estabilidad”.

De una forma u otra, esta cínica mentira fue repetida por toda la pseudoizquierda. “Hoy estamos celebrando un gran triunfo del pueblo soberano… y un nuevo ciclo histórico y democrático para nuestro país”, dijo el senador del Frente Amplio Juan Ignacio Latorre. “Se requiere unidad, unidad social y política, grandes alianzas para las transformaciones que se avecinan para el Chile del futuro”.

Pero la participación fue solo del 50%: el 78% de los votantes deseaba una nueva constitución y el 79% de los que deseaban una asamblea nacional elegida por sufragio universal directo; así, del 15 al 16 de mayo los chilenos elegirán delegados a una Convención Constitucional.

Igual que con la pandemia, aparecieron burbujas.  Burbujas de candidatos independientes, que responden a diversas sensibilidades, desde el feminismo al medio ambiente, pasando por los pueblos indígenas o los defensores de cambiar el modelo de pensiones de Chile, y en ningún caso son figuras apolíticas, muchos de ellos representan corrientes del trotskismo, el castrismo y los verdes. También, algunas figuras que pretenden incursionar en la actividad política sin tener una afiliación partidaria directa, pero que pretenden desarrollar un tipo de participación en la esfera pública, en este caso intervenir en lo que va a ser el proyecto constituyente. Su gran baza en estas elecciones reside en el histórico debilitamiento que sufren los partidos políticos, que generan sólo un 2 % de confianza en los ciudadanos, según la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP).

Puede ser una elección en la que los partidos sean los grandes perdedores y esa es la gran incertidumbre que hay: si los independientes van a poder capitalizar parte de este descontento.

Son las primeras elecciones que permiten listas de independientes y van a marcar un antes y un después, no porque esto sea la causa sino porque es un síntoma de la crisis de los partidos y los clanes políticos, que están desprestigiados con la ciudadanía.

Pero lo paradójico, es que, pese a este descrédito de los partidos políticos, su desplome no va a ser de golpe, e incluso pueden obtener mayor representatividad en la convención constituyente gracias al método D’Hondt por el que se asignan los escaños, dado que el voto a los independientes va está muy disperso entre multitud de listas. Además, la probabilidad de que un independiente, sin financiación importante, consiga los votos necesarios para un escaño es baja y los partidos políticos, por sus años de maquinaria y por su experiencia en manipular elecciones, pueden lograr meter a sus corruptos candidatos.

El problema es que va a pasar con los candidatos que no logren entrar y con la masa social que ve con ilusión este proceso otorgándole un cariz eminentemente ciudadano, por tener sus raíces plantadas en las protestas de 2019. Va a haber muchos perdedores y saber cuál va a ser su rol durante el proceso constitucional que sigue va a ser muy importante. Eso puede contribuir, o no, a que se aun proceso constitucional tranquilo.

Mañana, 15 y 16 de mayo también habrá elecciones municipales y regionales, tras las cuales la atención de los medios se centrará en la elección presidencial, con su primera vuelta en noviembre. Los elementos de línea dura de la coalición están indignados por la idea de que la gran obra constitucional de Pinochet pueda ser desmantelada. Pero la razón por la que la derecha ha insistido en hablar de una “convención” constitucional en lugar de una “asamblea” es que el alcance de sus discusiones será definido de antemano por un comité preparatorio. Por ejemplo, a los miembros no se les permitirá desafiar los tratados internacionales y, por lo tanto, los acuerdos de libre comercio.

Cada artículo propuesto deberá ser aprobado por una mayoría de dos tercios, dando al derecho una minoría de bloqueo. Esto es especialmente significativo porque la derecha está unida, mientras que el centro y la alianza de la izquierda parlamentaria, en torno al PC, no han podido consensuar listas electorales comunes. Finalmente, se ha evitado la posibilidad de que un número significativo de candidatos de movimientos sociales se presenten: los estándares electorales se basan en la representación proporcional de listas de partidos, como se usa en las elecciones parlamentarias, lo que favorece los pactos electorales y otorga una ventaja desproporcionada a las listas que obtienen la mayor cantidad de votos.

Los días después de las elecciones, no indican que el proceso constitucional ofrece el potencial liberador que algunos han invertido en él. Sin embargo, al mismo tiempo, es igualmente claro, si no más, que la votación para participar representa un cambio radical en la política chilena. Los últimos vestigios institucionales de la era de Pinochet están siendo abandonados y la exigencia de rehacer el país en líneas igualitarias nunca ha sido más fuerte. Como tal, aquellos interesados en monitorear la situación chilena deben tener cuidado de no verse empantanados por las minucias de los debates constitucionales que se avecinan. El verdadero equilibrio político de poderes seguirá desarrollándose fuera de él. El miedo que tiene la derecha y la oposición es que cada discusión y disputa en la Constituyente se arranque del hemiciclo hacia la calle. Que las demandas por pensiones justas, condiciones de trabajo, demandas estudiantiles, pueblos indígenas etc., cobren de nuevo un protagonismo callejero que remeza de nuevo al repudiado gobierno de Piñera y los herederos de Pinochet. Que la “oposición” sea incapaz de frenar a las masas una vez mas.

El último periodo ha solidificado la creciente percepción de que las diferencias políticas chilenas se deciden en la calle. Esperamos que esto continúe. La ausencia de movilizaciones callejeras a gran escala solo puede indicar que la derecha está ganando a través de un deslizamiento popular hacia el conservadurismo o, más probablemente, la apatía ya que el proceso constitucional no produce resultados. Por otro lado, si las protestas continúan hacia adelante o incluso crecen, girando en espiral hacia nuevos frentes y áreas de la vida, el resultado puede ser una deriva cada vez mayor hacia la izquierda. Esto no solo será una cuestión del resultado de los votos en sí, sino de cuáles serán los límites y las oportunidades de las fracturas que aparezcan en el agotado gobierno de Piñera, y del dolor de sus años de gobierno y el derramamiento de sangre y pobreza que lo definió. O mejor aún, como un hito más entre muchos en el camino hacia un Chile radical y renacido, uno que puede servir de inspiración al resto del mundo sobre cómo no solo un estado autoritario puede ser aplastado, sino la autoridad de la dictadura capitalista junto con ella.

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