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Chile – A propósito de las elecciones y de la “alternativa” electoral.

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Alfredo Armando Repetto Saieg

Bufones

Cuando me refiero a estos seres perversos, a los dirigentes de la Concertación o de la Alianza, a Lagos, Bachelet, a Frei, Aylwin, a Fulvio Rossi, a Escalona o a Golborne, al deprimido de Longueira, al pedófilo que en algún momento fue senador, a Pinochet, a Lavín, Guzmán o Piñera, a Matthei y su prepotencia y violencia, a los genocidas y demás, a sus cómplices, a los que de una u otra forma apoyan y hasta justifican las muertes, los asesinatos y los detenidos que no aparecen, cuando me refiero a Manuel Contreras, a Pedro Espinoza y un largo etcétera, los llamo “bufones” porque es lo que son: personajes al servicio de la monarquía de la acumulación privada del capital, de una clase dominante nacional que además y por lo mismo es servidora y empleada de los centros globales del poder, de esos que realmente son los dueños del mundo.

Lo hago en esos términos, los llamo “bufones” y no “payasos” porque este último es un personaje de lo más noble y la clase de políticos y de militares que supimos conseguir en todos estos años de falaz transición a la democracia no merecen denominarse de esta manera.

Un “payaso” es un trabajador noble, como cualquiera de nosotros, que vive de hacer reir a otros, de una habilidad y vocación que no posee cualquiera y que en la mayor parte de las veces lo condena a una vida de austeridad máxima. Ríndamosle entonces a los payasos el merecido reconocimiento sin compararlos con los verdugos de Chile.

¿Representante, dirigente o vocero de lxs trabajadorxs?

Me impresiona la capacidad del Estado capitalista y de su falaz economía del libre cambio para sobrevivir, para reciclarse y para así continuar su control sobre la amplia mayoría. De hecho, en un acto desesperado y autoritario muchos progresistas hipócritas o cínicos “izquierdistas” viendo esta realidad despotrican contra lxs trabajadorxs, tratándonos de sometidos, de borregos y no sé de cuántas cosas más; hasta nos hacen responsables a nosotros de sus propios fracasos. Me refiero a lxs que no votamos ni por ellos ni por nadie porque no creemos en sus propuestas, en su “democracia” o en su sistema político. Entonces, en vez de plantear su propia autocrítica nos dicen que con nuestra actitud le hacemos el juego a la derecha, como si ellos no lo fueran. El caso más cercano en el tiempo es el del Frente Amplio que como todo “progresismo” está dotado de una fuerte impronta autoritaria y mesiánica.
No creo en ese diagnóstico porque el asunto de la transformación radical, de la (r)evolución digo, es muy complejo: el neoliberalismo es tan eficiente en términos de dominación, como régimen que resguarda la acumulación privada del capital, que vuelve inviable incluso la democracia representativa. De hecho, el actual sistema de democracia “en la medida de lo posible” que precisamente caracteriza a Chile, que además trae aparejada la idea del fin de la historia y de la lucha de clases, reduce los espacios participativos, promueve la concentración del poder, la formación del actual duopolio y la idea de contradicción entre la movilización y la institucionalización. En este marco, el pluralismo se concibe como una disputa entre élites, que implica la restricción de los modelos de participación en favor de un falso consenso controlado por los poderes fácticos para imponer gobiernos neoliberales, ilegalizando toda posibilidad de organizarnos sobre otro tipo de valores.
Como hoy el sufragio no sirve de nada para lxs trabajadorxs- no por lo menos para los que buscamos alterar de manera radical y estructural el sistema político, social y económico- nos permiten votar. En realidad y en estas condiciones el voto le sirve a los sectores y a la clase dominante para legitimar su “democracia” participativa. Por el contrario, cuando el voto sirve lo prohíben y surgen las dictaduras. No tengo dudas que de una u otra manera la mayoría de los que no votamos lo entendemos de esa manera. En todo caso, eso no significa que el 70% de lxs chilenxs que no sufragamos, que no les creemos a los políticos ni a sus partidos, estemos por la revolución social.
En eso consiste crear poder popular: en que la mayoría de los que no participamos de esta farsa de la “transición” entendamos que el cambio estructural implica no solo la negación de la “democracia” representativa sino también la construcción de una más directa, participativa, de lxs trabajadorxs, donde no hay cabida para los mal llamados “dirigentes” y “representantes”, personajes funcionales al Estado capitalista, sino donde son integrados plenamente los delegados y voceros del pueblo. Es decir, no necesitamos ni quien nos dirija ni quien pretenda representarnos; nos urge luchar por la (r)evolución permanente, donde el vocero es quien caracteriza al nuevo orden, el de la democracia participativa. Lo dijo Corvalán en una oportunidad: “El pueblo sabrá descubrir en la lucha las formas específicas de expresión de su proceso democrático y revolucionario, dando paso, seguramente, a los más variados métodos que ayuden a desarrollar el movimiento de masas, aislar la tiranía, aunar fuerzas, abrir perspectivas de victoria…”

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