Por Jano Ramírez
La derrota electoral de Flávio Bolsonaro frente a Lula es una noticia importante para los trabajadores y los pueblos de América Latina. En un escenario marcado por el avance de la ultraderecha y los ataques a los derechos sociales, Brasil demuestra que sus victorias no están aseguradas y que es posible disputarles el apoyo popular.
Pero ¿qué lecciones podemos sacar desde Chile y el resto de nuestro continente?
Las redes sociales importan, pero la movilización popular es decisiva. Las redes ayudaron a difundir propuestas, convocar y organizar, pero la fuerza de la gente en las calles permitió transformar el descontento en acción colectiva. No se trata de despreciar las redes, sino de comprender que su alcance adquiere otra dimensión cuando se conecta con personas organizadas y movilizadas en la vida real.
Las demandas sociales también importan. La lucha contra la jornada laboral 6×1 —seis días de trabajo por uno de descanso— puso sobre la mesa una realidad que viven millones de trabajadores: jornadas agotadoras, poco tiempo para la familia y salarios que no alcanzan. La lucha por el descanso, los salarios, la educación y la salud conecta la disputa política con las condiciones concretas de vida de la población trabajadora. Estas demandas no pueden quedar reducidas a promesas electorales: necesitan organización y movilización para convertirse en conquistas efectivas.
Pero hay una lección que no podemos perder de vista: la movilización que contribuyó a derrotar electoralmente a la ultraderecha no puede desaparecer después de las elecciones. Al contrario, debe fortalecerse y mantenerse activa durante todo el próximo período. No podemos permitir que el pueblo sea convocado para votar y después quede mirando cómo las decisiones se toman a puertas cerradas.
Lula enfrentará un Congreso donde la derecha tiene una fuerza considerable. Esto abre la posibilidad de negociaciones y acuerdos que terminen sacrificando demandas populares para asegurar la gobernabilidad. Frente a ese escenario, los trabajadores y los movimientos sociales no pueden entregar su destino a las negociaciones parlamentarias ni renunciar a sus reivindicaciones en nombre de un supuesto mal menor.
Si con el pueblo se ganó, con el pueblo hay que gobernar. La movilización debe ser protagonista permanente: defendiendo los derechos conquistados, luchando por derechos que nos han sido negados y presionando al Gobierno cuando sus decisiones no respondan a las necesidades populares. Y si el Parlamento bloquea las demandas de los trabajadores, la respuesta debe construirse desde la organización y la movilización colectiva, no desde la resignación ni los acuerdos por arriba.
Esta es también una lección para Chile. No basta con denunciar a Kast y a la ultraderecha, ni confiar en que las elecciones o las redes sociales resolverán nuestros problemas. Junto con disputar el terreno comunicacional y algorítmico de las redes sociales, necesitamos fortalecer la organización en los lugares de trabajo, los sindicatos, las poblaciones y las universidades; unir las luchas y construir una alternativa política que defienda los intereses de la clase trabajadora.
Frenar a la ultraderecha es necesario, pero no suficiente. La lucha debe continuar por salarios dignos, jornadas laborales más cortas, pensiones dignas, salud y educación públicas, y mejores condiciones de vida.
¡Las redes difunden, las calles deciden! ¡Que la movilización popular no se detenga después de las elecciones! Organización y lucha para defender lo conquistado, conquistar nuevos derechos y construir lo que históricamente se nos ha negado: ¡un mundo para las y los trabajadores!











