Inicio Historia y Teoria ¡EVOLUCIÓN E INVOLUCIÓN: LA LUCHA HISTÓRICA ENTRE REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN!

¡EVOLUCIÓN E INVOLUCIÓN: LA LUCHA HISTÓRICA ENTRE REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN!

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Por  Franco Machiavelo

La historia no avanza en línea recta, ni la humanidad camina inevitablemente hacia su emancipación. El desarrollo de las sociedades está atravesado por contradicciones, avances y retrocesos, conquistas y derrotas, momentos de ascenso popular y períodos de reflujo en los que las fuerzas conservadoras recuperan terreno, reorganizan sus privilegios y levantan nuevamente los muros que el pueblo había comenzado a derribar.

La evolución social no es una marcha triunfal hacia la libertad: es un campo de batalla entre los intereses de quienes desean transformar la sociedad y los de quienes necesitan conservarla tal como está para perpetuar su dominación.

La historia demuestra que ninguna conquista popular está definitivamente asegurada. Los derechos laborales, la educación pública, la seguridad social, las libertades democráticas y la dignidad de los trabajadores no son concesiones espontáneas de las clases dominantes, sino conquistas arrancadas mediante la organización, la conciencia colectiva y la lucha social. Sin embargo, cuando los pueblos se desmovilizan, cuando la memoria histórica se debilita y cuando la esperanza colectiva es sustituida por el individualismo, las fuerzas reaccionarias encuentran las condiciones para recuperar lo perdido.
Así se manifiesta el reflujo histórico: no necesariamente como una derrota inmediata y espectacular, sino como un proceso gradual de despolitización, fragmentación social, resignación y pérdida de conciencia de clase.

Mientras los trabajadores se enfrentan entre sí por sobrevivir, quienes concentran el capital fortalecen su poder económico, político y cultural. Mientras los sectores populares discuten sus diferencias, las élites consolidan sus alianzas. Y mientras la ciudadanía cree decidir libremente sobre su destino, los grandes poderes económicos disponen de recursos desproporcionados para influir en la política, condicionar el debate público y presentar sus intereses particulares como si fueran las necesidades naturales de toda la sociedad.

La dominación más eficaz no es aquella que necesita imponer obediencia por la fuerza, sino aquella que consigue que los dominados interpreten su propia subordinación como algo inevitable.

Por eso, la lucha de clases no se desarrolla exclusivamente en las fábricas, en los salarios o en la distribución de la riqueza. También se libra en las escuelas, en los medios de comunicación, en las instituciones, en el lenguaje cotidiano y en la disputa por el sentido común. Allí se construyen las ideas que justifican las desigualdades o que permiten cuestionarlas; allí se intenta convencer a los trabajadores de que sus adversarios son otros trabajadores, de que la pobreza es un fracaso individual y de que los privilegios de una minoría constituyen el resultado natural de sus méritos.

La involución comienza cuando una sociedad deja de reconocer las causas estructurales de sus injusticias y empieza a responsabilizar exclusivamente a quienes las padecen. 

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