Por Franco Machiavelo
La represión, las violaciones de los derechos humanos y los abusos cometidos por agentes del Estado durante el estallido demostraron el costo que puede tener para una sociedad la incapacidad del poder político para escuchar las demandas populares.
Pero sería un error confundir a todo el pueblo movilizado con quienes cometieron actos de violencia, así como sería igualmente injusto utilizar esos actos para deslegitimar las demandas de millones de personas.
¡La violencia de unos no borra la injusticia que movilizó a muchos, ni la defensa del orden puede justificar la vulneración de los derechos humanos!
¡LA LUCHA DE CLASES NO DESAPARECIÓ: SOLAMENTE CAMBIÓ DE ESCENARIO!
Durante décadas se presentó a Chile como un ejemplo de modernización económica, estabilidad y crecimiento. Sin embargo, detrás de las cifras macroeconómicas existía otra realidad: familias endeudadas, trabajadores precarizados, jubilados obligados a sobrevivir con pensiones insuficientes y jóvenes que debían hipotecar su futuro para acceder a la educación.
El mercado fue presentado como el gran organizador de la vida social, mientras se debilitaba la idea de que la salud, la educación, la vivienda y la seguridad económica debían constituir derechos garantizados.
Así se construyó una sociedad donde la libertad de elegir dependía, demasiadas veces, del dinero disponible en el bolsillo.
Quienes poseían capital podían convertir sus recursos económicos en nuevas oportunidades de acumulación. Quienes vivían de su trabajo debían vender su tiempo, endeudarse y competir para satisfacer necesidades que deberían estar al alcance de todos.
¡Esa es una de las contradicciones centrales del capitalismo chileno: una sociedad capaz de producir una enorme riqueza, pero incapaz de distribuirla de manera justa!
Y cuando esa contradicción se hizo insoportable, el pueblo irrumpió en el espacio público y cuestionó no solamente un gobierno, sino también las estructuras económicas, culturales y políticas que condicionaban su existencia.
La disputa fue también por el sentido común: por la posibilidad de dejar de aceptar como naturales las pensiones miserables, los abusos empresariales, los privilegios económicos y la desigualdad ante las oportunidades.
Porque ninguna estructura de dominación se sostiene únicamente mediante la fuerza. También necesita ideas que justifiquen sus privilegios, discursos que conviertan la desigualdad en responsabilidad individual y mecanismos que hagan parecer inevitable aquello que es resultado de decisiones políticas y relaciones de poder.
El estallido quebró, al menos temporalmente, esa aparente normalidad.
¡EL PUEBLO DESCUBRIÓ SU PROPIA FUERZA!
Las calles se transformaron en espacios de encuentro entre trabajadores, estudiantes, pobladores, jubilados y sectores medios golpeados por la inseguridad económica.
Personas que durante años habían vivido sus problemas como fracasos individuales comenzaron a reconocer que muchas de sus dificultades tenían raíces comunes.
Esa transformación de la experiencia individual en conciencia colectiva constituyó una de las dimensiones más profundas del 18-O.
El pueblo no se movilizó solamente para pedir mejores salarios o una rebaja en el transporte. También cuestionó quién toma las decisiones, quién se beneficia del crecimiento y por qué las necesidades de la mayoría parecen ocupar un lugar secundario frente a los intereses de los grupos económicamente dominantes.
¡Cuando los de abajo dejan de considerar inevitable su propia subordinación, el orden establecido comienza a sentir que sus fundamentos están siendo cuestionados!











