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Por Carlos Pichuante
Hay una nueva costumbre en América Latina: gana la derecha una elección y, automáticamente, algunos comentaristas sacan las campanas para anunciar la muerte de la izquierda.
La ceremonia parece preparada. Falta solamente escoger el cementerio. El problema es que las urnas tienen la mala costumbre de arruinar los titulares grandilocuentes.
Sí, la derecha ha ganado importantes elecciones. Pero conviene mirar los números antes de proclamar una nueva era conservadora.
En Colombia, la derecha ganó, pero por menos de un punto. En Perú, la elección terminó prácticamente en empate: una diferencia cercana a 50 mil votos decidió la Presidencia. Y en Chile, una candidata comunista obtuvo 26,6% en primera vuelta, llevando al Partido Comunista a una posición presidencial que pocos habrían imaginado hace algunos años.
Entonces, ¿la izquierda perdió?
Por supuesto.
¿Desapareció?
Vamos, tampoco exageremos.
Lo ocurrido parece menos una conversión ideológica masiva hacia la derecha que una gigantesca rebelión contra los gobiernos de turno.

El politólogo Cristóbal Rovira Kaltwasser ha advertido que el electorado chileno es bastante menos polarizado de lo que sugieren los discursos políticos. Y distintos análisis regionales apuntan a algo similar: seguridad, economía, corrupción, empleo y el cansancio con la clase política están pesando tanto o más que la etiqueta de izquierda o derecha.
Es decir, muchos latinoamericanos no están diciendo: “Me hice de derecha”. Están diciendo algo bastante más simple:
“Quiero que esto funcione.”
Y si la derecha promete hacerlo, gana la derecha. Si mañana la derecha fracasa, no sería extraño que esos mismos electores vuelvan a mirar hacia la izquierda.
Ahí está el verdadero problema para quienes quieren convertir estas elecciones en una cruzada continental contra el progresismo: la izquierda sigue teniendo millones de votos. En Colombia estuvo a centímetros de volver al poder. En Perú prácticamente empató. En Chile alcanzó una votación presidencial histórica para el Partido Comunista.
No parece exactamente un cadáver.
Quizás el diagnóstico correcto sea otro: la izquierda latinoamericana está golpeada, cuestionada y necesita reinventarse, pero continúa siendo una fuerza electoral enorme.
Y aquí viene la parte incómoda para ambos lados.
La derecha no debería confundir una victoria electoral con una hegemonía ideológica. Y la izquierda tampoco debería confundir millones de votos con una obligación de ganar.
Porque una cosa es tener electores.
Otra muy distinta es convencerlos de que puedes gobernar.
Así que tranquilos.
No guarden todavía las flores.
El funeral de la izquierda latinoamericana ha sido anunciado varias veces. Y, curiosamente, cada cierto tiempo vuelve a aparecer en las urnas para arruinar la ceremonia.











