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Una ciudad vacía de ciudadanía debilita la democracia. Por Mónica Vargas Aguirre y Alejandra Ramos Arcos

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Le Monde Diplomatique, edición chilena

Cuando pensamos en la democracia solemos imaginar urnas, elecciones, partidos políticos o debates parlamentarios. Creemos que la democracia comienza y termina en las instituciones. Sin embargo, existe una dimensión mucho más cotidiana y silenciosa que rara vez ocupa el centro de la discusión: la democracia también se juega en la forma en que habitamos nuestras ciudades.

La palabra ciudadanía proviene del latín civitas: ciudad. No es una coincidencia etimológica. La ciudadanía nunca ha existido en abstracto. Se ejerce en calles, plazas, veredas, parques, estaciones de Metro y barrios, la ciudadanía tiene cuerpo, forma y contenido. La ciudadanía se encuentra allí donde las personas caminan, esperan, conversan, descansan, se encuentran o simplemente comparten un espacio con quienes son distintos.

Sin embargo, la dinámica actual de nuestras ciudades muestra un total desprecio por esa relación esencial entre territorio y democracia. La fragmentación urbana, los espacios segregados, la falta de mobiliario inclusivo o de espacios de encuentro son el reflejo de una democracia que no incluye a todas y todos y que se debilita día a día.

Durante décadas hemos entendido la ciudadanía principalmente como un estatus jurídico: tener derechos, cumplir deberes y votar cada cierto tiempo. Esa ciudadanía formal es indispensable, pero resulta insuficiente. Como advirtió T. H. Marshall, los derechos sólo adquieren sentido cuando existen las condiciones materiales para ejercerlos. Y esas condiciones tienen una expresión profundamente territorial.

Una persona no ejerce plenamente su ciudadanía solo porque puede sufragar. También necesita poder caminar con seguridad, utilizar el transporte público, participar en una organización vecinal, permanecer en una plaza sin miedo, sentarse en el metro o en una calle si lo requiere o deliberar sobre el futuro del barrio donde vive.

La democracia tampoco ocurre únicamente dentro del Congreso. Hannah Arendt sostenía que la política nace cuando personas diferentes aparecen unas frente a otras para actuar y deliberar en el espacio público. Si ese espacio desaparece, también se empobrece la democracia. No hay democracia sin la aceptación de un otro como legítimo otro en la diferencia, y no hay aceptación de un otro como legítimo si no es posible conocer y entender a ese otro en algún espacio de la ciudad.

La pregunta entonces deja de ser exclusivamente institucional. Debemos preguntarnos qué tipo de ciudadanía construimos cuando diseñamos ciudades donde todo está pensado para pasar, pero casi nada para permanecer.

Basta recorrer Santiago para advertir una lógica que parece haberse naturalizado. Las veredas son concebidas como espacios de circulación; las estaciones de Metro como máquinas destinadas a mover personas; las plazas disminuyen frente al avance del comercio; los lugares para sentarse son escasos; las sombras, insuficientes; los espacios de encuentro, cada vez más excepcionales.

Todo parece responder a una misma idea: avanzar rápidamente, pero en un avance vacío de sentido y dirección, no hay un para qué ni hacia dónde, solo avanzar, circular y producir.

La aparente neutralidad de la circulación es profundamente política. Porque cuando afirmamos que un espacio es «de tránsito», inevitablemente surgen varias preguntas: ¿tránsito de quién?, ¿hacia dónde?, ¿a qué velocidad? y, sobre todo, ¿qué cuerpo fue considerado al momento de diseñarlo?

La ciudad contemporánea parece imaginar un único tipo de habitante: una persona adulta, sana, productiva, sin limitaciones físicas, sin responsabilidades de cuidado y permanentemente apurada. Ese cuerpo ideal atraviesa la ciudad sin detenerse.

Sin embargo, la vida cotidiana está llena de cuerpos que se mueven de otros modos.

Existe la persona mayor que necesita descansar cada cierto tiempo. La mujer embarazada. Quien utiliza silla de ruedas. La madre que empuja un coche mientras lleva de la mano a otro hijo. Quien acompaña a una persona enferma. Quien simplemente quiere sentarse unos minutos a leer bajo un árbol. O quién busca a una pareja fuera de su cerrado círculo conocido y ante la inexistencia de espacios no le queda otra alternativa que recurrir a aplicaciones de citas.

Esos cuerpos y estas emociones también son ciudadanía, sin embargo, con demasiada frecuencia la ciudad les obliga a adaptarse a una infraestructura pensada para alguien distinto.

Las mujeres conocen especialmente bien esa diferencia. Formalmente poseen los mismos derechos políticos que los hombres. Pero habitan una ciudad distinta. Muchas evitan determinadas calles de noche, modifican recorridos, pagan más por transporte para sentirse seguras, envían su ubicación en tiempo real o sostienen las llaves entre los dedos mientras caminan. Esas conductas suelen presentarse como decisiones personales. En realidad son respuestas racionales frente a un espacio que limita su libertad.

La ciudad tampoco distribuye de manera igualitaria las tareas de cuidado. Durante décadas la planificación urbana asumió que los desplazamientos eran simples trayectos entre la casa y el trabajo. Pero una enorme cantidad de mujeres realiza recorridos completamente distintos: llevan hijos al colegio, acompañan personas mayores al consultorio, compran alimentos, realizan trámites, trabajan, vuelven a buscar a quienes cuidan y recién entonces regresan a casa.

Son trayectos múltiples, encadenados, realizados a distintos ritmos y con necesidades muy diferentes de las que supone una planificación exclusivamente productivista.

Cuando esos recorridos no son considerados, no solo se invisibiliza el trabajo de cuidados. También se profundizan desigualdades que luego aparecen como problemas individuales cuando en realidad son decisiones de diseño urbano.

Jane Jacobs comprendió hace más de medio siglo que las ciudades son mucho más que infraestructura. Su defensa de las calles vivas, diversas y permanentemente habitadas mostraba por ejemplo, que la seguridad no depende únicamente de cámaras o policías, sino también de la presencia cotidiana de personas distintas compartiendo el espacio público. Sus célebres «ojos en la calle» siguen siendo una de las mejores explicaciones sobre cómo una ciudad puede producir comunidad y con ello seguridad.

Décadas después, Leslie Kern profundizó esa reflexión desde una perspectiva feminista. Nos recordó que el espacio público nunca ha sido neutral porque fue pensado desde una experiencia masculina del territorio. Basta observar la distribución de los baños públicos, la ausencia de mudadores en servicios para hombres, la precariedad de muchos paraderos o la escasez de lugares para descansar para comprender que detrás del diseño urbano existen decisiones políticas respecto de qué vidas merecen mayor consideración.

Quizás el ejemplo más evidente sea el Metro de Santiago.

Cada día moviliza millones de personas provenientes de comunas muy distintas entre sí. Pocos lugares reúnen tanta diversidad social. Sin embargo, todo está organizado para que las personas entren, circulen y salgan lo más rápido posible. Los escasos lugares para descansar fueron reemplazados por apoyos inclinados que muchas personas consideran una burla. La permanencia parece convertirse en una anomalía.

Paradójicamente, el sistema sí interrumpe ese flujo cuando existe una finalidad comercial. En numerosas estaciones hay ferias y espacios destinados al consumo. La pausa parece aceptable cuando genera rentabilidad económica, pero no cuando podría favorecer el encuentro ciudadano.

En una época marcada por la soledad, la desconfianza y el deterioro de la salud mental, resulta legítimo preguntarse si una ciudad que solo facilita el movimiento, pero nunca el encuentro, no termina debilitando también los vínculos sociales que sostienen la democracia.

Porque la democracia necesita algo más que instituciones eficientes.

Necesita personas capaces de reconocerse mutuamente como iguales aun cuando piensen distinto. Necesita espacios donde la diferencia pueda encontrarse sin miedo. Necesita barrios donde permanecer no sea considerado una pérdida de tiempo.

El territorio nunca es un simple soporte físico. Es la expresión material de nuestras prioridades colectivas. Una vereda destruida, una plaza abandonada o una calle mal iluminada no son únicamente fallas técnicas. Revelan qué cuerpos fueron considerados importantes y cuáles quedaron fuera de la planificación.

Por eso la discusión sobre urbanismo nunca es solamente urbanística.

Es una discusión sobre ciudadanía.

Es una discusión sobre democracia.

Una democracia madura no se mide únicamente por la limpieza de sus elecciones. También se mide por la libertad con que niñas, mujeres, personas mayores, personas con discapacidad y cualquier ciudadano pueden habitar el territorio sin miedo, descansar sin culpa y participar activamente de la vida común.

Las ciudades no deberían obligarnos únicamente a desplazarnos.

También deberían invitarnos a encontrarnos.

Porque cuando el espacio público deja de ser un lugar para convivir y se transforma exclusivamente en un corredor de circulación o en un espacio de consumo, perdemos algo mucho más importante que un asiento o una plaza. Perdemos ciudadanía, y una ciudad vacía de ciudadanía termina, inevitablemente, debilitando la democracia.

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