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Hashomer Hatzair: del sueño a la realidad

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Agrupación Judía Diana Aron

Hashomer Hatzair soñó con un Estado binacional, la fraternidad con los palestinos y la vida igualitaria en comuna. Ese ideal fracasó en todos los tres frentes. Pero su épica es funcional para un proyecto que terminó siendo lo opuesto de lo que prometía.

Bitanya Ilit, 1920. Un grupo de jóvenes, miembros de Hashomer, provenientes de Galicia, se instalan en una comuna en las colinas cercanas al lago de Tiberíades. Van a vivir, por un tiempo breve pero intenso, un experimento casi místico de fusión total entre el individuo y el colectivo.

De esa experiencia sale, en 1922, Kehiliyatenu («Nuestra Comunidad»), una recopilación de textos confesionales que se convertiría en uno de los documentos fundacionales del imaginario de Hashomer Hatzair.

Era la voz de una generación que creía que el trabajo de la tierra, hecho en comunidad, podía redimir tanto al individuo como al pueblo judío y, al mismo tiempo, tender un puente fraterno hacia los árabes de Palestina.

Ese sueño resonó fuerte: motivó a miles de jóvenes, en ciudades de Europa del Este, a dejar sus casas y refundar sus vidas en la tierra. Pero lo que ese sueño produjo, un siglo después, es casi exactamente lo contrario de lo que prometía — en tres planos distintos y simultáneos.

Este artículo recorre esos tres colapsos: el político, el ético y el comunitario-económico. Y explica por qué, pese a todo, la imagen de Kehiliyatenu sigue viva en la memoria emocional de la diáspora judía.

Un sueño que sí movió gente

Hashomer Hatzair nace en 1913 en Galicia, de la fusión entre Hashomer, un grupo de orientación scout, y Tze’irei Zion, un círculo de estudio dedicado a profundizar la conciencia nacional judía. Desde el inicio combina el sionismo con el socialismo marxista, la idea de un «renacimiento judío» y el ideal del trabajo de la tierra como vía de liberación personal y colectiva, con una fuerte impronta de pensadores como Martin Buber, Ber Borochov, Baden-Powell y Gustav Wyneken.

No fue un fenómeno marginal. Hacia 1939 el movimiento contaba con unos 70.000 miembros en todo el mundo — la enorme mayoría todavía en la diáspora de Europa del Este — y más de 10.000 de ellos ya habían hecho aliyá e ingresado efectivamente a Palestina.

El primer núcleo de kibutzim del movimiento se federó en 1927 bajo el nombre de Kibbutz Artzi, con apenas cuatro kibutzim y 200 miembros; su población estimada habría pasado a unas 1.200 personas en 1930, cerca de 20.000 hacia 1950, y a un máximo estimado de unas 42.000 en 85 kibutzim hacia 2010.

En 1936 el movimiento dio el salto a partido político formal —la Liga Socialista de Palestina, pronto rebautizada simplemente Hashomer Hatzair— convirtiéndose en el único partido sionista de la época dispuesto a aceptar miembros árabes en pie de igualdad y a reclamar explícitamente un Estado binacional.

En 1948, cuando se funda el Estado de Israel, unas 45.000 personas vivían en kibutzim: un 7,5% de la población judía del nuevo país. Nunca fue una mayoría demográfica. Pero fue, desde el comienzo, desproporcionadamente central en el imaginario y en el relato fundacional del proyecto sionista — el «nuevo hombre judío» trabajando la tierra en comunidad.

Esa distancia entre el peso demográfico real y el peso simbólico del kibutz es, en sí misma, parte de la historia que sigue aquí: lo que resuena hoy en la memoria de la diáspora no es el tamaño real del fenómeno, sino su carga mítica.

El primer colapso: el político

Hashomer Hatzair no llegó a 1948 sin poner a prueba sus convicciones. En mayo de 1942, cuando un grupo de líderes sionistas se reúne en el Hotel Biltmore de Nueva York y adopta el llamado Programa Biltmore —que reclamaba una «mancomunidad judía» en toda Palestina, con inmigración ilimitada—, los representantes de Hashomer Hatzair votan en contra. Es un acto de disidencia explícita, en pleno Holocausto, frente al giro estatalista y mayoritario que tomaba el resto del movimiento sionista.

Esa coherencia tuvo un costo: por su posición binacionalista, el movimiento quedó marginado y con poca influencia real sobre las decisiones políticas del Yishuv (la comunidad judía organizada en la Palestina del Mandato). Sus intentos de fusionarse con los partidos laboristas mayoritarios fracasaron reiteradamente porque estos rechazaban justamente esa posición binacionalista. Cuando la ONU vota la partición de Palestina en 1947, Hashomer Hatzair se opone y prefiere, en cambio, un fideicomiso internacional sobre el territorio completo.

En enero de 1948, el Partido Hashomer Hatzair se fusiona con Ahdut HaAvoda-Poalei Zion y otras facciones socialistas para formar Mapam.

El discurso oficial todavía invocaba, en ese momento, el marco binacional. Pero la guerra que sigue a la partición —el rechazo árabe al plan de la ONU y la posterior invasión de los ejércitos árabes tras la proclamación del Estado en mayo de 1948— empuja a Mapam a aceptar la estatalidad judía exclusiva como un hecho consumado.

Según una reseña del libro de Shlomo Sand Israel-Palestine: Federation or Apartheid?, antes de 1948 Hashomer Hatzair, si bien estaba comprometido con el binacionalismo, ya convivíaen los hechos con su integración a un movimiento de kibutz que excluía la mano de obra árabe y con el objetivo de una mayoría judía en Eretz Israel.

Después de 1948, Hashomer Hatzair abandonó el binacionalismo por completo.

No hay, al menos en las fuentes disponibles, registro de una ruptura declarada o una autocrítica pública sobre este punto específico: la categoría del binacionalismo simplemente deja de aparecer en el programa político del movimiento..

El partido que había votado en contra de Biltmore en nombre de la convivencia binacional pasa a operar, sin decirlo, dentro de los términos exactos del Estado que había rechazado seis años antes.

El segundo colapso: el ético

El abandono del binacionalismo no quedó solo en el plano del discurso.

La historiadora Areej Sabbagh-Khoury, en su libro Colonizing Palestine: The Zionist Left and the Making of the Palestinian Nakba (Stanford University Press, 2023), reconstruyó con archivos de los propios kibutzim lo que ocurrió en el terreno entre 1936 y 1956, tomando como caso de estudio tres colonias de Hashomer Hatzair en el valle de Jezreel: Mishmar HaEmek, Hazorea y Ein Hashofet.

El hallazgo central del libro es una disonancia documentada: hasta el final tumultuoso del Mandato británico, los colonos de estas tres colonias declaraban apoyar un Estado binacional judío-árabe y se oponían oficialmente al desplazamiento masivo de la población palestina.

Al mismo tiempo, esas mismas colonias fueron participantes activas en el proceso que terminó transformando grandes porciones de Palestina en territorio judío soberano.

El caso de Ein Hashofet, fundado en 1937-38 por dos grupos de Hashomer Hatzair (uno de Polonia, otro de Nueva York), es el más documentado.

Sabbagh-Khoury describe cómo la toma inicial de la colina de Jo’ara, en julio de 1937, se organizó de forma deliberadamente encubierta ante los arrendatarios árabes que trabajaban esa tierra —presentada como una visita para planificar una comisaría policial, y diseñada específicamente para no despertar sospechas prematuras—.

Los registros de archivo más tempranos describen relaciones «colegiales y amistosas» con los pueblos árabes vecinos (entre ellos Jo’ara, al-Kafrayn, Qira y Abu Zureiq).

Pero, a medida que se acercaba la salida británica, los propios kibutznikim admiten en esos mismos registros haber salido en misiones de reconocimiento para la Haganá. Durante la guerra de 1948 esos pueblos vecinos fueron destruidos y su población desplazada, en un proceso que incluyó episodios de saqueo documentados en los archivos del propio kibutz.

Uno de los colonos de la época, Arnon Tamir, reflexionó décadas más tarde sobre la destrucción de dos de esos pueblos diciendo que no estaba en paz consigo mismo por lo ocurrido — lamentando en particular el saqueo posterior y el hecho de haber dejado a los antiguos vecinos sin sepultura bajo los escombros de sus casas.

Pero incluso él reconoció que esa destrucción había aliviado las cosas para el kibutz y había permitido fundar el Estado.

Sabbagh-Khoury documenta además cómo, en las décadas siguientes, buena parte de estos episodios simplemente desaparece de las memorias oficiales de los kibutzim: lo que no encaja con el relato fundacional del Estado deja de ser recordado como tal.

El tercer colapso: el comunitario-económico

El colapso más tardío, y en cierto modo el más silencioso, es el del propio modelo de vida que Kehiliyatenu proponía como ideal.

Entre fines de los años 90 y comienzos de la década de 2010, alrededor de un 75% de los kibutzim del país abandonó el principio de reparto igualitario de ingresos y adoptó salarios diferenciados según el valor de mercado de cada trabajo.

De los aproximadamente 270 kibutzim que existen hoy en Israel, solo unos 80 —menos de un tercio— conservan todavía el esquema igualitario original.

El retroceso demográfico acompaña al económico: de aquel 7,5% de la población judía que vivía en kibutzim en 1948, hoy la cifra ronda apenas el 2% (unas 171.000 personas en 265 kibutzim, según datos de 2018).

Comedores comunes cerrados, cuentas bancarias privadas, propiedad individual de la vivienda: el kibutz contemporáneo es, en la mayoría de los casos registrados, la negación estructural casi exacta de lo que aquellos jóvenes de Bitanya Ilit imaginaban en 1920.

El sueño como imán emocional

A pesar de estos tres colapsos, el imaginario original los sobrevive casi intacto.

El binacionalismo por el que Hashomer Hatzair votó en contra de Biltmore fue abandonado sin debate. El compromiso declarado de no desplazar a la población palestina convivió, en el propio archivo de sus kibutzim, con la participación activa en ese desplazamiento. Y el modelo de vida igualitaria que Kehiliyatenu proponía como fin en sí mismo fue desmantelado, kibutz por kibutz, en nombre de la supervivencia económica.

Y sin embargo, la imagen que sigue circulando en la memoria emocional de buena parte de la diáspora judía —incluida la que llega hoy a movimientos juveniles en países como Chile— no es la de estos tres colapsos, sino la de Kehiliyatenu: la comuna, la fraternidad, el trabajo redentor de la tierra, el puente hacia el vecino árabe.

Esa imagen se sigue transmitiendo en cantos, relatos de campamento y visitas de intercambio, mucho después de que la realidad que describía dejara de existir en el terreno.

El país que hoy existe no heredó el sueño de Kehiliyatenu: heredó, en cambio, la suma de dos corrientes que ese sueño rechazaba explícitamente — el maximalismo territorial de Jabotinsky y el supremacismo de Kahane —, y esa suma tiene un costo que sigue pagando a diario el pueblo  palestino.

 

Fuentes

Margalit, Elkana. «Social and Intellectual Origins of the Hashomer Hatzair Youth Movement, 1913-20». Journal of Contemporary History, 1969.

Sabbagh-Khoury, Areej. Colonizing Palestine: The Zionist Left and the Making of the Palestinian Nakba. Stanford University Press, 2023.

Sand, Shlomo. Israel-Palestine: Federation or Apartheid? Reseñado por Deborah Maccoby en Jewish Voice for Labour, 2024. https://www.jewishvoiceforlabour.org.uk/article/israel-palestine-federation-or-apartheid-by-shlomo-sand-a-review/

Near, Henry. The Kibbutz Movement: A History (2 vols.). Oxford University Press.

Russell, Raymond; Hanneman, Robert; Getz, Shlomo. The Renewal of the Kibbutz: From Reform to Transformation. Rutgers University Press, 2013.

Jewish Virtual Library. «The Kibbutz Artzi Federation». https://www.jewishvirtuallibrary.org/the-kibbutz-artzi-federation

The Forward. «What Actually Undermined the Kibbutz», 2010. https://forward.com/opinion/127122/what-actually-undermined-the-kibbutz/

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