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¡LA MOTOSIERRA DE LOS DERECHOS HUMANOS! O CÓMO EL PODER DESCUBRIÓ QUE LA MEMORIA ES “INCONVENIENTE”

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por Franco Machiavelo

Qué curioso fenómeno este: cada vez que el conflicto social se vuelve demasiado evidente, aparecen sectores políticos con una repentina pasión por “pasar página”. Pero no cualquier página… sino exactamente aquella donde están escritas las violencias, las desigualdades y las responsabilidades históricas. Qué casualidad tan eficiente.

Desde una lectura dialéctica, esto no es un simple “debate de ideas”. Es una lucha por el control del sentido histórico. Porque la historia no es un museo neutral: es un campo de fuerzas. Y en ese campo, las clases dominantes han entendido algo básico que prefieren no decir en voz alta: quien controla la memoria, controla también los límites de lo pensable.

Entonces aparece el truco elegante. Se toma un concepto profundamente político —los derechos humanos— y se lo esteriliza. Se lo convierte en protocolo, en formulario, en trámite administrativo sin conflicto. Así, lo que nació como respuesta a la violencia estructural del poder se transforma en un lenguaje neutral, casi decorativo. Un “tema sensible”, como si la tortura, la desaparición o la represión fueran simplemente diferencias de opinión mal gestionadas.

Y aquí entra el sarcasmo de la época: se nos invita a creer que la historia debe ser “equilibrada”, como si la violencia hubiera sido un accidente meteorológico y no una decisión política concreta. Se exige “objetividad”, pero solo cuando la memoria incomoda a los de arriba. Qué coincidencia tan perfectamente asimétrica.
Desde una perspectiva marxista dialéctica, esto tiene una lógica clara: la superestructura ideológica (medios, instituciones, discursos oficiales) no solo refleja la realidad material, sino que trabaja activamente para reorganizarla simbólicamente. Es decir, no basta con dominar la economía; también hay que domesticar la memoria para que el pasado no cuestione el presente.

Por eso la memoria histórica es tan incómoda. No porque “divida”, como dicen algunos con tono solemne, sino porque revela la raíz del conflicto social: que el orden actual no es natural ni eterno, sino producto de relaciones históricas de poder. Y si eso se recuerda con claridad, entonces la idea de inevitabilidad del sistema se tambalea un poco… y eso ya es demasiado peligroso para ciertos discursos.

Así se fabrica una especie de amnesia elegante: no se niega del todo el pasado, pero se lo diluye hasta hacerlo irrelevante. Una memoria sin conflicto es una memoria domesticada. Y una memoria domesticada es, básicamente, una forma sofisticada de olvido.

Pero lo incómodo —para quienes prefieren el silencio ordenado— es que la memoria no desaparece tan fácil. Se filtra en las grietas del discurso oficial, reaparece en las organizaciones sociales, en los testimonios, en las luchas que insisten en que la dignidad no es negociable ni decorativa.

Y ahí está el punto dialéctico central: el intento de borrar la memoria no elimina la contradicción; la profundiza. Porque lo reprimido no desaparece, retorna. Y cuando retorna, ya no lo hace como recuerdo pasivo, sino como conflicto abierto.

En otras palabras: puedes intentar rebajar la historia a un trámite… pero la historia, con bastante mala educación, suele negarse a comportarse como formulario. 

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