Le Monde Diplomatique, edición chilena
La tecnología es, sin duda, la mayor conquista de nuestra era. Un milagro labrado por el ingenio humano que ha transformado la realidad de forma radical. Nadie en su sano juicio podría renegar de sus bondades ni plantear un retorno al pasado. En apenas medio siglo, las expectativas de vida global saltaron de un promedio que apenas rozaba los sesenta años a superar la barrera de los ochenta, incluso acercándose a los noventa en naciones de mayor y mejor desarrollo. Es la ciencia y la tecnología extendiendo el tiempo de los hombres y mujeres. Son las aeronaves acortando distancias geográficas, uniendo mercados y tejiendo un mestizaje cultural sin precedentes históricos. El progreso técnico es maravilloso. El problema jamás ha sido la máquina, sino la mano que mueve la palanca, y quien mueve la maquina es la mano de quien controla los medios de producción.
En la época actual hiperconectados, la gran creación se está volviendo contra su propio artífice. La maravilla tecnológica muta en su propia antípoda no por defecto de fábrica, sino por diseño social. El avance científico, lejos de ser un aliado universal que libere al ser humano del trabajo pesado, hoy despierta un temor silencioso, pero generalizado en las oficinas, las fábricas y las calles de todo el mundo. No es miedo al futuro; es miedo a la exclusión, es miedo a la incertidumbre.
La Inteligencia Artificial y la tecnología de punta ya no pertenecen al patrimonio común de la humanidad. Hoy responden a los dueños de las grandes aplicaciones virtuales, a gigantes corporativos estadounidenses y magnates de alcance global como Elon Musk. Bajo la estricta lógica del libre mercado, estas herramientas no se introducen en los procesos productivos para aliviar la carga laboral de las personas o darles más tiempo libre, sino para sustituirlas por completo.
El mundo observa atónito una contradicción sistémica y violenta: Productividad récord: El uso de tecnología genera excedentes económicos históricos nunca antes vistos. Concentración del beneficio: La riqueza producida por la automatización no mejora el salario del obrero, sino que migra directo a las cuentas del capital.
Destrucción de fuerzas productivas: El algoritmo reemplaza la mano de obra, condenando a millones al desempleo y a la miseria bajo la fría justificación de la «eficiencia».
En Chile, esta realidad golpea con una crudeza institucional particular. La premisa estatal durante las últimas décadas ha sido clara y predecible: flexibilizar las leyes laborales bajo la promesa de garantizar la llegada de inversión extranjera. Esta flexibilización, lejos de modernizar las relaciones humanas, ha desmantelado de forma sistemática los derechos fundamentales del mundo del trabajo, dejando al ciudadano común a la intemperie frente a los cambios tecnológicos.
El desamparo de la clase trabajadora es doble. Por un lado, enfrentan la eficiencia fría del software que automatiza sus tareas. Por el otro, sufren una profunda orfandad política. Los partidos tradicionales que históricamente representaban las demandas obreras terminaron aplastados y otros cooptados por las tesis del monetarismo. Hoy, la clase empresarial chilena prioriza la rentabilidad del capital y la estabilidad de los mercados, tratando al trabajador como una simple variable de ajuste prescindible en los balances financieros de las grandes corporaciones.
El modelo actual, en su afán de lucro inmediato a través de la tecnología, encierra una ironía económica que podría ser mortal para el propio sistema: el capitalismo no puede sobrevivir sin demanda, sin consumidores. Es una regla básica de las matemáticas de mercado. Para mantener la demanda activa y el dinamismo comercial, es vital garantizar la capacidad de compra de la población.
Dicha capacidad depende estrictamente de un factor esencial: el empleo estable y salarios suficientes. Sin puestos de trabajo, no hay ingresos; sin ingresos, las personas simplemente no pueden consumir. Al destruir masivamente el empleo mediante una automatización desmedida y desregulada, el capital está asfixiando la misma demanda que aun lo mantiene con vida. Están vaciando las tiendas del futuro.
El capitalismo como sistema está en una encrucijada.
El gran desafío de la hora presente no es, en ninguna circunstancia, frenar el avance de la ciencia ni oponerse a la llegada de la Inteligencia Artificial. La tecnología es bienvenida. Lo que urge cambiar es el destino de sus frutos. Cobran fuerza y sentido las voces que exigen el empoderamiento real de los trabajadores para disputar el control de estos medios técnicos.
El objetivo entonces es urgente, transitar hacia un modelo social donde las plataformas virtuales y los algoritmos no sirvan para enriquecer a un puñado de firmas tecnológicas, sino que estén fundamentalmente al servicio del bienestar de las mayorías. La tecnología debe volver a ser lo que siempre debió ser: una herramienta de emancipación humana, un motor de inclusión y progreso colectivo, y no el verdugo de la clase trabajadora.
8 de junio de 2026











