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MEDIOS, PODER Y LO QUE NO TE CUENTAN

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por José A. Amesty Rivera

Cuando uno vive en América Latina y empieza a fijarse bien en las noticias, hay algo que no
termina de cuadrar. No es que todo sea mentira, pero tampoco es tan simple como “los medios
solo informan y ya”. Con el tiempo, uno se da cuenta de que hay enfoques, que hay intereses, y
que muchas veces las historias se cuentan de cierta forma según a quién le conviene o desde
dónde se miran las cosas.

Esto no viene de la nada, en esta región hay historia, y una historia bastante pesada. Durante
años, muchos países latinoamericanos vivieron golpes de Estado, persecuciones y gobiernos que
no surgieron precisamente de la voluntad popular.

Casos como la Operación Cóndor o el Golpe de Estado en Chile de 1973 no fueron solo asuntos
militares; también hubo un relato detrás, una forma de contar lo que pasaba, medios que
justificaban las acciones, que hablaban de “orden” frente al “caos”, que presentaban a unos como
amenaza y a otros como salvadores.

Y eso es importante entenderlo, porque los medios no solo informan, también ayudan a construir
la realidad que la gente percibe. No es lo mismo decir “protestas sociales” que “disturbios
violentos”, no es lo mismo hablar de “reforma económica” que de “ajuste”. Las palabras pesan, y la
forma en que se cuentan las cosas puede cambiar completamente, cómo se entienden.

Hoy las cosas no son iguales, pero tampoco cambiaron tanto como parece; ya no siempre hay
tanques en la calle, pero sí hay una pelea constante por la información; y en esa pelea entran los
medios tradicionales, las grandes empresas y, cada vez más, la tecnología.

Un ejemplo que llama la atención es el de Reuters, mucha gente la ubica por las noticias, pero en
realidad es una empresa mucho más grande que eso; entre otras cosas, vende acceso a bases de
datos enormes con información de personas. Estos datos han sido utilizados por agencias como
ICE para ubicar gente, incluyendo migrantes.

Visto desde América Latina, esto no es un detalle menor, estamos hablando de personas que
muchas veces salieron de sus países por necesidad, por falta de oportunidades o por violencia, y
terminan siendo rastreadas con herramientas creadas por grandes corporaciones.

Aquí es donde uno empieza a ver que la información ya no es solo noticias, también son datos,
vigilancia, control, y esto abre un debate fuerte sobre quién tiene ese poder y cómo lo usa.

Otro caso que también genera preguntas es el de Google y su relación con el Pentágono. Se sabe
que han tenido acuerdos para trabajar con inteligencia artificial en temas relacionados con
defensa; esto no es un invento, incluso dentro de la empresa hubo trabajadores que protestaron
por ese tipo de contratos. Entonces, surge una duda bastante lógica, si las empresas que
organizan la información que vemos todos los días también trabajan con estructuras militares,
¿qué tan independientes son realmente?

Y no es solo Google, hoy muchas grandes tecnológicas tienen vínculos con gobiernos, ya sea a
través de contratos, regulaciones o cooperación en temas de seguridad. Esto no significa
automáticamente que haya una conspiración, pero sí muestra que hay relaciones de poder que no
siempre son visibles.

Ahora, tampoco hace falta irse tan lejos para ver cómo funcionan estas cosas. En la propia
América Latina hay ejemplos claros de medios con muchísimo poder. En Argentina, el Grupo
Clarín ha sido durante años un actor central en la política, con enfrentamientos abiertos contra
gobiernos progresistas.

En Brasil, el Grupo Globo ha tenido una influencia enorme en cómo se cuentan los hechos y en
cómo la población percibe a los distintos actores políticos.

En Ecuador, durante el gobierno de Rafael Correa, hubo conflictos muy fuertes entre el gobierno y
varios medios privados, justamente por el papel que estos jugaban en la oposición política.
Y si hay un caso donde todo esto se ve con mucha claridad, es en Venezuela. Allí los medios no
han sido solo observadores, han sido protagonistas directos del conflicto político. Desde la llegada
de Hugo Chávez, se generó una confrontación muy fuerte entre el gobierno y los grandes medios
privados. Estos últimos, en muchos casos, asumieron un rol claramente opositor, mientras el
gobierno respondió creando sus propios medios y regulando fuertemente a los existentes, por sus
tropelías.

Un caso que dejó muchas dudas fue lo ocurrido en Bolivia en 2019, con la salida de Evo Morales,
en cuestión de días, muchos medios internacionales instalaron la idea de que había habido fraude
electoral. Sin embargo, tiempo después, estudios independientes cuestionaron esa versión inicial.
Esto no significa que todo haya sido blanco o negro, pero sí muestra algo clave, la primera historia
que se instala suele ser la que queda, aunque después aparezcan matices o contradicciones.
Y esto es fundamental, en un mundo donde la información circula rápido, quien logra imponer el
primer relato tiene una ventaja enorme.

Desde una mirada de izquierda latinoamericana, todo esto no se ve como una serie de hechos
aislados. Se ve como parte de un sistema donde los medios, el dinero y la política están
conectados, no siempre porque alguien esté dando órdenes directas, sino porque hay intereses
que coinciden y se refuerzan.

Por ejemplo, muchos medios de derecha tienden a oponerse a políticas que buscan redistribuir la
riqueza, aumentar el rol del Estado o regular a las grandes empresas. Eso entra dentro de su
visión del mundo, y es válido que exista. El problema es cuando esa postura se presenta como si
fuera la única racional o cuando se invisibilizan otras miradas.

Además, cuando esas posiciones coinciden con intereses de grandes corporaciones o con la
política exterior de EEUU, la coincidencia deja de parecer casual, no necesariamente porque haya
una orden directa, sino porque todos están mirando en la misma dirección.

Ahora bien, también es importante no simplificar demasiado, no todo está controlado por un solo
grupo ni existe una conspiración perfecta donde alguien mueve todos los hilos. La realidad es más
compleja, hay distintos actores con poder, gobiernos, empresas, medios, plataformas digitales,
grupos económicos, a veces coinciden, a veces se enfrentan.

Lo que sí está claro es que el dinero influye, y mucho, muchos medios dependen de
inversionistas, de publicidad o de relaciones con el poder político y económico, y cuando hay
intereses económicos fuertes, es difícil sostener que todo lo que se publica es completamente
objetivo.

A eso se suma el papel cada vez más importante de la tecnología, hoy no solo importa qué se
dice, sino también qué se ve más y qué se pierde en el camino. Los códigos deciden qué aparece
primero en tu pantalla, qué se hace viral y qué pasa desapercibido, y estos programas no son
neutrales, los diseñan empresas con objetivos concretos, muchas veces ligados a ganancias,
atención o influencia.

En América Latina esto tiene un peso especial, porque la mayoría de esas plataformas no son de
la región, se usan todos los días, pero no se controlan; esto significa que gran parte de la
conversación pública depende de reglas que se deciden en otros países, y aquí hay una
desventaja clara.

También hay otro punto que a veces se pasa por alto, la concentración de medios. En muchos
países latinoamericanos, pocas empresas controlan gran parte de la televisión, la radio y la prensa
escrita, Esto reduce la diversidad de voces y hace que ciertas perspectivas tengan mucho más
espacio que otras.

Entonces, ¿qué podemos sacar de todo esto?, que no es tan simple como creer o no creer en los
medios, se trata de entender que la información también es un terreno de disputa, que hay
intereses, que hay poder y que lo que se cuenta, no siempre es casual.

Esto no significa que todo esté manipulado ni que no existan periodistas serios haciendo su
trabajo, los hay, y muchos, pero trabajan dentro de estructuras que tienen límites, presiones y
condicionamientos.

Por eso, más que caer en el “todo es mentira” o en el “todo es verdad”, lo que hace falta es una
mirada más crítica, leer distintas fuentes, comparar versiones, preguntarse quién está contando la
historia y por qué.

Porque al final, lo que está en juego no es solo una noticia, es la forma en que entendemos lo que
pasa en nuestros países, en la región y en el mundo, y entender esto, aunque sea un poco mejor,
ya es una forma de tener más control sobre lo que pensamos.

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