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¡¡PORQUÉ EL PROGRAMA DE LA ULTRADERECHA ES FUNCIONAL A LOS PROGRAMAS DE LOS GOBIERNOS DE LA IZQUIERDA PROGRE CONTINUISTA!!

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por Franco Machiavelo

La paradoja no es accidental: cuando se observa con calma, sin el ruido del marketing político y sin la niebla de las consignas vaciadas de sentido, queda claro que tanto la ultraderecha autoritaria como la izquierda “progre” continuista orbitan bajo la misma constelación de límites, los mismos bordes de lo posible que fueron instalados hace décadas por un régimen económico y cultural que controla no solo los recursos sino también la imaginación política.

Ambos ofrecen relatos distintos, pero administran la misma arquitectura de poder: un mercado convertido en dogma, un Estado reducido a gestor de daños colaterales, una ciudadanía tratada como clientela y una democracia encapsulada en una vitrina donde solo se puede mirar pero no tocar. Lo que cambia es el tono, el color de la bandera, el tipo de eslogan. Lo que permanece es la subordinación al orden económico que se presenta como “natural” e inevitable.

La ultraderecha, con su brutal honestidad reaccionaria, es la encargada de decir lo que el progresismo de vitrina prefiere susurrar: que el país debe ser dócil, productivo, obediente; que los “excesos” sociales deben contenerse; que el conflicto debe disfrazarse como problema moral y no como desigualdad estructural. En vez de desafiar esa matriz, los gobiernos progresistas terminan legitimándola con reformas cosméticas, gestionando la desigualdad como si fuese un fenómeno meteorológico inevitable, o administrando una modernización que nunca toca el corazón del modelo.

Las similitudes no son coincidencias, son efectos de un mismo disciplinamiento. Ambos reproducen el mapa mental de la transición eterna: la idea de que no hay alternativa, que la propiedad concentrada es incuestionable, que los territorios se negocian con empresas antes que con las comunidades, que los derechos sociales deben caber en el presupuesto pero no pueden cuestionar la acumulación en la cúspide. La ultraderecha empuja el cerco hacia atrás; el progresismo lo mantiene donde está. El resultado es el mismo: un orden clasista blindado por leyes, discursos y miedos cuidadosamente manufacturados.

La ultraderecha impone, sin pudor, un programa retrógrado porque sabe que el suelo cultural ya está preparado: décadas de pedagogía del miedo, del mérito individualista, de la sospecha hacia lo colectivo y del desprecio por quienes viven fuera del molde neoliberal. El progresismo, al renunciar a confrontar esa hegemonía, termina siendo su auxiliar involuntario. Mientras uno profundiza los privilegios, el otro garantiza su continuidad. Uno reprime, el otro normaliza. Uno golpea, el otro administra el dolor.

Por eso, el programa de la ultraderecha no solo es funcional: es el extremo visible de una misma lógica. Su autoritarismo clasista no es un accidente ni un exceso; es el rostro más sincero del orden que ambas fuerzas, cada una a su modo, se niegan a romper. La verdadera ruptura no llegará mientras el debate siga atrapado entre una derecha que quiere retroceder y una izquierda que se conforma con no avanzar. La emancipación comienza cuando se desarma la ilusión de que estos polos representan caminos opuestos, y se reconoce que comparten la misma raíz: la obediencia al modelo que nos enseñó que soñar distinto es peligroso.

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