¿Qué te motiva a crear estas esculturas funcionales? ¿Cómo piensas la interacción entre ellas, sus usuarios y el espacio público?

Son juegos. Están pensadas para el uso de niñas y niños, pero en primera instancia son esculturas. Por lo tanto, la idea es generar un clima emocional. Es la creación de otro lugar, otra manera de apropiarse del territorio y la ciudad. Yo siempre hablo del arte público como “acupuntura urbana”, que cambia la onda de un lugar. Las esculturas pasan por el cuerpo. Entonces, cuando se juega en la escultura, pasan otras maneras de relacionarse con el imaginario. Los niños siempre hablan de una “experiencia” de los juegos.

En comparación con París, ciudad en la que resides, y otras metrópolis del mundo ¿Cuál es la particularidad que ves en Plaza Brasil y su relación con Santiago?

Quiero mucho a la Plaza Brasil porque es única en el mundo. No sólo en Santiago. Brinda la oportunidad de creer en la ciudad. Es un lugar que representa los imaginarios de la ciudad, donde la gente se encuentra y puede cambiar cuando está con otros. Fue hecha en una época en la que Chile estaba emocionalmente vacío. La memoria y el trauma de la dictadura hicieron de él un período muy duro. El objetivo de la Plaza es traer entusiasmo y alegría a este espacio.

¿Cuál es el concepto que está detrás de la creación de las esculturas, para crear el clima emocional que mencionas?

Siempre he trabajado con el arte público. Al momento de pensar la obra, yo estaba muy concentrada en mostrar lo invisible. Demostrar que se puede jugar con la ciudad y que ésta regala a sus habitantes el arte, en el sentido de que arte es educación. Los niños pueden crecer aprendiendo, a través del cuerpo, los colores y la geometría. Otra cosa que me interesaba relevar era la oposición a la arquitectura rígida de las oficinas y edificios. Esta es orgánica. Sus formas son menos rígidas. Más femeninas, digamos.

Lo que distingue a los juegos infantiles es que su uso es igual para niños y niñas, sin distinción de género. Considerando que estamos en medio de un movimiento social feminista en Chile, en el que se está debatiendo sobre el uso, apropiación y disposición de los cuerpos, específicamente los de las mujeres, ¿cómo reivindicas tú el sentido político del juego, con estas características, en la primera infancia?

Sobre la cuestión del género, yo nunca supe que era una mujer sino hasta que la sociedad me colocó en esta cárcel de ser mujer, de tener un cuerpo que se mira sin pedirme permiso. La cultura de la apropiación de los cuerpos de las mujeres, disidencias y migrantes revela una falta total del reconocimiento de la individualidad. Yo no soy mujer. Soy Federica. Y veo a los otros con su opacidad. La mirada masculina niega ese misterio a las mujeres y, con ello, el derecho a su individualidad. En el mundo real, cada uno es un mundo. El juego es el espacio en que estos mundos se encuentran voluntariamente. Un territorio común. Cuando llegué a Chile había tanta perversidad en el machismo, mezclado con las memorias de la violencia sexual en dictadura, que me interesó decir, a través del gesto: ¡Se acabó! O, como lo digo ahora, el bar abierto del abuso está cerrado. En este momento, las mujeres están reclamando su derecho a la palabra, a la ciudad, al espacio público. Y siempre quise eso, porque la ciudad nos pertenece a todos.

Estuviste exponiendo en la toma feminista de la UTEM. ¿Cómo percibiste el ambiente de la movilización? ¿Qué es lo que más te llama la atención de estas manifestaciones?

Fue muy interesante. Un encuentro muy tranquilo y profundo sobre el rol social del artista, la manera en que nuestra poética se transforma en política. Las personas en el auditorio, mujeres y hombres, quieren que las cosas cambien radicalmente. Es un movimiento mundial que se caracteriza por la recuperación de la palabra, como te decía, de las mujeres, pero también veo una intención, desde los hombres, de conocer esta otra palabra porque el discurso único del hombre y el machismo ya fracasó. El lenguaje de la violencia no funciona en estos días. Los hombres tienen miedo de todo. No es el feminismo lo que los asusta, sino la frustración de los resultados que tiene su viejo orden: guerras, contaminación… ¡estamos en el fin del mundo! Los hombres que he visto involucrados en este momento quieren saber cuál es la otra mitad del mundo y cómo ésta lo relata.

¿Son los juegos de la Plaza un relato femenino?

Ni siquiera eso. Yo veo mucho machismo en la concepción de los juegos, o el juego, como algo exclusivamente para niños. Tiene que ver con lo que decías, de que en estas instancias no existen las diferencias de poder. Niños y niñas juegan por igual, sin las jerarquías que pone el mundo adulto. Las figuras que representan estas esculturas son la Cordillera de los Andes, hecha para sentarse y que ésta te abrace; La torre es el cerro Santa Lucía, con dos niveles diferenciados para mostrar el apartheid de clases que existe en Santiago, entre el abajo y el arriba; El volcán es para conectarnos con nuestra ira y la memoria de la dictadura; El iceberg nace a partir del relato de un iceberg —real— que enviaron a Sevilla desde la Antártica para una exposición mundial, como cuando se enviaban indios al rey de España. Por eso está más apartado. Pensaba: tan solito y tan lejos; El templo… mi intención original era representar símbolos mapuche, pero pensé en la complejidad de tomar como mía esos significados, por lo que es más evocativo. Más abstracto, pero manteniendo la relación con nuestros pueblos originarios, que son nuestros maestros en todo. Ellos sí entendían el mundo; Finalmente, los cubos del centro se llaman “Los dados del universo”, para mostrar la forma en la que el universo juega con nuestros destinos.

¿Por qué no está contada la historia en cada escultura?

Con la restauración, pretendemos contarlas, pero cuando las creé pensaba que el arte se explicaba por sí mismo, que no requería de un manual de uso. Eso también es muy “de mujer”, de acuerdo a esta sociedad. Siempre sin querer molestar ni imponer una visión personal. Tampoco estaba mi nombre en estos juegos. Ahora lo escribí en el concreto. “Los juegos de Federica Matta”, porque si yo no lo escribo, nadie lo va a poner por mí. Ellos, por otro lado, escriben su nombre en todas partes. Para una mujer, poner su nombre públicamente, en cualquier cosa que haga, la pone en riesgo. También pasa que una mujer, siempre que dice “sí”, al mismo tiempo debe decir “no”, y eso nos pone en una situación de contradicción muy complicada. Lo que me inspira mucho de estas nuevas generaciones es que tengo que hablar más. Tomar mi voz.