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[Centenario de la Revolución Rusa] Antes de febrero

[Centenario de la Revolución Rusa] Antes de febrero

7 de marzo de 2017 | Por Todd Chretien
Reproducido de Partido Obrero, Argentina.

[Centenario de la Revolución Rusa] Antes de febrero

La revolución de febrero estalló hace 100 años y arrasó a una monarquía empapada de sangre.

El presente artículo de Todd Chretien forma parte de la serie sobre la revolución rusa que, en el centenario de la misma, viene siendo publicada por Jacobin Magazine.
“Quienes somos de la vieja generación quizá no podamos vivir para ver las batallas decisivas de esta revolución venidera”, advirtió Lenin en una presentación a un grupo de jóvenes suizos en el 12º aniversario de la derrotada Revolución de 1905. La yuxtaposición de sus comentarios y la caída del zar Nicolás II apenas seis semanas después, estableció una broma clásica del movimiento marxista: “¡No llegues tarde a la protesta porque la revolución podría comenzar!”
Pero estaba claro en su trabajo de entonces que Lenin sabía que la situación política en su país podía estallar en cualquier momento. Durante trescientos años, la dinastía Romanov había gobernado Rusia –en ese entonces un imperio en expansión en que los hablantes de ruso eran una minoría– con puño de hierro.
Lejos de languidecer en el aislamiento, los zares marcaron su huella reaccionaria sobre Europa occidental, proporcionándose de vastos ejércitos campesinos para apoyar a la monarquía y a la reacción frente a los movimientos democráticos y nacionalistas desde la revolución francesa de 1789 en adelante. Los Romanov obtuvieron incluso altos réditos asumiendo el rol de enemigos mortales en la primera línea del Manifiesto Comunista. Sin embargo, en los albores del siglo XX, los cimientos del imperio se encontraban repletos de agujeros.
En su Historia de la Revolución Rusa, León Trotsky explica la volatilidad de la sociedad rusa al señalar que el desarrollo económico global se produce necesariamente a un ritmo desigual. Nicolás se encontraba encima de una diversidad de territorios y de pueblos, como lo hace evidente una muestra corta de su título oficial como “Emperador y Autócrata de todos los rusos, de Moscú, de Kiev, de Vladimir, de Novgorod, del Zar de Kasan, del Zar de Astrakhan, del Zar de Polonia, Siberia… Y Gran Duque de Smolensk, Lituania… y así sucesivamente, y así sucesivamente, y así sucesivamente”.
En primer lugar, el Zar era el mayor terrateniente de una clase de barones que sobrevivieron a sus contrapartes feudales de Europa Occidental por un siglo o más -la servidumbre sólo fue abolida en 1861-. Esta clase de treinta mil aristócratas poseía unos 189 millones de acres (los Estados tenían un promedio de 5,400 acres), o de más de la suma total de tierra que cincuenta millones de campesinos pobres o medianos poseían juntos.
Más allá de ser “en sí mismo un programa de revuelta agraria”, los números también revelaron la creciente brecha entre el poder productivo de la industrialización de Europa Occidental y la Rusia agraria. Preocupado por un retraso tecnológico que podría poner fin a la fuerza militar, el zar se apoyó en los bancos franceses e ingleses para financiar una moderna y altamente centralizada industria de las armas y la metalurgia, centrada en San Petersburgo y otros sitios. Algunas de las fábricas más grandes del mundo salieron de territorio ruso, concentrando en ellas una nueva clase de personas que no tenían nada que vender sino su fuerza de trabajo. En El desarrollo del capitalismo en Rusia de 1899, Lenin estimó que hacia la década de 1890 había diez millones de trabajadores asalariados en el país.
El zar buscó unir esta “amalgama” con el látigo. Las bandas antisemitas conocidas como las “Centurias Negras” vagaban por el campo aterrorizando a los judíos; asimismo, el gran nacionalismo ruso prohibió la educación en idiomas locales y las huelgas fueron recibidas con fuerza militar. Con la esperanza de apoderarse de un puerto de la costa occidental mientras alimentaba el fuego del patriotismo, la Corona fue a la guerra contra Japón en 1904. Sin embargo, la superioridad del equipamiento y la habilidad de combate de los japoneses pronto atrajeron fuerte oposición a la guerra a nivel nacional.
El 9 de enero de 1905 cientos de miles de obreros, estudiantes y pobres marcharon tras el liderazgo de un sacerdote, el padre Gapón, suplicando al zar que les aliviara su pesada carga. Se toparon con bayonetas y munición real, que dejaron en las calles a cientos desangrándose.
El Gran Ensayo General de 1905, como es conocido, expuso una conflagración social de varios lados: los campesinos contra los terratenientes, los obreros contra los patrones y prácticamente todo el país (incluso algunos sectores de la clase media y capitalista) contra la monarquía.
Los marineros se habían amotinado en el acorazado Potemkin, los campesinos habían incendiado mansiones en una séptima parte de las zonas provinciales y una nueva frase había entrado en la conciencia de la izquierda internacional, como la definió Lenin: “una organización de masas peculiar se había formado, los famosos Soviets de Obreros Diputados, compuestos de delegados de todas las fábricas”.
Rosa Luxemburgo, una de las fundadoras de la socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania, generalizó más allá de las condiciones rusas, anunciando la “huelga de masas [como] la primera forma natural e impulsiva de toda gran lucha revolucionaria del proletariado”.
En medio de la revolución, la izquierda socialista floreció. En los años previos al famoso Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia de 1903, en el cual los bolcheviques y mencheviques primero se unificaron y luego se dividieron –además de complicadas negociaciones con importantes organizaciones judías, polacas, finlandesas y otras organizaciones socialistas de base nacional– se contaban más o menos unos diez mil miembros del partido en las diversas facciones. Durante el evento conocido como el Congreso de la Unidad en la primavera de 1906, decenas de miles se habían unido, y para el Congreso de 1907 del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (incluyendo sus secciones nacionales), la afiliación había ascendido a casi 150.000 miembros, a pesar de la brutal represión.
Tan aterrorizado estaba al principio que fue el mismo zar quien hizo una concesión a la revolución, una especie de parlamento juguete al que llamó “la Duma”. Al comienzo, a los trabajadores urbanos ni siquiera se les concedió el derecho a voto, aunque la estructura fue posteriormente enmendada de modo que cada dos mil propietarios podían elegir a un delegado, en comparación con uno cada noventa mil trabajadores. Esta débil oferta era más de lo que Nicolás estaba dispuesto a renunciar y no lo suficiente como para aplacar la revolución, por lo que el Estado convirtió a Rusia en un cementerio –quince mil ejecutados, veinte mil heridos, cuarenta y cinco mil exiliados. La sangre ahogó el fuego, por el momento.
A principios de 1912, las huelgas volvieron a aumentar hasta que se colmó el vaso en un pueblo siberiano llamado Lena, donde las tropas zaristas arremetieron contra cientos de huelguistas. La clase obrera surgió como un fénix de las cenizas, los partidos socialistas se expandieron una vez más, y las huelgas proliferaron. En 1914, el diario socialista Pravda tenía una circulación diaria de entre treinta y cuarenta mil ejemplares –en un país que, en su mayoría, era analfabeto.
El verano de 1914 presenció la llegada de Rusia a un punto de ruptura –el status quo se había vuelto insoportable. Nicolás declaró la guerra a Alemania el 19 de julio de 1914. Solo que esta vez, en lugar de un conflicto más o menos contenido como lo fue con Japón en su frontera oriental, la guerra con Alemania y el Imperio Austro-Húngaro trajo hambre y pestilencia a las puertas de la monarquía.
Sin embargo, en los primeros días de guerra, una ola patriótica entusiasta animó la posición del zar. Cientos de miles de campesinos y jóvenes se apresuraron a unirse al ejército y las manifestaciones nacionalistas plagaban las plazas de la ciudad y de los pueblos rurales.
Pero todos los conflictos que condujeron a 1905 fueron llevados pronto a un punto de ebullición. La Gran Guerra entregó “tumbas llenas” a las masas rusas, en una escala casi imposible de imaginar. La Primera Guerra Mundial presentó el espectáculo del sistema social más atrasado y subdesarrollado en el continente a la cabeza de una lucha de vida o muerte con la economía industrial más avanzada del mundo. Los resultados fueron aterradores.
Tres millones de soldados del ejército imperial del zar murieron, otros cuatro millones fueron heridos y unos tres millones de civiles perecieron por causas relacionadas con la guerra, de una población total de alrededor de 175 millones. Frente a la tecnología militar de Alemania, el zar envió a morir a cientos de miles de soldados mal armados y mal equipados. A lo largo de los inviernos de 1915, 1916 y 1917, decenas de miles de soldados simplemente murieron congelados en sus trincheras.
Mientras tanto, la corte real se hundía en nuevos niveles de decadencia. Un sacerdote místico llamado Grigori Rasputín se impuso sobre la zarina Alejandra, exigiendo que su marido castigara todas las señales de deslealtad, como lo había hecho Iván el Terrible. Tal era su influencia que los aristócratas rusos lo asesinaron con la esperanza de recuperar la influencia sobre Nicolás y su política de guerra. Habiendo bebido durante muchos siglos del pozo real, los barones ahora temían que todos fueran envenenados por su corrupto cadáver político. Como cuenta Tsuyoshi Hasegawa, la pareja real “se negó a entender el mundo exterior”.
Como en 1905, los levantamientos campesinos aumentaron a medida que la guerra se prolongaba, pero esta vez se concentraron en una nueva forma. Esta vez, el conflicto era entre oficiales aristocráticos y soldados campesinos en las trincheras. Cada vez que un oficial daba una orden suicida contra el fuego alemán, no sólo estaba en juego la vida de soldados campesinos individuales, sino también el futuro de la familia que dependía de que sus hijos regresaran a sus hogares en busca de cuidado y trabajo. Además, alimentar al ejército significaba el robo a las familias campesinas de su sustento y de las semillas para las cosechas del próximo año.
Tal vez Nicolás, o al menos la monarquía, pudo haber sobrevivido a la ira creciente del campesinado, a las pérdidas militares catastróficas y al descontento dentro de su propia clase. Sin embargo, un enemigo aún más poderoso se levantaba. Porque así como la guerra llenaba las trincheras de sangre, también llenaba San Petersburgo de proletarios. La misma clase obrera que había combatido al régimen en 1905 y había sufrido terriblemente por sus esfuerzos, era la base a cargo de fabricar y distribuir cada arma, cada bala, cada casco, cada vagón de los que dependían la guerra del zar. Sin embargo, Nicolás no tenía más remedio que fortalecer a ese enemigo.
Hasegawa informa que entre 1914 y 1917, el número de trabajadores en San Petersburgo aumentó de 242.600 a 392.000, o sea un 62 por ciento, y las mujeres constituían una cuarta parte del total. Las huelgas retrocedieron en los primeros días patrióticos de la guerra –por ejemplo, mientras unos 110.000 trabajadores participaron en huelgas en 1914 en honor al Domingo Sangriento, sólo 2.600 marcharon el 9 de enero de 1915. Pero a medida que el esfuerzo bélico se derrumbaba, la deserción proliferaba. En el período de seis meses entre septiembre de 1916 y febrero de 1917, unos 589.351 trabajadores participaron en huelgas, y alrededor del 80 por ciento de estas eran huelgas políticas.
Además, en medio de este movimiento de masas, las tenaces organizaciones socialistas construyeron una larga lucha para implantarse entre los trabajadores. Miles de revolucionarios habían perdido sus vidas en 1905 o en la represión posterior y miles más habían sido reclutados y enviados al frente en un esfuerzo por purgar al movimiento obrero de organizadores endurecidos por la lucha. La policía zarista, de hecho, estuvo peligrosamente cerca de erradicar a la izquierda socialista organizada en varios momentos; sin embargo, las semillas de más de una docena de años de confrontación, la organización clandestina del partido y la educación socialista habían echado raíces.
A diferencia de Alemania y Francia, donde el liderazgo de las organizaciones socialistas más importantes apoyó a sus propias clases dominantes en la Primera Guerra Mundial, gran parte del movimiento socialista ruso adoptó principios internacionalistas y en contra de la guerra. En general, San Petersburgo estaba prácticamente repleto de socialistas y revolucionarios organizados en grupos partidarios que operaban en diversos estados de competencia y cooperación, incluidos los bolcheviques, los mencheviques, los mezhraionts, los social-revolucionarios e incluso los anarquistas.
Por supuesto, había algunos patriotas socialistas bien conocidos, el más notable de los cuales era el líder del ala derecha menchevique, Georgi Plejanov, el “padre del marxismo ruso”, que tanto Lenin como el menchevique-internacionalista Julius Martov lo consideraban un mentor.
En general, las primeras semanas de 1917 se acercaban a lo que Lenin señaló como las condiciones previas para la “ley fundamental de la revolución”, o, en sus propias palabras: “Sólo cuando las “clases bajas” no quieren vivir de la vieja manera y las “clases altas” no pueden continuar de la vieja manera puede triunfar la revolución”
La clase obrera del Imperio ruso no fue la única que resistió las condiciones de la guerra. Karl Liebknecht rompió con la dirección pro-guerra del Partido Socialdemócrata alemán y votó en contra de los créditos de guerra en el parlamento, Luxemburgo escribió el panfleto Junius contra la guerra desde la cárcel, los soldados franceses y alemanes declararon una tregua unilateral de Navidad y el ala izquierda del partido socialista estadounidense y los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW por sus siglas en inglés) se opusieron vehementemente a la unidad de guerra de Woodrow Wilson.
Pero la profundidad de la crisis social, económica y militar en Rusia, la conciencia política y la organización de la clase obrera (además de la creciente revuelta entre soldados, campesinos, estudiantes y nacionalidades oprimidas) corrieron muy por delante de las de otras partes del mundo durante el invierno de 1916-17.
Además de todo esto, una bella ilusión (si bien no compartida universalmente, bastante común entonces) unió al amplio movimiento anti-zarista. Esa era: corta la cabeza de la monarquía, y solo entonces la paz, la democracia y la prosperidad pueden venir a Rusia.
No pasaría mucho tiempo antes de que el movimiento revolucionario ruso pusiera a prueba esa tesis. Febrero era sólo el comienzo.
Traducción: Antonio Galicia (Colectivo Siniestra)
Foto: Soldados amotinados en el frente ruso.
Tags: aniversario, revolucion-rusa, centenario-revolucion-rusa

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