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Tengo más amigos muertos que vivos

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Guarapos sediciosos, politicastros reconvertidos a la fe democrática con la cual han decidido casarse, pero sin  amarla, son también responsables del genocidio pinochetista

Arturo Alejandro Muñoz

HICE UN recuento y quedé pasmado, triste, cabizbajo. No sé si a usted le ocurrirá lo mismo, pero en estas últimas décadas muchos de mis amigos y amigas, de mis viejos conocidos, partieron a poblar otros escenarios, otras panorámicas alejadas del mundanal y humano ruido.

Hace pocos días supe la infausta noticia; en el verde Ovalle falleció mi colega y amigo Galo Luna. ¡Qué solo y aislado he de estar, para que esa mala nueva  me haya sido comunicada por mi inolvidable camarada Sara de Witt desde Londres, y no desde Pelotillehue, país que habito!  

“Ya estamos en primera fila para enfrentar el túnel”, me susurró de manera cáustica Manena Rojas, profesora y vecina, en pleno velorio del viejo Josesito, un buen samaritano de estas tierras huasas que decidió mandarse a cambiar,  cuando “las” calores aún hacían nata en el pasado marzo, mudándose al patio de los callados antes de la llegada del otoño. Y Josesito era más joven que yo. Preocupante asunto…para qué les voy a mentir. Fue entonces que comencé a recopilar datos, fechas y fallecimientos. ¡Quedé alelado!

¿Seré algo así como “el último de los mohicanos”? Tal vez sí, pues mi edad me hace recordar películas que ni siquiera se encuentran consideradas en el recuento Google de ciertos actores. Un ejemplo de ello es Dustin Hoffman y filmes como ‘Alfredo, Alfredo’(con la bella Stefania Sandrelli), o aquella cinta magnífica, cuyo nombre no recuerdo, en la que Hoffman interpreta el papel de un viejo de 100 o más años de edad entrevistado por un periodista de Arizona, quien descubrió que ese apacible anciano –en su lejana juventud- había formado parte de la violenta banda de Billy the Kid,  y seguía aun vivo, pero afortunadamente olvidado por la neurótica sociedad norteamericana de la primera mitad del siglo veinte (se trata del film “Pequeño gran hombre”).  

Esta buena memoria mía me juega malas pasadas de vez en cuando. No estoy hablando ya del cine, sino de la vida misma. Es que jamás he olvidado los sangrientos episodios, tristes e injustos, que culminaron con la existencia de muchos queridos amigos en tiempos no tan lejanos. Reverbera en mi mente, como plancha de acero bajo el sol, la infausta verdad que muchos chilenos prefieren no escuchar, ya sea por comodidad o por cobardía.

Jamás perdonaré a esos chilenos que decían “usar la muerte para cuidar la vida”. Jamás. Porque quienes hoy lenguajean con mayor fuerza y prosapia respecto de “cuidar la vida de los chilenos y su bienestar”, son los mismos que hace poco se esmeraron en respaldar a los trogloditas uniformados que asesinaron a los padres y hermanos de los chilenos que, en estos primeros años del siglo XXI , resultan ser objetos de cuidados intensivos por parte de la derecha política.   

¿Cómo creer en ellos? ¿Con qué autoridad moral esos coadyuvantes de los genocidas osan exigir a la comunidad nacional respeto por la democracia, por el libre pensamiento y por la vida? Es la edad, debe serlo…y me refiero a mi edad, ya que la buena memoria no sólo me ha sido leal sino, además, parece mejorar con el avance de los calendarios. Estos guarapos sediciosos, reconvertidos a la fe democrática con la cual han decidido casarse, pero sin  amarla realmente, pueden engañar a las nuevas generaciones, las cuales creen que los hechos acaecidos en el país hace sólo treinta años configuran un cuadro añoso cercano a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, o del descubrimiento del átomo. Ciertamente, a esas generaciones las pueden engañar, e incluso convencer de cuán buenitos y patriotas son. A las otras, a las más antiguas, no.  

Estos politicastros de tercera categoría, otrora golpistas/genocidas/ladrones del erario, resultan ser los directos responsables de haberme dejado con más amigos muertos que amigos vivos. Ellos son, además, culpables de la bárbara expoliación ejecutada contra el país pocas semanas antes del término de la dictadura pinochetista, pues en un santiamén el tirano les pagó los favores concedidos entregándoles –a precio de huevo-  la flor y nata de las empresas fiscales, con lo que se confirma el refrán aquel que reza: “cuando un caballero roba a destajo, el delito se transforma socialmente en virtud”.

Nunca confiaré en ellos…y alerto a quien lea estas líneas para que ponga ojo, celo y cuidado en el accionar de estos mequetrefes sediciosos, clasistas y mentirosos, porque sin usted, amigo lector, tiene la pésima ocurrencia de pestañear dos veces frente a uno de ellos, de seguro perderá su reloj.  El país pestañeó varias veces, y ya sabemos lo que ocurrió: nos quedamos sin empresas públicas, con democracia ‘protegida’ a través de la sociedad comercial duopólica…y con muchos amigos asesinados.

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