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Sobre cuentos cubanos del siglo XIX

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Por Adán Salgado Andrade

Cuando se habla de escribir cuentos, la mayoría de las personas piensan que es fácil, pues, razonan, no se requiere más que pensar en alguna historia y escribirla. Algunas, toman talleres de cuento, con la idea de que se les enseñará a escribir muy buenos cuentos.

Pero, la realidad, es que si no se tiene el talento, o sea, la inclinación para escribir historias cortas, los resultados serán mediocres, por no decir malos.

Recuerdo que hace años, cuando era miembro del Club de la Pluma del Ganso, para escritores o aspirantes a serlo – fundado por Dantón Chelén, buen amigo chileno, asilado en el país en los 1970’s, geógrafo de profesión –, entre las actividades de tal club, era que el mismo Dantón u otras personas que se proclamaban como escritores, impartían talleres de cuento, por un “módico” costo, de cuatro o más meses.

Algunas y algunos miembros, los tomaban, la mayoría, sin tener experiencia previa o inclinaciones literarias. Y Dantón, como parte del ofrecimiento, al haberlos cursado, publicaba los cuentos surgidos de tales talleres.

Por desgracia, la mayoría eran lamentables trabajos, que no merecían ser llamados cuentos, sino que eran simples anécdotas, “adornadas” con algunas figuras literarias, para que pasaran por tales.

Me viene a la cabeza la cinta de “Diarios de Motocicleta”, (2004, coproducción de varios países), sobre la vida de Ernesto Che Guevara, estelarizada por Gael García Bernal, cuando emprende un viaje por toda Latinoamérica, con su amigo Alberto Granados, en los 1950’s. Una escena, en particular, es sobre la estancia que ambos amigos, estudiante de medicina Ernesto y bioquímico, Alberto, tienen en una granja para atender y curar a los enfermos de lepra, enfermedad muy extendida entre los pobres de ese entonces. El doctor encargado del sitio, les da la bienvenida y aprovecha para pedirles que lean un manuscrito de una novela terminada que él había escrito durante años.

Al final de la estancia de varias semanas, cuando Ernesto y Alberto deciden partir, le devuelven el manuscrito al doctor. Éste, de inmediato, les pide su opinión sobre su novela. Alberto, diplomático, le dice que estaba muy bien, que debería de publicarla. En cambio, Ernesto, muy buen lector y escritor él mismo, le dice, sin ambages, que él es muy buen doctor y que, mejor, se siga dedicando a eso. El doctor lo mira, desconcertado, pero le agradece, de buena gana, su opinión. Ya, más tarde, Alberto le reprocha a Ernesto sobre su desconsideración hacia el doctor, y éste, le responde que “Sólo dije la verdad”.

Por desgracia, mi amigo Dantón, nunca les dijo a varios de los aspirantes a cuentistas que mejor siguieran haciendo a lo que se dedicaban.

Hice la referencia anterior, para comentar sobre un libro que recién terminé, titulado “Cuentos cubanos del siglo XIX”, una antología realizada por el filósofo y literato cubano Salvador Bueno Menéndez (1917-2006), destacado estudioso de la cultura de Cuba, además de pedagogo, periodista y escritor (ver: https://www.ecured.cu/Salvador_Bueno).

Publicado por la cubana Editorial Arte y Literatura, en 1975, recoge varios trabajos, de los más representativos, de los cuentistas cubanos de entonces.

Abre el libro un muy explicativo prólogo de Bueno, el que comienza por explicar qué es el cuento, diciendo que “A tenor con evaluaciones mensurables, un cierto crítico señalaba que ‘Profesores con afición a las estadísticas han propuesto estas definiciones: novela, un mínimo de 50,000 palabras; novela corta, de 30,000 a 50,000; cuento, de 100 a 2,000 palabras, en los muy cortos, y de 200 a 30,000, en los normales. Medido con reloj el cuento – según Edgar Allan Poe –, es una lectura que insume de media hora a dos horas’ “.

Más adelante, Bueno enfatiza que el cuento “aspira – según palabras de Clayton Hamilton – a producir un efecto narrativo sencillo con la mayor economía de medios, lo que está de acuerdo con el mayor énfasis. Indudablemente en el cuento todos sus elementos están entrelazados en una precisa estructura y están subordinados y ajustados a ese ‘efecto’ que desea lograr el autor”.

Es muy cierto lo que señala Bueno, pues cuando se escribe un cuento, en pocas páginas, se debe, no solamente, describir la historia, sentando la premisa y el desarrollo, sino que la conclusión, debe de ser lógica, o sea, estar de acuerdo con tal desarrollo, y buscar que sea impactante, que produzca un efecto en el lector, sea que lo conmueva, lo sorprenda, lo asuste… pues, si finalizada la historia, el lector se queda con un “¿qué fue esto?”, entonces, dicho cuento, no logró su cometido.

En el caso de los cuentos antologados, señala Bueno que siendo del siglo XIX, uno de los principales problemas que enfrentaron, fue la censura impuesta por el dominio colonial español, que prohibía hablar sobre temas que criticaran, en los más mínimo, al autoritario régimen y a sus instituciones.

Por otro lado, el cuento, como tal, era raro y la literatura mundial, se componía más de novelas o relatos. Al cuento, dice Bueno, se le consideraba una “obra menor, de poca importancia”.

Sin embargo, aclara que no era así, pues la estructura del cuento, no es sencilla, aunque lo parezca, y se requiere ser “experto, pues la mayoría de los escritores, eran novelistas”.

Son varios los cuentos que ofrece Bueno en esta lectura, desde anónimos, que se publicaban en las gacetillas de entonces, hasta los de renombrados autores, entre ellos, José Martí.

Mi impresión, de la mayoría, es que se trata, más bien, de reflexiones existenciales, filosóficas, poéticas, que distarían mucho de la eficacia que debe de tener el cuento, para llamar la atención.

Varios, son meras anécdotas, sobre todo, los anónimos, como las que podrían ser contadas en alguna ocasional conversación.

Y yo diría que alrededor de un diez por ciento de los cuentos, merecerían llamarse así. No es menosprecio. Varios, son interesantes, repito, como reflexiones de todo tipo, pero no llegan a ser cuentos.

Sin embargo, uno que llamó bastante mi atención, por su crudeza y agilidad en contar las cosas, es el escrito por Félix Tanco y Bosmeniel (1797-1871), nacido en Colombia, y radicado, desde muy joven, en Cuba. Tanco es “considerado el escritor más radical de la época, hablando en contra de las injusticias cometidas por el gobierno colonial. Escribió bastante sobre esclavitud y el despótico trato al que eran sometidos los negros bajo el autoritario régimen” (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/F%C3%A9lix_Tanco).

De hecho, en 1834, fue encarcelado por el entonces gobernador cubano Miguel Tacón, por un artículo publicado por Tanco, en el que criticaba a la esclavitud, la corrupción y el juego.

Justamente, ese radicalismo, llevó a Tanco a escribir “Petrona y Rosalía”, del que diré que fue el que más me gustó de la antología, pues en pocas páginas, logra describir el sistema hacendario-esclavista existente en la Cuba colonial de entonces, en donde los esclavos llevados desde África, eran tratados peor que a los caballos, que también poseían los plantadores de caña, el principal cultivo de la isla.

Se nota que a Tanco no le importó la censura. El cuento está escrito directo, sin disimulos retóricos, con efectiva prosa que hace que odiemos a uno de los personajes principales, un “señorito” de la época.

Con toda crudeza muestra que, sobre todo, las mujeres esclavizadas, estaban a merced de los caprichos de sus amos, quienes actuando instintivamente, las violaban, pero se desentendían de haberlo hecho, amenazando a las víctimas con, incluso, matarlas, si se atrevían a denunciarlos.

El argumento de la historia, es el siguiente. Se ubica en la hacienda de don Antonio Malpica y Lozano y su señora Concepción Sandoval Buendía. La hacienda, vivía de sus grandes plantaciones de caña de azúcar, el extensivo cultivo que acabó con todas las selvas de la isla, pues el azúcar se consideraba una “suculencia gastronómica” en Europa y Estados Unidos.

La pareja tenía un único hijo, Fernando, el que, desde pequeño, se le consintió sobremanera, ordenando él mismo a los hijos de los esclavos que “ponte en cuatro patas, para que pueda montarte, ¡pero ya!”.

Un día, la señora Concepción notó que Petrona, “esclava de la casa”, estaba más embarnecida. “Esta desvergonzada, seguro está embarazada”, le reclamó a don Antonio, quien, simplemente le dijo “Si está embarazada, pues tendrá un hijo y será un esclavo más para nosotros”.

Concepción, que era la que “llevaba el control sobre el marido”, se escandalizó, pues una “negra sinvergüenza, no la quiero en mi casa”. Además, “¿con quién se habrá metido esa miserable?”, se preguntaba, segura de que Petrona habría seducido a algún pobre hombre, pues eran vistas las esclavas que se embarazaban como promiscuas casquivanas.

Y obligó a Antonio a enviarla a trabajar a la finca, cosechando caña, “y que el mayoral, le dé unos fuetazos, por casquivana”.

A pesar de haberles rogado, de la forma más elocuente posible, Petrona fue enviada a cortar caña, a pesar de estar embarazada. Y, a petición expresa de Concepción, era azotada, para que trabajara más duro.

Cuando nació su hija, que bautizó como Rosalía, el mayoral le comentó a Concepción que era una “mulata preciosa”. La mujer, fue a verla, cuando Rosalía había cumplido 13 años, para percatarse, y, en efecto, vio que era linda. Decidió, a pesar de las protestas de Petrona, llevarla a la hacienda, para que fuera su sirvienta personal. Porque si algo tenían los amos, era envanecerse si sus esclavos eran de finas facciones.

Mientras tanto, Fernando, no mostraba ser bueno para nada. Lo enviaron a la escuela, pero se rehusó a estudiar. Más le importaban los juegos de mesa, emborracharse y sobre todo, las mujeres. “Pues que se vaya preparando para lo único que ha de servir, para administrar la hacienda, mujer”, decía Antonio a su esposa, viendo la inutilidad de su hijo.

Un día, Antonio, enfermó. Todos pensaban, él incluido, que sería un catarro y que se le pasaría pronto. Pero no fue así, se le complicó y le dio una fuerte pulmonía, que lo mató.

Durante los días de la velación y el entierro, Fernando, el consentido, que ya tenía 22 años, violó a Rosalía. Ésta, quedó embarazada y se atrevió a contarlo a Concepción, la cual, enojadísima, le dio unos fuetazos, por atreverse a calumniar a su “Fernandito” y la echó de la casa, enviándola con Petrona otra vez, “para que te enseñes a no ser otra sinvergüenza, como tu madre”.

También, en esos días del entierro de don Antonio, doña Concepción habló con el doctor Pastrana, preguntándole si no sabía quién habría podido ser el padre de Rosalía. Ya, en confianza, el doctor Pastrana le reveló que el padre era nada menos que su esposo. Este es un detalle muy importante, que muestra la hipocresía y mojigatería con que se conducían los adinerados de entonces, pues Concepción, “respetable señora”, aunque airada por dentro, sintió alegría de haber sido ella infiel a su esposo, quien, por años, no pudo embarazarla. Ella, lo había engañado con un “buen amigo de la familia”, del cual, finalmente, había logrado embazarse. “Me alegro de haberle puesto los cuernos”, reflexionó, mientras veía a su esposo en el ataúd.

O sea, que Fernando sólo era hijo de Concepción, un detalle que nunca supo Antonio.

Fernando sólo recibió un leve “regaño”, por haberse metido con Rosalía, más no por haberla violado, sino porque se había “revolcado con una negra cualquiera”. “Ay, ma’, es que, pues ya sabe usted cómo son esas esclavas de coscolinas”, fue la “justificación” con su madre.

Cuando Rosalía llegó a la finca, Petrona estaba muy mala, de plano, acostada, pues el mayoral veía que estaba ya totalmente imposibilitada para trabajar, a pesar de los azotes. Le dijo que el “señorito Fernando” la había violado.

Ambas, se lamentaron de su suerte. Y le reveló Petrona que don Antonio era su padre. “¡Qué hombres tan perversos!”, exclamó la enferma mujer, lamentando el triste destino de las dos.

Rosalía, también a pesar de estar embarazada, fue azotada por el mayoral, para que trabajara en la zafra.

A las dos semanas de que ella llegó, Petrona murió. Y a los tres meses, víctima de desnutrición, enfermedades, azotes… Rosalía murió, junto con el hijo que llevaba en su matriz.

Cuando Fernando y Concepción se enteraron, sólo dijeron “paciencia, paciencia, perdimos mil pesos”.

Excelente remate de Tanco, pues para los esclavistas, la muerte de un esclavo se lamentaba solamente por su valor monetario, nada más, como si muriera un caballo o un puerco.

No había consideraciones humanitarias.

Sí, esa historia, fue escrita con mucha convicción, coraje, denuncia y, sobre todo, verdadera pasión.

Sólo de esa forma, se escriben historias que nos llenen de encontradas emociones.

De otra forma, sólo se producirá un cúmulo de frías, vacías palabras, que nos aburrirán antes de terminar de leerlas.

Contacto: studillac@hotmail.com

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