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¡¡¡SAPEO Y CONTROL SOCIAL!!!

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¡¡¡El registro de vándalos – Gestapo. Clave única para redes sociales – Censura!!!

Cuando un gobierno convierte la vigilancia en una virtud y el control en una política de Estado, la pregunta deja de ser quién comete un delito y pasa a ser quién se atreve a disentir. El lenguaje cambia, pero la lógica permanece: etiquetar, registrar, clasificar y vigilar. Todo, por supuesto, en nombre de la «libertad». Nada más irónico que prometer más libertad mientras se amplían los mecanismos de control sobre la ciudadanía.

El llamado «registro de vándalos» se presenta como una herramienta de seguridad. Sin embargo, desde una mirada crítica, existe el riesgo de que este tipo de instrumentos, si carecen de controles y garantías, terminen ampliándose hacia la estigmatización de sectores sociales o políticos. La experiencia histórica muestra que, cuando el poder concentra herramientas de vigilancia sin suficientes contrapesos, la línea entre perseguir delitos y perseguir disidencias puede volverse difusa.

Y aparece la gran joya tecnológica: una clave única para las redes sociales. El sueño de todo aparato burocrático: saber quién habla, qué dice, con quién conversa y cuándo protesta. Después dirán que es para «proteger la democracia». Resulta curioso que algunas propuestas para defender la libertad empiecen por pedir más identificación, más registros y más vigilancia.

La batalla política no solo se libra en las urnas. También se disputa en la cultura, en los medios y en el espacio público. Cuando se instala la idea de que toda crítica es sospechosa y toda movilización merece vigilancia, el efecto puede ser la autocensura: muchas personas prefieren callar antes que exponerse.

El verdadero control social no necesita silenciar todas las voces; le basta con que suficientes personas crean que expresar una opinión puede traerles problemas. Ese es el triunfo más eficiente del poder: cuando la vigilancia termina siendo interiorizada por la propia sociedad.

El sarcasmo es inevitable: se promete combatir el miedo sembrando más miedo; se promete proteger derechos ampliando los mecanismos de control; se promete una ciudadanía libre, pero cuidadosamente registrada, identificada y monitoreada. Una libertad con credencial permanente deja de parecer libertad y comienza a parecer obediencia administrativa.

Una democracia se fortalece cuando protege simultáneamente la seguridad y las libertades fundamentales. La persecución de delitos debe realizarse con debido proceso, transparencia y respeto a los derechos humanos, evitando que herramientas diseñadas para combatir la violencia puedan utilizarse para desalentar la crítica o restringir el pluralismo político.

Porque cuando el poder empieza a desconfiar de la ciudadanía más de lo que la ciudadanía desconfía del poder, la vigilancia deja de ser una excepción y corre el riesgo de convertirse en una forma de gobierno. 

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