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¿Por qué es inminente en Chile una ola de despidos? Robots, aplicaciones e IA: la ofensiva del capital contra el trabajo en la era de la automatización

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El Porteño

por Gustavo Burgos

La automatización ha dejado de ser un pronóstico para convertirse en un proceso material que está transformando radicalmente la organización social de la clase trabajadora. Sin perjuicio del impacto que también tiene en profesiones liberales tradicionales como la medicina, el derecho, la ingeniería, las artes o el periodismo —las cuales masivamente están proletarizándose y siendo arrojadas a la superexplotación, la precariedad y la informalidad—, el impacto se dirige hoy frontalmente contra los trabajadores en su conjunto.

En efecto, en la clase obrera el alcance es general, pues las tecnologías actúan como una fuerza política de la burguesía. Esto es visible en la industria en todos sus formatos. Sin embargo, su impacto directo al día de hoy —como lo revela la ola de despidos que anuncia CENCOSUD— tiene lugar en el comercio de cadenas, retail, hogar, farmacias y construcción. El efecto es demoledor.

Los robots reponen góndolas, limpian pasillos, gestionan inventarios y operan sistemas de carga; los cajeros automáticos han sido reemplazados por terminales de autoservicio, y las aplicaciones móviles permiten al consumidor ubicar productos y realizar compras sin interacción humana. Los carros inteligentes incorporan cámaras y sensores que reconocen automáticamente los productos que se depositan en ellos y cargan sus precios, eliminando la última frontera del trabajo humano en el punto de venta. Este proceso no responde a una simple búsqueda de eficiencia: es una estrategia deliberada del capital para expulsar fuerza de trabajo del proceso productivo, reducir costos y fragmentar la resistencia obrera.

En el sector financiero, más de 300 sucursales se han cerrado y más de seis mil puestos de trabajo se han perdido. Solo en el Santander, la plantilla disminuyó en cuatro mil trabajadores en los últimos cinco años. La estatal Correos de Chile acaba de despedir a 600 trabajadores en plena campaña electoral.

Esto se explica porque el capitalismo contemporáneo chileno ha encontrado en la robótica, la inteligencia artificial y la digitalización no solo herramientas técnicas, sino instrumentos decisivos para recomponer su tasa de ganancia, disciplinar a la clase trabajadora y reestructurar el proceso productivo. Lo que en el siglo XIX fue el telar mecánico y en el XX la cadena fordista, hoy lo son los algoritmos, los sensores inteligentes y los brazos robóticos capaces de reemplazar tareas humanas con precisión y velocidad crecientes. Chile, lejos de estar al margen de esta tendencia, se encuentra entre los países más vulnerables a sus impactos, particularmente en sectores intensivos en trabajo rutinario como el comercio minorista, la logística, la agricultura y la minería. La ola de despidos que se ha iniciado, por lo mismo, no es episódica, sino orgánica: se trata de cambios estructurales en el aparato productivo que impulsarán un brutal crecimiento del desempleo.

La revolución robótica y el salto cualitativo de la IA

Según el último informe de la Federación Internacional de Robótica (IFR), en 2023 había 4.281.585 robots operativos en fábricas del mundo, un 10% más que el año anterior. Pero no se trata solo de una expansión cuantitativa. La incorporación de modelos de lenguaje de inteligencia artificial ha simplificado la interacción humano-máquina, ampliando el rango de tareas que los robots pueden desempeñar. Nuevos sensores, sistemas de visión artificial y destrezas mecánicas han extendido su uso desde el sector industrial hasta servicios tradicionalmente considerados no automatizables.

Esta nueva generación de tecnologías representa, como señalaba Marx en El Capital, un salto en la composición orgánica del capital: el peso relativo de la maquinaria, el conocimiento incorporado y el capital constante se incrementa en relación con el trabajo vivo. La consecuencia inmediata es una presión estructural sobre el empleo y los salarios, porque el capital busca producir más valor con menos fuerza de trabajo directa. La propia lógica de la acumulación empuja hacia esa sustitución: mientras más bajo es el precio del capital robótico, mayor es la inversión en automatización y más profunda es la expulsión de trabajadores.

El estudio “Efectos de la automatización en el empleo en Chile” (Rivera Taiba) confirma esta dinámica: una caída del 1% en el precio de compra internacional de robots puede reducir el empleo en 0,05% si el cambio es transitorio y hasta en 0,25% si es permanente. El producto interno bruto también se ve afectado: al principio cae por el reemplazo de producción doméstica por insumos automatizados importados, y solo en el largo plazo se estabiliza con nuevas configuraciones de trabajo. La lección es clara: la robotización no es neutra ni gradual, sino un proceso de reorganización capitalista con ganadores y perdedores definidos.

Chile: el eslabón débil de la OCDE

En este escenario global, Chile aparece en un lugar especialmente vulnerable. La OCDE ha advertido que uno de cada cuatro empleos en el país tiene alto riesgo de automatización, ubicando a Chile entre las cinco economías más expuestas del bloque. La estructura productiva explica esta fragilidad: una parte importante del empleo se concentra en tareas rutinarias y de baja calificación, fácilmente sustituibles por algoritmos y máquinas. Solo el 42% de los trabajos requiere habilidades sociales complejas y apenas el 48% demanda creatividad, muy por debajo de los promedios de países como Nueva Zelanda o Canadá. Esto no es casualidad, sino el resultado de décadas de desindustrialización, privatización y precarización que han reducido el contenido técnico y social del trabajo en la economía chilena.

Pierre Habbard, secretario general del Comité Consultivo Sindical de la OCDE (TUAC), fue categórico al respecto en un encuentro en la sede de la CUT el año pasado: “La estructura de la economía chilena muestra que hay sectores mucho más expuestos a la digitalización y que hoy no están listos para enfrentarla”. Habbard advirtió que el impacto será especialmente severo en empresas que no han desarrollado estrategias de integración tecnológica y llamó a fortalecer tres derechos fundamentales para los trabajadores: el derecho a la información sobre los planes empresariales, el derecho a la capacitación en nuevas habilidades y el derecho a la negociación colectiva.

Habbard sintetizó la estrategia de la burocracia sindical frente a esta nueva ola tecnológica en tres palabras: “información, diálogo y negociación”. Esto implica que, según los burócratas sindicales, la cuestión se reduce a que los trabajadores deben conocer con anticipación qué empleos serán destruidos, qué puestos surgirán y qué planes existen para acompañar la transición. También que el diálogo social debe extenderse al nivel sectorial y nacional para fijar estándares mínimos en salarios, seguridad y formación. No hay en este planteamiento ni un asomo de enfrentar políticamente el problema, sino de adaptarse al mismo.

Cadenas comerciales automatizadas: el laboratorio del capitalismo chileno

Como hemos anticipado, en ningún sector esta dinámica se expresa con tanta claridad como en el retail. Las grandes cadenas —Jumbo, Ripley, Falabella, Líder— están utilizando la automatización no solo para reducir costos, sino para rediseñar completamente el proceso de trabajo. Las aplicaciones móviles desplazan tareas de los trabajadores hacia los consumidores; las góndolas inteligentes y los sistemas de reposición automatizada reducen drásticamente el empleo en logística; y los terminales de autoservicio eliminan la necesidad de cajeros. En el extremo, tiendas experimentales en Europa y Asia funcionan sin trabajadores visibles: el cliente ingresa, elige productos, paga automáticamente y sale sin haber interactuado con ninguna persona.

Chile avanza aceleradamente en esa dirección, y lo hace sobre una infraestructura digital consolidada: con un 91% de penetración de internet y un 153% de conexiones móviles, el país ofrece condiciones ideales para que las empresas trasladen tareas al usuario final y reduzcan aún más su dependencia de la fuerza laboral. Esto no solo destruye puestos de trabajo, sino que fragmenta a la clase trabajadora y dificulta su organización sindical.

El desplazamiento no se limita a las tareas rutinarias. La robotización también reconfigura el trabajo calificado. Ingenieros, analistas de datos, diseñadores de algoritmos y especialistas en mantenimiento de sistemas automatizados se vuelven indispensables. Pero estos empleos, además de ser numéricamente menores, requieren competencias que no están al alcance inmediato de la mayoría de los trabajadores desplazados. El resultado es un mercado laboral polarizado: un segmento reducido con empleos estables y bien remunerados, y una masa creciente de trabajadores precarizados, temporales o excluidos del sistema.

Educación y reconversión: la promesa y la trampa

La expansión de la robótica no habría sido posible sin el desarrollo de programas universitarios y técnicos orientados a la automatización. Instituciones como la Universidad Técnica Federico Santa María, la Universidad Andrés Bello y la Universidad de Santiago han impulsado investigaciones en robótica móvil, humanoides y aplicaciones industriales, mientras que centros como el AC3E colaboran con neurocientíficos e investigadores en inteligencia artificial. El AIEP, por su parte, ha comenzado a integrar IA y entornos inmersivos en la formación técnica.

Sin embargo, esta oferta educativa no logra compensar la velocidad ni la magnitud del desplazamiento laboral. Los trabajadores expulsados del retail, la agricultura o la logística no pueden reconvertirse en ingenieros de software en el corto plazo. La brecha tecnológica reproduce la desigualdad estructural del capitalismo: quienes ya tienen capital cultural y acceso a educación de calidad pueden adaptarse; quienes no lo tienen quedan atrapados en la marginalidad laboral.

La lógica del capital: automatizar para dominar

Desde una perspectiva de clase, la automatización no es un fenómeno tecnológico neutral, sino un movimiento necesario del capital. Como explicó Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas tiende a aumentar la composición orgánica del capital —es decir, el peso relativo del capital constante en relación con el variable—. Al hacerlo, reduce la participación del trabajo vivo, única fuente de plusvalía, y presiona a la baja la tasa de ganancia. Para contrarrestar esta tendencia, el capital acelera la explotación, expulsa trabajadores, expande mercados y revoluciona constantemente los medios de producción. La automatización cumple todos estos roles simultáneamente: abarata costos, amplía mercados digitales, introduce nuevos productos y servicios, y debilita el poder de negociación de la clase trabajadora.

Pero esta misma lógica contiene la semilla de su crisis. Al reemplazar trabajo humano por máquinas, el capital erosiona su propia base de valorización. Al reducir el poder adquisitivo de amplias capas de la población, limita la demanda. Al fragmentar a la clase trabajadora, genera nuevas formas de resistencia y lucha. La historia del capitalismo es la historia de esta contradicción: cada salto tecnológico que promete un “futuro sin trabajo” termina abriendo nuevas batallas por la distribución del valor.

La advertencia, en definitiva, es política: la digitalización no solo sustituye trabajo, sino que desafía la relación laboral misma, al permitir formas extremas de subcontratación, fragmentación y externalización. El ejemplo paradigmático es Uber, donde los conductores trabajan bajo el control económico de la plataforma sin que esta asuma responsabilidades legales como empleador.

Hacia una estrategia obrera para la era de la automatización

Frente a esta ofensiva, el movimiento obrero no puede limitarse a resistir caso por caso ni a demandar paliativos asistenciales, como plantea la burocracia y el progresismo. Es necesario construir una estrategia programática que articule medidas inmediatas con objetivos históricos. Algunas líneas fundamentales son:

  • Cláusulas tecnológicas en la negociación colectiva, que obliguen a las empresas a informar con anticipación sus planes de automatización, a participar en programas de reconversión y a compartir parte de los beneficios de productividad con los trabajadores.
  • Derecho a la formación y reconversión garantizado por el Estado y financiado por el capital, asegurando que los trabajadores desplazados puedan acceder a empleos de alta calificación sin costo.
  • Reducción drástica de la jornada laboral sin reducción salarial, distribuyendo el trabajo disponible y socializando las ganancias de productividad.
  • Ingreso básico universal financiado con impuestos al capital automatizado, que permita sostener el consumo y garantizar condiciones de vida dignas a quienes no puedan reinsertarse inmediatamente.
  • Regulación estricta de las plataformas digitales y reconocimiento pleno de los derechos laborales para todos los trabajadores, incluyendo a los de la “gig economy”.

Estas medidas, sin embargo, no son un fin en sí mismas. Son transicionales: buscan abrir un camino que supere el dominio del capital sobre la tecnología y la producción. Porque la alternativa real a la automatización bajo el capitalismo no es el retorno nostálgico al trabajo manual, sino la socialización de la tecnología bajo control democrático de la clase trabajadora. Solo así la automatización podrá liberar tiempo, reducir el esfuerzo humano y expandir el potencial creativo de la humanidad en lugar de condenarla al desempleo, la precariedad y la miseria.

Una vez más: revolución tecnológica o barbarie

Como decíamos al comenzar esta nota, la automatización no es un fenómeno del futuro: ya está destruyendo empleos, reconfigurando industrias y desafiando las formas tradicionales de organización sindical. En Chile, su impacto será más profundo y desigual que en la mayoría de los países desarrollados, porque la estructura económica heredada de décadas de neoliberalismo nos dejó dependientes del trabajo rutinario, con bajos niveles de calificación y débiles instituciones laborales. La respuesta no puede ser la resignación ni la adaptación pasiva: debe ser la lucha por el control social del desarrollo tecnológico.

La historia demuestra que ninguna revolución industrial ha sido neutra. Cada una ha redistribuido el poder económico y político. La actual no es la excepción. La diferencia es que, por primera vez, la humanidad dispone de medios técnicos suficientes para reducir radicalmente la jornada laboral, eliminar el trabajo alienado y liberar el tiempo para la vida plena. Pero eso no ocurrirá bajo la lógica del beneficio privado. O la clase trabajadora toma en sus manos el destino de la tecnología y la subordina a las necesidades humanas, o la automatización seguirá siendo el instrumento más sofisticado de nuestra explotación.

Automatización y socialismo: emancipación frente a dominación

La irrupción de la robótica y la automatización en el horizonte de una sociedad socialista no puede entenderse como un mero progreso técnico ni como una simple prolongación de la evolución productiva nacida en el capitalismo. Antes bien, implica una transformación radical de las relaciones sociales de producción, del papel histórico del trabajo humano y de la propia noción de riqueza. Si bajo el capitalismo estas innovaciones están al servicio exclusivo de la valorización del capital —reduciendo costes laborales, ampliando la extracción de plusvalía y expulsando masas crecientes de trabajadores hacia la precariedad o el desempleo—, en el socialismo su sentido se invierte por completo: dejan de ser herramientas de dominación de clase para convertirse en instrumentos de emancipación humana.

Desde Marx en adelante, la crítica de la economía política ha insistido en que el desarrollo de las fuerzas productivas lleva inscrita en sí la promesa de la liberación del trabajo. El capital, en su dinámica incesante de acumulación, impulsa esa tendencia hasta sus límites históricos: sustituye la fuerza humana por máquinas, desplaza el saber vivo al saber objetivado y transforma el proceso de producción en una gigantesca red automatizada. Pero mientras el resultado en la sociedad burguesa es la cesantía estructural, la degradación del trabajo y el aumento de la desigualdad, en un régimen socialista el mismo fenómeno puede abrir la puerta al “reino de la libertad” del que hablaba Marx: la reducción drástica de la jornada laboral, la supresión de las tareas alienantes y la posibilidad de dedicar el tiempo liberado al desarrollo intelectual, político y creativo de las personas. El trabajo deja de ser una necesidad impuesta por la supervivencia para convertirse en una actividad consciente, multifacética y elegida.

La automatización, además, revoluciona la propia planificación socialista. Si la experiencia histórica demostró los límites de una planificación burocrática, rígida y opaca, las herramientas digitales, los algoritmos y los sistemas robóticos ofrecen hoy la posibilidad de una coordinación social de la producción infinitamente más racional y democrática. Las decisiones sobre qué producir, en qué cantidad y con qué recursos pueden basarse en datos precisos, en necesidades sociales concretas y en procesos participativos. El despilfarro inherente a la anarquía del mercado se sustituye por la optimización consciente de los recursos colectivos, y el objetivo ya no es la ganancia privada, sino la satisfacción creciente y diversificada de las necesidades humanas.

Esta transformación técnica conlleva, asimismo, una revolución cultural. Al desaparecer muchas de las ocupaciones repetitivas y degradantes, la sociedad puede reorganizar la división del trabajo sobre bases nuevas. La educación deja de ser mera preparación para la inserción laboral y se convierte en formación integral; la separación entre trabajo manual e intelectual, herencia de milenios de división de clases, comienza a disolverse; la rotación de tareas y la participación colectiva sustituyen a la especialización forzada. Se hace posible el ideal comunista del individuo plenamente desarrollado, capaz de contribuir a la producción, al arte, a la ciencia y a la política a lo largo de su vida.

El incremento exponencial de la productividad que trae consigo la automatización permite también superar el fetichismo de la escasez. La abundancia de bienes materiales deja de ser un privilegio para convertirse en una condición universal. La vieja fórmula “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad” deja de ser una consigna utópica y se transforma en una posibilidad histórica concreta. El progreso técnico, liberado del imperativo del beneficio, se traduce directamente en bienestar colectivo, en tiempo libre y en expansión de las potencialidades humanas.

No obstante, esta perspectiva emancipadora no se realiza automáticamente. La tecnología, por sí sola, no garantiza el socialismo. Sin control democrático, sin participación obrera efectiva en las decisiones productivas, sin una orientación consciente hacia el bien común, la automatización puede reproducir nuevas formas de dominación, tecnocracia o desigualdad. Por ello, la cuestión central no es el desarrollo técnico en sí, sino quién lo controla, con qué objetivos y bajo qué relaciones sociales se despliega. Así como Lenin afirmó que el socialismo era “poder soviético más electrificación”, hoy podríamos decir que es “poder obrero más automatización al servicio de la humanidad”.

La hora de la lucha

La robótica y la automatización, en suma, representan una de las palancas más poderosas para la realización del comunismo, siempre que se emancipen del marco del capital y se inscriban en un proyecto histórico de transformación radical. En sus circuitos no vibra únicamente el zumbido frío de la máquina, sino la promesa de un mundo donde la técnica ya no sea instrumento de explotación, sino medio para la liberación humana. Su desarrollo plantea, en definitiva, la posibilidad de que la humanidad abandone para siempre el reino de la necesidad y dé sus primeros pasos en el reino de la libertad. Esta es la perspectiva que late en el fondo de esta cuestión.

Vivimos un salto tecnológico tan relevante como el que acompañó los orígenes del movimiento obrero en el último cuarto del siglo XIX. Tal proceso abrió un período de guerras y revoluciones, que se extendió desde la Comuna de París, la Revolución Rusa, la Guerra Civil española y el proceso revolucionario que desembocó en la Unidad Popular en nuestro país. La dinámica de este proceso se extendió por casi todo el siglo XX. Hoy día en el Chile del 2025 podemos observar una nueva colina en la lucha de clases mundial, los cambios tecnológicos descritos anticipan feroces combates para la clase trabajadora —de los cuales del Octubre de 2019 chileno no es más que un anticipo— y por lo mismo prefiguran la apertura de un nuevo ciclo revolucionario. La discusión de estas cuestiones, centarles para el movimiento obrero y para el activismo, no pueden postergarse. Se nos presentarán de manera brutal yunque o martillo.

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