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Perú: Segundo mensaje a la señora Fujimori por César Hildebrandt.

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Segundo mensaje a la señora Fujimori
por César Hildebrandt, periodista peruano Director del Semanario «Hildebrandt en sus Trece.»

Señora Fujimori:

Dicen los que la quieren que usted estaría en libertad si no se apellidara como se apellida.

Tienen razón. Si usted no apellidara como apellida jamás se le habría ocurrido sentirse heredera natural y dinástica de su padre, el presidente que se hizo dictador cerrando el Congreso y copando todas las instituciones que garantizaban el equilibrio democrático.

Si usted no apellidara Fujimori, jamás hubiese sentido el “llamado mesiánico del destino”, que es una manera operística de llamar a la ambición monda y lironda.

Pero como usted es Fujimori, se­ñora, se puso las botas del trabajo, el overol de la reconstrucción, y recorrió el país para hacer un partido. No era un partido convencional, claro. Era una organización hecha a su medida. Usted había visto a su padre mandar, gritar, apelar a todos los recursos para abatir a los desafectos y demoler a los adversarios, dar sombrías instrucciones, suponer, en suma, que el país era como Pampa Bonita -el fundo que su padre hizo suyo haciéndose pasar por agricultor ante las autori­dades de Reforma Agraria-. Usted había visto a su padre maltratar a su madre, proteger a la parentela de uñas largas, tener a Montesinos de socio y consejero.

Y usted hizo más o menos lo mismo: creó un linaje de esclavos pavlovianos, un círculo anuente de gente dispuesta a todo con tal de avanzar y encargó a operadores regionales de absoluta confianza la creación de una red que recordara a quien quisiera oír­lo que el fujimorismo había regresado en versión recargada y matriarcal.

Para continuar con la obra de su padre no necesitaba usted más, señora. Al fin y al cabo, ¿qué es el fujimorismo? No es un cuerpo doctrinario, no es una visión del desarrollo, no es una filiación ideológica. El fujimorismo fue la ambulancia que la gente de­mandó después de que los ladrones de 1985-1990 destrozaran el país. Lo que pasa, como todos recuerdan, es que de esa ambulancia bajaron médicos y en­fermeros

El fujimorismo es el pragmatismo que no pasa por los escrúpulos. Es la globalización desde el agachamiento. Es la derecha armada y con instinto popular.

Su padre tiene seguidores, señora, pero esas son las turbas que aplau­dieron igualmente a Sánchez Cerro, a Benavides, a Odría. Turbas que la derecha ventral supo siempre cultivar y dirigir. Turbas que amaron siempre, a veces con suicida vocación, el orden de la injusticia, que es el que más coerción requiere. Turbas que explican las desgracias más infames de nuestra historia.

No crea usted, señora, que esas gentes tienen alguna consistencia anímica, algún apego que no sea el ventajismo, alguna lealtad que no sea la del puesto de trabajo entregado.

Volviendo a lo nuestro, señora. Usted reconstruyó el partido que su padre había destruido con su fuga de escándalo y su renuncia remota formulada desde Tokio, su capital sentimental. Pero en vez de aprender de los errores, usted repitió el shogunato de su papá. Se equivocó, señora. Gran error. La fórmula tiránica de su padre funcionaba desde el poder, ese poder que él hizo excluyente después de dar un golpe de estado. Esa fórmu­la no daba resultados en el llano de la competencia democrática. Porque un partido que aspira a llegar al po­der necesita gente que piense, no que obedezca, colaboradores que apor­ten, no que esperen órdenes, socios que entiendan, no que se refugien en paporretas. La manada que convocó su padre una vez que se hizo con el poder absoluto daba la apariencia e funcionamiento porque detrás de ella estaba el mecanismo del estado, los automatismos de los ministerios, los recursos ingentes del presupuesto. La manada que usted quiso para sí quedó al desnu­do en su ineptitud apenas empezaron las dificultades.

Cometió usted otro error: quiso deshacerse formal­mente de la figura de verbalmente de su legado. Otra equivocación enorme, señora. El único fu­jimorismo realmen­te existente es el de su padre. Al renegar de esa herencia por razones electoreras y siguiendo consejos disparatados, usted quedó en el aire, tan desasida como la mano de Martín Adán. ¿Dónde están las ideas del neofujimorismo que usted quiso encamar? Son innombrables porque no existen, señora. El fujimorismo es, en el mejor de los casos, un recuer­do crispado y tiene el sello de su padre. Usted tenía la franquicia, señora. Pero quiso usted cambiar de marca y mire lo que ha pasado.

¿Qué creía usted? ¿Dónde cree que se puede llegar teniendo a Luz Salga­do de guardiana doctrinaria, a Rosita Bartra de compañía intelectual, a Héctor Becerril de operador político, al matón de Pier Figari como filósofo, a ÚrsulLetona como argumentista, a Leyla Chihuán de chaleco? ¿No ve, señora, que en vez de un partido lo que construyó fue una iglesia pagana donde usted estaba en los altos aposentos y la feligresía decía adorarla y gozaba obedeciéndola? Para la histo­ria de la vergüenza están, señora, sus mensajes conminatorios sobre cuándo aplaudir y cómo, a quién saludar, a quiénes desairar.

Ha despilfarrado usted, señora, todo el capital político que tenía en julio del 2016. Lo ha hecho con un brillo letal. Sus partidarios -es de­cir, los simpatizantes de su padre que veían en usted su filial reincidencia- la hubieran querido ver presidiendo una oposición con temple de estadis­ta. Lo que vieron todos los peruanos fue una persona entregada a una rabieta de falsa víctima, aconsejada por la taradez de su entorno, envenenada por sus aduladores. Y el resultado fue que el presidente electo fue vacado y la atmosfera política fue la más tóxica de los últimos años. Confundió usted otra vez las cosas. Creyó que su histe­ria derrocadora se iba a ver como coraje. Supuso que sus odios se iban a ver como revancha justiciera. Estaba segura de que sus diminutas conspi­raciones iban a quedar en el secreto de sus comunicaciones.

Ahora está usted presa, señora. Por supuesto que no me alegra. No me alegra como se alegraron usted y los suyos cuando a los Humala les tocó lo mismo -y con toda justicia-. Pero, por favor, no se haga ahora la víctima. Todo lo que le ha tocado se lo ha ganado usted a pulso.

¿Quién protege a Chávarry? ¿Quién estaba en contacto con César Hinostroza, el rufián que iba a ver su casación? ¿Quién dio la orden para fragmentar en cantidades pequeñas el aporte negro de Odebrecht? ¿Quién puso a Joaquín Ramírez de secretario general? ¿Quién le ordenó a Chlimper que fuera a RPP con 210,000 dó­lares en efectivo? ¿Quién aconsejó al señor Yoshiyama que denunciara el robo de varias computadoras donde estaba guardada parte de la conta­bilidad del partido? ¿Quién le dio la orden a los subalternos que le entre­garon a Rolando Reátegui 100,000 dólares para que se los atribuyera a falsos aportantes? ¿Quién ordenó chancar, demoler, sepultar al fiscal José Domingo Pérez?

Si algo no es usted, señora, es víctima. Reflexione al respecto.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 419 2/11/2018 p12

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