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Palestina: la dignidad y lucha de los pueblos

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por José A. Amesty Rivera

Durante años nos han dicho que Palestina es un conflicto lejano, complicado y difícil de entender,
nos repiten que es un problema milenario lleno de matices que sólo los expertos pueden explicar,
pero para muchos pueblos de América Latina la cuestión es bastante más sencilla de lo que
pretenden hacernos creer.

Cuando un pueblo vive bajo ocupación, cuando su territorio se reduce cada año, cuando miles de
familias son desplazadas, cuando los bombardeos destruyen escuelas, hospitales y viviendas, y
cuando la comunidad internacional mira para otro lado, estamos frente a una injusticia que
cualquier persona puede comprender.

Por eso Palestina ya no es solamente un tema de Medio Oriente, se ha convertido en una causa
mundial, una causa que interpela a quienes creen en la soberanía de los pueblos, en la
autodeterminación y en el derecho de las naciones a vivir libres de la dominación extranjera.

En América Latina esta realidad tiene un significado especial, ya que nuestros pueblos conocen
bien lo que significa sufrir la intervención de potencias extranjeras, el saqueo de recursos
naturales, los bloqueos económicos, las presiones diplomáticas y las campañas mediáticas
destinadas a justificar lo injustificable.

Nuestra historia está marcada por siglos de colonialismo: primero fueron los imperios europeos,
después llegaron nuevas formas de dependencia económica, política y cultural; cambiaron los
métodos, pero muchas veces el objetivo siguió siendo el mismo, impedir que los pueblos decidan
libremente su destino.

Por eso la causa palestina encuentra tanta solidaridad en nuestra región, no porque las realidades
sean idénticas, sino porque existe una experiencia común de resistencia frente a formas de
dominación, que adoptan distintos rostros según la época y el lugar.

Defender a Palestina no significa estar contra el pueblo judío ni contra ninguna religión, esto es
importante decirlo con claridad.

El pueblo judío sufrió algunas de las persecuciones más terribles de la historia, como el
antisemitismo que provocó sufrimiento, discriminación y tragedias inmensas, culminando en el
horror del Holocausto, este hecho debe ser reconocido y condenado sin ninguna ambigüedad.

Pero precisamente porque conocemos esta historia, también debemos afirmar algo fundamental,
ningún sufrimiento histórico puede justificar la negación de los derechos de otro pueblo. La
defensa de los derechos humanos no puede aplicarse según la conveniencia política de las
grandes potencias; si creemos en la dignidad humana, debemos defenderla siempre y para todos.

Por esto rechazamos el antisemitismo con la misma fuerza con que rechazamos la islamofobia, el
racismo, la xenofobia y cualquier forma de discriminación.

También rechazamos una práctica cada vez más utilizada, presentar cualquier crítica a las
políticas del gobierno israelí, como si fuera un ataque contra todo el pueblo judío; una cosa es
cuestionar las decisiones de un gobierno, y otra muy distinta es discriminar a una comunidad o
una religión, ya que no son lo mismo.

Criticar las decisiones de un gobierno es un derecho democrático, de la misma manera que se
cuestionan las políticas de Estados Unidos, Francia, Rusia, China o cualquier otro país, también
pueden cuestionarse las acciones de Israel. Confundir deliberadamente estas cosas sólo sirve
para bloquear el debate y evitar que se discutan problemas reales.

Otro aspecto que merece atención, es el papel de los grandes medios de comunicación
internacionales. Durante décadas, buena parte de la información sobre Palestina ha llegado al
mundo filtrada por intereses políticos y geopolíticos muy concretos.

Las víctimas palestinas suelen aparecer reducidas a números, sus historias rara vez ocupan las
primeras planas, sus voces son muchas veces invisibilizadas.

Mientras tanto, determinados relatos reciben una cobertura permanente y una legitimidad, que
pocas veces se concede a otros pueblos que sufren conflictos similares.

No se trata de conspiraciones ni de explicaciones simplistas, se trata de reconocer que la
información también es un terreno de disputa política, ya que los pueblos tienen derecho a
conocer todas las versiones de los hechos para formar sus propias opiniones.

La cuestión palestina también nos obliga a reflexionar sobre el mundo en que vivimos, durante
muchos se intentó imponer la idea de que unas pocas potencias tenían derecho a decidir qué
gobiernos eran legítimos, qué guerras eran aceptables y qué pueblos merecían solidaridad
internacional.

Sin embargo, el mundo está cambiando, cada vez más países reclaman relaciones internacionales
basadas en el respeto mutuo, la cooperación y la igualdad soberana entre los Estados.

Para América Latina, esta discusión es especialmente importante. La independencia política
conquistada en el siglo XIX, sigue siendo una tarea inconclusa mientras persistan formas de
dependencia económica, financiera y tecnológica.

Por esto la integración regional sigue siendo una necesidad estratégica, Bolívar soñó con una
América Latina unida, porque comprendía que nuestros países aislados serían más vulnerables
frente a los intereses de las grandes potencias, dos siglos después, esta lección mantiene plena
vigencia.

La defensa de Palestina también nos recuerda la importancia de construir un mundo multipolar,
donde ninguna potencia pueda imponer unilateralmente sus intereses sobre el resto de la
humanidad.

Un mundo donde el derecho internacional se aplique a todos por igual, un mundo donde los
derechos humanos no dependan del poder militar, económico o diplomático de quien los viola.
Desde una perspectiva latinoamericanista, la solidaridad con Palestina forma parte de una disputa
más amplia, es la misma lucha por la soberanía que libraron nuestros libertadores, el combate de
los pueblos indígenas que defendieron sus territorios, la pelea de quienes enfrentaron dictaduras,
bloqueos e intervenciones extranjeras, la batalla de quienes creen que la dignidad no se negocia.

La izquierda latinoamericana tiene una responsabilidad importante en este debate, debe mantener
una posición firme en defensa de los derechos humanos sin caer en prejuicios religiosos, étnicos o
culturales, debe denunciar las injusticias donde ocurran, sin dobles raseros y debe recordar que
los principios sólo tienen valor cuando se aplican de manera coherente.

Si estamos contra la ocupación de territorios, debemos estarlo siempre, si defendemos la
autodeterminación de los pueblos, debemos hacerlo sin excepciones, si creemos en la igualdad
entre las naciones, no podemos aceptar que algunas tengan más derechos que otras.

Palestina interpela precisamente esta coherencia; nos obliga a preguntarnos si los derechos
humanos son realmente universales o si dependen de intereses geopolíticos, nos obliga a decidir
si la soberanía es un derecho para todos o un privilegio reservado para unos pocos y nos obliga a
recordar que la solidaridad internacional no es una consigna vacía, es un compromiso concreto
con quienes sufren injusticias.

Por esto la causa palestina sigue despertando apoyo en sindicatos, movimientos estudiantiles,
organizaciones populares, espacios culturales y comunidades de toda América Latina, ya que
muchos reconocen en esta lucha algo que forma parte de nuestra propia memoria histórica.

La memoria de quienes resistieron la colonización, la memoria de quienes enfrentaron imperios, la
memoria de quienes se negaron a aceptar que el poder de la fuerza estuviera por encima de la
fuerza de la razón.

La solidaridad con Palestina no nace del odio hacia nadie, nace de una convicción profundamente
humana y profundamente latinoamericana, que ningún pueblo debe vivir sometido, desplazado o
privado de sus derechos fundamentales.

Y mientras exista un pueblo luchando por su tierra, por su soberanía y por su dignidad, esta causa
seguirá encontrando eco en los corazones de millones de hombres y mujeres de Nuestra América.
Porque la lucha de Palestina, como todas las luchas por la libertad, nos recuerda una verdad
sencilla pero poderosa, los pueblos pueden ser golpeados, pueden ser bloqueados, pueden ser
silenciados durante un tiempo, pero nunca dejan de luchar cuando está en juego su derecho a
existir y a decidir su propio destino.

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