Inicio Cultura y Arte ¿OVNIS en las alturas de Combarbalá? año 1971….

¿OVNIS en las alturas de Combarbalá? año 1971….

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Arturo Alejandro Muñoz

A las once de la noche del jueves ocho de julio de 1971 las zonas centro norte y central de Chile fueron sacudidas por un violento terremoto que dejó un total de 85 víctimas fatales y más de 450 heridos, amén de gravísimas pérdidas materiales.  Salamanca y Combarbalá fueron unas de las zonas más afectadas.

El presidente Salvador Allende nombró como jefe de plaza al general Augusto Pinochet, y solicitó el aporte y apoyo de toda la comunidad nacional para ir en ayuda de los miles de compatriotas que habitaban esas bellas zonas. La Universidad de Chile fue una de las primeras instituciones que respondió favorablemente la solicitud presidencial…y mi Escuela de Servicio  Social (donde yo cursaba el segundo año de la carrera) dijo también “presente”.

Días después, un contingente de alumnos de Servicio Social y de Ingeniería (todos de la “casa de Bello”) éramos embarcados en camiones militares junto a conscriptos del Regimiento ‘Buin’ rumbo al norte, bajo “el mando” del sargento Carvajal (nunca supimos su nombre de pila). Combarbalá era nuestro destino.

Luego de varias jornadas trabajando en la cabecera comunal, las autoridades civiles y militares determinaron que era imprescindible y urgente viajar hacia las alturas cordilleranas donde existían varias casas y familias de las que nada se sabía. Rápidamente se estructuró  un grupo de diecinueve personas, entre las que había alumnos de Servicio Social y de Ingeniería, junto a tres trabajadores de la ENAMI (Empresa Nacional de Minería), de un contingente militar compuesto por diez soldados, el sargento Carvajal, un  mayor (de cuyo nombre no me acuerdo), y con la participación de uno de los médicos del consultorio de Combarbalá. ¿Objetivo? Subir hasta la frontera con Argentina  y prestar ayuda a quiénes la necesitasen, a la vez que hacer un catastro de todo ello para que desde Combarbalá mismo (o La Serena) se entregase después el socorro  y aporte que esas personas requerían.

A las cinco de la madrugada salimos en camiones militares hasta un lugar llamado “Quebrada del Durazno”, en las cercanías del río Cogotí, donde nos esperaban dos arrieros con caballos, mulos y…cinco perros. Allí hicimos noche, y en la próxima madrugada iniciamos nuestra subida a las alturas andinas.

Tres jornadas a lomo de mulo…tres jornadas en las que visitamos varias viviendas, aisladas, impensables para citadinos como el que escribe estas líneas. En una de ellas hubimos de sepultar a una persona que había fallecido producto del derrumbe de su humilde casa.

En la cuarta noche ocurrió lo que aún me parece –medio siglo después-   indescifrable. A las 20:00 horas llegamos a una especie de pequeña explanada a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. A nuestra derecha se alzaba un farallón  magnífico hacia alturas mayores; a nuestra izquierda –a 30 metros de distancia- el abismo que terminaba en una especie de valle menor. Sobre nosotros –mes de julio- la noche magnífica, estrellada, gigantesca, sin luna, con millones de luceros brillando a toda orquesta en un  silencio doloroso.

Al igual que en las noches anteriores hicimos una fogata, formamos un  amplio círculo y las dos guitarras universitarias comenzaron a sonar espléndidas con  tonadas y música variopinta cantada por civiles y militares. Todo parecía normal…una noche más, nada nuevo bajo el cosmos magnífico. Sólo música, café de higo, pan amasado, charqui y una que otra fruta.

De pronto, impensadamente, los cinco perros de los arrieros gruñeron, ladraron y escaparon en estampida perdiéndose en la oscuridad cordillerana de la noche.  A su vez la caballada  –que estaba atada en una larga cuerda cerca del farallón- comenzó a cocear y relinchar inquieta. Uno de los arrieros dio la  orden: “cada cual a su ‘bicho’ (mulo o caballo) porque viene temblor”.

Nadie logró cumplir lo ordenado ya que una potente luz, un fogonazo majestuoso, nos encegueció deteniendo nuestras carreras hacia el farallón. Recuerdo con absoluta certeza que la cordillera se me presentó nívea y pura en ese breve momento., mientras mi corazón zapateaba en el pecho esperando el sacudón de un nuevo sismo, esta vez a más de tres mil metros de altura.  

Alguien gritó señalando el negro cielo: “allí…allí…”; y todos alzamos la vista hacia la inmensidad nocturna. Una especie de canica gigante, cual moneda de diez escudos, brillaba esplendorosa sobre nuestras cabezas, lejana, hermosa, impúdica, desafiante. Un nuevo fogonazo y pudimos ver incluso los valles lejanos que abrían, allá abajo, sus mieses y verdores. La canica comenzó a descender hacia nosotros…silencio…temor…incredulidad…ignorancia. Ahora la canica era portentosa, grande, cual platillo de té. Tercer fogonazo…calor…incertidumbre. Dos ‘canicas’ se unieron a la primera y formaron una especie de triángulo escaleno…es lo que recuerdo haber pensado en ese momento.

Luego, formando una verdadera fila india, las tres canicas o monedas alzaron raudo vuelo hacia el infinito dejando estelas de lucecillas danzando en el espacio ignoto.  Los cinco perros regresaron desde la noche, silentes, y se echaron humildes frente a la fogata aún humeante. Mulos y caballos se aquietaron. No hubo sismo.

Los militares ordenaron silencio, distribuir los sacos de dormir “paisa, militar, paisa, militar paisa”…y silencio.

Cuando tres días después regresamos a Combarbalá contamos a nuestros compañeros universitarios lo vivido. Ellos nos mostraron periódicos santiaguinos que mencionaban una extraña presencia de OVNIS reportados, por cientos de personas en cercanías de ciudades como Ovalle, Santiago y Talca.

Ningún medio de prensa mencionó a Combarbalá…

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