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¡¡¡MUY RARA LA COSA!!!

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por Franco Maquiavelo

Muy rara la cosa cuando el foco del poder, de la prensa y del aparato judicial se posa con sospechosa rapidez sobre los hijos de Julia Chunil, mientras los empresarios, las forestales y los intereses económicos que históricamente disputan el territorio quedan, una vez más, fuera del encuadre. No es un accidente: es un patrón.
Desde una lectura marxista, esto no es más que la vieja lógica de la lucha de clases operando bajo ropajes modernos. El Estado —lejos de ser neutral— actúa como administrador de los intereses de la clase dominante. Cuando el conflicto toca la propiedad, la tierra o la rentabilidad del capital, la maquinaria se activa para disciplinar a los de abajo, no para incomodar a quienes concentran poder económico. El mensaje es claro: el problema nunca es el modelo, sino quienes lo resisten.
Aquí resuena con fuerza el pensamiento de Noam Chomsky: el consenso no se construye buscando la verdad, sino fabricando culpables funcionales. Se selecciona cuidadosamente a quién investigar, a quién exponer, a quién interrogar públicamente. Los medios amplifican la sospecha hacia sujetos socialmente vulnerables —familias, hijos, comunidades— mientras silencian las estructuras que explican el conflicto: la expansión forestal, la captura del territorio, la criminalización histórica del pueblo mapuche.
Que hoy “pongan los ojos” en los hijos de Julia Chunil no es casual. Es políticamente rentable. Permite desplazar el debate desde las relaciones de poder hacia el terreno íntimo, emocional y judicialmente frágil de una familia. Así, la violencia estructural se disfraza de “investigación”, y el conflicto político se reduce a un expediente.
Por eso la comparación con Catrillanca no es exagerada. No por identidad de hechos, sino por identidad de método:
Estigmatización previa del sujeto incómodo.
Relato oficial apresurado, construido antes de que existan certezas.
Protección implícita de los actores económicos y estatales involucrados.
Normalización mediática del montaje, hasta que la duda se vuelve sentido común.
Cuando el poder acusa hacia abajo y guarda silencio hacia arriba, cuando la justicia corre tras los débiles y camina de puntillas frente al capital, cuando los medios repiten sin preguntar a quién beneficia el encuadre, entonces sí: muy rara la cosa. No rara por excepcional, sino rara por obscena, por predecible, por profundamente injusta.
Y mientras no se mire donde realmente duele —al corazón del modelo, a los intereses empresariales, a la alianza entre capital y Estado—, seguiremos asistiendo a estos montajes de baja intensidad, donde la verdad estorba y la disciplina social manda. 

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