por Manuel Hidalgo V.
IMA América Latina
El presidente de la República de Cuba, el compañero Miguel Díaz Canel, al dirigirse a la
Asamblea Nacional del Poder Popular el pasado 18 de junio, luego de la aprobación de 176
medidas para reformar el sistema económico e intentar por esa vía enfrentar la aguda crisis
en que ha colocado a la isla el más brutal cerco militar, económico y energético del
imperialismo estadounidense, señaló que Cuba atraviesa la coyuntura más compleja y difícil
al menos en lo que va corrido este siglo. Pero lo mismo puede decirse de todos los pueblos
de Nuestra América.
En la primera década del siglo XXI, desde la extensión de su resistencia al neoliberalismo,
los pueblos latinoamericanos y caribeños lograron iniciar en muchos de sus países, procesos
de cambio que encendieron la esperanza y empezaron a cambiar el panorama político del
continente, incluyendo espacios de integración regional soberana; alejándose de la tutela de
los EE.UU. La contraofensiva del imperialismo en los últimos 15 años ha sido brutal y
sostenida. Y ha logrado cambiar la faz del continente y ha logrado revertir parte de las
dinámicas de cambio político que estaban en curso. No sin encontrar resistencias de los
pueblos latinoamericanos y caribeños, como las que estallaron por muchos rincones del
continente en los años 2019 y 2020, antes y durante la pandemia.
Sin embargo, esa contraofensiva imperialista entró en un nuevo momento con la asunción de
Donald Trump por segunda vez, a la presidencia de EEUU. Las derrotas y retrocesos que el
imperialismo estadounidense viene sufriendo en la región Euroasiática, en Asia Occidental,
en África y su incapacidad para frenar el ascenso económico, político, militar y tecnológico
de China lo han forzado a recentrar su empeño en Nuestra América, a la que aluden en su
nueva Estrategia de Seguridad Nacional, como Hemisferio Occidental.
Proclamando una reedición de la Doctrina Monroe, han explicitado su voluntad de
reapropiarse de los territorios, accesos geográficos claves y todos los activos
estratégicamente vitales del continente. Al mismo tiempo que buscan expulsar la presencia
de “competidores no hemisféricos” y desplazarlos del control de activos en la región. Para lo
cual, desde entonces, han desplegado el mayor de los cercos militares habido jamás en el
Caribe, apuntando contra la República Bolivariana de Venezuela y contra la República de
Cuba, con una enorme flota naval, encabezada por un portaviones y miles de efectivos
militares.
A partir de allí, en enero de 2026 bombardearon Caracas y en una operación especial con 150
aviones de combate, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada
Cilia Flores. A renglón seguido, sin capacidad de imponer un cambio del régimen político,
han obligado a la presidente encargada, Delcy Rodríguez, y al alto mando político del proceso
bolivariano, a realizar una serie de concesiones políticas, reformas económicas y financieras,
que suponen límites claros a su soberanía y espacios de tutelaje y control por parte del
imperialismo de sus excedentes económicos, en particular del petróleo y la minería.
En los últimos meses, el cerco militar se apuntó contra la República de Cuba, reforzando un cerco energético, que incluye la imposición de aranceles adicionales a productos provenientes de países que directa o indirectamente vendan o le provean petróleo a la isla.
Sólo Rusia se atrevió a enviar un barco con petróleo a contar de enero. Lo que ha conllevado
constantes apagones eléctricos y la paralización de numerosas actividades, partiendo del
transporte y afectando servicios básicos como los de salud. El bloque comercial y financiero
se ha multiplicado, lo mismo que las sanciones contra empresas y personeros del gobierno
cubano, incluyendo a Díaz Canel y al general de la Revolución Raúl Castro.
La barrera decisiva, el muro infranqueable contra la pretensión del imperialismo de ahogar
en sangre y someter por la fuerza a la Revolución Cubana y a la Revolución Bolivariana, no
es otra que la fortaleza de sus pueblos, de sus movimientos populares, junto a la solidaridad
que despiertan desde todo el mundo y en particular, de sus hermanos y hermanas de América
Latina y de otros territorios que confrontan hoy al imperialismo estadounidense. Podrán
imponerles temporalmente concesiones y reformas económicas y políticas, sobre la base de
su cerco que linda con el genocidio. Pero no podrán cambiar el régimen, no sólo porque no
cuentan con las fuerzas políticas para asumir el gobierno en estos países, pero menos aún con
el respaldo popular para esas pretensiones.
Los pueblos de Fidel, del Ché y de Chavez resisten y revertirán estas derrotas parciales en
victorias en el futuro. Sobre la base de la conciencia de sus movimientos populares, que se
nutre de su rica historia; al mismo tiempo que con el aporte que brindará la solidaridad de
pueblos y gobiernos que ven en la Revolución Cubana y en la Revolución Bolivariana
ejemplos de dignidad, de soberanía y anticipos de otro mundo, basado en la ética y principios
del Humanismo Cósmico, que nos reconcilia entre todos los seres humanos y con el Universo
del que somos parte.
La resistencia de los pueblos de Bolivia en estas semanas nos marca el camino, que más allá
de sus vaivenes, con avances y retrocesos, van a recorrer todos los pueblos de nuestra
América Latina y el Caribe. Enfrentamos el brutal ataque del imperialismo estadounidense
contra nuestra soberanía y nuestra vida, pretendiendo colonizarnos una vez más y
arrebatarnos por la fuerza, el fraude, el chantaje, nuestros bienes comunes, nuestros
territorios, nuestra vida y el gobierno de nuestro destino. No tenemos otro camino que resistir,
por nuestra dignidad, nuestra soberanía, nuestra vida.
Lo mismo puede decirse de los países en los que el chantaje y el fraude electoral digitado
desde el imperialismo, han permitido a la fuerzas y personajes de la extrema derecha llegar
al gobierno en Ecuador, Honduras, Perú y Colombia. No se trata de qué resultado electoral
se haya impuesto. El drama de nuestros países no se resolverá con quien resulte vencedor, en
medio de la crisis mundial y regional que atravesamos. Hay una confrontación de fondo que
fractura cada una de nuestras formaciones sociales y que no hará más que enconarse en los
próximos años. Las coaliciones electorales populares derrotadas deben persistir en forjar en
la lucha contra el militarismo y el saqueo de nuestros territorios y bienes comunes, la
corrupción y el deterioro de las condiciones materiales de vida de nuestros pueblos.
En lo que queda de este año, los movimientos populares de Brasil y México tendrán el desafío
de mantener avanzando sus procesos de cambio ante el asedio imperial sobre sus gobiernos
y territorios, que con la excusa del combate al «narcoterrorismo», busca atropellar su
soberanía. Mientras en Argentina y Chile, los gobiernos de Milei y Kast enfrentan con
medidas represivas el creciente malestar y las protestas que generan sus políticas ultra
neoliberales que no han hecho más que empobrecer a sus pueblos.
Los pueblos andinos y amazónicos, los pueblos caribeños, están emergiendo social y
políticamente con nuevas organizaciones y liderazgos. Recuperarán y fortalecerán su unidad
y su organización. Su protagonismo será determinante para volver a reabrir los procesos de
cambio, derrotar la maniobra de las clases dominantes criollas y del imperialismo
estadounidense. No sólo resistirán la ofensiva represiva y de despojo que se viene. Sino que
forjarán nuevas herramientas programáticas, orgánicas, ideológicas, para abrir paso a nuevo
horizonte civilizatorio indo-afro-mestizo-latinoamericano y caribeño, que nos reconcilie
definitivamente con nuestra raíces y con nuestra historia.











