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«La torta de pan»

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Relato de Ricardo Flores Magón publicado en el genuino periódico anarquista Regeneración, 1916:

Desde el escaparate de una tienda, la torta de pan contempla el ir y venir del gentío anónimo. No son pocos los que, a través de la vidriera, le arrojan miradas codiciosas, como que su dorada costra luce como invitación al apetito, tentando al pobre a violar la ley. Hombres y mujeres, viejos y niños, pasan y repasan a lo largo del escaparate, y la torta se siente mordida por las mil miradas ávidas, las miradas del hambre, que devoran hasta las rocas. 

A veces la torta se estremece de emoción; un hambriento se detiene y la mira, ardiendo en sus ojos la chispa expropiadora. Alarga la mano; pero para retirarla vivamente, el frío contacto del cristal le apaga la fiebre expropiadora, recordando la ley: «¡no hurtarás!» La torta, entonces, se estremece de cólera. Una torta de pan no puede comprender cómo es que un hombre que tiene hambre no se atreva a hacerla suya para devorarla, con la naturalidad con que una acémila muerde el haz de paja que encuentra a su paso.

La torta piensa:

—El hombre es el animal más imbécil con que se deshonra la Tierra. Todos los animales toman de donde hay, menos el hombre. ¡Y así se declara él mismo el rey de la creación! Heme aquí intacta, cuando más de un estómago ordena a la mano irresoluta que me tome.

El gentío pasa y repasa a lo largo de la vidriera devorando, con los ojos, la torta de pan. Algunos se detienen frente a ella, lanzan miradas furtivas a derecha e izquierda… y se marchan a sus hogares con las manos vacías, pensando en la ley: «¡no hurtarás!»

Una mujer —la imagen del hambre— se detiene, y con los ojos acaricia la costra dorada de la torta de pan. En sus brazos escuálidos lleva un niño, escuálido también, que chupa ferozmente un pecho que cuelga mustio como una vejiga desinflada. Esa torta es lo que necesita para que vuelva a sus pechos la leche ausente. En sus bellas pestañas tiemblan dos lágrimas, amargas como su desamparo. Una piedra, al contemplarla, se partiría en mil pedazos… menos el corazón de un funcionario. Un gendarme se acerca, robusto como un mulo, y, con voz imperiosa, ordena: “¡Circulad!”, al mismo tiempo que la empuja con la punta del bastón, siguiéndola con la vista hasta que se pierde, con su dolor, en medio del rebaño irresoluto y cobarde.

La torta piensa:

—Dentro de unas horas, cuando ya no sea yo más que una torta de pan viejo, seré arrojada a los marranos para que engorden mientras miles de seres humanos se oprimirán el vientre mordido por el hambre. ¡Ah!, los panaderos no deberían hacer más pan. Los hambrientos no me toman porque tienen la esperanza de que se les arroje un pedazo de pan duro en cambio de su libertad, trabajando para sus amos. ¡Así es el hombre! Un pedazo de pan duro para entretener el hambre es un narcótico que adormece, en los más, la audacia revolucionaria. Las instituciones caritativas, con las piltrafas que dan al hambriento, son más eficaces para matar la rebeldía que el presidio y el cadalso. El “pan y circo” de los romanos encierra un mundo de filosofía castradora. Cuarenta y ocho horas de hambre universal, enarbolarían la bandera roja en todas los países del mundo…

La mano del dueño, que tomó la torta con destino a los marranos, puso un «hasta aquí» a los pensamientos subversivos del pan.

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