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La invasión que ya no necesita soldados

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POLITIKA

escribe Mauricio Vargas

Colombia no acaba de elegir sólo a un presidente. Acaba de mostrar que la soberanía ya no se pierde en silencio, sino en público.

Hubo un tiempo en que la injerencia extranjera en América Latina era un secreto a voces.

Se sabía, se intuía, se denunciaba… pero debía negarse.

Había golpes de Estado que nunca se reconocían como tales.

Financiamientos externos que se ocultaban bajo fundaciones.

Operaciones de influencia que tardaban décadas en salir a la luz.

Y, sobre todo, había una regla no escrita: la soberanía debía ser fingida; incluso cuando era violada.

Ese tiempo terminó.

Colombia no solo eligió un presidente.

Colombia mostró algo más inquietante: la injerencia dejó de esconderse.

Durante la campaña, Gustavo Petro denunció la intervención abierta de Estados Unidos en el proceso electoral.

Fue tratado como exageración, como cálculo político, como ruido retórico. Se le exigieron pruebas como condición para tomar en serio la acusación.

Pero el problema no era la falta de pruebas.

El problema es que los hechos comenzaron a aparecer a plena luz del día.

Donald Trump no solo expresó simpatía por la candidatura de Abelardo de la Espriella.

Lo hizo explícito, sin matices, sin códigos diplomáticos, celebrando públicamente lo que entendía como una victoria estratégica en la región.

Marco Rubio participó del clima político que rodeó el proceso con declaraciones que vinculaban directamente el resultado con la relación bilateral futura.

Y figuras de la nueva derecha continental -desde José Kast, desde Chile, Javier Milei hasta Daniel Noboa- convirtieron el desenlace en una celebración ideológica compartida.

Lo que antes habría sido considerado injerencia inadmisible, hoy se presenta como alineamiento natural.

Y esa transformación es, a mi entender, el dato político más importante de la elección colombiana.

Porque ya no estamos frente a la vieja hipótesis latinoamericana de intervención encubierta.

Estamos frente a una fase distinta: la intervención sin vergüenza.

La secuencia es clave. Primero, la denuncia es desestimada.

Luego, los mismos hechos son normalizados.

Finalmente, son celebrados.

Y cuando una intervención deja de ser escándalo para convertirse en consigna, algo más profundo ha cambiado que un resultado electoral.

Ha cambiado el sentido común de la soberanía.

Durante gran parte del siglo XX, incluso los sectores más conservadores de la región compartían una intuición básica: la independencia nacional no era negociable.

Se podía discutir el modelo económico, el rol del Estado, el grado de apertura o de conflicto interno.

Pero había un límite simbólico claro: ningún poder externo debía definir el rumbo político de un país.

Era una época hipócrita.

Pero conservaba una virtud.

Todavía existía la conciencia de que intervenir en la soberanía de otro país era algo vergonzoso.

Por eso se ocultaba.

Por eso se mentía.

Por eso se negaba.

Colombia acaba de mostrar que hemos entrado en una etapa distinta.

Mucho más peligrosa.

No porque la intervención extranjera sea nueva.

Sino porque ya esa frontera se está borrando.

Y lo que la reemplaza es una paradoja peligrosa: la idea de que la cercanía con una potencia extranjera no contradice la soberanía, sino que la confirma.

Que obedecer puede ser una forma de libertad.

Que alinearse puede ser una forma de independencia.

Pero la historia latinoamericana no es ambigua en este punto.

Estados Unidos ha intervenido durante más de un siglo en la región: Guatemala, Chile, Panamá, República Dominicana, Nicaragua, Granada.

Cada caso con sus matices, pero con una constante: la voluntad interna subordinada a un interés externo que no se somete a votación local.

Y sin embargo, lo verdaderamente nuevo no es eso.

Lo nuevo es que ya no necesita ocultarse. Antes era una acusación.

Hoy es un argumento electoral.

Antes era un costo.

Hoy es una credencial.

Antes era vergonzoso.

Hoy es funcional.

En ese giro se instala la verdadera ruptura histórica.

Porque cuando la injerencia deja de ser invisible, deja de necesitar justificación. Y cuando deja de necesitar justificación, deja de tener freno.

Colombia es el ejemplo más visible y actual de ese desplazamiento, pero no el único.

En Argentina, la reconfiguración del Estado bajo Javier Milei se presenta como una forma de “liberación” asociada a una alineación económica y política explícita con Estados Unidos.

En El Salvador, el modelo de seguridad de Nayib Bukele ha sido presentado como exportable bajo el mismo eje de validación externa.

En Ecuador, la política de Daniel Noboa se articula crecientemente en clave de seguridad hemisférica con Washington como referencia estructural.

Y en Chile, el fenómeno es menos ruidoso, pero no menos significativo.

La disputa política en torno a José Antonio Kast no se expresa como subordinación explícita, sino como compatibilidad estructural: seguridad, mercado, orden, y una relectura del vínculo con Estados Unidos como garantía de estabilidad interna.

No hay ocupación visible. Hay convergencia silenciosa. Y esa es precisamente la forma más eficiente de influencia en esta etapa.

No hay tanques.

Hay marcos mentales.

No hay imposición.

Hay afinidad inducida.

No hay intervención declarada.

Hay arquitectura de sentido común.

Por eso lo ocurrido en Colombia trasciende a Colombia.

Porque el verdadero fenómeno no es electoral. Es cultural.

No es quién gana. Es qué se vuelve aceptable.

Y en ese terreno aparece la figura, para mí, más inquietante de todas: la “invasión sin invasores”.

Una forma de influencia que no necesita soldados porque ya encontró algo más eficaz: ciudadanos que la justifican, la celebran o la desean.

Ahí se produce la inversión decisiva. La soberanía deja de ser algo que se defiende frente a otro.

Pasa a ser algo que se entrega voluntariamente en nombre de la estabilidad, el orden o la prosperidad.

Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de ser geopolítico y se vuelve interno.

No es Washington imponiéndose a América Latina.

Es América Latina discutiendo consigo misma sobre si eso es, o no, un problema.

Y esa discusión es la que define nuestra época.

No sabemos qué ocurrirá con el gobierno colombiano que emerge de este proceso.

No sabemos qué tan lejos llegará este nuevo ciclo regional.

No sabemos si las promesas se cumplirán o se desvanecerán bajo el peso de la realidad.

Pero hay una pregunta que ya no puede eludirse.

¿En qué momento América Latina dejó de considerar problemático que una potencia extranjera participe activamente en la definición de su destino político?

Y una segunda, aún más incómoda:

¿En qué momento comenzó a considerarlo normal?

En democracia se puede, y se debe disentir, pero hay una línea que debe respetarse: el gobierno es temporal, la nación es permanente.

Desear que invadan tu tierra por odiar a un líder político es como incendiar tu casa con tu familia dentro, sólo porque no soportas al padre.

La invasión –militar o mental- es como una aplanadora que no respeta ideologías.

En una colonia no hay ciudadanos; solo súbditos. Y a los súbditos nunca les va mejor, porque aplaudir las cadenas no te hace libre.

Las naciones no pierden soberanía únicamente cuando son derrotadas.

La pierden también cuando dejan de reconocer el momento en que está siendo cedida.

La pierden cuando dejan de distinguir entre cooperación y subordinación.

Entre alianza y dependencia.

Entre libertad y tutela.

Porque el mayor triunfo de cualquier poder extranjero nunca ha sido ocupar territorios.

Ha sido convencer a otros de que la ocupación no existe.

Y cuando eso ocurre, la soberanía no se pierde en una guerra.

Se pierde en una elección.

Se pierde en una conversación.

Se pierde en una generación que deja de verla como un valor. Y entonces la dependencia deja de parecer una amenaza.

Empieza a parecer sentido común.

Y en ese instante -sin tanques, sin golpes, sin rupturas visibles- la política deja de ser una disputa entre proyectos internos.

Y se convierte en una disputa sobre qué tipo de dominación es aceptable.

Por eso Colombia importa.

 

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