por Franco Machiavelo
En la actual etapa del capitalismo neoliberal, las formas de dominación no se ejercen únicamente a través de la represión física o la violencia institucional. La batalla se ha trasladado al terreno de las conciencias, a la guerra cognitiva, donde la ultraderecha y las expresiones contemporáneas del fascismo buscan modelar la percepción colectiva, manipular los afectos y vaciar de contenido las luchas sociales y emancipadoras.
Esta guerra no se libra con fusiles, sino con algoritmos, discursos mediáticos y dispositivos tecnológicos diseñados para colonizar la mente. Las grandes corporaciones comunicacionales, al servicio del poder económico, actúan como aparatos ideológicos que difunden el miedo, el individualismo y la desconfianza hacia todo proyecto de transformación social. En Chile, esta maquinaria opera desde los medios, las redes sociales y los espacios académicos cooptados, instalando narrativas que criminalizan la protesta, satanizan la organización popular y deforman el sentido del socialismo como amenaza y no como esperanza colectiva.
La ultraderecha ha comprendido que para perpetuar su dominio no basta controlar la economía: debe dominar el sentido común. Su estrategia consiste en producir un “consenso forzado” donde las ideas del pueblo se vuelven sospechosas y las del poder aparecen como naturales. Se trata de una sofisticada forma de control cultural que busca neutralizar el pensamiento crítico y aislar a los movimientos sociales mediante la desmoralización y la fragmentación interna.
Las guerras psicológicas y emocionales se despliegan en forma de campañas de desinformación, linchamientos mediáticos, manipulación del lenguaje y sobreexposición del miedo al caos. Se busca saturar al individuo con estímulos contradictorios para producir parálisis, apatía y resignación. Así, el sujeto deja de creer en la posibilidad de cambiar su realidad y se refugia en el consumo, el cinismo o el conformismo político.
En este escenario, el socialismo y los movimientos populares son los principales blancos del ataque. Se intenta despojarles de legitimidad moral, ridiculizando sus símbolos, sus líderes y su historia. Se presenta la solidaridad como atraso, la justicia social como populismo, y la defensa de la vida como ideología peligrosa. Todo ello es parte de un proceso de ingeniería ideológica orientado a destruir los lazos colectivos que sostienen la esperanza de emancipación.
Sin embargo, allí donde la guerra cognitiva busca dividir, también nace la posibilidad de resistir. Cada palabra liberadora, cada gesto de conciencia crítica, cada acto de organización comunitaria se convierte en una trinchera contra la colonización mental del capitalismo. La tarea urgente es recuperar el pensamiento propio, reconstruir los tejidos de solidaridad y disputar el sentido de lo real. Porque la verdadera batalla no se libra sólo en las calles, sino también en las mentes y corazones del pueblo.
La guerra cognitiva del fascismo puede ser devastadora, pero su debilidad radica en lo que no puede controlar: la memoria colectiva, la dignidad humana y la conciencia despierta que se niega a ser silenciada.










