por Franco Machiavelo
La disputa no es solo por la memoria histórica. Es una lucha por el sentido común. Porque quien domina el relato del pasado condiciona las posibilidades del futuro.
La derecha chilena entiende algo fundamental: el legado de Allende no es únicamente un periodo de gobierno; es la idea persistente de que el pueblo puede convertirse en sujeto político y no en mero espectador del poder económico. Y eso, para quienes conciben la sociedad como un mercado antes que como una comunidad, resulta profundamente peligroso.
1. La memoria como campo de lucha
Toda sociedad libra una disputa silenciosa por definir qué se recuerda y cómo se recuerda. No se trata solo de hechos, sino de interpretaciones. En esa disputa, borrar o desfigurar el legado de la Unidad Popular significa instalar la idea de que cualquier intento de transformación estructural conduce inevitablemente al caos.
La operación cultural funciona así:
Reducir un proyecto histórico complejo a caricaturas.
Despolitizar las causas sociales que le dieron origen.
Separar la experiencia popular de su dimensión emancipadora.
Convertir la desigualdad en un fenómeno “natural” y no histórico.
El objetivo no es debatir el pasado: es clausurar el horizonte de cambio.
2. ¿Por qué es su gran batalla cultural?
Porque el legado allendista representa tres principios que incomodan al poder económico:
La primacía de la soberanía popular sobre el capital.
La convicción de que la democracia puede ser instrumento de transformación social profunda.
La idea de que los recursos estratégicos pertenecen al pueblo.
Si esos principios permanecen vivos en la conciencia colectiva, entonces el modelo basado en la concentración extrema de riqueza siempre será cuestionado. Por eso la disputa es cultural: se juega en las escuelas, en los medios, en el lenguaje cotidiano, en la forma en que se explica la historia reciente.
Quien logra convertir su visión del mundo en “sentido común” gobierna incluso cuando pierde elecciones.
3. La estrategia de borrado
No siempre se trata de negar frontalmente. A veces es más sutil:
Equiparar responsabilidades históricas.
Diluir responsabilidades estructurales en narrativas abstractas.
Presentar el proyecto popular como una anomalía y no como una expresión democrática.
Instalar que la estabilidad depende exclusivamente de la moderación económica.
Es una pedagogía del miedo: asociar transformación con colapso.
4. Por qué no podrán lograrlo
Porque las condiciones que hicieron surgir ese proyecto siguen presentes:
Desigualdad estructural.
Concentración del poder económico.
Crisis de representación política.
Demandas persistentes de dignidad social.
Mientras existan esas tensiones, la memoria de un proyecto que intentó enfrentarlas democráticamente seguirá reapareciendo.
Además, la memoria no es propiedad de los medios ni de los aparatos ideológicos. Vive en la experiencia familiar, en los relatos transmitidos, en los símbolos populares, en los archivos, en la música, en la cultura política de generaciones que no vivieron esa época pero perciben sus resonancias.
La historia no puede borrarse porque no es un documento: es una contradicción viva.
5. La batalla cultural es, en el fondo, una batalla por el futuro
Quienes buscan deslegitimar ese legado comprenden que la lucha no es por el pasado, sino por evitar que vuelva a plantearse la pregunta esencial:
¿Puede una democracia avanzar hacia mayor justicia social sin someterse al poder concentrado?
Esa pregunta permanece abierta. Y mientras permanezca abierta, ningún intento de borrado será definitivo.
Porque las ideas que nacen de la aspiración a la dignidad colectiva no desaparecen por decreto. Reaparecen cada vez que la desigualdad se vuelve intolerable.
Y cuando la historia reaparece, lo hace no como nostalgia, sino como posibilidad.










