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Juan Pablo Cárdenas: un peligro para el poder

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La dictadura terminó. El problema de la prensa no desapareció.

 
 
 
 

Publicado por Prensa OPAL


   

El periodismo no siempre se ejerce desde la comodidad de una redacción, bajo las luces de un estudio o protegido por el prestigio de un gran medio de comunicación. A veces se ejerce bajo amenaza, con la censura respirándote en la nuca y la certeza de que publicar una verdad puede tener consecuencias. Juan Pablo Cárdenas conoció esa realidad.

El periodista, fundador y director de la revista Análisis, falleció este domingo 11 de octubre, a los 76 años. Su trayectoria quedó ligada a una de las etapas más oscuras de la historia chilena, cuando informar sobre los crímenes de la dictadura significaba desafiar un aparato de represión empeñado en controlar no solo los cuerpos, sino también las palabras y la memoria.

Cuando informar era desafiar a la dictadura

Fundada en diciembre de 1977, Análisis se convirtió en una de las publicaciones fundamentales de la prensa opositora al régimen de Augusto Pinochet. En un país donde la censura, las amenazas y la persecución intentaban clausurar cualquier espacio de disidencia, la revista contribuyó a romper el cerco informativo y a denunciar las violaciones de los derechos humanos.

No era una tarea inocua. Cárdenas sufrió detenciones, procesos judiciales, períodos de reclusión nocturna y ataques contra su vivienda. El ejercicio de la profesión lo expuso a las consecuencias de enfrentarse a una dictadura que entendía la información como un territorio que debía controlar.

La represión no se limitó a las amenazas, las detenciones y los tribunales militares. El 8 de septiembre de 1986, agentes de la CNI secuestraron y asesinaron a José «Pepe» Carrasco Tapia, editor internacional de Análisis y compañero de redacción de Cárdenas. Su crimen, perpetrado un día después del atentado contra Pinochet, fue también un golpe contra una prensa que se negaba a guardar silencio. La violencia pretendía castigar a quienes informaban y advertir a quienes todavía se atrevían a hacerlo.

La historia de Análisis no puede separarse de ese contexto. Tampoco puede reducirse a la biografía de un periodista. Fue parte de una experiencia colectiva en la que periodistas, trabajadores de la prensa y colaboradores sostuvieron espacios de información y denuncia cuando la versión oficial pretendía imponerse como única verdad.

Aquella prensa no tenía garantizada la circulación, el respaldo publicitario ni la protección de los grandes grupos económicos. Debía abrirse paso en condiciones adversas, disputar lectores y hacer frente a las distintas formas de censura. Su existencia demostró que, incluso bajo una dictadura, el silencio nunca llega a ser absoluto.

   

La dictadura terminó. El problema de la prensa no desapareció.

La recuperación de la democracia puso fin a la censura dictatorial, pero no resolvió todos los problemas estructurales del sistema de medios chileno. La pluralidad informativa siguió enfrentada a una realidad incómoda: la propiedad de los medios, el acceso a los recursos y la capacidad de instalar temas en la agenda pública están distribuidos de manera profundamente desigual.

El propio Cárdenas cuestionó la concentración de la prensa y el papel de los gobiernos de la transición en la desaparición de medios independientes. En una entrevista publicada por la Universidad de Chile, sostuvo que el cierre de Análisis no podía explicarse simplemente por las leyes del mercado y formuló críticas al papel político que, a su juicio, desempeñaron las autoridades de la época.

Su cuestionamiento apuntaba a un problema que trasciende a una publicación determinada: ¿qué posibilidades tiene una prensa independiente de sobrevivir cuando los recursos económicos, la publicidad y los principales canales de difusión se concentran en pocas manos?

Porque el poder sobre la información no se ejerce únicamente prohibiendo una noticia o clausurando una revista. También puede operar mediante la asfixia financiera, la exclusión de determinadas voces, la precarización del trabajo periodístico y la selección permanente de los asuntos que merecen atención pública.

No se necesita una orden de censura para que una realidad quede fuera de la pantalla. Basta, en ocasiones, con que no resulte conveniente para los intereses que sostienen el medio.

La libertad de prensa no es la libertad de los propietarios

Con frecuencia, la libertad de prensa se presenta como una conquista que estaría garantizada por la existencia de medios privados y la ausencia de censura previa. Pero esa definición resulta insuficiente cuando no se examina quién posee los medios, quién financia su funcionamiento y qué intereses pueden condicionar sus contenidos.

La libertad de una empresa para publicar no equivale necesariamente a la libertad de la sociedad para informarse. Y la diversidad de canales no garantiza, por sí sola, diversidad de perspectivas: muchas voces pueden repetir una misma interpretación mientras otras permanecen relegadas.

Esto no significa que todos los medios respondan a una única voluntad ni que cada decisión editorial obedezca a instrucciones de sus propietarios. Significa reconocer que la estructura económica de la comunicación influye en las condiciones en que se produce, circula y recibe la información.

   

En ese escenario, el periodismo independiente enfrenta una tarea que no se agota en denunciar la censura explícita. También debe investigar los intereses que se ocultan detrás de las decisiones políticas y económicas, contrastar las versiones oficiales, escuchar a quienes rara vez encuentran espacio y evitar que la agenda pública quede reducida a los asuntos que preocupan a las élites.

La pregunta es especialmente relevante cuando los conflictos laborales, las demandas territoriales, las luchas sociales y las denuncias contra los poderosos reciben una atención desigual frente a las prioridades de la política institucional, los mercados o el espectáculo.

El oficio frente al poder

Juan Pablo Cárdenas recibió el Premio Nacional de Periodismo en 2005 y desarrolló posteriormente una extensa labor académica y profesional. Dirigió Radio Universidad de Chile durante años y participó en la formación de nuevas generaciones de periodistas. Su trayectoria abarcó, por tanto, tanto la resistencia a la dictadura como la discusión sobre los límites y las posibilidades de la democracia chilena.

Su fallecimiento invita a recuperar esa historia sin convertirla en una estampita ni en una ceremonia de elogios que dure lo que dura la noticia. La memoria del periodismo que enfrentó a la dictadura pierde parte de su sentido si se recuerda únicamente como una hazaña del pasado, desconectada de los conflictos que atraviesan la comunicación en el presente.

Tampoco basta con reivindicar la libertad de expresión en abstracto. La cuestión es qué se hace con ella, a quién sirve y qué poderes está dispuesto a interrogar el periodismo cuando investigar o publicar amenaza intereses concretos.

Un periodismo que solo reproduce declaraciones oficiales, administra controversias inocuas y evita incomodar a quienes concentran poder puede cumplir formalmente con las rutinas de la profesión, pero renuncia a una parte esencial de su función pública. Informar no consiste en conceder el mismo espacio a todas las versiones sin examinar sus fundamentos, ni en disfrazar de neutralidad la ausencia de preguntas.

La independencia no se demuestra proclamándola en una portada. Se demuestra en la práctica cotidiana: al investigar, verificar, contrastar, reconocer los hechos y sostener el derecho de la ciudadanía a conocer aquello que alguien preferiría mantener fuera de la discusión.

   

La muerte de Juan Pablo Cárdenas cierra una trayectoria personal, pero no clausura los problemas que marcaron buena parte de su vida profesional. La censura de una dictadura y las restricciones que puede imponer la concentración económica no son fenómenos idénticos; confundirlos sería desconocer sus diferencias. Sin embargo, ambos obligan a examinar las condiciones materiales en que se ejerce la libertad de informar.

La pregunta que queda no es únicamente qué lugar ocupará Cárdenas en la historia del periodismo chileno. Es también qué lugar queda hoy para quienes se niegan a convertir la información en mercancía, propaganda o espectáculo; para quienes entienden que el oficio exige investigar a los poderosos y no limitarse a reproducir sus explicaciones.

Porque el periodismo no pierde su razón de ser cuando incomoda al poder. La pierde cuando empieza a preguntarse si vale la pena incomodarlo.

Gracias, Juan Pablo Cárdenas, por la valentía de ejercer el periodismo en los tiempos más oscuros de la dictadura y por mantener viva, también en los tiempos de hoy, la convicción de que la verdad no debe arrodillarse ante el poder.

POLITIKA

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