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India – La Generación Z rompe con el imperio del miedo

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JACOBIN

Imagen: Manifestantes de varios grupos estudiantiles, portando pancartas y banderas, participan en una marcha de protesta en Calcuta en apoyo a la protesta del NEET organizada por el «Cockroach Janata Party» en Jantar Mantar, en Delhi, y en demanda de la renuncia del ministro de Educación de la India, Dharmendra Pradhan, el 24 de julio de 2026, en Calcuta, Bengala Occidental, India. (Sumit Sanyal / Anadolu vía Getty Images)

En la India, la Generación Z rompe con el imperio del miedo

Traducción: Pedro Perucca

El movimiento de protesta de los jóvenes en la India ha desafiado la cultura del miedo que protege al gobierno hindutva de Narendra Modi. Ellos están abriendo el espacio para un futuro sin Modi y su agenda autoritaria y divisiva.

uro que ahora puedo morir en paz. Puedo morir sonriendo». Viniendo de la reconocida escritora y activista Arundhati Roy, estas palabras resultan sorprendentes.

Durante más de tres décadas, Roy ha estado junto a personas que luchan por proteger su tierra, sus hogares y sus derechos frente a proyectos de desarrollo destructivos, la represión estatal y políticas impuestas en nombre del crecimiento nacional. Ha visto surgir movimientos y victorias alcanzadas, pero también ha visto la resistencia criminalizada, promesas incumplidas, sueños aplastados y esperanzas desgastadas.

Y, sin embargo, al ver a la Generación Z de la India salir a las calles, Roy pareció vislumbrar algo que casi había dejado de esperar: la esperanza.

Desafiar al poder

El detonante inmediato de las protestas parece haber sido la filtración del examen del National Eligibility cum Entrance Test (NEET), el examen de ingreso para los programas de grado en medicina. Pero la ira fue mucho más allá. Cuando se filtró el examen, los estudiantes perdieron no solo la fe en la capacidad del sistema para realizar un examen justo, sino también la fe en su promesa de que la educación y el esfuerzo serían recompensados de manera justa.

Casi al mismo tiempo, otra controversia le dio a esta ira una nueva expresión política. El 15 de mayo de 2026, durante una audiencia de la Corte Suprema, el presidente de la Corte, Surya Kant, hizo un comentario profundamente prejuicioso, describiendo a los jóvenes indios desempleados como «vagos» y llamándolos «cucarachas».

Los jóvenes comenzaron a reapropiarse del insulto: primero mediante la burla, luego con orgullo. Se autodenominaron «cucarachas» y crearon el Cockroach Janata Party en Instagram. Lo que comenzó en línea no se quedó allí. La ira pasó de los memes y las publicaciones de Instagram a las protestas en las calles de Nueva Delhi.

El movimiento no se detuvo en la filtración del examen. Sacó a la superficie otras cuestiones de peso: el desempleo, la corrupción, la desigualdad y la opresión sistémica. Ninguno de estos reclamos es nuevo. Entonces, ¿qué hace diferente a este momento? Después de décadas de ver movimientos surgir y decaer, ¿qué ve Roy en esta generación que le da esperanza?

Narendra Modi sigue siendo el primer ministro. El Bharatiya Janata Party (BJP) sigue siendo la fuerza política dominante del país. El Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), el padre ideológico del BJP, y sus vastas redes organizativas no han desaparecido.

Las instituciones que fueron estranguladas por las fuerzas hindutvas no han vuelto a respirar. La casta sigue profundamente arraigada en la mayoría de las interacciones sociales. La desigualdad es abrumadora. Y, sin embargo, algo parece haber cambiado: no necesariamente en la estructura del poder, sino en la manera en que el poder es percibido y confrontado.

Los jóvenes indios que crecieron bajo Modi están haciendo algo inusualmente simple: negarse a tratar al poder como algo sagrado. No solo lo cuestionan, sino que también lo ridiculizan. Al hacerlo, están perforando el aura de invencibilidad que las fuerzas hindutvas han construido estratégicamente a lo largo de los años.

Esto realmente importa porque, en una cultura de miedo y sumisión, las personas tienden a vigilarse a sí mismas. Los periodistas reconsideran lo que escriben; los estudiantes dudan antes de hablar o unirse a una protesta; los activistas sopesan qué les puede costar una consigna, una fotografía o una publicación en redes sociales. Cuando el poder no es desafiado, con el tiempo, el miedo se vuelve rutina, y la rutina produce sumisión. De esta manera, el poder crea personas condicionadas para hacerse a un lado.

Aprender a temer

Conocía este tipo de poder desde mucho antes. Al crecer en un pueblo remoto de Telangana en la década de 1980, aprendí que el poder tenía un rostro. Lo llamábamos dora y era el terrateniente de casta dominante que gobernaba nuestro pueblo como si fuera su derecho de nacimiento. Ninguna constitución le otorgaba esa autoridad; ningún gobierno lo había designado. La heredó por haber nacido en una familia terrateniente reddy, una de las castas dominantes de la región.

Sin embargo, casi nadie cuestionaba cómo había adquirido su tierra o su autoridad, ni por qué debía poseer una u otra. Su poder se había reproducido durante tanto tiempo que ya no aparecía como poder. Parecía natural, incluso funcional.

De niños, nadie nos decía que le tuviéramos miedo. Lo aprendíamos observando a la gente a nuestro alrededor. Los adultos se ponían de pie cuando él pasaba por la calle. Los niños más grandes dejaban de jugar; las conversaciones se interrumpían de repente; las voces bajaban de tono; la gente se apartaba. Nadie tenía que decirnos que mantuviéramos distancia con él, y mucho menos que no lo cuestionáramos.

Para cuando lo conocí, ya rondaba los setenta años. Le costaba completar una frase y rara vez entablaba conversación con nadie. No conversaba con los demás; simplemente daba órdenes.

En retrospectiva, lo que más me llama la atención es cuán poco tenía que ver su autoridad con quién era él como persona. No era físicamente imponente ni intelectualmente destacable. Era un dora porque había nacido en la casta, la clase y la familia que históricamente habían producido doras.

No tuvo que ganarse su autoridad ni demostrar que la merecía. La heredó, y la gente la reconocía y la reforzaba a través de las rutinas cotidianas de la vida del pueblo. Con el tiempo, se volvió difícil incluso imaginar al pueblo organizado de otra manera.

Sentido común

Años después, la lectura de Antonio Gramsci me dio un lenguaje para comprender lo que había presenciado. La dominación es más duradera cuando se convierte en parte del sentido común, cuando las jerarquías creadas por la historia comienzan a parecer naturales, inevitables o incluso necesarias. La coerción sigue estando disponible para quienes detentan el poder, pero no es necesario recurrir a ella constantemente una vez que la gente ha aprendido los límites dentro de los cuales se espera que se comporte.

En el contexto indio, B. R. Ambedkar veía las jerarquías sociales heredadas, particularmente las de casta y clase, como fuentes de poder, y mostró cómo generaban profundas contradicciones dentro de la sociedad y la democracia indias. Para él, la democracia política y la moralidad constitucional tienen poco sentido cuando la vida cotidiana permanece profundamente arraigada en estas jerarquías sociales.

Sin embargo, décadas después de la entrada en vigor de la Constitución, la moralidad constitucional apenas había penetrado en las relaciones sociales de mi pueblo. El dora presidía, en efecto, una constitución feudal propia. El pueblo mismo funcionaba como una escuela de subordinación y autosometimiento.

Tenía su propio currículo oculto, fundado en la dominación feudal y brahmánica, que enseñaba a cada generación a ver la jerarquía como algo natural y la reforzaba a través de costumbres, rituales, símbolos y prácticas sociales cotidianas. Su programa era simple: saber a quién temer, a quién obedecer y a quién nunca cuestionar.

Fue en ese mundo donde entraron los naxalitas —los revolucionarios comunistas— a nuestro pueblo. En Telangana y Andhra Pradesh, eran popularmente conocidos como annalu («hermanos»), un término que más tarde repudiarían por sus connotaciones patriarcales y paternalistas.

Comprendieron rápidamente dónde residía el poder. Pero también comprendieron que eliminar al individuo que encarnaba ese poder no transformaría necesariamente las relaciones sociales que lo sostenían. Advirtieron que había algo más que enfrentar primero: el miedo al dora.

Posmiedo

Una mañana, los annalu movilizaron a un pequeño grupo del wada dalit, el asentamiento segregado en las afueras del pueblo donde vivían las familias dalit (las llamadas «intocables»). Juntos caminaron hasta la casa del dora, lo sacaron con un mínimo de fuerza, le ataron una toalla alrededor del cuello y lo hicieron marchar por las calles. Mientras caminaban, la gente salía de sus casas y se sumaba a la procesión.

Los annalu se dirigieron a la multitud. Explicaron que el problema no era solo el dora como individuo, sino el sistema feudal que representaba. Luego se volvieron hacia él y le dijeron que podía seguir viviendo en el pueblo, pero que no podía ejercer su autoridad como dora. Así fue como presenciamos la caída del último dora de nuestro pueblo.

Pero lo cierto es que ese día no cambió nada materialmente. La tierra siguió distribuida de manera desigual. La casta no desapareció, el trabajo servil continuó, y la estructura de poder que había sostenido al dora seguía en pie. Sin embargo, algo había cambiado igualmente.

La gente había visto al dora sacado de su casa. Lo habían visto caminar por las mismas calles donde antes se apartaban a su paso. Una autoridad que había parecido natural había sido desafiada públicamente. Después de eso, el miedo ya no podía reproducirse exactamente de la misma manera.

Llamo a este momento el fenómeno del posmiedo, lo que viene después del miedo. Posmiedo no significa que el miedo desaparezca o que el poder coercitivo se derrumbe. Describe una condición política en la que el miedo persiste, pero comienza a perder su capacidad de organizar la conducta cotidiana, de producir silencio, autovigilancia, obediencia y deferencia. La gente puede seguir teniendo miedo, pero comienza a actuar a pesar de él.

El posmiedo, entonces, no es ni liberación ni revolución. Es una condición política transitoria e incierta. Pero hace posible una cosa: que el mañana no se parezca al ayer.

Falso relato

Cuarenta años después, me encontré pensando de nuevo en el momento en que la autoridad del dora comenzó a derrumbarse en mi pueblo. Los jóvenes indios están cuestionando, ridiculizando y confrontando a un gobierno que ha pasado más de una década cultivando una imagen de fortaleza e invencibilidad. Cosas que antes parecían incuestionables están siendo cuestionadas, y posibilidades políticas que parecían cerradas se están abriendo nuevamente. Se tiene la sensación de que la India también podría estar entrando en una fase de posmiedo.

Pero el posmiedo solo explica por qué la gente puede volverse más dispuesta a confrontar al poder. No explica la ira que la lleva a las calles. El BJP llegó al poder prometiendo frenar la corrupción, ampliar el bienestar social, crear empleo, acelerar el crecimiento económico y hacer que la India «brille» más en la economía global. Con el tiempo, sin embargo, el relato del crecimiento y la prosperidad se enfrenta a una prueba simple: ¿puede la gente reconocer la experiencia de su propia vida en él?

Escuchan que la India está en ascenso, pero el empleo seguro sigue siendo difícil de conseguir. Escuchan que el crecimiento acelerado está generando una enorme riqueza, y empiezan a preguntarse quién es su dueño. Se les dijo que estudiaran con esfuerzo y compitieran por mérito, pero se topan una y otra vez con filtraciones de exámenes y fallas en los procesos de contratación. Y mientras la clase dirigente y buena parte de los medios celebran el éxito económico de la India, alrededor de 800 millones de personas continúan recibiendo alimentos gratuitos del gobierno.

Según el Informe sobre el Empleo en la India 2024 de la Organización Internacional del Trabajo y el Institute for Human Development, los jóvenes de entre quince y veintinueve años representaron casi el 83 % de la población desempleada de la India en 2022. Entre los jóvenes desempleados, el porcentaje que había completado la educación secundaria o superior aumentó del 54,2 % en 2000 al 65,7 % en 2022. Esta crisis sistémica se ha intensificado a medida que el sector público se ha reducido y ha crecido la privatización de la producción y los servicios.

En conjunto, las oportunidades de empleo para los jóvenes educados han ido disminuyendo. El problema de la India ahora no es que haya demasiados jóvenes sin educación, sino que demasiados jóvenes calificados no logran encontrar un empleo adecuado.

Las estadísticas oficiales muestran que la India se enriquece cada año, pero no nos cuentan toda la historia. Buena parte de esta riqueza se crea a costa de los empobrecidos y se distribuye de manera sumamente desigual.

Según el World Inequality Lab, en 2022-23, el 1 % más rico captó el 23,3 % del ingreso nacional y controló el 40,1 % de la riqueza nacional. En contraste, el 50 % más pobre recibió solo el 15 % del ingreso nacional y era dueño de apenas el 6,4 % de la riqueza nacional. Los investigadores describen esta concentración en la cúspide como el surgimiento de un «Raj de los multimillonarios».

Las armas de los débiles

Para los jóvenes, resulta cada vez más difícil ver estas contradicciones como problemas inconexos. La pregunta ya no es simplemente si la India está creciendo, sino quién crece con ella y a costa de quién.

El movimiento actual no surgió de un vacío sociopolítico. Esta generación creció observando —y, en muchos casos, experimentando— cómo responde el Estado a los movimientos organizados y a los desafíos a su dominación ideológica. Vieron a estudiantes y campesinos golpeados y detenidos. Presenciaron el desarrollo de luchas por los bosques, la minería y el desplazamiento, todo en nombre del desarrollo nacional.

También fueron testigos de la intensificación de las operaciones contrarrevolucionarias en las regiones adivasis (indígenas), más recientemente a través de la Operación Kagaar. El gobierno del BJP llevó adelante esta operación con un objetivo declarado y un plazo fijo: eliminar al movimiento maoísta antes del 31 de marzo de 2026.

En ese marco, hubo activistas, escritores, poetas, académicos y artistas que fueron sometidos a vigilancia, arresto y procesamiento penal, incluso bajo acusaciones de conspiración o vínculos con organizaciones prohibidas. Esta historia de lucha y represión formó parte del mundo político en el que surgió este movimiento.

Más importante aún, los jóvenes han recurrido al humor, la burla, los memes, los videos y otras formas cotidianas de desafío. Resultan útiles aquí las ideas de James C. Scott sobre el «discurso oculto» y las «armas de los débiles», desarrolladas a partir de su estudio de la resistencia campesina en el sudeste asiático.

Para Scott, el silencio de los débiles no debe confundirse con consentimiento. La gente puede mostrarse sumisa en presencia del poder, pero expresar ira, crítica y resentimiento en su ausencia. Scott llama a esto el «discurso oculto». En tal situación, la gente observa, recuerda, habla entre sí, hace bromas y ridiculiza a quienes detentan el poder, incluso cuando no está dispuesta o no puede confrontarlos abiertamente.

Naxalitas intelectuales

Sin embargo, existe una diferencia importante entre los campesinos de Scott y la juventud india actual. Para los jóvenes indios, el discurso oculto ya no es del todo oculto. Sus «armas de los débiles» —bromas, memes, burlas y mofas— circulan ahora abiertamente en las redes sociales.

Además, las protestas no se limitaron a las «armas de los débiles» de Scott. En Jantar Mantar, los jóvenes también mostraron una notable firmeza, resistencia colectiva y militancia al confrontar directamente al Estado. Su lucha terminó por forzar la renuncia del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan.

El 15 de agosto de 2026, hablando desde el Fuerte Rojo, Modi declaró que el gobierno había logrado eliminar a los naxalitas armados, pero advirtió que el país aún enfrentaba otra amenaza: los dimagi Naxals —literalmente, «naxalitas intelectuales»—, un término que usó para describir a quienes acusaba de brindar apoyo o aliento ideológico al malestar social. Dijo que era necesario «identificarlos y aislarlos».

Este nuevo término se suma a formas anteriores de estigmatización, como «naxalita urbano» y «antinacional», que Modi y sus aliados han utilizado para intimidar a activistas, intelectuales, abogados, académicos y otros críticos del gobierno. Sin embargo, en lo que describo como una fase de posmiedo, la gente respondió en menos de veinticuatro horas formando burlonamente un partido político informal en Instagram llamado Dimagi Naxal Janata Party. Esta respuesta muestra cómo opera el fenómeno del posmiedo: apropiándose de las etiquetas destinadas a intimidar y convirtiéndolas en una forma de resistencia discursiva.

Aquí resulta difícil pasar por alto una ironía histórica. El exministro del Interior de la Unión, P. Chidambaram, respondió declarando que estaba «orgulloso de ser un dimagi Naxal». Como ministro del Interior de la Unión entre 2008 y 2012, Chidambaram presidió una gran escalada de la campaña estatal contra los maoístas. La ofensiva llegó a ser ampliamente conocida como Operación Green Hunt.

Unidad desorganizada

El movimiento en ascenso no encaja claramente en las categorías marxistas clásicas de la lucha de clases ni en las formas convencionales de organización política. Las personas involucradas no necesariamente comparten la misma ideología, partido, liderazgo o programa. Provienen de distintas clases, castas, géneros, regiones y tradiciones políticas.

Describo esta posibilidad como un frente único desorganizado. Empleo deliberadamente este término paradójico porque están unidos en las luchas, pero todavía no están organizados. La historia de los movimientos antifascistas nos enseña que una formación política de este tipo es frágil. La ira compartida no se convierte automáticamente en un movimiento político coherente y sostenible.

El posmiedo abre posibilidades políticas, pero no determina lo que viene después. Sin embargo, para darle a estas posibilidades una dirección política, el movimiento deberá enfrentar finalmente preguntas más difíciles que la sola resistencia no puede responder: ¿Por qué lucha? ¿A los intereses de quién representará? ¿Qué tipo de sociedad busca construir?

El movimiento de la Generación Z también plantea un desafío para la izquierda y los partidos y organizaciones políticas ambedkaritas, muchos de los cuales han sido blanco de la política hindutva. La Generación Z ha abierto un espacio político que la izquierda organizada, a pesar de años de resistencia y sacrificios, ha luchado por crear durante los últimos doce años.

La cuestión ahora es si estas tradiciones políticas pueden superar sus divisiones polémicas e ideológicas y comprometerse con este movimiento emergente. Los académicos y otros intelectuales públicos también pueden tomar prestada la libertad que las generaciones más jóvenes han creado y usar ese espacio para defender libertades más amplias.

Quizás sea de ahí de donde Roy extrae su esperanza respecto del movimiento. Su esperanza no necesita descansar en la creencia de que el movimiento ya ha derrotado a las fuerzas que enfrenta, ni siquiera de que sepa hacia dónde va. Tal vez, entonces, su esperanza resida en algo más modesto pero no menos trascendente: una generación que se atreve a mirar al poder a los ojos y decir: «Basta. Esta vez, cede tú».

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