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Historia de la clase obrera: «Las escuelas en Sewell»

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EL PORTEÑO

Un curso de la escuela 10

La Escuela Pública Número 11. Se encontraba en el sector bajo la Estación y estaba instalado en uno de los tantos edificios sorprendentes de la ciudad que, mirado desde la quebrada que daba hacia el río Coya, mostraba seis pisos. En consonancia con su envergadura, tuvo su tiempo de gloria en los años 40 e inicios de los 50, decayendo con posterioridad. Era la única escuela pública mixta del campamento.

Tenemos entendido que la Lita trabajó un corto tiempo en la 11 al llegar a Sewell, sin embargo, no recordamos por cuánto tiempo, pues se integró prontamente a la Escuela Industrial. Ya he compartido en algún relato que, curiosamente, estuve a punto de ser matriculado en la Escuela 11 en primer año básico el año 1957. Recuerdo haber ido con la Lita antes del inicio de clases. Recorrí sus espaciosas salas y conocí a su directora. Me impresionó un gran pizarrón donde la profesora de arte había dibujado con tizas de colores un paisaje campestre chileno, una suerte de motivo de bienvenida para los alumnos. Aquella visita me dejó una sensación de soledad e inquietud, tras recorrer sus innumerables escalas, pasillos y salas con escasa y pobre decoración. ¿Por qué razón la Lita quería que yo entrara a la Escuela 11 y se arrepintió a última hora? Eso sería objeto de otra historia…

Escuela 11. El edificio oscuro.

Staff de profesoras de la Escuela 11. Al centro su directora.

La Escuela Pública Número 63. Se encontraba subiendo por la empinada escala que partía entre el edificio 149 y el 501. Fue, sin dudas, la escuela más popular del campamento. Hoy día en las redes sociales gran parte de los nostálgicos recuerdan aquella escuela más que cualquier otra. El edificio no era muy grande pero debido a su ubicación privilegiada, tenía gran demanda y sus cursos eran muy numerosos.

Otra curiosidad. Pablito Guillermo hizo su primer año de preparatorias en aquel colegio y nos cuenta que recuerda sus salas oscuras y sus patios de tierra donde aprendió a lanzar el trompo, a jugar al emboque y a las bolitas. Recuerda a su profesor, el señor Gómez, personaje muy estricto a quien los niños le tenían pánico. Sus compañeros eran muy mayoritariamente hijos de mineros y trabajadores, y recuerda a dos de ellos: Marchant y un cabro rubio que se llamaba Randulfo Rand.

Alumnos de la 63

Un curso de la escuela 63

La Escuela Pública Número 12. Estaba instalada en el edificio 36, de impresionante factura. Era una escuela para mujeres. “Para damas”, se decía entonces. El único vago recuerdo que tengo de esta escuela se relaciona con haber acompañado a la Lita a una visita de cortesía, o algo así, siendo ella profesora de la Escuela Industrial. Solo recuerdo la entrada en un día soleado de invierno, lleno de gente en las calles y escaleras.

Parte posterior de la escuela 12

Alumnas de la 12. Edificio rojo: la escuela.

La Escuela Particular Número 27. Los tres hermanos estudiamos allí y también lo hicieron los primos Montaldo Lorca. Era una escuela pequeña, insertada en la parte baja del edificio 108 bajo el puente a los departamentos destinados a las enfermeras del Hospital. Un pasillo largo hacía de patio de recreos y salón de actos. La sala más grande destinada al primer año miraba al patio de los columpios y a la panadería. En esta escuela los apoderados, muchos de ellos pudientes, tenían voz y voto en el Directorio y, al decir de la Lita, fueron muchos los pequeños y grandes desencuentros que se produjeron por este motivo, ejerciendo hasta la facultad de despedir profesores y hasta una directora, la Miss Eliana. Estos mismos apoderados intentaron darle un cariz bilingüe a la escuela que, para no alterar el currículum ministerial, solo se limitó a hacer rondas y juegos en inglés en los recreos y a anunciar la hora de salida con un mensajero que recorría cada sala avisando: “Esquiusmi Miss. Taim tu liv”. Buenos recuerdos nos quedaron a todos de esta escuela y, en particular a mí, de quien fuera mi profesora por tres años, la Miss Victoria.

Niños saliendo de la escuela 27

Acto con apoderados de la escuela 27

La Escuela Norteamericana. Ubicada en la población “americana”, estaba destinada en exclusividad para hijos de gringos. Entiendo que, siendo una escuela básica, el contingente total de alumnos nunca superó la veintena de niños. Sin embargo, era una casa amplia y notablemente bien dotada de materiales de enseñanza. Alcancé a ver fotos tomadas por mi padre en ella y me impresionaba su pulcritud y sus recursos. Era un recinto perfectamente restringido para cualquier extraño, de modo que la curiosidad de Nelson y Ariel les hizo entrar por una ventanuca abierta que daba a la quebrada, pero cuando la escuela ya estaba abandonada y desierta. Esto fue el año 1978 en una de las tantas visitas al Sewell en quiebra.

Fotografía parcial de la escuela norteamericana

Niños y profesora norteamericana en la escuela.

La Escuela Industrial. Terminada la enseñanza primaria en Sewell, para muchos niños solo les quedaba integrarse al mundo laboral, o ingresar a la Escuela Industrial o emigrar a Rancagua u otras ciudades para entrar a un liceo secundario. La Escuela Industrial era, en rigor, un Instituto Politécnico con tres escuelas técnicas en su seno: la industrial, la comercial y la vocacional para mujeres. Compartían clases teóricas y generales en el segundo y parte del tercer piso. Los industriales poseían sus máquinas y tornos en el primer piso (en parte subterráneo); los comerciales tenían sus talleres de dactilografía y cálculo en el tercero y las mujeres contaban con salas de costura, confección y modas en el tercero y las cocinas en la parte posterior de la escuela. En el cuarto piso estaba el gran salón de actos.

Aquí me tengo que detener para recordar un par de jornadas muy significativas para Ariel y para mí. La Lita había ingresado a este establecimiento como profesora de Educación Física y de Biología. Con el tiempo fue nombrada Inspectora General instalándose en la inolvidable oficina con ventanas a la Plaza Morgan y a la estación del ferrocarril. Finalmente, el Ministerio de Educación la nombró como Directora del Politécnico, alojándose en aquella espaciosa oficina donde muchas veces visitamos al director anterior y vecino del 118, el señor Pacheco. Siendo Inspectora, al menos un par de veces, la Lita entró a la escuela desocupada un fin de semana o festivo a trabajar en sus informes en su oficina, y nosotros con el Yelo la acompañamos. Este prodigio nos permitió permanecer tardes enteras recorriendo cada sala, cada taller, las cocinas, las bodegas, los vestidores, y en fin, los rincones más extraños. Ninguna puerta se cerraba con llaves, incluso en las casas en aquel tiempo. Solo una breve reseña de aquellas visitas. Entramos con el Yelo a un salón de confección de ropa. Allí estaban los maniquíes en silencio y en penumbra, algunos con cabeza y otros si ellas, algunos vestidos, otros semi vestidos y algunos desnudos. Había grandes closets con prendas colgadas y el juego era deambular entre estos materiales a escondidas y en silencio para sorprender al otro y provocar espanto. En las cocinas desiertas escuchábamos ruidos en los hornos y puertas que se cerraban… Si el Yelo estuviera aquí nos diría que aquellas vivencias le activaron sueños impresionantes e imaginaciones en vigilia. En muchas pinturas del Yelo, podemos descubrir fragmentos interiores de la Escuela Industrial y en varios de ellos escenas reconocibles del cuarto piso.

Impresionante edificio de la Escuela Industrial. Hoy Museo de la Minería chilena.

Profesores en los talleres industriales de la escuela.

Clases de dactilografía a alumnos comerciales con el profesor Grogg.

Profesores del politécnico el año 1966.

El Liceo Vespertino de Sewell. Aparentemente a inicios de los años 60, los profesores don Raúl Díaz y don Arturo Fredes (Escuela Industrial) asumieron la iniciativa de crear un Liceo Vespertino que funcionó en la Escuela 11, dada las necesidades de educación secundaria para muchos niños que aspiraban a la formación universitaria. El Liceo atendió de 18 a 21 horas y los sábados en la mañana, rindiendo sus alumnos exámenes en Rancagua a fines del mes de noviembre. Fueron profesores de este Liceo: Raúl Díaz, Matemáticas; Arturo Fredes y Guillermo Reyes, Castellano y Literatura; María Oliva Bello, Inglés; Susana Orellana, Ciencias Naturales; Dinorah Rosales, Francés y Arte; Jorge Kendall, Historia y Ciencias Sociales; Rudecindo Ortega, Matemáticas e Inspectoría General.

Como podemos ver, una decena de entidades educativas, para un pequeño campamento minero que, aunque nadie lo diga, ha sido el más formidable y asombroso enclave humano del siglo 20.

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