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Guillermo Lora: «La revolución boliviana del 9 de abril de 1952»

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EL PORTEÑO

Hemos dedicado un libro al análisis de la revolución del 9 de abril de 1952 1 y ahora no nos interesa relatar detalladamente el desarrollo de ese importante acontecimiento y sí sólo fijar algunos conceptos políticos que pueden ayudarnos a la comprensión de la actividad de los trabajadores organizados y de las masas en general, en las etapas posteriores.

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DEL GOLPE DE ESTADO A LA REVOLUCIÓN

Son numerosos los documentos y testimonios que demuestran que la dirección movimientista había preparado cuidadosamente un golpe de Estado, contando con la complicidad del entonces Ministro de Gobierno Seleme. los conjurados, realizaron sondeos infructuosos en las tiendas falangistas, buscando apoyo para sus planes subversivos.

Por otro lado, era evidente que el MNR se convirtió en un partido popular y había logrado, gracias a la sistemática persecución policial desatada en contra suya y al trabajo sacrificado y heroico de sus activistas sindicales, el apoyo de grandes sectores de los explotados. Estaban dadas las condiciones para el retorno al poder de los derrocados el 21 de julio de 1946. La causa fundamental de este fenómeno sorprendente para casi todos los observadores, radica en la frustración y traición del stalinismo, que llegó al poder después del golpe contrarrevolucionario que derrocó a Villarroel, si se exceptúa la aproximación a las graderías del Palacio Quemado durante el gobierno “socialista” de Toro, que vino a poner de relieve su indiscutible vocación palaciega.

El PIR nació como un partido naturalmente entrenado en las masas, se puede decir que fue el primer partido marxista que contó con verdaderos cuadros dentro del sector minero, y perdió todas sus posibilidades de dirigir a los explotados al concluir su contubernio con la rosca (no era un misterio para nadie que Carlos Víctor Aramayo en persona prestó incontables favores al partido stalinista e inclusive financió muchas de sus actividades); desde este momento los explotados le dieron progresivamente las espaldas y se desplazaron en busca de otra dirección más consecuente con sus enunciados. El stalinismo no pudo aprovechar magníficas oportunidades para convertirse en movimiento de masas y en dirección del proletariado, esto por dos causas: la primera se refiere a la rápida disgregación del Partido Comunista clandestino de los años veinte y que contaba con el apoyo decidido del Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista. La segunda no es otra que la experiencia política para el retorno del MNR al poder, esto en un plazo inmediato, históricamente permitió que el trotskysmo, como un fenómeno excepcional, penetrase gradualmente en el seno de las masas hasta convertirse en una de las tendencias obreras más poderosas. La política de los frentes populares y de la unidad nacional, ideada y dirigida desde el Kremlin, se tradujo en Bolivia en la vergonzosa obsecuencia pirista hacia el imperialismo norteamericano, palpable opresor y explotador foráneo del país, y en el pacto político con la rosca, todo bajo el pretexto de que así se luchaba mas eficazmente contra el nazifascismo, presentado como enemigo de la “democracia” burguesa y de la civilización contemporánea. La teoría en sentido de que la vigencia de la revolución democrático-burguesa obliga a la clase obrera o aliarse y someterse a la burguesía nacional y progresista, se convirtió en los hechos, en el contubernio rosca-PIR; la ausencia de una burguesía industrial poderosa no podía menos que conducir a tan triste resultado. El antecedente inmediato de los sucedido el 9 de abril de 1952 se tiene que buscar en los resultados de las elecciones generales de 1951, realizadas bajo la presidencia del pursista Mamerto Urriolagoitia y que obligaron a consumar el famoso mamertazo (auto-golpe palaciego que permitió la sustitución de un gobernante civil por el general Hugo Ballivián) .

En febrero de 1951 se reunió, en pleno sexenio y cuando imperaba el desconocimiento de las garantías democráticas, la quinta Convención Nacional del MNR, bajo la presidencia de Hernán Siles, que era ya notable por sus desplantes, su osadía, sus proezas de valiente, aunque no todos sabían aun exactamente hasta dónde iba su pensamiento inconfundiblemente derechista (sustentaba ya posiciones mucho más conservadoras que Víctor Paz, Lechín, etc,). Esta reunión tenía como finalidad central la designación de candidatos para las próximas justas electorales. La dirección movimientista estaba interesada en presentar una fórmula capaz de arrastrar a la mayoría nacional y de vencer las resistencias que motivaban los hombres conocidos del partido nacionalista. Formalmente se propuso la candidatura del excelente poeta y calamitoso político Franz Tamayo, que iría acompañado por Víctor Paz como Vicepresidente. Este último fue uno de los pocos que vio el problema en sus verdaderas dimensiones: no se trataba de jugar a las elecciones y menos de lograr la victoria con pequeñas trampas, sino de tomar el toro por las astas e imponer una inconfundible fórmula partidista. Finalmente se proclamó el binomio Víctor Paz Estenssoro- Hernán Siles Zuazo. La derecha, segura de que el monopolio del poder le permitiría fácilmente imponer su voluntad en las urnas, fue dividida y también así lo hizo la izquierda. Los resultados fueron sorpresivos, inclusive para la mayoría de los movimientistas: el partido opositor logró triunfar, lo que debe atribuirse al hecho de que todavía las ciudades podían imponerse en las elecciones. Los resultados logrados el 6 de mayo de 1951 fueron los siguientes: Víctor Paz, 54.049; Gosálvez (PURS, partido de gobierno), 39.940; Gral. Bilbao (FSB), 13.180; Gutiérrez Vea Murguía (candidato de la empresa Aramayo), 6.559; Tomás Manuel Elío (Partido Liberal), 6.441 y José Atonio Arze (pirista y candidato de los universitarios), 5.170.2

Ya sabemos que el general Ovidio Quiroga. comandante en Jefe del Ejército designó como Presidente de la República al Gral. Hugo Ballivián, anulando así, con un simple golpe de espada, lo obtenido en las elecciones. No era el ejército como tal el contrariado, sino la minería, que comprendió con claridad que la victoria movimientista y su llegada al poder importarían el desbordamiento de las masas y recurrió a los generales como a su última carta. Tal es el verdadero sentido del mamertazo (16 de mayo de 1.95l).

El MNR se dio modos para sacar toda la ventaja posible del escamoteo electoral y convirtió en bandera de agitación su victoria y la usurpación consumado por el gorilísmo. Esta campaña se desarrolló de modo inseparable con su demagógica propaganda en contra de los organismos norteamericanos que adquirían. más y más preeminencia dentro del país.

La insurrección movimientista, que comprometió a las fuerzas de carabineros encargadas de garantizar el orden público, comenzó con todas las características del golpe de Estado blanquista, confiando su victoria al manejo o neutralización de ciertas unidades del ejército o el pronunciamiento de determinados jefes con mando de tropa. El General Humberto Tórres Ortíz reagrupó a los efectivos militares, opuso tenaz resistencia y pasó al ataque contra los facciosos.

Fueron la prolongación de la lucha, el traslado de la enconada pugna en el cuartel o los ministerios a las calles, los que permitieron que las masas se incorporasen a la batalla, que tomasen en sus manos la suerte del choque armado y determinasen la victoria del MNR como partido. Sería incorrecto limitarse a hablar de las masas así en general, esto porque lo que importa es qué clase social las dirige o se convierte en eje fundamental. Las masas populares jugaron el papel de tegumento del proletariado fabril en las ciudades (la experiencia de lucha de este sector es sumamente rica constituyendo la masacre de Villa Victoria de 1949 uno de los puntos culminantes) y también del minero.

No se trata simplemente de que las masas explotadas determinaron con su acción la victoria, de que se apoderaron de las armas del ejército (así se efectivizó la consigna de que el arsenal natural del pueblo esta en los cuarteles), sino de que transformaron, con su presencia y acción, un golpe de Estado en una verdadera revolución. Ya no se buscó sustituir a un grupo militar o civil por otro, todo dentro de la política de la misma clase, sino de desplazar del poder a la rosca y a sus testaferros para reemplazarlas por el partido de la pequeña burguesía.

Las masas estaban allí, determinando autoritariamente el curso de los acontecimientos, pero no lograban expresarse adecuadamente en el plano político. Su acción fortalecía al MNR y éste se apropiaba, de manera natural, del esfuerzo, heroísmo, etc. de los explotados. El MNR pudo hablar a nombre del país. La lucha concluyó con la victoria movimientista, como se desprende del Acta de Laja (11 de abril):

“En las ciudades del interior, los Comandos Políticos Regionales entrarán en contacto por intermedio del Estado Mayor General con las autoridades políticas designadas por el Presidente de la Junta señor Hernán Siles Zuazo.

“Inmediatamente de conocida esta comunicación todas las unidades militares, de carabineros y elementos civiles se retirarán a sus bases. Todos los elementos civiles o militares que desacaten este acuerdo o cometan atentados contra la vida y la propiedad de los habitantes de Bolivia será pasibles de las sanciones que señalan las leyes.

“Firmando: General Humberto Torres Ortíz, Hernán Siles Zuazo.

“Refrendan esta acta los siguientes Jefes y Oficiales del Ejército Nacional y dirigentes de la Revolución: Firmado: General Francisco Arias; General Jorge Rodríguez H.; Cnel. Edmundo Paz Soldán; Coronel Claudio Moreno Palacios; señor Jorge del Solar; señor Luis Peláez Rioja; Dr. Fulvío Ballón Viscarra”.

Los hechos nos dicen que un partido popular, que enarbolara consignas radicales, cierto que demagógicamente, centró toda su atención en la preparación de un perfecto golpe de Estado, poniendo cuidado en cerrar todas la compuertas por donde pudiesen colarse las masas (el golpe de Estado se idea y se ejecuta a espaldas de éstas y procurando que no irrumpan en el escenario). Esto que puede parecer paradójico se explica perfectamente si se tiene en cuenta la naturaleza y programa del MNR.

El partido pequeño-burgués sabía perfectamente, y esto por la experiencia que había vivido durante el gobierno Villarroel, que la clase obrera puesta en píe y cuando adquiere su propia fisonomía, tiende a imponer su línea política, su estrategia, lo que supone la acentuación de la tendencia a superar las limitaciones propias del partido y gobierno nacionalistas pequeño-burgueses, que son las limitaciones propias del marco capitalista.

Lo anterior explica por qué el MNR prefería un golpe de Estado en seco, sin participación militante de las masas, aunque buscaba el apoyo de éstas y, por supuesto, el control sobre ellas. Un gobierno nacido de semejante golpe tendría muchas posibilidades de lograr el apoyo del imperialismo y de realizarse en un marco de pos social. Los acontecimientos que se sucedieron en abril de 1952 y después han venido a demostrar que el MNR tenía razón en sus apreciaciones.

Antes que nadie conociese el documento de Laja y que tiene un marcado sabor de capitulación, las tropas regulares del ejército, los cadetes del Colegio Militar y los oficiales, volcaron sus gorras y corrieron despavoridos, entregando sus armas a quien quisiese tomarlas. Los fabriles habían aplastado a varios regimientos. Los mineros de San José hicieron morder el polvo de la derrota a los soldados y oficiales, en Papel Pampa y las proximidades de la fábrica ILBO; desde Milluni se descolgaron hacia el Altolos trabajadores del subsuelo, más fuertemente entroncados en el campesinado que sus hermanos de otras regiones, y rápidamente se convirtieron en amos de un punto estratégico. Nunca se dirá bastante acerca de la historia de las luchas obreras y campesinas en esta región paceña, que cobran singularidad porque se dan en toda su pureza como choque de deteminadas clases sociales explotadas contra los organismos de opresión, casi sin interferencias extrañas. En el cementerio de Alto Madidi 3, algunas cruces rústicas de madera señalan el lugar donde fueron enterrados numerosos campesinos, que fueron llevados hasta allí como prisioneros políticos durante el sexenio.

Desde entonces se ha repetido una y otra vez que los obreros destruyeron al ejército. Esta evidencia (que, sin embargo, es preciso explicarla para que no pase como una simpleza) ha sido opuesta a la argumentación de los foquistas: los grupos armados y debidamente entrenados desde el punto de vista técnico son los únicos capaces de luchar con éxito contra el ejército regular, acción que, al mismo tiempo, ahorraría mucha sangre de los explotados. Los contradictores decían y dicen todavía que las masas pueden pulverizar a todo un ejército y esto de una manera por demás veloz.

Esta concepción simplista considera que la destrucción del ejército en abril de 1952 , una de las consecuencias políticas de enorme significación, se realizó a través de batallas formales y de la noche a la mañana, para ella no hubieron procesos previos e imprescindibles que actuaron en el seno de las fuerzas armadas. Las cosas presentadas de esta manera permiten creer que el proletariado -una clase explotada, desposeída de los medios de producción, de gran porte de la cultura y que no tiene poder económico alguno- puede lograr organización y capacidad de fuego superiores (contar con todas las armas imaginables) a las de un ejército regular, que, como el boliviano, ha sido organizado y entrenado con la finalidad central de aplastar a las masas subvertidas (de esto hablan las constituciones políticas más democráticas y los actos de todos los dictadores). Si esta hipótesis absurda sería posible plantearla el problema de que ya no es necesario luchar por la conquista del poder político o que éste hace tiempo que esta en manos de los explotados de ayer.

Si recordamos los datos de la historia de las jornadas de abril, llegaremos al convencimiento de que el equipo gobernante, como expresión de un orden social caduco y en desintegración, se desmoronaba a pedazos. El golpe de Estado fue gestado a nivel ministerial y los conspiradores jugaban con las unidades armadas para asegurar su propia victoria. No puede exigirse mayor prueba del hundimiento de uno de los pilares fundamentales del gobierno: el poder Ejecutivo. El aparato represivo se diluía y no pudo soportar la presión ejercitada sobre él desde el exterior. En estas condiciones, el ascenso revolucionario de las masas se proyectó directa e imperativamente sobre las fuerzas armadas, creando en su seno una serie de tendencias centrífugas; vale decir, que muy fácilmente pudo dislocarlas desde dentro. Los choques y las batallas no fueron más que el golpe de gracia a un proceso que se desarrolló larga y profundamente.

Las masas, aunque no necesariamente el MNR, personificaron en el ejército rosquero a todos sus enemigos y a los causantes de sus males. Las razones sobraban para esto. El ejército rosquero, directamente entroncado en la aristocracia terrateniente y, como ésta misma, destinado a defender los intereses de la gran minería, tiñó reiteradamente sus bayonetas con la sangre de obreros y campesinos. Desde entonces, la clase dominante no encontró mejor fórmula para resolver los agudos problemas sociales y políticos que la masacre: se confundían la paz de las tumbas con la paz social y la estabilidad política. La tambaleante democracia y sus dificultades crecientes se expresaron y encontraron soluciones a través de los cuartelazos y golpes de fuerza. Objetivamente, los elementos uniformados aparecieron como verdugos de los humildes, pero el hombre de la calle los aisló de la clase dominante y se tomó la libertad de considerarlos muy por encima de la lucha de clases, de esa lucha en la que los explotados son los principales y necesarios protagonistas.

El ejército es sólo una parte del aparato represivo, la encarnación de la violencia de una sociedad basada en la explotación del asalariado; lo que tiene que destruirse son los fundamentos de esta sociedad y de esta explotación, entonces no podrá ya existir un ejército diferente a las masas, contrario a sus intereses y convertido en látigo de los oprimidos. Consiguientemente, las masas en abril de 1952 se consideraron ya libres porque el ejército fue disuelto a bala, hecho que se oficializó mediante solemnes actos gubernamentales. El Colegio Militar cesó simplemente de existir, por considerar que los revolucionarios no podían permitir un centro de formación de los carniceros de las masas. En los primeros momentos, se tuvo la impresión de que la jerarquía movimientista, particularmente los señores Paz Estenssoro y Lechín, estaban de acuerdo con la necesidad de la desaparición del ejército de charreteras, botas etc., como expresó chabacanamente el “líder” obrero. No se trataba de la consecuencia de posiciones doctrinales, sino del inconfundible seguidismo a las masas todavía encabritadas. En lo que hicieron y dijeron esos políticos no había ninguna posición orientadora, sino simplemente la repetición de un empirismo a toda prueba. Un poco después, estos mismos dirigentes se encargarían de imprimir características legales a las imposiciones imperialistas acerca de la urgencia de volver a poner en pie a las fuerzas armadas.

Las masas y sus organizaciones (la Central Obrera Boliviana, los partidos marxistas, éstos últimos moviéndose entre la tolerancia del gobierno y la clandestinidad) consideraron que no sólo había que destruir al ejército y evitar su resurrección, sino que, para poder defender eficazmente la revolución de la arremetida de sus enemigos de dentro y fuera, se imponía la necesidad de reemplazarlo por las milicias obrero-campesinas, que aparecieron, vivieron y se destruyeron como el brazo armado de las masas que habían logrado imponerse a la rosca y a su ejército.

La existencia y fortalecimiento de las milicias -consigna y tradición de los movimientos obrero y revolucionario- están subordinados a la politización y actividad de las masas. Cuando éstas eran dueñas de la calle, cuando desde la COB vigilaban e imponían sus decisiones al Poder Ejecutivo, impulsaron la estructuración y fortalecimiento de las milicias. Los explotados al movilizarse vigorosamente, a fin de imponer sus decisiones y al convertir a sus organizaciones en órganos de poder, se plantearon como una necesidad inaplazable la formación de las milicias obrero-campesinas, no como entidades colocadas por encima de ellas, extrañas a sus intereses o designios, sino como una expresión armada de su propia actividad cotidiana, como un instrumento indispensable para la imposición de sus decisiones, frente a la resistencia de los enemigos de clase y a la estulticia del gobierno. La defensa de la revolución se presentaba inseparable del logro de nuevas reivindicaciones. Cuando las masas ingresaron al período de momentánea depresión, se registró un aflojamiento en el funcionamiento de las milicias obrero- campesinas, punto de partida de su posterior degeneración, de su movimientización y de su total destrucción futura. Las milicias no pueden mantenerse independientes al desarrollo y vicisitudes de la politización de las masas. Las milicias fuertes se convirtieron, así en uno de los elementos que plantearon la posibilidad de la conquista del poder por los explotados. Más tarde, cuando se produzca la victoria de los explotados se transformaran en pilares del futuro ejército proletario, elemento indispensable para la defensa de la revolución.

No bien el gobierno movimientista pudo emanciparse de la presión y control directo de los explotados, atrevidamente se orientó hacia la derecha y hacia posiciones inconfundiblemente pro-imperialistas. Entonces se pudo constatar que las presiones foráneas se transformaban rápidamente en leyes y actos del gobierno criollo, lo que importaba pasos decididamente antipopulares y antinacionales. Fue de esa naturaleza la reorganización del ejército: imposición de los Estados Unidos para que sirviese de factor de control decisivo del amenazante proletariado. Simultáneamente, se procedió a desarmar a las milicias, es decir, a destruirlas físicamente, a eliminarlas del escenario, no a asimilarlas en el seno de las nuevas fuerzas armadas, que a los dirigentes movimientistas se les antojaban democráticas y expresión de los intereses de las masas, sino simplemente por algún tiempo campearon las milicias mercenarias al servicio del oficialismo y que actuaron como fuerza represiva de los sindicatos.

Se tiene que comprender que no puede concebirse la coexistencia pacífica del ejército al servicio de la reacción interna e internacional y de las milicias obrero-campesinas, a través de choques y fricciones uno de ellos tiene que imponerse, lo que supone la victoria de la revolución o de la contrarrevolución.

Las fuerzas armadas expresan descarriada y brutalmente la evolución común a los movimientos nacionalistas de los países atrasados: pueden usar consignas pretendidamente antiimperialistas. y que tengan relación con los intereses populares e inclusive abusar de ellas, pero concluyen invariablemente postradas ante el imperialismo y reaccionan contra las fuerzas revolucionarias del interior del país. La orientación pro-yanqui y contra-revolucionaria se ha dado en el ejército boliviano en toda su nitidez debido a que ha sido organizado, financiado y entrenado por el imperialismo. esto si consideramos que el ejército está definido, en lo que se refiere a la política que desarrolla y a su fisonomía oficial, por su alta jerarquía. Como. quiera que es producto de la clase dominante, refleja las contradicciones internas de ésta y pueden generarse en su seno tendencias nacionalistas que opongan resistencia a la presión imperialista y a la orientación seguida por los mandos tradicionales; sin embargo, estas corrientes rebeldes no podrán, llevar su “antiimperialismo” hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta confundirse con las postulaciones proletarias, y, tarde o temprano tendrán que concluir postradas ante el enemigo foráneo.

El proceso iniciado el 9 de abril ha agotado todas las posibilidades liberadoras de las fuerzas armadas y en esta medida el proletariado ha madurado políticamente al haber superado las ilusiones que frecuentemente nacen acerca del antiimperialismo, del obrerismo y de la viabilidad de los planes castrenses de desarrollo del país dentro de los moldes capitalistas. El sector más osado e izquierdista (izquierdista con referencia al resto de la entidad castrense) de las fuerzas armadas no va más allá que la izquierda del nacionalismo burgués o pequeño-burgués, puede diferenciarse de éste únicamente por el uso de particulares métodos de gobierno. Pese a esta realidad, que emerge del análisis de los acontecimientos, los sectores militares se mueven animados de la certeza de que se encuentran por encima de la sociedad y de sus luchas internas.

Los gobiernos nacionalistas de los países atrasados, particularmente los castrenses, tienden a devenir bonapartistas, oscilantes entre el imperialismo y la burguesía nacional y el proletariado indígena. No se trata de una abstracción (muchos “marxistas” se limitan a invocar este bonapartismo para ahorrarse el trabajo de analizar una situación política concreta). El bonapartismo de los nacionalistas no busca otra cosa que forjar autoritariamente una sociedad burguesa próspera, ésta es su estrategia y ésta su limitación, y así se encamina hacía la capitulación frente al enemigo imperialista. En determinadas circunstancias, puede exclusivamente apoyarse en las fuerzas armadas y en la burguesía criolla, entonces inaugura un régimen de corte policial. Generalmente, precisa el respaldo de la clase obrera, puedeorganizarla (eso hizo Villarroel) y movilizarla, para así poder resistir mejor la presión imperialista e incluso lograr estabilidad política interna. De todos modos, los nacionalistas, con la careta bonapartista o no, se empeñan seriamente en mantener controladas a las masas, en evitar que sigan su propio camino y se desborden de los límites fijados por el gobierno.

El tiempo y la amplitud del movimiento oscilatorio, propio del bonapartismo, al que puede someterse la burguesía nacional depende de su fortaleza económica, de la que parten sus posibilidades políticas, de la belicosidad y politización del proletariado e inclusive de las coyunturas internacionales mas o menos favorables. El gobierno Villarroel mostró rasgos bonapartistas a lo largo de toda su existencia. El centrismo pazestenssorista (centrismo dentro del MNR, ciertamente) se puede decir que fue bonapartista en los primeros momentos, por breve tiempo, reflejando así el impetuoso empuje de las masas, pero bien pronto se inclinó atrevidamente hacía las posiciones proimperialistas.

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PROLETARIADO Y BURGUESÍA NACIONAL

Una de las particularidades bolivianas consiste en la extrema debilidad de la burguesía nacional, económicamente entregada al imperialismo y políticamente muy débil, lo que determina que sea sustituida por la pequeña burguesía cuando se trata del enunciado e intentos de realización de las tareas democráticas pendientes y del desarrollo del país dentro de los lineamientos capitalistas. Las conclusiones que, tanto en el campo de la teoría como de la experiencia, se han logrado en los ámbitos internacional y boliviano sobre la burguesía nacional son aplicables a los movimientos nacionalistas y antiimperialistas timoneados políticamente por partidos pequeño-burgueses. Sería absurdo sostener que el radicalismo verbal de los intelectuales pequeño-burgueses, pudiese conducir, en el terreno de los hechos, más allá de los planteamientos “progresistas” de la burguesía nacional. La pequeña burguesía, aunque esté atacada de una aguda histeria, no puede desarrollar consecuentemente una política propia, diferente a la burguesa o proletaria (los corifeos de la tercera posición peronista y del velasquismo parten de este supuesto), está condenada a verse reducida a la condición dé correa de transmisión de los intereses imperialistas o bien, excepcionalmente, a disolverse en el movimiento dirigido por la clase obrera.

La revolución del 9 de abril de 1952, que inicia un proceso nacionalista que recién está a punto de cerrarse, viene a confirmar, nuevamente, la ley más general de las revoluciones en los países atrasados en nuestra época, que es la época de desintegración del capitalismo que está viviendo su última fase. Esa ley puede ser enunciada muy sintéticamente de la manera siguiente: la dirección política nacionalista de contenido burgués puede siempre (debido a que importantes tareas democráticas se encuentran incumplidas y por ser un hecho indiscutible la opresión nacional por parte del imperialismo) acaudillar a las masas en la lucha contra el enemigo foráneo y por el desarrollo y modernización del país, pero, no bien el proletariado se incorpora a la lucha y cobra su propia fisonomía (adquiere independencia de clase tanto ideológica como organizativa) se empeña por llevar el proceso mas allá de los límites burgueses, vale decir, más allá de los intereses de los nacionalistas de contenido burgués; mientras la dirección burguesa o pequeño burguesa está condenada a detenerse en medio camino de las realizaciones (esto cuando es impulso venido desde muy abajo le obliga a plantearse la ejecución de tareas de alguna importancia), el proletariado pugna por llevarlas hasta sus últimas consecuencias, hasta la destrucción de toda forma de opresión de clase, que supone necesariamente la superación del régimen de la propiedad privada, basamento indispensable para la existencia y actuación de la burguesía y de la pequeña burguesía. Así se abre la pugna inevitable entre la dirección nacionalista y el proletariado, que al plantear su propia política de clase tiende a convertirse en caudillo nacional, a tomar en sus manos los problemas e intereses de las masas explotadas; choque insoslayable porque es la expresión de intereses de clase contrapuestos. Desde este momento el proletariado marcha pisándole los talones a la burguesía, buscando arrancarle la dirección política de las masas y, en su momento, desplazarla del poder. La incapacidad demostrada por el nacionalismo para cumplir a plenitud las tareas democráticas, para satisfacer las demandas más apremiantes de las masas, abre la perspectiva de que el proletariado pueda convertirse en clase gobernante, actuando como caudillo nacional (la movilización y explosividad del campesinado llevará al poder a la clase obrera). El proceso revolucionario para llegar a su culminación debe encontrar en el proletariado a su dirección y en la dictadura del proletariado (gobierno obrero-campesino) el marco de su plena realización; su empantanamiento en los límites. capitalistas, en el estrecho marco del nacionalismo, le llevarán irremediablemente a su degeneración y derrota por la reacción internacional y nacional.

Es el proletariado amenazante el que limita la capacidad de maniobra y de demagogia de la dirección nacionalista; es la fuerza que le empuja hacia las posiciones derechistas y a los brazos del imperialismo, como la personificación de la contrarrevolución. La burguesía nacional que comenzó pregonando en voz alta su antiimperialismo y su programa de liberación nacional, concluye reptando a los pies de la metrópoli opresora, a fin de poder lograr su apoyo decisivo para arrinconar y aplastar a la clase obrera, su aliada hasta la víspera. La dirección nacionalista que comenzó poniendo en pie a los explotados y organizándolos, concluye usando la violencia contra ellos y masacrándolos, en el vano intento de detener en medio camino el proceso revolucionario.

Es la presencia militante del proletariado la que modifica profundamente las perspectivas de la revolución en los países atrasados, la que permite que las tareas democráticas se transformen en socialistas, bajo el signo de la dictadura de la clase obrera, es esta presencia la que hace posible que la rebelión campesina se convierta en uno de los factores que hace posible la toma del poder por la clase revolucionaria de la ciudad. Al mismo tiempo, es el proletariado el que limita las posibilidades de dirección de las masas por parte de la burguesía nacional.

No es casual que el sector burgués más atrevido agote todos los recursos para mantener su control sobre el movimiento obrero y en la medida en que se efectiviza éste cobra una gran capacidad de maniobra. Acertadamente comprende que la independencia de clase del proletariado y la estructuración de éste en partido político (que supone la enunciación de una estrategia clasista particular) constituye una de las mayores amenazas para ella y.por eso lucha enconadamente para impedir que se realicen.

El proceso nacionalista boliviano se ha cumplido a plenitud, podemos decir que ha agotado todas sus posibilidades. Comenzó como la posición antiimperialista más atrevida, proponiendo la expulsión del país de las misiones norteamericanas y concluyó, al acentuarse sus tendencias derechistas y cobrar autonomía a costa de la derrota de las de izquierda, asumiendo contornos gorilas-fascistas, como instrumento incondicional del fascismo. El que en su momento fue producto del empuje de las masas acabó masacrándolas despiadadamente.

En Bolivia se han agotado no solamente los partidos y las soluciones propuestas por los partidos políticos de la rosca y de sus sirvientes (FSB, PDC, PSD,etc.), sino todas las variantes del nacionalismo pequeño- burgués, desde las cerradamente antisocialistas hasta las que no tuvieron el menor reparo de proclamar desde los balcones del Palacio Quemado su marxismo y la calidad obrero-campesina de sus gobiernos; que es esto lo que dijo en tono vergonzante el Paz Estenssoro de los primeros momentos. La tragicómica historia de este personaje resume todo el itinerario recorrido por el nacionalismo en general y no

únicamente por su partido, el MNR. Todavía están frescos los recuerdos de su histeria anti-yanqui, de su furioso izquierdismo, de su estrecha hermandad con el señor Lechín, cuando éste parecía expresar los sentimientos y los intereses del proletariado; tampoco se ha olvidado aún su caída a consecuencia de la conspiración traidora del gorilismo o sea de la derecha movimientista, y bien pronto asoma en el escenario cogido de la levita del gorila Banzer, dispuesto a suscribir todos los actos y las palabras más reaccionarios, antinacionales y antiobreros. Para que la farsa quede completa, es el mismo gorilismo el que lo arroja del país, al comprobar que se ha agotado totalmente como político con posibilidades de impresionar o de controlar a los explotados bolivianos.

El ciclo nacionalista se inicia el 9 de abril y, siguiendo una línea tortuosa y contradictoria, pasando por el desplazamiento hacia posturas francamente fascistas y por otros momentos democratizantes, se prolonga hasta nuestros días, cuando es posible comprobar toda su degeneración, la negación por los propios actores de su papel de los primeros momentos, cuando ofician de testaferros confesos de los intereses antinacionales del imperialismo y de la reacción criolla. La ley de la revolución que hemos enunciado más arriba se ha cumplido a plenitud. Ya sabemos lo que ofrece el nacionalismo pequeño- burgués y lo que puede dar.

Sólo a un reaccionario de cuerpo entero y a un capitulador se le puede ocurrir proponer, después de la larga y variada experiencia nacionalista, la necesidad del advenimiento de gobiernos nacionalistas por todo un período antes de que sea posible la dictadura del proletariado, como lo hacen los diversos matices del stalinismo. Esto importaría un retorno a la teoría de la revolución democrático-burguesa, como etapa previa e imprescindible a la revolución dirigida por la clase obrera, teoría que utilizó el MNR en su empeño de cerrar al proletariado el camino hacia el poder. La evolución política del país, el desarrollo del asalariado como clase, el total agotamiento en el poder de todas las variantes imaginables del nacionalismo, determinan que sólo la dictadura del proletariado, directamente apuntalada por lasmasas campesinas y pequeño-burguesas de las ciudades, se perfile como forma gubernamental capaz de consumar la liberación nacional, cumplir a plenitud las tareas democráticas y abrir la perspectiva del socialismo. El gobierno obrero-campesino 5 inaugurará una nueva etapa histórica, que se proyectará hacia la destrucción de toda forma de opresión de clase.

Lo anterior no supone que el gorilismo de nuestros días 6 sea inmediata y directamente sustituido por el gobierno obrero-campesino o sea seguido por la victoria, en las calles, de los explotados políticamente dirigidos por el proletariado. El proceso de desintegración del nacionalismo, esta vez en su manifestación fascista, puede todavía pasar, y seguramente seguirá este camino, por uno o varios golpes de Estado, cuyos protagonistas volverán a levantar la bandera caída del nacionalismo (el velasquismo no es para los bolivianos ninguna novedad, el MNR de los primeros momentos fue más radical y más operativo que su variante peruana); pero se tratará simplemente de episodios que marcarán el total hundimiento del nacionalismo, accidentes en la marcha de los explotados hacia el gobierno obrero-campesino, no existen ya posibilidades, pese a que el nacionalismo en su desesperación por contener a los explotados puede utilizar los métodos del totalitarismo fascista o del democratismo populachero, para que inaugure un largo período de transformaciones de corte burgués. No nos referimos a los accidentes, sino que planteamos el problema dentro de la perspectiva histórica.

La clase obrera ha madurado políticamente partiendo de su experiencia adquirida dentro del partido y gobierno nacionalistas. Ha estado de paso dentro del MNR, cuando este agrupaba en sus filas a una parte considerable de los explotados de las ciudades y del campo, ha seguido todas las vicisitudes de la izquierda movimientista y, finalmente, se ha planteado la necesidad histórica de la construcción de su propia vanguardia. El agotamiento de la experiencia nacionalista, la demostración, en el terreno de los hechos, de sus limitaciones e impotencia para consumar la revolución democrática, ha significado, al mismo tiempo, la elevación de la conciencia de clase de los trabajadores, en este sentido no se trata de una experiencia inútil, de una simple pérdida de tiempo o de una derrota que empuja al proletariado a un callejón sin salida. Si el MNR hubiese cumplido sus promesas y hubiese sido capaz de realizar las tareas democráticas, que habrían servido de fundamento para el desarrollo por mucho tiempo de una sociedad  capitalista próspera y de una democracia de corte capitalista, no hubiese sido posible plantear la conquista del poder por el proletariado como tarea inmediata, sino solo como resultado del gran desarrollo industrial del país, de la proletarización de varios sectores de la clase media y de la educación política y sindical de los explotados dentro de la democracia burguesa. El hecho indiscutible del fracaso del programa de la reforma agraria, en la medida en que no ha permitido poner en pie a una amplia capa de pequeños propietarios prósperos, y de saciar la sed de tierra de los campesinos, que énriquecidos se habrían convertido en muro infranqueable colocado frente a la lucha, y objetivos de la clase obrera (partiendo de este desarrollo hubiese quedado abierta la posibilidad de la concentración capitalista de la propiedad de la tierra, de manera que el minifundio se habría encaminado a desembocar en la gran hacienda burguesa), abre la posibilidad de que el actual desarrollo político desemboque en la dictadura del proletariado.

La experiencia nacionalista del MNR, que por negativa confirma las conclusiones de la teoría de la revolución permanente, es decir, las conclusiones de la vanguardia proletaria, vale también para los regímenes nacionalistas que le sucedieron, bien sean éstos de corte fascista (Barrientos, Banzer, Pereda) o democratizantes y populacheros (Ovando, Tórres, Padilla). Esa experiencia, que debe aplicarse a todo el ciclo nacionalista, puede resumirse como la incapacidad para cumplir a plenitud las tareas democráticas y para consumar la liberación nacional. En la medida en que los regímenes nacionalistas, incluidos los más radicalizados no pueden ir mas allá de la propiedad privada, cordón umbilical que les liga, en el lejano vientre de la sociedad actual, con la burguesía internacional, denuncian que, en último término, son conservadores sobre todo si se tiene en cuenta la estrategia del proletariado.

Ciertamente que la lucha antiimperialista constituye la piedra de toque para los movimientos nacionalistas. Las masas, particularmente cuando permanecen en el seno de partidos que les son ajenos, alientan, entre sus ilusiones, la especie de que el nacionalismo de contenido burgués busca nada menos que romper las ataduras económicas que supeditan al país a la metrópoli imperialista. Los actos y hasta la teoría de los gobiernos nacionalistas, demuestran una cosa diferente: el antiimperialismo pequeño- burgués se limita, en verdad, a buscar un reacondicionamiento de las relaciones entre el país atrasado y la metrópoli, de manera que se vendan las materias primas y se entregue el control del país en mejores condiciones que las imperantes. Si detrás de estas exigencias se encuentra la posibilidad de imponer por un período de paz y estabilidad social, política y legal el imperialismo las concede gustosa, porque así asegura su explotación sobre el país. Este antiimperialismo es cualitativamente diferente al planteamiento del proletariado. para el que la liberación nacional es sólo un aspecto de la revolución obrera y que se consumará plenamente sólo dentro del gobierno obrero-campesino y de la revolución internacional.

4
PAPEL DEL PARTIDO OBRERO

El partido obrero se estructuró en su tenaz e ininterrumpida lucha contra el nacionalismo. Está fuera de discusión la necesidad de defender al gobierno nacionalista cuando, por las medidas que adopta, casi siempre bajo la presión de las masas que son dueñas de las calles, es atacado por el imperialismo y por la reacción interna. El solo hecho de que la burguesía nacional plantee la solución de las tareas democráticas y comience su ejecución, está demostrando que es diferente a la reacción interna, a los sectores burgueses más ligados al feudalismo y a aquellos que se limitan a servir a la metrópoli, y mucho más a la burguesía internacional. Lo que tiene que comprenderse con toda claridad (sobre este punto se agudizan las diferencias con la llamada izquierda nacional, con el stalinismo e inclusive con los sedicentes trotskystas) es que esta defensa, que es un deber elemental de los revolucionarios, no debe confundirsecon el apoyo al gobierno burgués o con el seguidismo a su política, bajo el argumento de que la opresión imperialista, siendo nacional, anula o disminuye la lucha de clases al extremo de que el proletariado debe postergar sus planteamientos para no molestar a la burguesía, etc. No. La opresión imperialista exacerba la lucha de clases dentro del país, lo que se exterioriza por el hecho de que el proletariado lucha tercamente para arrancar a las masas del control de los partidos políticos de las otras clases sociales, lo que importa que la lucha de clases se eleva a su más alto nivel, el político.

Por tratarse, precisamente, de las tareas democráticas y porque éstas son planteadas e iniciadas por el nacionalismo de contenido burgués, el partido de la clase obrera tiene la obligación elemental de alertar a las masas acerca de las limitaciones congénitas de ese gobierno y de sus planteamientos. La experiencia vivida bajo el gobierno movimientista de la primera época, cuando éste atravesaba su período de mayor

radicalización, nos enseña cómo la demagogia y también la impotencia del nacionalismo le empujan a tomar las consignas más sentidas del movimiento obrero para llenarlas de un contenido extraño y a veces hasta reaccionario, si se toma en cuenta el nivel alcanzado por los avances del movimiento de masas. Si no fuese así no habría posibilidad de enunciar una política independiente del proletariado, ésta se confundiría con los planteamientos nacionalistas y se diluiría en ellos; por este camino la clase obrera no puede lograr convertirse en clase, persistiendo, contrariamente, en su condición de retaguardia de las otras clases y particularmente, del nacionalismo burgués, El alentar ilusiones acerca de las posibilidades revolucionarias del nacionalismo y del cumplimiento de su programa enunciado en oposición, constituye el primer paso que conduce al apoyo a la política burguesa y al gobierno extraño a la clase obrera, o que ciertamente importa una capitulación y un abandono de la estrategia del proletariado.

Si el objetivo inmediato consiste en educar políticamente a las masas y lograr que se alineen de acuerdo al programa de la vanguardia revolucionaria de la clase obrera, es claro que tiene que comenzarse por poner al desnudo las limitaciones del nacionalismo, por señalar los verdaderos alcances de todas las soluciones que propone a los problemas nacionales. No existe ninguna otra posibilidad de educar a los explotados si no se utiliza a fondo la crítica a un movimiento que no pocas veces es un aliado transitorio del proletariado.

La critica no quiere decir, necesariamente, resistencia a concluir acuerdos políticos con el nacionalismo (y añadiremos que también con el stalinismo). Pero estas alianzas, sí están al servicio de la revolución, no deben permitir que la clase obrera pierda su independencia y menos su política propia; contrariamente, la política de aliados debe permitir al partido revolucionario convertirse en caudillo nacional, objetivo que pasa por la lucha encaminada a arrancar a las masas del control político del nacionalismo y de otras direcciones que le son extrañas. Así se forma y fortalece el partido revolucionario. No es suficiente la enunciación del programa, éste debe encarnarse en los sectores más avanzados de la clase, lo que sólo puede lograrse si se someten a las más severa crítica los enunciados y los actos del nacionalismo.

El Partido Obrero Revolucionario (POR) ha seguido esa línea política frente al MNR en el poder. Su mayor mérito consiste en haber anunciado antes de 1952, durante esas jornadas y después, el carácter burgués y limitado de las medidas movimientistas y la certeza de que tarde o temprano iba a aliarse con el imperialismo contra los explotados bolivianos; a posteriori es sumamente fácil decir que tal pronóstico ha quedado totalmente cumplido y que se ha convertido en la fortaleza de un partido que ha podido soportar por mucho tiempo la soledad y la represión “democrática” o fascista del nacionalismo en todas sus facetas. Nadie discute que la desmovimientización de las masas es, en gran medida, obra del POR (ésta no hubiera podido darse sí los explotados no hubiesen madurado suficientemente a través de su propia experiencia diaria), lo que resulta sumamente extraño y sospechoso es que no se aplique consecuentemente esa actitud, debidamente probada en el caldero de la práctica cotidiana, tratándose de manifestaciones nacionalistas post-movimientistas, teniendo en cuenta que éstas se distinguen por su modestia de objetivos y por su rapidísima capitulación ante el imperialismo. Ha sido posible acelerar la desmovimientización porque, con ayuda de la teoría de la revolución permanente, fue oportunamente elaborado el pronóstico político en ese sentido; el trabajo de los activistas en el seno de las masas, por muy importante y sacrificado que haya sido, hubiera resultado imposible si hubiese estado ausente el programa, se habría diluido en el empirismo y oportunismo, como tantas veces ha ocurrido.

Podemos sacar otra enseñanza de la experiencia acumulada bajo los gobiernos movimientistas y que es sumamente valiosa para comprender la verdadera relación existente entre el grueso de las masas y el partido revolucionario. Aquellas tienen que madurar políticamente para elevarse hasta la altura del programa revolucionario, mientras esto no ocurra el partido no podrá pasar de los pequeños círculos, trabajando animosamente en medio de masas indiferentes y hasta contrarias a su actividad. Repetimos que en la base de la madurez política de los explotadas se encuentra su propia experiencia y sólo en segundo lugar la labor propagandística y de crítica ejercitada por los cuadros partidistas. Sólo cuando se da determinado nivel de desarrollo político se puede decir que están abiertas las posibilidades para que el partido se transforme en una organización de masas. Cuando los explotados comienzan siendo movilizados y organizados por direcciones políticas que les son extrañas, es inevitable que el partido revolucionario tenga que nadar contra la corriente por bastante tiempo y que constituye la época en la cual forma sus cuadros fundamentales, que se templan en la adversidad y cuando el trabajo transcurre en condiciones sumamente difíciles y duras.

El POR tuvo el acierto de criticar acerbamente, cuando todos aplaudían, incluyendo al proletariado, la nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto universal, etc., por su contenido burgués, por sus limitaciones impuestas por la reacción y porque desconocieron, lo que ya las masas habían hecho con sus propias manos. Si esta actitud fue correcta, nada más consecuente que asumirla también con relación a medidas mucho más moderadas y conservadoras que adoptaron otros gobiernos nacionalistas.

Por ahí anda un señor que muy suelto de cuerpo, sostiene que uno de los errores del Partido Obrero Revolucionario consistió en no haber tomado el poder en abril de 1952. Aquí el esquematismo y los buenos deseos impiden todo análisis de la situación política imperante en ese entonces. Semejante tesis casi no merece discusión. En abril de 1952 las masas se aglutinaron rápidamente alrededor del MNR, le depositaron su confianza y le atribuyeron su propio programa. Necesariamente tenían que pasar por la amarga experiencia de los gobiernos del MNR, esto antes de poder encontrar a su verdadera vanguardia. El POR lo más que podía hacer y lo hizo, era abreviar el recorrido de esa experiencia con ayuda de su propaganda y de su acerada crítica.

Cuando las masas desembocan en los partidos nacionalistas y aquellas ya han conocido los rudimentos del programa revolucionario, lo que hacen es atribuirle a éstos últimos sus propias ideas y autoritariamente les obligan a agitarse y moverse alrededor de consignas que nunca el nacionalismo inscribió en su programa. Claro que los pequeño burgueses no se limitan a repetir lo que las masas les dicen, sino que las distorsionan y llenan las consignas con un contenido extraño al programa revolucionario. Aun en este caso el nacionalismo pequeño-burgués sigue siendo extraño al proletariado. Este proceso permite a muchos sostener que el trabajo de los marxistas es inútil porque lo que hace objetiva e inmediatamente es fortalecer las posiciones nacionalistas; lo que se olvida es que planteada la contradicción entre las proyecciones políticas de las consignas de la clase obrera y las limitaciones de su realización por los gobiernos nacionalistas, se agita en el seno de los movimientos antiimperialistas una tendencia que busca superar políticamente las limitaciones capitalistas y acabar con el liderazgo de los políticos pequeño- burgueses.

5
ETAPAS DE LA REVOLUCIÓN BOLIVIANA

El ascenso de las masas se acentúa mucho más con la victoria de éstas el 9 de abril de 1952. Los explotados son dueños de las calles, son los únicos que poseen armas y han puesto en pie a la Central Obrera Boliviana, con muchas características soviéticas. El gobierno presidido por el movimientista de centro Víctor Paz es prácticamente prisionero de las masas, repite lo que éstas dicen, toma sus consignas y se da modos, contando con la ayuda y complicidad del dirigente sindical indiscutido de ese entonces, Juan Lechín, para imprimirles un carácter conservador.

Durante este breve período es evidente la dualidad de poderes entre el gobierno central y la COB, que no se traduce en choques frontales (todo se reduce a fricciones, manifestaciones y presiones ejercitadas sobre las autoridades) debido al sistemático retroceso de Víctor Paz, a la satisfacción a medias a todas las exigencias de las masas.

Fue ideada la impostura del co-gobierno (ideada por Víctor Paz y Lechín) para cerrar a los explotados el camino hacia la estructuración de su propio gobierno; para convencerles de que estaban en el gobierno y que, por tanto, debían cargar con todas las consecuencias y desbarajustes del desgobierno nacionalista; para evitar que constituyesen su propio partido político.

Este gran ascenso comienza a declinar en octubre de 1952 (fecha de dictación de la nacionalización de las minas). Se tiene la impresión de que las masas se hubiesen cansado en su actitud vigilante y de su lucha en las calles; prefieren abandonarse en brazos del gobierno nacionalista, con el argumento de que éste convertirá en realidad todas sus consignas. En los primeros momentos de extrema tensión era posible descubrir los rudimentos de la desconfianza de las masas hacia el gobierno salido de las jornadas de abril, cosa que se hizo evidente con la imposición de los ministros obreros y con la exigencia de que éstos fuesen designados por las mismas organizaciones laborales.

El período de depresión se prolonga por varios años y durante él se produce el viraje hacia la derecha, hacia las posiciones pro-imperialistas, se burocratiza y degenera la COB y son destruidas las milicias obrero-campesinas; el Partido Obrero Revolucionario es escisionado por su sector de intelectualespequeño-burgueses, que dicen marchar al encuentro de las masas (todavía prisioneras del MNR) y que concluyen como testaferros de la reacción.

Las penurias económicas y las consecuencias de la persecución y el divisionismo sindical, convertidos en programa del gobierno derechista de Siles Zuazo, empujan a las masas gradualmente hacia la izquierda, las convencen de que el MNR no es su partido ni su gobierno, proceso que comienza en las estratas minoritarias de la avanzada de los trabajadores y se propaga, de manera progresiva y contradictoria, a capas más vastas.

En 1956, fecha de la estabilización monetaria ordenada por los yanquis, se pueden percibir con claridad síntomas de que la diferenciación política entre las masas y el nacionalismo pequeño-burgués ha marchado ya gran trecho (Tesis de Colquiri, por ejemplo).

Desde esta fecha avanza ininterrumpidamente el desplazamiento de los explotados hacia la izquierda. Durante el último gobierno de Víctor Paz, los mineros se encaminaban francamente hacia la superación del nacionalismo, éste opone a esa marcha el muro de fuego del militarismo (masacre de Sora-Sora).

Los obreros, particularmente los mineros, fueron los únicos, a diferencia de sus dirigentes burocratizados, los que comprendieron lo que significaba el golpe gorila de noviembre de 1964 y desde entonces marchan aceleradamente contra las manifestaciones más perniciosas del nacionalismo.

En agosto de 1971, frustrando los planes fascistas, los obreros realizaron una gran maniobra de retroceso, lo que permitió que no fuesen físicamente destrozados. Después de un año inician un vigoroso ataque contra el gorilismo y en sus planteamientos se puede descubrir con toda claridad que han superado en mucho los más osados planteamientos nacionalistas. En 1976 realizan autoritariamente el Congreso Minero de Corocoro.

Al fracaso de la huelga minera sigue una etapa de retroceso, que concluye a fines de 1977. La huelga de hambre de cuatro mujeres y sus hijos marca un punto crucial en el nuevo ascenso que permite hacer retroceder al gorilismo y arrancarle importantes concesiones democráticas.

(Capítulo 1 del «Movimiento Obrero Contemporáneo», de Guillermo Lora, 1979.

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