por Franco Machiavelo
En la sociedad capitalista, el contrato de trabajo aparece como un acuerdo “libre” entre iguales. Pero esa igualdad es puramente formal. Quien no posee medios de vida se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir; quien sí los posee compra tiempo humano como si fuera una cosa. Ahí comienza la trampa: no se compra trabajo terminado, se compra la capacidad de trabajar durante una jornada, y con ella se apropia de algo más que energía—se apropia de tiempo de vida.
Siguiendo la crítica de Karl Marx, la jornada se divide en dos momentos invisibles para el discurso dominante. Primero, el tiempo necesario, en el que el trabajador produce el equivalente a su salario. Luego, el tiempo excedente, en el que sigue produciendo, pero ya no para sí: ese valor adicional es capturado por el patrón como ganancia. Ese tramo de la jornada es, en rigor, trabajo no pagado. No es un exceso accidental: es el corazón del sistema.
Por eso, cuando se habla de “productividad”, lo que se celebra no es la liberación del trabajador, sino la intensificación de su explotación: producir más en menos tiempo sin que el salario crezca proporcionalmente amplía la porción de tiempo que el capital se apropia. La tecnología, en vez de emancipar, es subordinada a la lógica de extraer más plusvalor por minuto. El resultado es una paradoja obscena: cuanto más capaces somos de producir riqueza social, menos tiempo libre real tiene quien la crea.
De ahí se desprende una conclusión política nítida: el trabajador debería trabajar el mínimo socialmente necesario. No por pereza, sino por justicia. Reducir la jornada no es un capricho, es recuperar la parte de la vida que hoy es confiscada bajo la apariencia de “empleo”. Cada hora recortada al tiempo de trabajo es una hora devuelta a la autonomía humana: a pensar, a crear, a cuidar, a participar en la vida común. Es, en términos materiales, desmontar la base cotidiana del despojo.
El capital dirá que eso es inviable, que la economía “no lo soporta”. Pero esa objeción revela su verdad: lo que no soporta es perder el acceso a ese tiempo excedente que convierte en ganancia privada. La sociedad, en cambio, sí lo soporta—y más aún, lo necesita—porque la riqueza es colectiva en su producción. Si la productividad es social, también debe serlo su beneficio: menos horas de trabajo obligado, más tiempo de vida libre.
En última instancia, la disputa no es técnica sino ética y política: ¿para quién trabaja el tiempo humano? Mientras la respuesta sea “para la acumulación”, la jornada será un mecanismo de expropiación encubierta. Cuando la respuesta pase a ser “para la vida”, el trabajo dejará de ser un dominio y se volverá una actividad entre otras, limitada por un principio simple y radical: ninguna ganancia justifica robarle al trabajador su tiempo de vivir.











