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EL SENTIDO DE TANTAS INCONGRUENCIAS

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por Claudio Katz 1

Trump rompe todas las reglas del orden internacional, pero no muestra la menor
capacidad para sustituirlas. Socava el entramado imperante desde hace décadas, sin
forjar el sistema que imagina bajo su comando. Esa contradicción explica los
interminables vaivenes de su gestión, sus marchas y contramarchas y la absurda
verborragia que despliega todos los días.

El magnate ha intentado colocar a todo el mundo al servicio de Estados Unidos,
pero no cuenta con las condiciones para materializar ese objetivo. Proclamó la captura
de Groenlandia y la isla permanece fuera de su control, sugirió la anexión de Canadá y
el vecino rechaza esa invitación y anunció una nueva denominación para el Golfo de
México que todos desconocen. Trump no pudo tampoco transformar a Gaza en un
apéndice colonial propio.

Construye un entretenimiento tras otro para ocultar ese tendal de fracasos. Sus
críticos ya han acuñado el certero acrónimo de TACO (Trump Always Chickens Out),
para describir como se va al maso. Luego de sufrir una vergonzosa paliza con China,
viajó para mendigar negocios y tampoco obtuvo de Rusia su anhelada tregua en
Ucrania. Soportó, además, los desplantes económicos de India, la indisciplina de sus
socios europeos y la continuada permanencia de los BRICS. La monumental derrota
bélica que acaba de afrontar frente a Irán corona esa impotencia.

Con amenazas y griteríos Trump disfraza el retiro que guía su conducta. Ese
agachado patrón fue visible en su primer mandato, cuando luego de fanfarronear con
duras represalias retrocedió frente a Corea del Norte. En su segundo tránsito por la Casa
Blanca ha multiplicado un repliegue que pulveriza la credibilidad de su gestión.

DISFRACES DEL RETROCESO
Trump intenta resucitar un imperialismo a secas, puro, duro y despojado de todas
las mascaradas liberales. Expone esa descarnada exaltación de Estados Unidos, sin el
menor sustento para efectivar su proyecto. Por eso desplegó una ideología guerrerista y
no perpetró ninguna invasión. En lugar de organizar las incursiones que sugerían sus
amenazas, consumó actos de terrorismo carentes de proyección bélica.

En ningún caso se atrevió a desplegar tropas para hacer valer la resurrección
imperial. Renombró territorios extranjeros, pero nunca los ocupó y enalteció el
expansionismo sin incorporar ningún territorio a su país.

Su verdadera pretensión ha sido imponer tributos al resto del mundo eludiendo
el uso de la fuerza. Pero esa dominación por mera amenaza, requiere una exhibición de
poder que Trump no logra transmitir. Esa contradicción explica todas sus
incongruencias (Foster, 2025).

Cuando desembarcó por segunda vez en la Casa Blanca, el magnate esperaba
desenvolver una reducida intervención bélica externa. Tuvo especialmente presente la
humillación de Biden frente a los talibanes e imaginó una reconstrucción de la
maltrecha economía estadunidense, mediante cierto paréntesis en el intervencionismo
militar.

Este rumbo soberanista no implicaba aislacionismo o desconexión del mundo,
porque la supremacía imperial que pretendía recuperar se asentaba en la dominación
global. Lo que intentó fue una moderación en el patrón de incursión imperial, para
recolectar los recursos exigidos para la competencia con China.
Trump buscó encubrir ese paso al costado con una gran verborragia ofensiva,
para someter a los aliados, asustar a los socios y neutralizar a los adversarios. Pero la
evidente contradicción entre su delirante retórica y su inmovilismo práctico, desplomó
la sustentabilidad de sus mensajes.

Ese contrapunto ha sido especialmente llamativo en el plano ideológico. Trump
enalteció a las principales exponentes presidenciales del expansionismo estadounidense.
Elogió a Polk por la expropiación de gran parte del territorio mexicano, pero sin repetir
las acciones de su referente. También ensalzó el fanatismo proteccionista de Mac
Kinsley, olvidando que la penalización aduanera de la centuria pasada ya no es
practicable en el siglo XXI.

Trump tampoco pudo retomar la agresividad económica de sus antecesores más
recientes. Sus iniciativas monetarias presentaron un alcance irrisorio, en comparación a
la inconvertibilidad del dólar que dispuso Nixon o el drástico aumento de las tasas de
interés, que Reagan concretó para inaugurar el neoliberalismo.

En el ámbito geopolítico y militar el contraste con Bush ha sido más llamativo.
Su fracasada intentona contra Irán fue una olvidable sombra del ataque consumado
contra Irak hace dos décadas. Esa expedición involucró un monumental despliegue de
tropas y una osada red de alianzas internacionales, que Trump ni siquiera concibió. En
consonancia con esa diferencia, la ideología que difunde MAGA es un pálido credo, en
comparación al evangelio del “Nuevo Siglo Americano” que propagaba Bush (Reguera,
2021).

Trump exaltó la agresividad imperial, pero solo pretendió lograr un respiro de
esa belicosidad, para revertir el declive de la economía yanqui. Su plan contaba con el
visto bueno de las personalidades más lúcidas de la elite, que diagrama en Washington
la política exterior (Mearsheimer, 2026). Pero el ensayo naufragó en tiempo récord y al
año de su debut perdió viabilidad.

El proyecto soberanista del magnate no logró levantar vuelo, ni delinearse como
una opción efectiva, frente a sus rivales del globalismo Demócrata y del
neoconservadurismo Republicano. La agenda bélica de sus competidores se impuso en
las propias filas del trumpismo y el resultado está a la vista, en el gigantesco fracaso de
la guerra contra Irán.

EL ADN BELICISTA

El giro militarista de Trump ha sido coherente con la conducta de otros
personajes que llegaron a la Casa Blanca. Todos han recurrido a la fuerza para lidiar con
los contratiempos que enfrentaron. Lo que otras potencias mantienen en reserva como
una instancia final, irrumpe en los círculos de Washington como la respuesta inmediata.

Esa reacción deriva de una larga trayectoria imperial, que le dio a Estados Unidos
primacía mundial, transformando la guerra en un dato estructural de la vida
norteamericana.

Por esa razón, el militarismo es un presupuesto compartido por todos los
sectores de la burocracia gobernante y por los tres sectores que actualmente organizan
ese conglomerado. Soberanistas, neoconservadores y globalistas actúan con criterios
semejantes en el terreno bélico y sus divergencias tan solo giran en torno a las
prioridades, los momentos o los lugares de la acción militar.

El imperialismo estadounidense arrastra una compulsión a dirimir conflictos de
todo tipo por las armas. Por eso guerrea en incontables rincones del planeta,
obstruyendo las soluciones negociadas de esas tensiones.

Esa conducta se ha repetido en todas las convulsiones de las últimas décadas.
Los diplomáticos estadounidenses desecharon las propuestas de acuerdo que formularon
los talibanes en Afganistán, Sadam Husseín en Irak y Gadafi en Libia. Boicotearon
también las tratativas de Minsk para pacificar Ucrania e ignoraron todas las opciones
que acercó Irán para distender el conflicto. Ese modelo se ha repetido en todas
situaciones críticas que involucraron a Estados Unidos.

Washington rechaza esas concertaciones, porque desde la mitad del siglo pasado,
su fuente de dominación mundial proviene del temor que suscita su poder militar. Entre
1890 y 2001 Estados Unidos perpetró 133 intervenciones bélicas externas, con una tasa
de incursiones crecientes a lo largo del tiempo. El promedio anual de esas acciones
antes de la Segunda Guerra Mundial (1,15) saltó luego de esa conflagración (1,29) y se
elevó posteriormente a un promedio superior (2,0). El número de decesos provocado
por la única potencia que ha utilizado armas nucleares se cuenta por millones (Galtung,
2022).

VERTIENTES EN DISPUTA

Los soberanistas, globalistas y neoconservadores divergen a la hora de definir
dónde y cuándo se utiliza la fuerza militar. En esas decisiones pesan intereses
económicos específicos y propósitos geopolíticos singulares. Cada lobby apuntala los
negocios de sus empresas y las burocracias del Pentágono actúan en múltiples
direcciones (Pont, 2026). Las tres corrientes que actualmente aglutinan a los grupos con
poder de decisión canalizan y ordenan esa variedad de intereses.

Los globalistas dominaron la agenda imperial durante el apogeo del
neoliberalismo, actuando como voceros del capital financiero internacionalizado y las
empresas con mayor raigambre en todo el mundo. Actualmente sintonizan con los
sectores más belicistas de Europa y Estados Unidos, que propician la confrontación con
Rusia. Por eso sabotean los compromisos que Trump y Putin intentaron concertar para
poner fin a la guerra de Ucrania.

Los neoconservadores han mantenido tradicionalmente estrechos vínculos con el
sector petrolero y por esa razón alentaron las intervenciones bélicas en Medio Oriente
(Hanieh, 2026). Han sido siempre voceros del imperialismo fósil, que prioriza el control
de los hidrocarburos como fuente de poder internacional de Estados Unidos (Seoane,
2026a).

El soberanismo trumpista mantiene un lazo muy estrecho con ese sector y el
magnate verbalizó esa afinidad, en su convocatoria pública a “perforar, niños, perforar”.
Sustrajo a Estados Unidos del Acuerdo de Paris y archivó todas las iniciativas de
energías renovables. Se ha empeñado en desmantelar la institucionalidad forjada
durante décadas, para introducir algún atenuante al desastre climático. Qué haya
centrado su intervención imperial en Venezuela e Irán, confirma su estrecha relación
con las grandes compañías petroleras (Seoane, 2026b).

Pero no cabe duda que en su segundo mandato, Trump trabaja ante todo para la
plutocracia digital y los milmillonarios de la informática, que capturaron los centros de
decisión en Washington. Ese sector digita los proyectos de inversión gubernamental y
los contratos de mayor porte del Pentágono. Ha impuesto, además, la indefinida relación
de rivalidad y asociación con China, que desenvolvió la Casa Blanca en el último
bienio.

Como esas firmas emigraron en masa del globalismo Demócrata al soberanismo
trumpista, cabe predecir que jugarán sus cartas a la corriente con más chances de seguir
al comando de la Casa Blanca.

Ese futuro ya está en la agenda de los poderosos, ante la escala de fallidos que
acumula Trump. La disputa por la sucesión se ha desatado y tanto Rubio como Vance,
son señalados como aspirantes del riñón trumpista a esa coronación. Ambos comparten
una tónica belicista, que el primero explicitó con enfática crudeza ante el auditorio
europeo (Lujano, 2026).

Pero lo que más sobresale en el crítico escenario de fracasos que ha generado
Trump, es la irrupción de los adversarios globalistas y neoconservadores más opuestos
al rumbo actual. Proponen sustanciales virajes para enmendar las adversidades
generadas por el magnate.

En el campo globalista emergió la figura del ex presidente del Banco Central de
Canadá e Inglaterra, Mc Carney, con el programa de retorno a la globalización
neoliberal que impulsa la internacionalizada elite de Davos. Exaltan el libre comercio
repudiado por Trump, con una novedosa tónica de regulación estatal keynesiana y se
proponen reconstruir la alianza transaltántica quebrantada por el magnate (Roberts,
2026).

En el terreno neoconservador los cuestionamientos a Trump resaltan su flaqueza
guerrera y su incapacidad para hacer valer la prepotencia bélica estadounidense, frente a
Putin y Xi Jinping. Un halcón de la era Bush vocifera esas críticas ante la humillación
propinada por Irán y despotrica contra la “superpotencia rebelde que no quiere luchar”
(Kagan, 2026). A tono con el hiper belicismo de Netanyahu, propone embarcar al
imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y
finalmente abandonó con inverosímiles maquillajes.

En los círculos imperiales se debaten varias alternativas para corregir el
desorden sin rumbo que ha suscitado Trump. Pero esas alternativas son parches apenas
curativos para un convaleciente en grave estado. El problema central de Estados Unidos
es un declive imperial de largo plazo, que no se revierte con paliativos. Esa regresión
tiene un peculiar efecto sobre América Latina, que analizaremos en el próximo texto.
29-6-2026

RESUMEN
Trump rompe el orden internacional, pero no puede sustituirlo y esa
contradicción explica sus incoherencias. Fracasó en su intento de reconstruir la
maltrecha economía estadunidense, mediante un paréntesis en el intervencionismo
militar y disfraza ese fallido con una retórica delirante. Soberanistas, neoconservadores
y globalistas comparten el ADN belicista y solo divergen en las prioridades, momentos
o lugares de la acción militar. Ya debaten alternativas al desorden sin rumbo que genera
el magnate.

REFERENCIAS
-Foster, John Bellamy (2025). La doctrina Trump y el nuevo imperialismo MAGA
https://monthlyreview.org/articles/the-trump-doctrine-and-the-new-maga-imperialism/
-Reguera, Marcos (2021) Imperio, auge y declive americano: la tradición declivista
estadounidense en los siglos XIX y XX, Jerónimo Zurita, 99. Otoño 2021: 79-104,

https://www.academia.edu/83279183/Revista_de_Historia_Jer%C3%B3nimo_Zurita_n
_o_99_oto%C3%B1o_2021
-Mearsheimer, John (2026). La Guerra Fría 2.0 y la derrota de la OTAN en Ucrania
https://www.youtube.com/watch?v=QrfPu90FhZk
-Galtung, Johan (2022). Sobre el declive y la caída del imperio estadounidense.
https://transnational.live/2022/10/03/johan-galtung-on-the-ongoing-decline-and-fall-of-
the-us-empire/
-Pont, Alejandro Marco del (2026). ¿Quién controla las guerras de Estados Unidos?
https://rebelion.org/quien-controla-las-guerras-de-estados-unidos/
-Hanieh, Adam (2026). Capital fósil e imperialismo
https://sinpermiso.info/textos/capital-fosil-e-imperialismo-entrevista-con-adam-hanieh
-Seoane, José (2026a). El imperialismo fósil 22/04/2026
https://huelladelsur.ar/2026/04/24/el-imperialismo-fosil/ 
-Seoane, José (2026b). Vulnerabilidades imperiales
https://rebelion.org/vulnerabilidades-imperiales/
-Lujano, Crismar (2026) Marco Rubio en Múnich: Neocolonialismo sin Rubores y
¿Primer Acto de Campaña? https://www.diario-red.com/articulo/internacional/marco-
rubio-munich-neocolonialismo-rubores-primer-acto-
campana/20260216081650063999.html
-Roberts, Michael (2026). El consenso económico: de Washington a Londres
https://www.sinpermiso.info/textos/el-consenso-economico-de-washington-a-londres
-Kagan, Robert (2026) Estados Unidos es ahora una superpotencia rebelde.
https://www-theatlantic-com.translate.goog/international/2026/03/trump-us-power-
iran/686567/?

1 Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es:
www.lahaine.org/katz

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