Inicio Nacional ¡¡EL KAKISMO DE LOS KASTRADOS!!

¡¡EL KAKISMO DE LOS KASTRADOS!!

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En el gran teatro de la política de cartón piedra, donde las palabras se maquillan hasta perder el rostro, apareció una “cuenta pública” que no fue cuenta, ni pública, ni mucho menos claridad: fue más bien un espejismo administrativo servido en bandeja solemne, como si la confusión pudiera declararse política de Estado.

El orador, con tono de profeta de un país que solo existe en sus diapositivas, habló de cifras como quien lanza confeti al viento: mucho ruido, poca forma, y menos aún sustancia. Cada promesa parecía una escultura de humo: se veía imponente desde lejos, pero al acercarse se deshacía entre los dedos.

Las frases se encadenaban como eslabones de una cadena rota: una parte invocaba orden, otra libertad, otra urgencia moral, pero ninguna conversaba con la anterior. Era como escuchar a alguien construir una casa empezando por el techo, luego decorando el aire, y finalmente declarando inaugurado el suelo… aunque el suelo nunca apareciera.

En este universo de hiperboles infladas, la realidad se convertía en un inconveniente menor. Si algo no existe, se anuncia. Si algo no funciona, se redefine. Y si algo contradice el discurso, simplemente se le cambia el nombre hasta que parezca otra cosa. La coherencia, al parecer, era un lujo opcional en este catálogo de certezas absolutas.

Los espectadores más fieles —los que aplauden incluso cuando el eco no sabe qué está celebrando— observaban como si cada frase fuese una revelación, aunque muchas veces no era más que un rompecabezas sin imagen final. Aplaudir se volvió un acto reflexivo, casi automático, como si el sentido ya no importara tanto como la pertenencia.
Y sin embargo, entre tanta retórica inflada, se filtraba una ironía inevitable: cuanto más fuerte se proclamaba la claridad, más densa se volvía la niebla. Como si el lenguaje hubiera decidido emanciparse de la realidad para fundar su propio país invisible, donde todo suena contundente pero nada toca el suelo.

Al final, la gran “cuenta pública” no contaba nada… salvo quizás esto: que cuando la política se convierte en espectáculo de palabras sin ancla, hasta la confusión puede vestirse de orden, y el vacío puede sonar a discurso.
Y así, entre aplausos programados y metáforas que se perseguían a sí mismas, el escenario quedó listo para la próxima función del mismo guion disfrazado de novedad. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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