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El declive de Estados Unidos I

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Claudio Katz 1

El retroceso del liderazgo norteamericano es reconocido con mayor énfasis que
en otros momentos. Actualmente se verifica una generalizada coincidencia en torno a un
diagnóstico, que suscitó numerosas controversias en el pasado.

Es importante constatar, describir y explicar ese declive para captar la principal
tendencia del escenario contemporáneo. El imperialismo estadounidense intenta
contrarrestar con agresiones militares su retroceso económico y su pérdida de primacía
geopolítica. Busca preservar por la fuerza un comando que ya no tiene los cimientos del
pasado.

Esta caracterización ordena la evaluación de los principales acontecimientos
mundiales. Permite reconocer quién es el principal responsable de las tragedias bélicas
del planeta y cuál es la causa de esas sangrías.

Si esta evaluación es relativizada o diluida, el debate sobre la regresión
estadounidense queda enmarañado en interminables discusiones sobre aspectos
específicos, como el retroceso del dólar, la gravitación de Wall Street, el impacto
Hollywood o la incidencia del Pentágono.

En esas discusiones, el declive de Estados Unidos ya no es indagado para
clarificar las tremendas consecuencias militares de ese descenso para el resto del
mundo. El esclarecimiento de ese impacto, queda reemplazado por especulativas
evaluaciones del nivel agudo o acotado de la regresión norteamericana.

En esas mediciones, el análisis del principal proceso geopolítico del siglo XXI
queda sustituido por ejercicios descriptivos de los factores, que acentúan o contrapesan
el declive. Se omite que lo importante de esa caída no es su variable intensidad, sino las
guerras imperiales que suscita. Indagar el problema con el foco puesto en esas
convulsiones, permite comprender las principales consecuencias del declive imperial.

CRONOLOGIA DEL DESCENSO

Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial como la potencia
preponderante de Occidente, con un inédito nivel de primacía sobre sus rivales. El fin de
las conflagraciones entre imperios y la custodia que asumió del capitalismo, le
otorgaron un predominio mayúsculo entre 1945 y 1970.

Esa superioridad se asentaba en la preponderancia bélica y la preeminencia económica. No solo comandaba la OTAN y controlaba un centenar de bases militares distribuidas por todo el planeta, sino que manejaba la mitad del producto mundial y el 60% de la fabricación planetaria, con un tesoro que albergaba el 80% de las reservas auríferas totales.

Basta observar que esos porcentuales han caído en la actualidad al 25%, 17% y 25%, respectivamente, para notar la magnitud del poder económico que detentó gigante norteamericano y su dramática reducción actual (Torres López, 2026) 

El período de auge fue acertadamente denominado la “Edad del Imperialismo” para subrayar esa preeminencia (Magdoff, 1969). Con los marines desplegados por el grueso del planeta, el dólar funcionaba con una moneda mundial, aceptada sin ninguna vacilación por los socios y subordinados del hegemón. Con esa conducción operó el imperialismo colectivo de la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón), que consagraba el alto nivel de entrelazamiento y sometimiento de dos grandes aliados al comando norteamericano (Amin, 2004).

Bajo esa dirección se configuró un sistema imperial con jerarquías y funciones
definidas por la primera potencia. Las tradicionales diferencias entre los rivales de
Occidente perdieron connotaciones bélicas y se procesaron como acotadas controversias
comerciales o financieras (Katz, 2023: 28-44).

Ese período de auge estadounidense afrontó varios momentos de erosión. En los
años 60, la acelerada reconstrucción de Alemania y Japón restauró la competitividad de
ambas economías, que comenzaron a erosionar la superioridad de las empresas
norteamericanas. Washington contrarrestó esa amenaza con medidas comerciales y
monetarias, que sofocaron el desafío de sus subordinados. El poder del Pentágono sobre
los dos grandes perdedores de la Segunda Guerra Mundial bloqueó por completo ese
despertar germano y nipón.

En la década siguiente, la descontrolada emisión de dólares y el desbordante
endeudamiento del gendarme yanqui, afectaron la confiabilidad de la divisa
estadounidense hasta tornarla inconvertible al oro. Frente a esa adversidad, el
Departamento de Estado recurrió al sostén de sus subalternos del mundo árabe y
apuntaló el mecanismo de los petrodólares para preservar el reinado del dólar. Los
monumentales excedentes financieros que generaba la exportación de crudo del Medio
Oriente, fueron reciclados en los mercados bajo control yanqui, para asegurar esa
continuidad del imperialismo del dólar.

En los años 80, Reagan añadió a ese refuerzo el inicio del modelo neoliberal –
con privatizaciones, aperturas comerciales y desregulaciones laborales- que
recompusieron los beneficios de las grandes empresas, recortando los salarios y los
gastos sociales. Esa agresión contra los trabajadores restauró las ganancias, pero no
revirtió la continuada regresión estadounidense frente a sus rivales. La decreciente
competitividad internacional de la economía yanqui no fue modificada y el declive
persistió como un problema irresuelto.

Pero ese descenso pareció súbitamente contenido en la década siguiente por la
inesperada implosión de la Unión Soviética. El antagonista ruso nunca amenazó a su
rival en el plano económico, pero lideró durante décadas un denominado campo
socialista, que afectó seriamente el poder de Occidente. La existencia de ese contrapeso
facilitó las revueltas sociales contra el capitalismo y las resistencias nacionales contra
las agresiones imperiales.

ADVERSIDADES AUTOINFLIGADAS

La imprevista implantación de un orden unipolar a fin del siglo XX -con
preeminencia total de Estados Unidos- le brindó a la primera potencia una gran
oportunidad, para recrear su preponderancia económica y geopolítica. Pero en lugar de
consumar esa restauración, Washington se embarcó en una escalada de aventuras bélicas
con resultados adversos. Dilapidó recursos, erosionó su autoridad, socavó sus alianzas y
terminó agravando el declive precedente.

Las campañas militares en el Gran Oriente Medio (Afganistán, Irak, Libia, Siria Palestina e Irán), la expansión de la OTAN en Europa del Este, el provocativo rearme en Asia Oriental y el continuado intervencionismo en América Latina jalonaron ese desborde belicista, que sepultó todos los atisbos de recomposición norteamericana. El Pentágono demolió países y destruyó sociedades, sin recrear los procesos de inversión requeridos para rentabilizar a las empresas estadounidenses.

La dinámica del Plan Marshall no se repitió en ninguna de las incursiones de las
últimas décadas y la pérdida de posiciones de la economía norteamericana se acentuó
con el nuevo despliegue internacional de los marines. A diferencia de lo ocurrido en
Europa durante la posguerra, las intervenciones bélicas estadounidenses no dieron lugar
a negocios florecientes. Esa incapacidad para transformar acciones militares en
beneficios económicos retrata la agudeza del declive.

Ese retroceso se tornó más transparente en los últimos 20 años, con la extinción
del espejismo unipolar. Estados Unidos quedó enfrentado a su pérdida de primacía, en
un nuevo contexto de creciente distribución mundial del poder.

Ese escenario emergió a la superficie en la crisis financiera del 2008, cuando el
socorro estatal evitó el colapso de los principales bancos norteamericanos. El país logró
escapar de ese abismo con mayor oxígeno que sus rivales de Europa o Japón, pero
quedó como un nítido perdedor frente a China. Desde ese momento, afronta las duras
consecuencias del despertar asiático y del surgimiento de nuevos centros de
acumulación divorciados (o autonomizados) de la tradicional centralidad estadounidense.

Ese desplazamiento es una consecuencia imprevista de la globalización neoliberal, que Estados Unidos impulsó para recrear su dominio y terminó padeciendo como una gran desventaja. Beijing (y no Washington) fue el gran favorecido por esa expansión mundial del comercio y por esa razón, continúa auspiciado las transacciones globales, contra la reacción proteccionista del auspiciante inicial de ese rumbo. Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano, que esa ventaja lograda por el rival chino de un proyecto propiciado por Estados Unidos.

EL DETERMINANTE ECONÓMICO

El retroceso del coloso norteamericano tiene un pilar primordialmente económico. Es un declive perceptible en todos los ámbitos, pero derivado de la regresión industrial y productiva que padece el país. Esa caída se verifica en la
financiarización y el consiguiente desborde especulativo. El episodio más reciente de esa secuencia fue el rescate estatal del 2008, que evitó el quebranto de los bancos, pero legó un endeudamiento mayúsculo que mantiene la vulnerabilidad de todo el sistema.

Por esa razón, los temblores que periódicamente afectan a las distintas entidades,
suscitan el pánico a un reinicio de las grandes convulsiones. Ese temor fue por ejemplo
visible en el 2023, con la quiebra del Silicon Valley Bank y en el 2024, cuando el
desplome de la Bolsa japonesa hizo temblar a Wall Street.

El pavor a otro estallido financiero se localiza actualmente en la burbuja
tecnológica, que ha inflado con incuantificables inversiones a los títulos de las siete
mega corporaciones del universo digital. En el 2023, esas compañías canalizaban la
mitad de las ganancias del principal índice bursátil. La capitalización de esas firmas –
que comandan la Inteligencia Artificial- supera cualquier cálculo de ganancias o
ingresos acordes a su captura de fondos.

Esos indicadores de continuada financiarización de la economía estadounidense
son la contracara del deterioro productivo. Los bajos rendimientos en la esfera industrial
motorizan la emigración de capitales al ámbito especulativo, recreando la clásica
tendencia de los capitalistas a contrarrestar ganancias reducidas en la producción, con
altas remuneraciones en las finanzas.

Ese persistente comportamiento de la elite dominante agrava el estancamiento de
la productividad, el deterioro de la base industrial y la pérdida de negocios frente a
China (Lapavitsas, 2026). En la batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar
mercados -que gobierna la acumulación capitalista- Estados Unidos tiene a quedar
relegado.

El pasaje de la globalización neoliberal al estatismo neomercantilista refleja este
nuevo escenario, signado por la retracción del capitalismo estadounidense hacia
políticas de mayor resguardo interno y menor audacia externa.

El declive económico de la primera potencia también se verifica en una deuda
pública gigantesca, que se amplifica con el bajo crecimiento del PBI. Cada recuperación
cíclica se consuma con mayores niveles de endeudamiento, financiados por el
imperialismo del dólar (Hudson, 2024).

Esa dominación permite solventar las monumentales erogaciones internas, con el
sostén de una moneda que preserva su reinado mundial, pero afronta la pérdida de
privilegios. La desdolarización es un proceso lento, pero persistente que puede
acelerarse súbitamente si se acrecienta la vulnerabilidad geopolítico-militar de la
primera potencia.

Las reservas en dólares de los bancos centrales se mantienen en un alto nivel,
pero han caído del indisputado porcentual previo. La mitad de todos los pagos
transfronterizos se liquidan en dólares, pero esa divisa continúa perdiendo fortaleza, a
medida que China compra oro y reduce la participación de los billetes norteamericanos
en sus caudales (Roberts, 2023).

La tendencia de los BRICS Plus a desdolarizarse se afianza en los mercados de
materias primas, que ya operan con otras monedas y en las transacciones de combustible
ese viraje es más llamativo. Todo el circuito del petrodólar que durante décadas sostuvo
la primacía yanqui está en revisión y muchos expertos observan con atención, que los
extranjeros poseen más activos estadounidenses, que los inversores de ese país en
activos foráneos. En este escenario, los desenlaces geopolíticos desfavorables para
Washington, tienen un impacto erosivo muy directo sobre el imperialismo del dólar.
La primera potencia emergió del temblor del 2008, sin resolver ninguno de los
desequilibrios estructurales que afronta una economía inflada, con capitales sobrantes
sin desvalorizar. Los remedios neoliberales y keynesianos -para lidiar en las últimas dos
décadas con esa desventura- fueron infructuosos y por esa razón, la guerra en gran
escala despunta como la principal salida que avizora el gran capital. El gasto bélico y la
reconversión militarista son concebidos como la carta de salvación al continuado
deterioro económico.

El declive de Estados Unidos no es una mera regresión de un competidor en
desgracia, frente a sus ascendentes rivales. Desde hace mucho tiempo, la economía del
norte opera como pilar del capitalismo mundial y su deterioro es un signo de la alicaída
salud de todo el sistema.

Estados Unidos concentra dos grandes desequilibrios de la época actual: la
desigualdad social y la catástrofe del medio ambiente. Por esa condensación de
trastornos sistémicos, también comanda la devastadora salida militarista que tantea el
capitalismo para lidiar con su crisis.

El imperialismo norteamericano es experto en esa respuesta, porque compensa
desde hace décadas su deterioro económico con belicismo. Ese contrapeso se forjó al
calor de la primacía del “complejo militar industrial” sobre toda la estructura económica
del país. La posibilidad de financiar con emisión ilimitada en dólares acentuó esa
gravitación del dispositivo bélico.

Estados Unidos ha desarrollado una compulsión militarista que lo empuja a
guerrear en incontables rincones del planeta, optando siempre por desenlaces guerreros
en desmedro de soluciones negociadas. Ejerció durante todo el siglo XX su dominio con
actos de fuerza, bombardeos de la población civil y demolición de sociedades. En
ningún momento de los últimos veinticinco años introdujo algún paréntesis en ese
destructivo accionar. Pero los resultados de su conducta ilustran otro costado del declive
norteamericano.

LOS FALLIDOS MILITARES

Los efectos económicos negativos del gigantismo bélico se multiplican con el
creciente intervencionismo de los marines. El “complejo industrial-militar-digital”
acrecienta ganancias, a costa del grueso del sistema productivo, que pierde posiciones a
escala internacional. Los beneficios que acaparan los proveedores del Pentágono
erosionan la competitividad de las empresas del país.

Esas adversas consecuencias se han verificado al cabo de incursiones victoriosas
(Yugoslavia) y de palpables fracasos (Afganistán, Irak). Estos segundos fallidos han
sido la norma de las últimas décadas. En lugar de forjar una nueva supremacía mundial,
Estados Unidos se auto inmola, agotando su tesoro en largas y costosas conflagraciones
que no logra ganar. Esos contratiempos en el campo de batalla se han corroborado
también en los operativos puntuales contra Somalia o Yemen, en las improvisaciones
bélicas contra Irán y en las desventuras acumuladas en Ucrania.

Esa impotencia bélica es rigurosamente ocultada por el Departamento de Estado,
mediante manipulaciones del sistema comunicativo global. Los medios desinforman
para sostener el mito del poderío y la invencibilidad de las tropas yanquis.

Transmiten una imagen inflada de las capacidades del Pentágono, distorsionando
la propia historia de esas fuerzas. Lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial quedó
incorporado como un patrón de esas deformaciones, que la propaganda estadounidense
ha repetido en forma invariable.

En esa oportunidad ocultó que el nazismo fue doblegado por el heroísmo de la
Unión Soviética que destruyó al 75% del ejército alemán, luchando contra las mejores
divisiones de la Wehrmacht en el frente oriental. Por el contrario, los Aliados se
enfrentaron tardíamente y con gran lentitud a tropas de segundo nivel.

Hollywood desvirtuó ese desenlace con relatos que glorificaron imaginarias
gestas del ejército norteamericano y extendió la misma adulteración a lo ocurrido en
Vietnam, Irak o Afganistán. En esos casos transformó humillantes derrotas del invasor
en insustanciales episodios, carentes de vencedores o vencidos. Siempre eludió contar el
revés sufrido por los marines hiper armados, frente a los resistentes mal aprovisionados
que enfrentaban (Nolan, 2025).

El Pentágono mantiene un esquema mundial de bases militares forjado durante
la guerra fría que ha perdido operatividad. Esa inadecuación fue muy visible en la
reciente guerra contra Irán. El costoso gigantismo naval fue totalmente ineficaz, frente a
la efectividad y baratura de los drones, que anticiparon la dinámica de las
confrontaciones contemporáneas.

Esa inadaptación se extiende también a las pulseadas atómicas. Todo el sistema
de control nuclear -establecido durante la guerra fría para contener la proliferación- ha
quedado sepultado. Ya hay ocho naciones con armas nucleares y otras treinta con
pericia para construirlas.

Los tratados de equilibrio atómico que durante décadas renovaban Washington y
Moscú han perdido efectividad y Estados Unidos no sabe cómo gestionar un escenario

que escapa a su mando. Esa desorientación conduce a replanteos de todo tipo. Algunos
generales proponen reconsiderar la estrategia de la Destrucción Mutuamente Asegurada
(MAD) y otros retoman la doctrina del primer golpe, para una eventual confrontación
con China (Foster, 2025).

La renovación de la “guerra de las galaxias” que auspician los consejeros de
Trump forma parte de esos replanteos. Las cúpulas doradas -con miles de satélites en el
espacio orbital controlados por la Inteligencia Artificial- son concebidas para una
conflagración atómica, por la empresa de fabricación aeroespacial Space X del
milmillonario Ellon Musk.

Ese tipo de proyectos se inscribe en la privatización de las guerras y el creciente
uso de mercenarios, que desde hace varias décadas administra el Pentágono. Luego del
fracaso de Vietnam, esa preeminencia de los contratistas se tornó dominante.
Pero la conversión de conflictos bélicos en un simple campo de negocios
introduce dos problemas al intervencionismo imperial. Por un lado, erosiona la
legitimidad política de esas acciones, que son percibidas por el grueso de la población
como acontecimientos lejanos y no patrióticos. Por otra parte, multiplica el descontrol
de los mercenarios, que tienden a autonomizar sus operativos, privilegiando sus
intereses o asumiendo metas propias. Fue lo ocurrido con viejos socios de la CIA como
Bin Laden y con otros legionarios del yihadismo.

La capacidad de los imperios para gestionar sus posesiones con tropas de otro
cuño, siempre dependió de la vitalidad de esas configuraciones. En su esplendor, Roma
otorgaba la ciudadanía a cambio del servicio militar e Inglaterra llegó a manejar casi la
mitad de sus fuerzas con reclutas de las colonias. Pero esas modalidades resultaron
contraproducentes en el declive de ambas potencias y ese mismo infortunio con los
cipayos afecta a Estados Unidos en la actualidad.

La sustitución de la confrontación bélica por el terrorismo es otro indicio de las
desventuras que afronta el Pentágono. De la misma forma, que ha optado por delegar en
vasallos los operativos más riesgosos y que elude el uso de tropas propias, recurre a los
métodos mafiosos del asesinato selectivo en su acción internacional.

Hilary Clinton festejó el crimen de Gadafi y Obama celebró el homicidio de Bin
Laden, con la misma naturalidad que Trump exaltó el magnicidio de Jameneí. Israel
introdujo y generalizó esa modalidad de ultimar opositores, que tradicionalmente
diferenció al hampa de la punición estatal.

Ese desprecio por el derecho internacional parece un acto de dominación, poder
o impunidad, pero en los hechos es otro signo de impotencia del declinante
imperialismo norteamericano. Como no logra ejercer su tradicional preponderancia,
recurre a vetustas modalidades de salvajismo (Chomsky; Prashad, 2012). El uso reciente
de la Inteligencia Artificial para programar masacres de civiles en Palestina, Líbano o
Irán es otro indicio de la misma tendencia.

Estados Unidos afianza esta variedad de militarismo atropellado, como
desorientada respuesta a su pérdida de autoridad geopolítica. Ninguno de sus gobiernos
asume que el fin de la unipolaridad obliga a la primera potencia a actuar en un nuevo
tablero de disperso poder multipolar.

Los antecesores de Trump ignoraron ese cambio y el magnate ha intentado
manejar sin ningún éxito este adverso escenario. No logró ese control con amenazas
económicas coercitivas en el 2025 y menos aún con las aventuras bélicas del 2026. Ese
bienio aportó nuevas confirmaciones de un declive derivado de tendencias de mayor
porte.

ANTICIPIOS, PERCPECIONES Y ACIERTOS

El retroceso de largo plazo que afronta Estados Unidos fue diagnosticado con
gran anticipación por varios estudiosos del tema. De ese pelotón sobresalió un pensador,
que subrayó la triple dimensión del declive en el plano financiero, económico y militar
(Arrighi, 1999: 192-288).

Destacó que el primer indicador era característico del ocaso padecido por todas
las potencias en repliegue. Describió cómo en el caso estadounidense, la
financiarización socavó el aparato productivo y atribuyó esa regresión fabril a la
expansión de empresas transnacionales, que erosionaron la cohesión territorial
norteamericana. Precisó, además, la forma en que el neoliberalismo acentuó la
sobreacumulación, afectando a la economía del Norte y detalló cómo el
languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi,
1999: 288-390).

Partiendo de esa evaluación, estimó que el ocaso no era contenido con
exhibiciones de poder militar, ni por sus efectos en inconsistentes recuperaciones.
Recordó, además, que los fracasos bélicos inaugurados con Vietnam, no fueron
revertidos por ninguna contraofensiva posterior (Arrighi, 2005).

Ese diagnóstico permitió percibir en forma muy temprana el ascenso de China y
señalar la existencia de una aguda contraposición entre dos modelos (territorialismo
capitalista y economía mercantil), determinantes de retroceso estadounidense y del
ascenso chino. Fue una mirada que capturó en su embrión, dinámicas de largo plazo que
desbordaban la mera competencia económica entre Occidente y Oriente (Arrighi, 2007:
217-371).

En contraste con otras visiones, que situaban el declive estadounidense en un
tobogán de inexorable autodestrucción de todo el sistema mundial (Wallerstein, 2005:
109-141), ese enfoque avizoró distintos desenlaces posibles, sin postular un devenir
predeterminado. Evitó identificar la crisis del capitalismo norteamericano con un
derrumbe cronológicamente previsible, señalando que el declive no seguía un patrón de
automaticidad económica. Remarcó la conexión de ese retroceso con procesos político-
sociales divorciados de cualquier calendario preestablecido (Katz, 2023: 41-42).

Muchos analistas posteriores han destacado las distintas aristas del declive
estadounidense, ilustrando cómo la continuada financiarización de esa economía ha
obstruido los intentos de recomposición productiva. Recuerdan, especialmente, que la
sostenida exacción de recursos del resto del mundo, no logra ser utilizada internamente
para contrarrestar el ocaso.

Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive, enfatizan la
variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída, al efecto
combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el
hegemonismo político y la ideología misionera. Con esa visión subrayan la
multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción (Galtung, 2010: 10-29).
El declive fue avizorado también por los críticos del comportamiento imperial
estadounidense y por personajes de la elite de ese sistema, que en forma circunstancial o
sistemática dieron cuenta de esa regresión con el propósito de revertirla.

El registro de esas lecturas enriqueció la compresión del fenómeno,
especialmente durante el auge de la unipolaridad. Su análisis permitió confrontar con
los erróneos pronósticos de resurrección imperial norteamericana, que al poco tiempo
fueron desmentidos de la realidad (Boron, 2014: 8-25).

ANALOGÍAS CON ROMA

El declive de Estados Unidos suscita instructivas comparaciones históricas,
especialmente con el antecedente romano, que también operó como un sistema de
dominación asentado en normas de coerción, expansión y jerarquía. La denominación
latina “imperium” alude a esa estructura, contrapuesta con el concepto griego de
hegemonía, que siempre fue asociado con formas de sometimiento más consensuadas
(Ilkowski, 2015).

Muchas comparaciones resaltan similitudes de Estados Unidos con Roma en el
terreno de la violencia autodestructiva. Las semejanzas son extendidas a otras esferas,
como el estancamiento productivo, la depredación de los recursos naturales, el
despilfarro de las riquezas o la sobre expansión militar.

Las potencias declinantes suelen forzar la extracción de excedentes de sus
súbditos para conservar el poder, quebrantando los equilibrios que facilitaban la
prosperidad precedente. Por esa compulsión confiscatoria, Roma terminó devorándose a
sí misma, cuándo la expropiación de la población circundante no alcanzó para financiar
el descontrolado gasto militar. Esa práctica de confiscación guerrera agotó al imperio
(Torres López, 2026).

La misma corrosión afecta actualmente a Estados Unidos en el plano de los
ingresos y la deuda pública. Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos
recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma
erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente
desdolarización de las transacciones mundiales.

Roma ejercía su poder mediante la fuerza, pero manteniendo contrapartidas de
protección, seguridad y beneficios con sus súbitos y aliados. Cuando rompió ese
equilibrio, perdió capacidad para preservar su dominación (Norman, 2025). Esa misma
fractura de alianzas afecta a Estados Unidos, desde que tiende a transformar a sus socios
en vasallos. Ese cambio de relaciones corroe, por ejemplo, el pacto transatlántico que
durante toda la segunda mitad del siglo XX sostuvo al sistema imperial.

Un contrapunto esclarecedor entre los efectos de la expansión agrícola romana y
la globalización contemporánea, ilustra el boomerang que emparenta al declive de los
dos imperios. Al extender sus cultivos fuera de sus fronteras, Roma deterioró su vieja
primacía rural a favor de sus vecinos, en un proceso semejante a la mundialización
económica que inició Estados Unidos y empoderó a China.

En ambos casos, las ventajas iniciales de la potencia dominante en sectores
estratégicos fueron capturadas por sus adversarios, en la propia dinámica expansiva del
hegemón. En las dos situaciones, las metrópolis plantaron las semillas de su propia
regresión. En la Antigüedad, compartiendo prácticas agrícolas y en la actualidad,
exportando industrias, tecnologías y servicios, que fueron recreados con mayor
productividad por sus destinatarios (Heather; Rapley, 2024).

Otro rasgo del declive que emparenta a Roma con Estados Unidos es la
perduración temporal de ese descenso, luego del propio agotamiento del sistema. Esa
decadencia se extendió durante centurias en la Antigüedad y se verifica en las últimas
décadas de regresión norteamericana (Galtung, 2010: 10-29).

La analogía entre ambos imperios, se extiende también a la forma en que las
contradicciones económicas internas fueron agravadas por la acción militar. La Guerras
contra Cartago le permitieron al coloso de la Antigüedad controlar el Mediterráneo y la
provisión de esclavos para su economía doméstica. Pero ese suministró incentivó
expansiones militares ulteriores que socavaron esas ventajas. El gendarme
norteamericano padece el mismo síndrome, como custodio internacional de la opresión
capitalista (Roberts, 2026).

Las semejanzas también se verifican en la virulencia imperial. Esa ferocidad es
una consecuencia directa del declive, que reduce la capacidad para generar consensos y
desplegar la hegemonía, generando formas más inestables y violentas de dominación.
Los imperios nunca declinan de manera suave, aceptando pasivamente la pérdida de su
poder. Multiplican las amenazas, exigen mayor obediencia y se tornan más agresivos.
Esa conducta de Roma, fue reproducida por las atrocidades de la Corona
española para mantener sus dominios americanos, por el genocidio de los armenios
durante el ocaso del imperio otomano, por la crueldad de los británicos frente la pérdida
de su joya en la India y por el baño de sangre que perpetró el colonialismo francés para
evitar la independencia Argelia (Boron, 2014: 8-25). Desde hace décadas, el
imperialismo norteamericano repite esa conducta, con guerras que destruyen países, sin
generar ninguna contención a su declive.

OTROS CONTRAPUNTOS HISTÓRICOS

La confrontación entre Estados Unidos y China ha recreado también el interés
por la moraleja histórica de la trampa de Tucídides. Esa referencia es utilizada para
ilustrar el resultado adverso que afronta una potencia emergente, cuando intenta
destronar a destiempo a su rival dominante. Atenas era la ascendente ciudad-estado
marítima, que tenía todo a su favor para doblegar al antiguo dominador terrestre
espartano. Pero esas ventajas no le alcanzaron para ganar su apuesta bélica.

Ese inesperado resultado es recordado, a veces, para imaginar situaciones
victoriosas del dominador estadounidense, si el desafiante chino captura Taiwán y
termina sufriendo la misma derrota que padecieron los atenienses.

Pero la reincorporación de esa isla al territorio unificado de China, sigue una
pauta estratégica de otro tipo y ya anticipada por la asimilación de Hong Kong. Es
concebida como un proceso más económico que militar y no se inscribe en políticas
imperiales expansivas por parte de China. La analogía con Atenas y Esparta es además
forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida
en declive y el agredido (China) es un emergente, que elude el uso de la fuerza.
Justamente por ese posicionamiento, la trampa de Tucídides fue explícitamente
aludida por Xi Jinping en su reciente encuentro con Trump. El presidente chino convocó
a evitar el aprisionamiento mutuo en un conflicto bélico. Aludió a esa referencia
histórica, como un enredo que todos los involucrados deben rehuir para impedir inútiles
sangrías.

Algunos autores han estudiado la enseñanza de Tucídides con esa misma
finalidad, distinguiendo cuáles fueron los conflictos entre potencias desafiantes y
predominantes, que desembocaron en la guerra y cuáles sortearon ese desenlace. A
partir de ese cómputo, destacan que la contienda fue evitada en varios casos y puede ser
igualmente soslayada en el futuro. Señalan que el ejemplo más reciente de esa tensión
sin guerra final, fue la confrontación que mantuvieron Estados Unidos y la Unión
Soviética. Entienden que ese antecedente debería ser reproducido en la disputa actual
entre Washington y Beijing (Allison, 2017:1-3).

Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible, porque al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano.

Otro antecedente ilustrativo -muy distante de lo ocurrido entre la Estados Unidos y la URSS- fue la confrontación que desató el hegemónico imperio británico (retador), contra el desafiante rival alemán (retado), a principio del siglo XX. Pero esa pugna se dirimió en el campo de batalla e involucró a enemigos con estrategias y conductas muy distintas del contexto actual. China no es comparable con Alemania, y Estados Unidos no se asemeja a Inglaterra.

En el primer caso, porque Beijing está embarcado en una expansión económica
mundial, que no sigue la pauta del militarismo imperialista. Despliega negocios y no
invasiones, con la atención puesta en sostener su crecimiento y no en la ocupación
formal o informal de territorios ajenos. Esta conducta se ubica en las antípodas del
imperialismo alemán de la primera mitad del siglo XX (Katz, 2023: 100-109).

Por otra parte, varias diferencias separan a Estados Unidos de su antecesor
británico, ante todo, en el plano económico. Inglaterra era un acreedor mundial que
exportaba capitales, financiando la inversión mundial con fondos que fluían desde la
metrópolis hacia la periferia. Por el contrario, Estados Unidos es un deudor que recepta
esos capitales. Acumula, además, un monumental déficit comercial con su retador chino
que financia con emisión y endeudamiento (Tooze, 2026).

Es cierto que la industria inglesa declinaba con la misma tónica que su sucesor
norteamericano actual y que también recurrió al proteccionismo para contrarrestarla,
pero nunca afrontó la escala que presentan esos procesos en Estados Unidos. Y esa
diferencia de intensidades es muy relevante para una potencia norteamericana, que se
expandió a partir de su propia base territorial.

Mientras que Gran Bretaña, que se vio obligada a salir tempranamente al
exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su
preeminencia financiera, la economía estadounidense se desenvolvió en forma paulatina
con parámetros autocentrados. No emergió de una localización pequeña (como Holanda
o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino de un enorme
asentamiento poblado con torrentes de inmigrantes. El declive actual de su industria
afecta duramente esa trayectoria.

Estados Unidos no cuenta, además, con la flexibilidad que tuvo Gran Bretaña
para consumar su repliegue, amoldándose a nuevas circunstancias históricas. Mientras
que Inglaterra pudo realizar su traspaso del comando mundial al socio ascendente, su
ahijado no tiene a mano ese candidato y no puede repetir esa transferencia.

La inflexibilidad norteamericana obedece a fuertes determinantes militares, que
lo diferencian del antecesor inglés. La primera potencia ha forjado una estructura bélica
cualitativamente superior a la construida por Gran Bretaña, puesto que asumió un rol de
protección del capitalismo mundial que su predecesor nunca desenvolvió. Por esa razón,
Washington no se embarca en los caminos para deshacer el imperio que siguió Londres
y refuerza su ofensiva de guerras imperiales, en todos los rincones del planeta.

Existen también comparaciones de la regresión estadounidense con lo ocurrido
con la Unión Soviética, pero son contrapuntos poco pertinentes. Omiten que la URSS
nunca tuvo una impronta imperial, porque tampoco cobijó un sistema capitalista.
Careció de una clase propietaria asentada en la acumulación de plusvalía y sujeta a las
reglas de la competitividad entre empresas.

Esa ausencia explica la política conservadora que desenvolvía el Kremlin,
evitando el expansionismo y bregando por recrear el estatus quo con su par
norteamericano. Por el contrario, Estados Unidos es el imperialismo global más
agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las
contradicciones del capitalismo del siglo XXI.

Es importante tener presente las diferencias de regímenes sociales en que se
asientan las potencias en declive. El poder de Roma descansaba en la propiedad
territorial, el trabajo esclavo y la expansión fronteriza, mientras que el imperio del
capital estadounidense se sostiene en la explotación del trabajo asalariado, la
competencia y la productividad de las empresas. Y lo mismo vale para los contrapuntos con otros casos. Ese reconocimiento es importante, para notar que las semejanzas en los
declives de los distintos imperios no suponen desemboques análogos.

El interés por mirar el pasado con preocupaciones de futuro siempre fue el
propósito de esas comparaciones. Las primeras analogías de la decadencia de Roma con
su posible repetición en Inglaterra (que formuló Gibbon en 1776), eran impulsadas por
la pretensión de evitar ese descenso, con mayor estímulo del comercio y la industria.
La trampa de Tucídides es reiteradamente recordada para alertar sobre las
inmanejables consecuencias de cualquier chispa bélica, pero también para postular
singularidades de Estados Unidos que lo eximirían de cualquier declive. Ese
negacionismo constituye otro aspecto clave del escenario actual, que analizamos en el
próximo texto.

9-8-2026

RESUMEN
El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar su retroceso con agresiones
militares. El predominio del siglo XX quedó tan atrás como la unipolaridad y es muy
visible el declive frente al rival chino. La primera potencia concentra desequilibrios
económicos capitalistas y fracasos bélicos mayúsculos, que fueron anticipados por los
críticos de la resurrección imperial. Las analogías con Roma explican la violencia
autodestructiva y las comparaciones con Gran Bretaña ilustran la dificultad para
remodelar el imperio.

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Notas

1 Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es:
www.lahaine.org/katz

 

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