por Luis Espinoza
La situación política nacional, al igual que en todos las sociedades, está siendo definida por los acontecimientos que suceden en el mundo, específicamente, por el nuevo escenario abierto con el ascenso al poder en Estados Unidos del bloque empresarial ultranacionalista que lidera Donald Trump, cuestión que debilitó ostensiblemente a la facción liberal globalista afincada en Davos y compuesta, además, por la mayoría atlantista de la Unión Europea y las fracciones mayoritarias del Partido Demócrata, aparte de relegar a la inconsistencia a continentalistas y halcones pertenecientes al propio Partido Republicano.
La interconexión y dependencia de todas las sociedades a los cambios determinan sus situaciones políticas internas y, en el caso de la chilena, condicionarán todos los hechos que acontezcan en el 2025 y los años posteriores, ya que el programa MAGA como mínimo requeriría para implementarse exitosamente de dos administraciones en la Casa Blanca, la actual y una futura que, al parecer, lideraría el vicepresidente J.D. Vance o un “tercer mandato” de Trump, por lo que, de mantenerse la presente correlación de fuerzas, se consolidará una nueva arquitectura geopolítica planetaria. Desde hace un tiempo, la contradicción principal se encuentra establecida por la división del bloque capitalista, a raíz del declive del dominio del capital financiero especulativo producto de la oposición de grupos empresariales ligados a la economía real en Estado Unidos y Europa y, a su vez, por la irrupción y fortaleza del BRICS, liderado por la Federación de Rusia y la República Popular China, bloque emergente y en expansión, que concentra su acción principalmente mediante una alianza político comercial y que ya supera al alicaído G7.
En tal contexto, por mucho que Chile se encuentre en la periferia y no sea un jugador de ligas mayores, se ve influenciado profundamente por los acontecimientos que suceden en el hemisferio Norte y, sobre todo, por la gran ascendencia que mantienen los grupos empresariales estadounidenses y europeos en las distintas fracciones que conforman la burguesía chilena y sobre las expresiones políticas de las principales coaliciones del escenario nacional y por la cada vez mayor presencia de China en el país, la que se ha convertido en su principal socio comercial.
¿La nueva Tríada como reconocimiento de la decadencia estadounidense?
Si hoy existe un mínimo de concordancia en el análisis de la correlación de fuerzas a escala internacional, es el convencimiento de que los grupos empresariales de Estados Unidos ya no son capaces de dominar solos la política y la economía mundial.
Es evidente que la guerra que todavía se desarrolla en Ucrania es el suceso de mayor relevancia en la coyuntura internacional, debido a que Rusia no podía permitir el avance del globalismo hacia el interior de su territorio, tras el objetivo de derrocar su liderazgo, dividirla en bantustanes y disponer de sus recursos naturales. No obstante, es innegable que al comienzo Moscú no calculó bien el alto nivel de penetración ideológica del neofascismo en su vecino país y, muy especialmente, la hegemonía que este alcanzó al interior del ejército ucraniano, como tampoco la decisión del globalismo asentado en Bruselas y Washington para deshacerse del núcleo de dirección ruso compuesto, entre otros, por Vladimir Putin, Nicolai Pátrushev, Dimitri Medvédev y Valentina Matvienko.
Las facciones ligadas al capital financiero prepararon con una década de anticipación a las fuerzas armadas de Ucrania, instalando agentes fascistas en su estructura y concibiéndolas como avanzada de choque para extender su influencia hacia el Este, tras dicho objetivo, el verdadero mando militar no estaba únicamente en su capital, sino que se emplazó también en Wiesbaden, Alemania, la base norteamericana de la OTAN en la que se encuentra el verdadero Estado Mayor y el comando ejecutor de las fuerzas que combaten a favor del régimen de Kiev. Con ello, la posibilidad de que el alto mando militar destituyera a Zelenski y negociara con Rusia se evaporó casi de inmediato en marzo 2022, obligando al Kremlin a cambiar de estrategia inclinándose por la guerra de desgaste desde el Dombás.
Pero, el nuevo escenario, esta vez, no fue bien leído por el globalismo que supuso la debacle económica rusa y su aplastante derrota en el campo de batalla, lo que generaría la destitución del gobierno de Putin, creando una oportunidad propicia para cumplir el anhelado sueño de instalar el atlantismo en el corazón de Eurasia, apropiándose de sus recursos y modificando radicalmente el equilibrio geopolítico. Un gran error.
¿Cuál fue el factor estratégico que varió la situación?
Inobjetablemente, la existencia del BRICS y, obviamente, el alto nivel que alcanzaron sus economías, junto con la decisión política de la mayoría de sus integrantes para ignorar las presiones del G7 rechazando aislar al Kremlin y, por el contrario, continuando con sus objetivos que, en la medida que se cumplen, posibilitan el cambio del orden mundial, una cuestión que favorece potencialmente al gobierno ruso y, de paso, a todos los enemigos del globalismo, entre ellos, su principal oponente, el fuerte sector empresarial ultranacionalista que lideran los multimillonarios Donald Trump y Elon Musk.
En tal contexto, el resultado de la elección presidencial en Estados Unidos en noviembre de 2024 no significó una sorpresa, pero lo que generó asombro y estupefacción fue la forma en que el nuevo gobierno norteamericano inauguró su gestión el pasado 20 de enero, ya que una vorágine de medidas locales y de política exterior comenzaron a implementarse destacando el reconocimiento del triunfo ruso en Ucrania y sus claras consecuencias en Europa oriental, junto al amplio plan de reformas de la administración federal, ambas iniciativas políticas destinadas a despejar los principales focos que obstaculizan sus fines en el corto plazo, abarcando desde lo geopolítico hasta los asuntos públicos
caseros.
Con relación al fin del conflicto en Ucrania, lo central no solo es el reconocimiento de la decadencia de Europa occidental, hoy en manos del globalismo, haciendo imposible su expansión hacia el Este, sino que también, la disminución de la superioridad que esta mantenía en Europa oriental, su patio trasero, constituyendo a Rusia en la fuerza predominante de la región, país al que se le reconoce como potencia global porque ganará la guerra, continuará manteniendo un poderoso arsenal nuclear, su economía continuará expandiéndose, aumentará su influencia en el continente africano y exhibirá gran presencia estratégica en el Ártico, quedando sin ninguna duda como habiente de decisiva influencia universal.
Ante ello, es probable que, junto a China y Estados Unidos, constituya el núcleo de potencias decisivas en las próximas décadas, estructurando en forma definitiva un nuevo escenario internacional en el que Washington no renunciará a constituirse en la potencia hegemónica, aspirando al menos a ubicarse como primus inter pares, por lo que persistirá en una táctica agresiva en la que aprovechará todas sus ventajas para imponerse, buscando eliminar los bloques y negociando directamente con cada agente, en un plan que, tal como se mencionó con anterioridad, tiene como mínimo ocho años para su concreción, por lo que ha guardado medidas que implementará durante el periodo final de la presente gestión. De continuar desarrollándose tal tendencia concluyendo en la constitución de la Tríada, una nueva división geopolítica comienza a emerger, fenómeno que ha sido catalogado como una “Nueva Yalta”, aunque guarda grandes diferencias con dicha negociación en febrero de 1945 que se caracterizó por la bipolaridad ideológica eurocéntrica, al observarse hoy un cambio civilizatorio tectónico que reestructurará todas las relaciones internacionales y, por ende, las alianzas e instituciones que las han sustentado durante décadas.
En tal sentido, el proyecto del trumpismo necesita de muchos elementos para consolidarse, ya que el proceso de reindustrialización de Estados Unidos que propone, necesita de un programa de acumulación de capital intensiva y con urgencia reducir el alto endeudamiento que dicho país mantiene, además, evitar la debilidad del dólar y reducir la inflación sin un alza excesiva de la tasa de interés, entre otras medidas. En tal contexto, la reducción de conflictos y el atrincheramiento en la plataforma norteamericana, unidos a la definición con mínima inteligencia de los enemigos principales, se convierte en un factor decisivo de su estrategia. Sin embargo, nadie piense que el gobierno estadounidense abandonará Europa, ya que no renunciará al dominio de Eurasia, pero actuará manteniendo su propia dirección y bajo los intereses de la fracción empresarial que hoy domina la Casa Blanca, por ello es factible que la OTAN vea reducido su marco de acción y Washington se comprometa directamente con la llamada Iniciativa de los Tres Mares, un muro geopolítico que abarca el Báltico, el Negro y el Adriático, cuyo eje principal es Polonia, directiva a la que tarde o temprano se incorporarán otros países atlantistas.
En este escenario el gran perdedor es Europa occidental, liderada por Francia, Reino Unido y Alemania, esta última considerada la “locomotora europea”, pero que hoy atraviesa una grave crisis económica provocada por el alza de la energía al haber renunciado a abastecerse de gas ruso, reemplazándolo por el estadounidense mucho más caro.
Igualmente, la influencia internacional del llamado viejo continente se reduce cada vez más teniendo que abandonar el África y, conjuntamente, se encuentra sometido a una gran definición, ya que no logra compatibilizar sus objetivos con los del trumpismo, por lo que se esfuerza para no subsistir como región autónoma subordinada a Washington, que no lo acompañará en una supuesta confrontación con Rusia en el plano militar. Pero, todos los esfuerzos que desarrolla para
construir un dispositivo de defensa, si bien tienen como objeto prepararse para una hipotética disputa armada con Moscú, lo central es el empeño por reactivar su economía mediante el desarrollo acelerado de la industria armamentística reduciendo los programas sociales, en tal sentido, para la tendencia mayoritaria de la Unión Europea encabezada por Emmanuel Macron, Friedrich Merz y Ursula von der Leyer, es crucial extender la guerra en Ucrania, para lo cual necesita que los neonazis de Zelenski se mantengan en el poder.
Desdolarización y tecnología, el gran desafío del BRICS
Durante 2024, el BRICS vivió uno de sus mejores años, ya que efectuó una exitosa cumbre en Kazán, Rusia, en la que amplió sus integrantes y, además, estableció un círculo exterior de socios, lo que agrupó a un conjunto de economías emergentes con un alto porcentaje del PIB del mundo y gran proporción de su población, aumentando su radio de influencia y desplazando al G7 como el bloque de mayor poderío.
No obstante, tiene dos grandes desafíos frente a la competencia con dicho conglomerado, uno de ellos es disminuir la influencia del dólar y construir un sistema alternativo al SWIFT y, por otro lado, resultar triunfante en el desafío tecnológico, ya que ambas áreas serán decisivas en la confrontación que mantiene con Occidente, en la supuesta defensa que desarrolla por los intereses del llamado Sur Global.
En tal sentido, la desconexión del sistema SWIFT como arbitraria sanción en contra de aquellos países
que se resisten al dominio del G7, principalmente de Estados Unidos, Reino Unido y varios miembros
de la Unión Europea, ha sido un instrumento recurrente en contra de Irán y Rusia, lo que ha obligado al
segundo a crear su propio mecanismo, el Sistema de Transferencia de Mensajes Financieros, SPFS,
iniciativa que también ha implementado China con el Sistema de Pagos Interbancarios, CIPS. No
obstante, ambos dispositivos todavía no son lo suficientemente fuertes como para transformarse en un
sistema aceptado y utilizado por una cantidad adecuada de países, ni siquiera por todos los integrantes
del BRICS. Ello se debe a que su fortalecimiento está supeditado a la aún firmeza del dólar, haciendo
evidente la necesidad del bloque de crear una moneda propia, una cuestión en la que no parece haber
acuerdo, por lo tanto, se manifiesta lejana. Tras dicho marco, la Casa Blanca aprovecha la indecisión del
BRICS procurando reestructurar su deuda, reduciendo el costo mediante la guerra de aranceles y la
utilización del dólar, e inclusive, está tratando de que el Tesoro emita bonos que alivien sus obligaciones
en un largo plazo, lo que perjudicaría principalmente a China y Arabia Saudita.
En segundo lugar, se encuentra el factor tecnológico, el que incide directamente en la lucha hegemónica en todos los planos, especialmente geopolítico, económico y militar, una variable que se dinamiza en cuanto a innovaciones que se generan en las guerras y la carrera espacial, tanto en los procesos como en los productos. En dicho aspecto, algunos sucesos han sobresalido mediáticamente como es el caso de las escaramuzas de los microchips de última generación entre China y Estados Unidos, pero es evidente que la confrontación es mucho más que aquello, propiciándose aceleradamente revoluciones tecnológicas A pesar de que no constituyen su enemigo principal momentáneamente, los países que integran el BRICS hoy se verán afectados por la fulminante iniciativa que desarrolla la nueva administración estadounidense, ya que China y Rusia constituyen su principal enemigo en el largo plazo.
que impactarán en los seres humanos como en otros planetas, estrellas y asteroides. En tal sentido, destaca la sesión del Consejo del Pueblo en China, evento efectuado la primera semana del presente mes en el que, junto con ratificar la necesidad de expandir el consumo interno y la ampliación de los mecanismos para aumentar la inversión extranjera invitando a los empresarios mundiales a “apostar en China”, entre otras cosas, ratificó el desarrollo de las Nuevas Fuerzas Productivas de Calidad, promoviendo la incorporación de la Inteligencia Artificial en las actividades cotidianas, muy especialmente, en la educación.
Todo ello demuestra que, frente a la necesidad urgente del capitalismo occidental para expandirse en todas sus dimensiones y lugares, no respetando la Naturaleza ni la vida, la urgencia del cambio civilizacional es extrema o será la misma existencia la que estará en riesgo, por lo que la expansión de los países del BRICS tiene enormes desafíos que los obliga a transitar desde una coalición económica a un bloque político y militar que influya decisivamente en el nuevo orden que emerge.
Las potencias regionales y su participación en el nuevo orden
Un nuevo elemento que, entre otros, diferencia la actual situación de la Guerra Fría, radica en el papel que han comenzado a tener estas potencias regionales. Un conjunto de países con un desarrollo medio que se han definido como neutrales y no procuran abanderizarse con ninguna de las grandes potencias y establecen relaciones diplomáticas y alianzas económicas, principalmente comerciales, priorizando sus intereses nacionales y aprovechando al máximo las condiciones que poseen para ampliar su radio de influencia que, aunque limitado, es relevante en la medida que logran llegar a contendientes con dificultades para congeniar o alcanzar acuerdos. Es el caso de Sudáfrica, Nigeria, Arabia Saudita, Turquia, Irán, México, Brasil, Indonesia o Corea del Sur.
De esta manera, la relación privilegiada de Arabia Saudita con Estados Unidos y los países del BRICS, entre ellos, Rusia, permitió el acercamiento entre Moscú y Washington, sirviendo posteriormente Riad como escenario para la reunión entre Serguei Lavrov y Marco Rubio. Igualmente, el gobierno de Turquia presidido por Recep Erdogan, fue el primero en reconocer el triunfo de Nicolás Maduro en las elecciones venezolanas, sin importarle lo cuestionadas que fueron por sus socios de Europa y de la OTAN. Inclusive, fue mediador en la primera fase de la guerra en Ucrania sirviendo Estambul como sede para las conversaciones entre los contendientes en marzo del 2022.
La existencia de las potencias regionales con cierta neutralidad no puede confundirse con el antiguo movimiento de países no alineados, debido a que generalmente actúan desde su particularidad buscando transformarse en potencias mayores, aunque su existencia ha servido como espacio de contención de conflictos y le confiere complejidad a la situación política internacional, sin embargo, no significa que no se transformen en fuerzas que buscan influenciar a otros países más débiles o participan de conflictos tratando de sacar partido para sus intereses privativos. El conflicto en el Asia Occidental es el caso más nítido, ya que tanto Irán en el Líbano, como Türkiye en Siria y Arabia Saudita en Yemen, han intervenido directamente en sus conflictos internos apoyando a sus incondicionales al margen de la voluntad de otros grupos locales y sin respetar la soberanía de dichos Estados.
El Asia Occidental y el genocidio palestino
El objetivo de Estados Unidos y el G7 consiste en mantener a Israel como principal potencia de la región para garantizar el proceso de acumulación capitalista y del régimen democrático liberal occidental, pero necesita que los principales países árabes reconozcan al Estado sionista y converjan en objetivos geopolíticos que neutralicen la amenaza iraní.
La iniciativa de la resistencia palestina liderada por Hamás en octubre de 2023, impidió la inminente apertura de relaciones entre Israel y Arabia Saudita echando por tierra la principal operación del llamado Acuerdo de Abraham, un plan propiciado por Trump y continuado por Biden, destinado a cambiar radicalmente la situación de fuerzas en la región y, con ello, la consolidación del Estado sionista en forma definitiva, la inexorable derrota de los palestinos y la auspiciosa expansión del proceso de acumulación capitalista liderado por el G7, lo que desactivaría uno de los conflictos más complejos que persisten. Sin embargo, la confrontación que todavía se desarrolla, generará un reordenamiento de
fuerzas en el que el bloque compuesto por Estados Unidos, la OTAN e Israel, tiene dificultades para imponerse debiendo recurrir a la fuerza militar en extremo, buscando una derrota definitiva de la resistencia palestina. En tal marco, solo acrecentando el genocidio podría alcanzarse la paz de los sepulcros, cuestión que se transformará en una derrota política para Israel en el mediano plazo, ya que cualquier salida sin los palestinos es inviable, además, el espacio político del sionismo se reduce cada vez más en todo el orbe y su evidente aislamiento lo obliga a la utilización en exceso de la guerra de exterminio, generando mayor rechazo a Tel Aviv por parte de la comunidad internacional. La narrativa que reivindica al pueblo elegido que sufrió el holocausto e hizo florecer el desierto, se deterioró significativamente y hoy el sionismo es reconocido como una ideología criminal.
La fase de la guerra en la región, que aún se mantiene, ha debilitado a los dos grupos combatientes y, en lo referente al bloque de la resistencia palestina, es palpable el desgaste y los duros golpes recibidos por Hamás, la Yihad Islámica, Hesbolá y grupos de izquierda como el Frente para la Liberación de Palestina, FLP. No obstante, la Fuerzas de Defensa de Israel, FDI, y el paramilitarismo terrorista de los colonos, no han logrado cumplir el principal objetivo propuesto: exterminar a los grupos armados dando fin a la amenaza militar palestina. El avance más serio del bloque israelí-otantista, fue el derrocamiento del presidente Bashar al Asad en Siria por parte de las fuerzas yihadistas apoyadas militarmente por Turquia, aunque el nuevo régimen aún no se consolida y emergió una resistencia popular al nuevo gobierno de Damasco, el que no ha trepidado en utilizar la matanza de civiles, aumentando la inestabilidad.
El objetivo de Estados Unidos y el G7 consiste en mantener a Israel como principal potencia de la región para garantizar el proceso de acumulación capitalista y del régimen democrático liberal occidental, pero necesita que los principales países árabes reconozcan al Estado sionista y converjan en objetivos geopolíticos que neutralicen la amenaza iraní.
A la par, la llegada de Trump ha significado una variante en la política de Washington en el Asia Occidental siendo la apertura de conversaciones abiertas y directas con Hamas una de las novedades, pero a la vez, la situación de fuerzas a favor de los fanáticos que lidera Netanyahu se ha inclinado a su favor y la razón es el influyente grupo de judíos y cristianos sionistas que integran el gobierno estadounidense. Por tanto, la debilidad de la resistencia palestina es principalmente política por la desconfianza que provoca la Hermandad Musulmana, corriente fundamentalista de derecha a la que obedece Hamás y, conjuntamente, por la división del bando palestino, en el que la dirigencia de la OLP
es aliada del globalismo, en un escenario en el que las organizaciones de izquierda como el FLP son muy débiles. De igual forma, tanto Rusia, Turquía como China, han tenido una conducta errática con relación al sionismo y muchas de sus críticas son solo testimoniales. Privado del compromiso y apoyo de potencias de gran peso y solo con el soporte iraní y del lejano Yemen, el bando palestino pasa por difíciles momentos.
Asimismo, el gobierno estadounidense continúa con la política bipartidista cuyo objetivo central es la defensa de Israel a como dé lugar, por lo que buscará que su acercamiento a Rusia le permita construir una alianza que incorpore a Irán a un acuerdo, neutralizándolo y, a la vez, detenga los afanes de Turquia por reconstruir el antiguo imperio otomano. La reactivación del Acuerdo de Abraham será nuevamente el eje de la política estadunidense en el mal llamado “Medio Oriente”.
Latinoamérica y el peligro frente al proteccionismo
La lucha hegemónica entre las grandes potencias se manifestará en la región por la presión para disponer de sus recursos naturales y aprovechar su posicionamiento territorial. Mientras, los países occidentales del hemisferio Norte adoptan el proteccionismo y, simultáneamente, propician que Latinoamérica continúe con sus economías abiertas.
A lo largo de toda su existencia, la mayoría blanca estadounidense ha pregonado que pertenece a un grupo superior que habría sido escogido por Dios para guiar al resto de los primitivos mortales. Tal concepción, de origen eurocéntrico y condensada en el Destino Manifiesto, ha justificado todas las maniobras destinadas a mantener la supremacía sobre los presuntos pueblos inferiores favoreciendo los intereses de la clase dominante norteamericana, impuestos sobre la base de coerciones y sangrientas invasiones.
Latinoamérica ha sido una de las regiones que sufre tal autodesignio desde hace siglos, transformándose en vasallo del “pueblo elegido” con la complicidad de las burguesías nacionales sometidas al capital financiero y a los ejércitos que resguardan y permiten la reproducción del orden dominante.
La lucha hegemónica entre las grandes potencias se manifestará en la región por la presión para disponer de sus recursos naturales y aprovechar su posicionamiento territorial. Mientras, los países occidentales del hemisferio Norte adoptan el proteccionismo y, simultáneamente, propician que Latinoamérica continúe con sus economías abiertas.
Empero, tal situación nunca ha sido tan dramática como lo será en los años venideros, ya que, en medio de las luchas de poder por parte de las grandes potencias, la región se verá tironeada desde varios lados buscando alinearla con algunos de los bandos. En dicho aspecto, lo que centralizará el análisis son los objetivos que se propongan con relación al modelo de desarrollo que se adoptará y la inserción que el subcontinente tendrá en el nuevo orden, especialmente su relación con los integrantes de la Tríada, sin embargo, todo elemento de definición obliga a admitir que las grandes potencias solamente están interesadas en el subcontinente latinoamericano para acceder a sus recursos naturales, utilizarlo como mercado de sus productos, aprovechar la posición geopolítica que tiene con relación a vías de
navegación estratégicas o su cercanía a la Antártida.
Ante aquello, Latinoamérica no tiene otra posibilidad de salir airosa de lo que se le viene si no construye un bloque unificado, un objetivo ineludible, pero inalcanzable por el momento, ya que las diferencias estratégicas que existen son imposibles de sortear por diferentes motivos. En tal plano, el amplio grupo que se inclina por fomentar transformaciones independentistas y que es el único interesado en constituir una integración regional, mantiene grandes divergencias que lo debilitan frente a las fuerzas capitalistas internas dependientes del capital foráneo. Al mismo tiempo, se mantiene un permanente relevo en los gobiernos entre coaliciones progresistas que promueven cambios favorables a los sectores vulnerables de la población, con agrupaciones de derecha que una vez que reasumen el poder revierten dichas medidas.
Igualmente, el nuevo escenario muestra que las potencias capitalistas hegemónicas en la región, sobre todo Estados Unidos y Europa occidental, adoptaron el proteccionismo como eje de su política económica y cierran sus mercados a los productos chinos preferencialmente, pero obligando a las naciones latinoamericanas a seguir dicho derrotero A su vez, el pasado gobierno de Joe Biden buscó revertir el error que significó “abandonar” Latinoamérica dejando que China aumentara exponencialmente su presencia, pasando a ser el principal socio comercial de varias economías e incorporando diversos Estados a la iniciativa Franja y Ruta de la Seda, situación frente a la cual la Casa Blanca desató una gran ofensiva destinada a presionar a los países que comercian con la nación asiática desde sus embajadas, el Comando Sur o las poderosas corporaciones transnacionales, ambicionando recuperar su patio trasero.
¿Cuál será la política del gobierno de Donald Trump hacia Latinoamérica?
Más que por factores político-ideológicos como sucedió durante su anterior mandato, la relación estará definida por la acumulación de capital que necesita para que la industria de Estados Unidos recupere el nivel de competitividad, aunque en lo referente a la gran preocupación que es su enorme endeudamiento, América Latina no es relevante. Por ello, no son los temas económicos inmediatos los que ha encarado en la región, sino que los de migración y cuestiones como el Canal de Panamá, concernientes al trato preferencial para sus navíos más que a una recuperación vía las armas.
Asimismo, con relación a los recursos naturales, solo el petróleo venezolano es un factor de interés, pero su manejo está condicionado a la correlación de fuerzas al interior del trumpismo, puesto que la influencia de la colonia cubana de
Miami es importante, a pesar de que puede imponerse el pragmatismo, ya que no existe un bloque con capacidad de frenar sus directivas, aunque el globalismo mantiene una fuerte presencia en la región, tendencia que va a tratar de intensificar su alianza con fuerzas afines que ejercen algunos gobiernos como el chileno o el brasileño, pretendiendo generar una confrontación con Trump. Es indudable que Washington aspira a que al gobierno de Milei se le sume uno de Bolsonaro en Brasil, de Johannes Kaiser en Chile o Noboa en Ecuador, que Rixi Moncada pierda en Honduras y que la alianza de Gustavo Petro sea desplazada en Colombia, lo que favorecería ampliamente su estrategia de dominación.
Levantar una política autonomista latinoamericana frente a las grandes potencias pasa por reorientar la conexión con los centros, originando políticas autónomas, pero no hay indicios de que pueda conformarse una alianza con un mínimo de homogeneidad para propulsarla, solamente una gran coalición encabezada por México y Brasil podría tener cierta posibilidad de constituir un bloque emancipador y todo dependería de la capacidad del primero para terminar su estrecha dependencia de la economía estadounidense y acercarse al BRICS, en especial, a Brasil y China.
Chile y el nuevo escenario
La situación política nacional muestra la persistencia de la crisis del orden social sin que hasta el
momento ninguna de las fuerzas políticas plantee un proyecto de resolución, por el contrario,
tienden a fraccionarse en distintas tendencias, descartando toda posibilidad de acuerdos, lo que
aleja aún más la factibilidad de generar uno nuevo.
Un elemento que destaca en la coyuntura que se abre este 2025 es la tendencia a la dispersión de las corrientes políticas plasmando un cuadro de crecientes divisiones y dificultades para la constitución de alianzas sólidas. Es la expresión de la crisis del orden político y la incapacidad para encontrar una salida, de esta forma, se impone lo que los empresarios denominan la incertidumbre, señalada también como la “ausencia de reglas claras”, vale decir, la falta de un acuerdo en el que las distintas clases y capas sociales logren alcanzar un equilibrio en el resguardo de sus intereses, por tanto, una regulación establecida institucionalmente y que sea respetada por la mayoría de los actores sociales y políticos.
Las soluciones son variadas, pero ninguna logra la suficiente acogida entre los bandos, algunas de ellas se han concentrado en la reforma acotada del régimen político, buscando legalmente que las agrupaciones de mayor peso sean las que decidan políticamente en el país, evidenciando revivir ingenuamente el duopolio que dominó gran parte de la transición con el sistema binominal como fórmula de representación. Por ello, hoy arrecia la campaña para terminar con los “partido chicos”. Tales disparates, como sucedáneos de una salida, solo agravan la crisis y las divisiones tienden a consolidarse.
El deterioro que producen los fraccionamientos en la Derecha chilena proviene de su incapacidad para elaborar una propuesta que vaya más allá del neoliberalismo 2.0 y, la división del capitalismo en el mundo acrecentará dicha falencia y potenciará su segmentación. Asimismo, como tal fisura sufre el resto de las fuerzas políticas, el quiebre es generalizado y la falta de ideas es la insuficiencia mayor.
Hasta hace unos años, el amplio consenso entre las fuerzas afincadas en Chile Vamos y la Concertación-Nueva Mayoría, cuyo pacto sostuvo el orden político de la transición, se debía a que ambas coaliciones obedecían al modelo del capital financiero globalista, el que hoy se encuentra en franco retroceso. La presencia en la derecha de fuerzas trumpistas que paradojalmente se identifican en lo ideológico con el pinochetismo que desindustrializó y privatizó la economía nacional y rechazan una alianza con los partidos más tradicionales como la UDI y RN que también reivindican la Dictadura, es un factor de desintegración que será muy difícil de revertir por la gran distancia que tienen ambos proyectos. Esta
nueva derecha en la que se articulan republicanos, libertarios capitalistas y evangélicos socialcristianos, tiene diferencias con Chile Vamos que no se resolverán en los próximos años, fragmentando dramáticamente a las fuerzas representativas del capital. En dicho contexto, la derecha trumpista tiene problemas para construir su proyecto más allá de agresivas alocuciones en contra de las elites, la migración o la delincuencia, siendo el déficit propositivo su gran debilidad. La razón es simple, el proteccionismo de Trump se reduce a Estados Unidos asignándole a Chile el modelo de economía abierta en el que continuaría siendo un abastecedor de materias primas estratégicas, o sea, formará parte
subordinada del proceso de acumulación en los centros capitalistas mediante el saqueo de sus recursos naturales. Por ello, no es factible que se enfrente, en término de proyecto, al capital financiero, por lo demás, las declaraciones de un partidario de Kaiser cuestionando la autonomía del Banco Central fueron rápidamente desmentidas por el candidato.
Frente a tal panorama, es la derecha aglutinada en Chile Vamos, representada por Evelyn Matthei, la que hasta el momento ha sido más clara en cuanto a tomar medidas para expandir el modelo neoliberal y asegurar a los empresarios un alza de sus utilidades y ampliación de sus beneficios, disfrazadas bajo la monserga del crecimiento. En efecto, la candidata de la UDI no se cansa de repetir el discurso empresarial demandando seguridad, desregulación, rebaja de impuestos corporativos y ajuste fiscal. En dichos términos, la seguridad más allá de la neutralización de la delincuencia busca afianzar el control social, desregular es terminar con las pocas limitantes existentes en la legislación laboral o ambiental para que sus negocios sean rentables e, igualmente, la disminución tributaria de las empresas hace que la
carga impositiva se concentre en la o el chileno de a pie. Por su parte, el ajuste fiscal tiene como objeto reducir el gasto social para que el Estado abastezca de recursos a la empresa privada. Vale decir, es todo un paquete destinado a fortalecer a los grandes grupos económicos, las corporaciones transnacionales y al capital financiero especulativo. Los empresarios lo quieren todo, pero, su gran dificultad está constituida por los problemas para establecer un nuevo orden social y político que reemplace al de la transición desmoronado en el 2019. Una cuestión que requiere de un pacto que está muy lejos de alcanzarse por la debilidad de los posibles e interesados concurrentes, léase Chile Vamos y las fuerzas
que hoy están en el gobierno. En tal aspecto, por mucho que se pregone como positiva la reforma previsional, es un magro avance que mantiene el sistema de capitalización individual y no resuelve el problema central que es el bajísimo monto de las pensiones. Solo sirve para la entrega de mayores recursos al capital financiero y en términos políticos, nadie se atrevería a plantear que es la vuelta de la democracia de los acuerdos.
La imposibilidad de lograr un consenso parecido al alcanzado en 1989, se transforma en el mayor factor de la crisis social y política que vive Chile y las palabras de Gabriel Boric destacando como su gran logro haber normalizado el país, es una vana pretensión de terminar por la vía del discurso con la incertidumbre que genera toda crisis y, además, el alto fraccionamiento de las fuerzas políticas tiende a acrecentarse. Con ello, el oficialismo está complicado para articular una opción que le permita mantener el gobierno ante la ausencia de un proyecto de futuro y los últimos días han sido las fuerzas socialdemócratas que, detrás de la candidatura de Carolina Tohá, intentan construir una propuesta con perspectiva de mediano plazo, buscando diferenciarse de sus socios del gobierno, principalmente del Partido Comunista, agrupación que aquejada de una sequía de ideas, se encuentra dividida y en un profundo deterioro doctrinario.
Las fuerzas socialdemócratas, herederas de la llamada “renovación socialista”, pretenden constituirse en alternativa al interior del capitalismo tras una plataforma regulatoria que se condensa en el llamado Estado social de derechos, un proyecto inviable en el marco del actual régimen político y con el imperante modelo económico, pero, además, sin posibilidades de constituir un pacto con Chile Vamos que reviva la democracia de los consensos, porque dicho bloque solamente ve en la profundización del neoliberalismo una posible salida a la crisis y lo que menos desea es mayor regulación, la ofensiva para reducir la “permisología” y las críticas a la presencia del Estado en varias áreas, es clara demostración.
De igual forma, la reducción de la Democracia Cristiana como fuerza política, debilita la propuesta socialdemócrata que busca construir una gran alianza de centroizquierda, por lo que insistir en un diseño estratégico que obtuvo resultados durante los años 1990, pero que hoy está desfasado, es una falta de creatividad evidente.
Desafío de la izquierda chilena: Lucha popular y proyecto de sociedad
La articulación de una fuerza de izquierda depende de la capacidad que tenga para plantear una salida a la crisis del orden social y, al mismo tiempo, de su decisión para desarrollar una decidida lucha por los derechos del pueblo incorporando los elementos de ruptura que complemente las actividades que se emprendan en la esfera institucional.
Las organizaciones de izquierda hasta el momento han sufrido notables derrotas políticas, sin embargo, los tiempos han cambiado, la catastrófica división entre globalistas y ultranacionalistas, así como la situación en Chile, indican que la hegemonía absoluta que mantenían las fuerzas capitalistas, ya sean neoliberales o regulatorias, se debilitó absolutamente por la crisis del orden social. Actualmente, las posibilidades de articulación de una fuerza política con perspectiva de poder que emprenda cambios estructurales existen por objetivas condiciones, pero, su éxito estará determinado por la capacidad de producir nuevas ideas acorde con la realidad compleja que hoy prevalece.
La articulación de una fuerza de izquierda depende de la capacidad que tenga para plantear una salida a la crisis del orden social y, al mismo tiempo, de su decisión para desarrollar una decidida lucha por los derechos del pueblo incorporando los elementos de ruptura que complemente las actividades que se emprendan en la esfera institucional.
La tarea principal sigue siendo la elaboración de un proyecto de resolución a la crisis desde la perspectiva de la izquierda, el que ordene y direccione una estrategia de reorganización de la fuerza al calor de la movilización en el corto y mediano plazo, cuyos escenarios debieran ser la lucha institucional electoral y, en forma complementaria, el combate por los derechos del pueblo en el plano de la ruptura.
En tal dimensión, la próxima elección presidencial se presenta como oportunidad de inserción en la lucha política institucional, la que solo será productiva si constituye un paso para terminar con la dispersión y es un escenario propicio para la construcción del proyecto de sociedad alternativa. Bajo esta orientación, son pocas las orgánicas políticas que se plantean una estrategia de cambio estructural con fases a cumplirse en el corto y mediano plazo, es más, muchas de ellas se han visto tentadas con planteamientos efectuados por el Partido Comunista que intentan ubicar la línea de contradicción en el interior de la alianza de gobierno, por lo que se esmeran por incorporar al escenario de sus discrepancias internas a la izquierda que se encuentra fuera del oficialismo. Así, se ha levantado al ex alcalde Daniel
Jadue como un líder que debería representar al conjunto de la izquierda anticapitalista, una que se encuentra fuera del gobierno y la otra que, supuestamente, impulsa cambios “desde dentro”, léase la tendencia oficial del PC. Un bodrio que no se tragaría ni el más ingenuo militante, ya que en lo concreto los comunistas forman parte del gobierno, son partícipes de su estrategia y, es más, defienden las reformas que han reforzado el capitalismo como es el caso de las pensiones, en este caso liderada por una de sus militantes. Es más, su secretaria general Barbara Figueroa se precia de que los comunistas participan de una administración que asegura gobernabilidad, enfatizando que “han demostrado
capacidad de gestión”, agregando con un inexplicable orgullo: “Somos un partido que puede gobernar”, según el portal EMOL del diario El Mercurio.
En consecuencia, nada hay que esperar de los antiguos partidos que decían representar a los trabajadores y que hoy se transformaron en simples peones del neoliberalismo. Es necesario reconstruir la izquierda anticapitalista desde los actores sociales y políticos que se enfrentan al modelo, proceso que se encuentra ligado a tres factores: primero, reconocer la existencia de la crisis del orden social y asumir que no hay posibilidad de una acción política real y efectiva al margen de un proyecto de resolución de tipo estructural cuyo objetivo estratégico es el cambio de sociedad. Por tanto, no se puede desarrollar una actividad sin involucrarse en proponer una salida a la crisis desde la izquierda. En segundo lugar, que dicho proyecto es esencialmente el periodo de transición a la nueva sociedad, el que junto con aplicar medidas inmediatas que respondan a las demandas populares más urgentes, tendrá como perspectiva
alcanzar el poder político, producir un nuevo orden y régimen político, construir la nueva economía y promover una inserción autónoma en el orden mundial. Por último, en tercer plano, necesita definir el sujeto social y político que sostendrá el proceso de cambios que se propone desplegar, cuestión que junto a los elementos programáticos define el carácter del bloque político que liderará las transformaciones y servirá de base en la creación del contrapoder, el eje central del nuevo Estado a construir.
No obstante, como se mencionó anteriormente, en el corto plazo será la elección presidencial el principal hecho político a desarrollarse en lo institucional y en la izquierda capitalista se están generando varias opciones y un mínimo de criterio indica que una iniciativa de este tipo supone tener como objetivo la elaboración de una propuesta programática en torno a la cual se unifique al máximo de fuerzas y se levante una candidatura que no sea testimonial, sino que se perfile con expectativas de triunfo o al menos pasar a segunda vuelta. Debe concebirse como el inicio del camino para implementar un proyecto de cambio de sociedad y las postulaciones que hoy se proponen como es el caso de Eduardo
Artés o Fabiola Campillai, tienen como tarea primordial desarrollar un intenso trabajo de unificación de fuerzas que se complejiza ante la ausencia de orgánicas con alta capacidad para ejecutar operaciones políticas de tan difíciles características, por lo que el objetivo es de laboriosa concreción. Ante tal circunstancia, la presencia de la crisis aclara la proyección de una candidatura de izquierda, que se traduce en cuestiones concretas como la lucha reivindicativa por los derechos populares y la producción de propuestas y estrategias para resolverla, ambas líneas directrices son las bases constitutivas de cualquier bloque que se quiera construir para levantar una candidatura presidencial y su consecuente
lista parlamentaria. Reiterando, el frente político electoral a construir tiene tres tareas principales: definir una o un candidato, generar un proceso de elaboración de propuestas programáticas y, simultáneamente, convocar a jornadas de movilizaciones por las demandas de los pueblos.
Luis Espinoza Garrido
CEDECON
Centro de Estudios para la Democratización del Conocimiento
Santiago, 30 de marzo de 2025.