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¿Dónde está Lenin?

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JACOBIN 06.12.23

Florencia Oroz

En enero de 2024 se cumple un siglo de la muerte de Lenin. A pesar de las distancias, reencontrarnos hoy con el pensamiento leninista es una tarea tan imprescindible como siempre para cualquiera que quiera dar la batalla por un mundo más justo.

El artículo que sigue es la editorial del #9 de Revista Jacobin, «¿Dónde está Lenin?». Suscríbete aquí para acceder al número completo y al resto de los números en versión digital.

Este 2024, el 21 de enero, más precisamente, se cumplen 100 años de la muerte de Vladímir Ilích Uliánov, «Lenin» para los amigos. Si existen personas que cambiaron el rumbo de la historia, definitivamente Lenin fue una de ellas. Difícil sería subestimar la importancia de sus reflexiones y su quehacer político, no solo para el devenir de aquel evento deslumbrante y bisagra que fue la Revolución Rusa, sino para el pensamiento de izquierda en todo el mundo. Su influencia se hace presente hasta nuestros días, un siglo después de su desaparición física, y las polémicas que lo involucraron siguen tan encendidas como si hubieran sucedido, si no ayer, al menos hace pocos años (definitivamente no cien).

¿Qué hace a Lenin tan resistente, tan permanentemente actual, tan inmune a la tenaz atracción del basurero de la Historia? Contra los intentos siempre recurrentes de despolitizar el marxismo, de convertirlo en una teoría simpática pero sin anclaje concreto, Lenin se alza como un escudo resistente y poderoso. El leninismo aporta al marxismo el análisis del Estado y de la revolución, de las vías concretas por las que puede discurrir la destrucción del capitalismo y su reemplazo por un sistema social más justo, de los modos en que las masas explotadas podemos organizarnos… y precisamente por ello resulta imprescindible.

El pensamiento leninista, como ha destacado Jodi Dean, tiene una dimensión de principios y una de táctica. El principio es la necesidad de control de la clase trabajadora sobre la sociedad, la producción y la reproducción. La táctica no es otra cosa que la mejor forma de alcanzar ese principio en cada contexto histórico y social particular. Así es que debemos ser escépticos de cualquiera que advierta contra la actualidad de Lenin. Particularmente, debemos ejercitar nuestra capacidad para diferenciar entre aquellas posturas que abogan sinceramente por una actualización de la teoría socialista y aquellas otras que, bajo el pretexto de perseguir un necesario «reajuste» de reflexiones ya centenarias, en realidad solo pretenden avanzar contra la organización de las masas explotadas y contra el análisis concreto de las situaciones concretas.

Porque si hay algo que no podemos endilgarle a Lenin es la etiqueta de dogmático (una cualidad que lo distingue de muchas de las organizaciones que pretenden seguir su legado). Más bien, todo lo contrario. El derrotero de sus reflexiones es muestra de su capacidad para volver sobre sus propios pasos, para barajar y dar de nuevo; simboliza el equilibrio justo entre la convicción sobre las propias ideas y el desapego respecto de supuestos anteriores cuando estos se muestran inútiles ante una nueva situación. Si Lenin se hubiera mostrado inconmovible respecto de la coyuntura que lo rodeaba, si se hubiese mantenido obcecadamente inalterable en sus propias formulaciones y no se hubiera permitido el giro de sus Tesis de abril —cristalizado más tarde en El Estado y la revolución—, la toma del poder en Rusia en octubre, casi con toda seguridad, no se habría producido.

Y aquel es un legado inestimable. Los revolucionarios rusos, con Lenin a la cabeza, demostraron a las clases explotadas del mundo que la revolución socialista —más allá de sus errores, de su degeneración y su posterior fracaso— era posible. Entiéndase bien esto: que haya sido posible, que efectivamente haya ocurrido, abrió la posibilidad para que generación tras generación de socialistas pudiésemos discutir sobre qué cosas corregir, cuáles evitar, cuáles recuperar de algo que efectivamente sucedió, y dejar de elucubrar sobre la posibilidad o no de que alguna vez suceda. En ese sentido, la Revolución Rusa fue una caja de Pandora para el capitalismo contemporáneo: liberó todos los males que aún hoy continúan quitándole el sueño al poder burgués.

Ilustración: Brenda Greco (instagram.com/brendagreco__)

A un siglo de aquellos sucesos, sin embargo, cabe preguntarse dónde está Lenin hoy. Una respuesta leninista a este interrogante sin dudas descartará cualquier intento por querer encontrar en su obra «recetas para las cocinas del futuro». Intentar rastrear en el pensamiento leninista un análisis sistemático de la manera en que las masas trabajadoras de Rusia dieron a luz aquella enorme experiencia que fue la soviética para procurar recrearla en el presente es un ejercicio vano. No solo sería una forma de proceder desaconsejada por el mismo Lenin —que se inclinaría por partir del análisis concreto de la situación concreta («el alma viva del marxismo»)—, sino que además ni siquiera él sería capaz de darnos una respuesta definitiva a la cuestión. Si bien buena parte del marxismo del siglo XX se apropió del pensamiento leninista como una suerte de parche que venía a llenar el vacío dejado por Marx y Engels respecto del eterno problema de convertir a la clase obrera en un sujeto político dotado de unidad y conciencia, lo cierto es que Lenin no ofrece una sino un conjunto de respuestas a la cuestión de la relación masas-vanguardia.

En las últimas décadas, la postura de la izquierda revolucionaria pivotó entre las tesis que postulan la necesidad de cierta ruptura o superación del leninismo y aquellas que demandan un urgente «retorno a Lenin». Pero volver a Lenin, si lo leímos con atención, no implica nada parecido a una aplicación acrítica de postulados pensados para una coyuntura que ya no existe. Lo importante no pasa entonces por dilucidar cuál es la respuesta correcta —como si existiera una solución de carácter universal— sino por desentrañar los engranajes que conectaron cada una de aquellas opciones a la coyuntura política particular y a la correlación de fuerzas específica de cada momento histórico. Es allí donde reside el legado más fértil del pensamiento leninista.

Volver a Lenin, en definitiva, no debería involucrar para la izquierda de nuestro tiempo tanto un ejercicio de recuperación o de retorno, sino de elaboración autónoma, de creación heroica.

FLORENCIA OROZ

Coordinadora de redacción de Revista Jacobin. Profesora de Historia por la Universidad de Buenos Aires, actualmente cursa la Maestría en Historia Argentina y Latinoamericana en esa misma universidad.

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